lunes, 6 de agosto de 2018

Avelina vs Graffiti

Quiero escribir algo pequeño con relación al debate sobre el graffiti convocado por la crítica de arte Avelina Lesper. Espero lograrlo y para no perderme demasiado divido este texto en tres puntos centrales:

1. Lo añejo de una discusión acerca de si el graffiti es arte o vandalismo.
2. La arrogancia de ambas visiones (la del arte “formal” y la del street art) en ese encuentro en concreto, expresada en actitudes penosísimas tanto clasistas como misóginas.
3. Y la ausencia de diálogo como reflejo del tipo de ciudad que producimos.

Sobre el primer punto: Mucho (muchísimo) se ha discutido si el graffiti es arte o es vandalismo, desde hace décadas, desde que el llamado arte de la calle empezó a “colarse” a las galerías adquiriendo con ello visibilidad y legitimidad en el campo del arte. Así que una convocatoria a una mesa de diálogo sobre graffiti realizada por una crítica de arte en un museo guarda una intencionalidad (para nada oculta) que es de carácter tutelar y un tanto paternalista, de cierta superioridad estética y moral frente a las manifestaciones gráficas callejeras. Es decir: se está invitando a que una manifestación urbana (cuya “naturaleza” históricamente ha sido la transgresión) sea medida con los estándares del museo, lo cual evidentemente coloca en desigualdad la discusión, no solo porque se trata de campos distintos sino porque tales campos se presentan socialmente jerarquizados, dándole plusvalor a todo lo que tenga el aval de las artes. Cabe decir que tanto en el street art como en el arte fino/formal/ o en las bellas artes existen corrientes muy variadas, de manera que asumir que el graffiti es únicamente el tag o la firma es una mirada reduccionista y estigmatizante. Por otro lado, el campo del street art no es un campo acrítico de su propia producción visual-gráfica urbana. Esto es: dentro de quienes se dedican a la intervención de muros del espacio público urbano hay posicionamientos y objetivos muy diversos, de modo que incluso dentro de un mismo crew (para quienes intervienen desde la lógica de crews) buscan que cada integrante vaya perfeccionando las técnicas y diversificando las temáticas, ello para “evolucionar” (y justo muchos emplean ese término) de “lo ilegal a lo legal”, lo que significa salir de la clandestinidad e intervenir mediante la gestión de los muros (por patrocinio, becas, contratación o autofinanciamiento). Esto, obviamente, no quiere decir que no exista graffiti absolutamente territorial cuya intención sea el mero acaparamiento del espacio urbano en un reclamo de titularidad -simbólica- de este, lógica que puede tener un sentido primordialmente barrial. Decir que el street art no es un campo acrítico de su propia producción pone de relieve que no necesita de voces o miradas externas para reflexionar sobre sus posibilidades (capacidades o limitaciones) estéticas, o sea: no asumamos que aspiracionalmente las intervenciones urbanas quieren ser llamadas arte, o que buscan/necesitan “quedar bien” con galeristas, museógrafos o curadores de arte, pero de igual manera no asumamos que por ser elaboraciones a base de aerosol (por mencionar la técnica más tradicional) carecen de valor artístico. Por último, de este primer punto: hablar del graffiti solo en su dimensión material (tags, murales, esténciles…) invisibiliza los procesos socioculturales que le dan origen. No se trata solo de ver las pintas y que como ciudadanía opinemos si nos gustan o no, ni que criminalicemos a quienes lo practican, sino que hace falta reconocer que el autodibujamiento en el espacio urbano (ya sea de forma artística o vandálica, autorizada o transgresora) nos habla de un autodibujamiento en el espacio social de un sujeto social cuyas condiciones de expresión están atravesadas por complejas cuestiones contextuales (macro y micro).

Sobre el segundo punto: Dicho lo anterior, la convocatoria al [supuesto] diálogo digamos que ya estaba condenada al fracaso, y no porque sea imposible el diálogo entre ambos campos (ejemplos hay muchísimos de artistas urbanos cuya obra es altamente valorada y reconocida tanto en el ámbito “callejero” como en el de los museos, en las escuelas de arte…), sino porque incluso antes del encuentro ya circulaban declaraciones de ambas partes denigrando a la otra. No voy a detenerme en hacer una crónica de lo ocurrido (el video está circulando en muchos sites), solo me interesa centrarme en las actitudes sumamente arrogantes y protagónicas que acapararon los micrófonos, la penosa exhibición de misoginia y clasismo, y (al mismo tiempo) la victimización de los dos polos. Si bien considero que el diseño de la convocatoria era de carácter aleccionador y adultocéntrico, quienes alzaron su voz para posicionarse en contra de lo que Avelina representa lejos de contra-argumentar se enfocaron en una defensa de lo urbano y de sí mismos cayendo en un juego de egos que poco colocó en la discusión la incompatibilidad de visiones. ¡Vaya: todos se centraron en los sujetos y no en el tema! Si bien Avelina representa una voz elitista desde un lugar de privilegio y emite observaciones clasistas y discriminatorias en nombre del buen gusto del arte (ya poniéndome más bourdieusiana), no me dejo de preguntar si las reacciones de los artistas urbanos involucrados hubieran sido otras de haberse tratado de un crítico de arte hombre en vez de una mujer. Lo del pastelazo pues sin duda es una ruindad, nada justifica tal acto, reprobable, humillante, infantil y evidentemente violento. Y si bien me parece perezoso hipotetizar (porque hay en ello mucho de suposición y de prenociones) me es imposible dejar de colocar al género como un mediador de las interacciones sociales y por ello me pregunto: si fuera un hombre quien hizo y dijo todo lo de Avelina ¿hubiera habido pastelazo? ¿u otro tipo de agresión o “performance” (como le intentan justificar ahora)? ¿no hubiera pasado nada? ¿se habrían ido de ahí todos al after a tomar unas cheves? Imposible saberlo porque no fue ese el escenario, pero me parece fundamental que nos formulemos muchas preguntas más allá de las evidentes, que cuestionemos todo lo ocurrido antes de aplaudir una agresión o de victimizar y revictimizar a tal o cual personaje.

Sobre el tercer punto: Lo que me parece revelador de todo ese espectáculo es que precisamente es un reflejo del tipo de ciudad que estamos produciendo. Ciudades que no reconocen la multiplicidad de sujetos ni de perspectivas. Ciudades que constantemente disputan los sentidos del espacio público y, en ello, sus usos (de manera impositiva). Ciudades que jerarquizan las expresiones que “pueden” manifestarse y las voces que merecen ser escuchadas. Ciudades que invisibilizan sujetos y procesos privilegiando los discursos dominantes [muy de la política pública] sobre “la buena imagen de la ciudad”. Ciudades que normalizan la violencia. Ciudades que legitiman el clasismo y la misoginia. Y hablar de ciudades aquí es hablar de socialidades, de modos de producir ciudad, sociedad y ciudadanía. Entonces lo que dejó ver el [pseudo]diálogo fue más bien la estrechez de visiones, la poca voluntad para el intercambio, la nula capacidad para reconocer la riqueza de trayectorias de los diversos sujetos sociales, y la verticalidad para establecer relaciones de aquellos individuos que gozan de una posición de poder (de poder enunciativo, en este caso). Básicamente: la intolerancia.

De ahí que mi valoración de dicho [des]encuentro es que todo fue sumamente penoso: la convocatoria, las actitudes y (a nivel más amplio) la polarización social.