domingo, 12 de mayo de 2013

asilo gay


En las Cortes de Inmigración de los Estados Unidos se presentan peticiones para regularizar la condición migratoria de extranjeros que se internan en ese país a fin de obtener su residencia “legal”, para lo cual existen varios tipos de solicitudes: está la ciudadanía, defensa en procedimiento de deportación, asilo político, cancelación de deportación, Ley NACARA (Acta de Ajuste para Nicaragüenses y Alivio para Centro América / Nicaraguan Adjustment and Central American Relief Act), Ley VAWA (Acta de Violencia Contra las Mujeres / Violence Against Women Act), TPS (Estatus de Protección Temporal / Temporary Protected Status), Ley FOIA (Acta de Libertad de Información / Freedom of Information Act), extensión de permiso de trabajo, extensión de la tarjeta de residencia  (“green card”), petición familiar, amnistía tardía…

Pero otra de las modalidades es el asilo por orientación sexual (informalmente llamado “asilo gay”), en el que se reconoce a la persecución por cuestiones de sexualidad o la transexualidad como una base legítima para otorgar el asilo. Para obtenerlo, los solicitantes han de demostrar que su identidad sexual ha sido motivo de persecución, acoso o agresiones por parte del gobierno de su país o de otros grupos ante lo cual el gobierno no actuó, es decir, que fueron víctimas de agravios que quedaron impunes. O bien, el solicitante puede argumentar un temor bien sustentado por persecuciones futuras si retornara a su país de origen.

Aunque no hay cifras precisas, los casos de personas transgénero que solicitan este tipo de asilo tras haber sido violentadas por las autoridades mexicanas van en aumento. Víctor Clark Alfaro, quien es antropólogo, profesor de la Universidad Estatal de San Diego (SDSU) y director del Centro Binacional de Derechos Humanos, con sede en Tijuana, me comentó de esto.  Lo visité justo cuando él acababa de testificar ante la Corte de Inmigración de Los Angeles en el proceso migratorio de un transgénero VIH positivo que había sido agredido sexualmente por elementos de la policía municipal de Tijuana. Me contó que fue un caso “exitoso”, es decir, a la víctima de dicha agresión se le otorgó el asilo.

Víctor Clark tiene amplia experiencia en este tema: no solo orienta en materia de derechos humanos a sexoservidores, a la comunidad gay y otros grupos vulnerables, sino que además ha testificado en numerosos casos de solicitud de asilo al otro lado por violencia en México; él ubica el origen de la homofobia en una cultura de hipermasculinidad (machismo) y en la tradición católica, de donde se establece (normativiza) la discriminación a todos los niveles: penalmente no se tipifican los crímenes de odio –se les considera ‘crímenes pasionales’ y por lo tanto no se investigan– y estadísticamente existe omisión, lo que deja un sesgo en la información sobre la población gay y trans. La conclusión es, pues, algo que quizá no sorprenda: la homofobia en México es institucional. Aquí lo que charlamos:

- ¿Cuál es la situación de vulnerabilidad que distingues en la comunidad transexual, transgénero?

Clark Alfaro: En términos generales en el país igual que en Tijuana, en la comunidad homosexual hay tres grupos que son más vulnerables: hombres afeminados, lesbianas con una orientación masculina y transgéneros; y, claro, si además tienen VIH enfrentan una doble discriminación.

Es un problema en todo el país que tiene que ver con una cultura de la hipermasculinidad, es decir, del machismo muy acendrado, y también con una tradición religiosa católica que juega un papel fundamental porque para la iglesia católica la homosexualidad es un pecado y en consecuencia la sanciona desde el punto de vista religioso.

De tal modo que esos dos elementos se conjugan para que en este país exista una homofobia en contra de estos grupos que mencioné. Aquí el problema no es la homosexualidad sino la manifestación pública de la homosexualidad, es decir, de aquella persona que rompe las expectativas que se tienen de los roles que juegan el hombre y la mujer en la sociedad: quien rompe esas expectativas enfrenta diversos niveles de homofobia, desde el que se da en la familia, con los vecinos, en el trabajo; la homofobia institucional… tiene muchas manifestaciones.

- ¿Algunos ejemplos de la homofobia institucional?

Clark Alfaro: En la sociedad, por ejemplo ya en el caso particular de los transgéneros, en muchas ocasiones se les niega rentar departamentos, se les niega atención expedita en oficinas de gobierno, se les niega acceso a algunas escuelas, a servicios de salud. Enfrentan la homofobia en diferentes niveles y disminuye por supuesto mucho su calidad de vida. En Tijuana los transgénero no son la excepción a diferencia del resto del país, quizá por ser una sociedad más cosmopolita y fronteriza la situación es un poco distinta. Es más grave en zonas rurales y semirrurales, de las que por cierto no hay mucha información, poco se sabe. Un transgénero en una comunidad rural enfrenta numerosos problemas. El más grave, igual que en las grandes ciudades, es la agresión física e incluso el homicidio. Varias asociaciones de la Ciudad de México afirman que en este país calculan que hay un promedio de 3 a 15 homicidios mensualmente, y muchos no son reportados como tales.

- ¿Cuál es la situación en Tijuana?

Clark Alfaro: Aquí en Tijuana también los transgénero enfrentan graves problemas y esta condición de vulnerabilidad, incluso frente a la autoridad. En particular la policía ha provocado que un número –del que no sabemos cuántos en el país y en Tijuana– estén cruzando a Estados Unidos para solicitar asilo, argumentando la homofobia de la que son víctimas en México.

Digo que no sabemos el número porque cuando uno lee las estadísticas de peticiones de asilo en Estados Unidos no se especifica en el caso de los mexicanos quiénes eran indígenas, quiénes por violencia, quiénes eran transgéneros o lesbianas. La estadística en 2011 indica que fueron un poquito de más de 5 mil peticiones de mexicanos que salieron para solicitar asilo, pero no dice cuántos por razones de orientación sexual, discriminación o por razones políticas. Sabemos que la gran mayoría son mexicanos que salieron y pidieron asilo por la violencia en México, y eso no quiere decir que se lo vayan a otorgar. Pero sí sabemos que el número de transgénero u homosexuales que ha salido para pedir asilo está aumentando, ha aumentado en los últimos años, porque si bien es cierto que no reciben publicidad en los medios -no es algo de lo que se hable públicamente  en los medios de comunicación- los transgénero, lesbianas y homosexuales que han pedido asilo se comunican con sus familiares y amigos en México y así es como nos hemos enterado que hay posibilidades de que les den asilo, porque les han ido otorgando asilo, no a todos por supuesto pero sí a una gran mayoría.

- Este tipo de asilo es diferente al político pues se pide asilo por cuestiones de orientación sexual ¿es así?

Clark Alfaro: Los argumentos siempre serán la homofobia en sus diferentes modalidades, por ejemplo, el caso que testifiqué esta semana en la Corte de Inmigración de Los Angeles de un transgénero con HIV positivo. Fue brutalmente violado en la ciudad de Tijuana, de acuerdo con su declaración fue violado, golpeado, torturado por policías municipales que lo levantaron en el centro sin especificar en qué calle, ella dice que en el centro, la llevaron a una casa abandonada en la periferia de la ciudad, no identifica la colonia porque no tenía mucho tiempo viviendo en Tijuana, dice que ahí todo lo que comenté le sucedió. De ahí la policía la subió a la patrulla municipal y fue y la tiró en la misma periferia de la ciudad dándola por muerta; afortunadamente logró recuperarse y en la primera vivienda donde logró llegar la auxiliaron, le mandaron llamar a un taxi. No presentó denuncia por desconfiar en las autoridades, cuando la misma autoridad fue la que violó sus derechos humanos. De aquí viajó a Ciudad Juárez, posteriormente alguien le sugirió que cruzara para pedir asilo, cruzó, pidió asilo y afortunadamente se lo acaban de otorgar.

Eso fue lo más grave que le pasó en el país entre otras cosas. Porque en su lugar de origen, en Guadalajara, a los 11 años de edad fue abusada por la policía, aparentemente por la policía municipal, fue abusada también por pandilleros, fue agredida desde los 6 años por su padre que cuando vio que tenía manifestaciones femeninas la golpeaba y la amarraba y además sus vecinos la discriminaban y la insultaban. Lo mismo en la escuela primaria y secundaria, que no terminó sus estudios. También sufrió abusos físicos y maltratos verbales de sus compañeros. Esa es la historia de esta persona que afortunadamente le acaban de otorgar asilo en una Corte de Inmigración de Los Angeles esta semana, es una persona de 35 años con una escolaridad de secundaria incompleta.

Eso se repite en la biografía de prácticamente todos los casos que hemos conocido, durante muchos años.

- Y pues aquí no están tipificados los crímenes de odio ¿verdad?

Clark Alfaro: En el caso de la justicia criminal no están tipificados los crímenes de odio como sucede en Estados Unidos, pero ha habido modificaciones importantes que me parecen avances relevantes. Desde el 2010 se permiten los matrimonios entre personas del mismo sexo y la adopción en la Ciudad de México; eso no quiere decir que haya cambiado el panorama para toda la comunidad homosexual, es solo en la Ciudad de México.

Pero al mismo tiempo que se han dado estas modificaciones y avances muy importantes también ha habido reacciones muy agresivas por parte de la iglesia católica y sectores muy conservadores del país. El mayor número de homicidios documentados en contra de estas comunidades se da precisamente en la Ciudad de México, donde ha habido estas modificaciones.

Otra modificación importante: en el 2011 se modificó el artículo 1ro constitucional y hoy se sanciona la discriminación por orientación sexual, claro, el homicidio también está castigado pero no en el entendido de crímenes de odio. Aquí por ejemplo en Tijuana hace un par de meses asesinaron a una transgénero, yo no la conocía pero vinieron a decir los transgénero que había sido asesinada. La autoridad asumió, como en todos los casos, que se trató de un crimen pasional y en consecuencia no los investiga. Los crímenes contra homosexuales en este país generalmente serán etiquetados como crímenes pasionales y quedarán en la total impunidad. Aquí ha habido varios casos en Tijuana, como éste, que no se va a investigar porque así los etiqueta la autoridad.

En el caso de homosexuales cuando son homosexuales o convictos, en las cortes nosotros sabemos que cuando los jueces se enteran de su orientación sexual las penas son mayores a diferencia de los que no son homosexuales. Entonces el homosexual enfrenta cuando es asesinado la impunidad total, y muchas veces los familiares prefieren no decir nada públicamente para no provocar un escándalo en el entorno donde se desenvuelve. Es decir, si su hijo es asesinado y se enteran que era transgénero prefieren no presionar a la autoridad para que no se enteren sus familiares o amigos de que su hijo o su pariente era transgénero. Entonces esos crímenes generalmente quedan impunes.

- ¿Existen registros de estos casos? ¿Cuál es el panorama a nivel nacional?

Clark Alfaro: Ha habido dos encuestas nacionales sobre discriminación. Por cierto, hay una ley federal para prevenir y eliminar la discriminación que se promulgó en el 2003, y enseguida se creó el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación, el Conapred, que son dos instancias. El Conapred hace recomendaciones pero no va más allá de eso. A nivel nacional ha habido dos grandes encuestas para conocer la discriminación en contra de homosexuales y de otros grupos. Una se realizó en el 2005 y otra en el 2010. Son las únicas que se han realizado y nos dan indicios de lo que ya sabemos: que hay una discriminación, y al menos ahí nos dicen por porcentajes. En la encuesta del 2005 de cada 2 homosexuales entrevistados 1 afirma que sufre discriminación, en fin, nos van dando indicadores.

Pero también en el campo de las encuestas hay homofobia porque hay omisión, es decir, aquí sabemos mucho de los indígenas en el país, de los discapacitados, de migrantes pero casualmente de los homosexuales prácticamente no sabemos casi nada en términos de estadísticas porque la homofobia también se refleja en la omisión estadística, no se sabe casi nada, eso es un problema.

En uno de los casos que fui a la corte, el fiscal preguntaba por qué no hay más datos y el argumento de nosotros es que hay una omisión estadística que es parte de la homofobia institucional en este país.

domingo, 28 de abril de 2013

Soy fotógrafa (de celular)


Cuando conseguí cable para enlazar mi celular a la laptop lo primero que hice fue meterle canciones al teléfono. Puse nueve: tres de Kimbra, una de Gotye, dos de Of Monsters and Men, una de Fun, otra de Zaz y una más de Florence and the Machine (la hipsteridad me llegó por los oídos, ni modo. Culparé a la sencillez de sintonizar transfronterizamente estaciones de radio gringas, a la globalización, a los múltiples referentes identitarios y al capitalismo tardío... Y si me sigo clavando tendré que hablar de las estructuras estructurantes pero mejor ahí la dejamos). A los días me puse a descargar las fotos que he tomado del semestre pasado a este, que es el tiempo que tengo con mi celular con cámara. Esto de los smartphones pues no era lo mío hasta apenas unos meses. No me enorgullezco (o tal vez sí) pero mi anterior celular era de una austeridad bastante [¿cómo le pondremos?] coherente, un anacronismo que lejos de ser considerado retro era motivo de burla (shallow people). Lo obtuve en una rifa que hubo hace añales (creo que en el 2007) en los terrenos del potentado Jorge Hank dentro de un festejo para reporteros en el marco (o sea, con el pretexto de) del día de la Libertad de Expresión. Tamaña burla ¿no? Me valió y fui (en ese tiempo el PRI había hecho alianza con el PEBC, que no me caía tan mal), comí tacos y tomé un boleto que en la rifa salió premiado con un telefonito marca ninguna, sin mayores funciones que las de hacer llamadas y enviar-recibir mensajes de texto. El premio me lo entregó Jorge Astiazarán, otro mequetrefe priista que ahora se anda candidateando a la alcaldía de Tijuana. Total, ese celular lo usé hasta el año pasado, cuando una de mis hermanas me obsequió un lindo nokia con el que es posible escuchar música, tomar fotos o video, checar el mail y actualizar el facebook, si tuviera facebook. Ahora que lo pienso creo que nunca he comprado un celular: o algún familiar dadivoso me lo ha traspasado, o me lo he sacado en una rifa, o me lo he encontrado (sé que suena a robo y no pienso argumentar en mi defensa, lo hallé y punto. Luego a mí me lo robaron y el universo se echó una carcajada).

Hacer el recorrido visual por las fotos que he tomado con mi teléfono -fotos que creí atrapadas hasta la eternidad en el mentado aparatejo (mi relación con la tecnología no es buena: requiere de un conocimiento e interés que carezco, sobre todo lo segundo)- ha sido al mismo tiempo un recorrido emocional. Estética y conceptualmente la frontera dura, el bordo, me seduce; lo mismo que la calle y sus expresiones urbanas manifiestas en stickers, dibujos o en meros rayoneos, o en performatividades callejeras y payasas. En mi galería telefónica (que he incrementado dándome aires de artista visual) atesoro también pedacitos de felicidad: la Catrina que voló del DF hacia mí; el autorretrato que me hice mientras esperaba a una amiga de quien ahora me he divorciado; el autorretrato que me hice tendida y dispuesta para ser tatuada; los nachos que me comí con Ella en la Cervecería Tijuana o la foto que le tomé frente a un altar gigantesco en el Mercado Hidalgo; el viaje que hicimos a Ensenada para el cumpleaños de mi mamá; Él echado en el sillón; la vista al mar desde el salón de clases; la vez que conocí a una viajera transcontinental; alguna frase que me pareció trascendente. Como sedada (debe ser cosa del jarabe que me tomé) recorro foto tras foto porque es viajar hacia adentro y hacia atrás y hacia ahora. Varias cosas han cambiado y es curioso: cachitos de felicidades anteriores son ventanas a tristezas actuales. Añoro, creo que es eso.

No, no uso instagram ni nada. Mi teléfono es, desde que lo tengo, varias generaciones anteriores y esas aplicaciones no aplican al modelo que me cargo. Pero eso no quita que me sienta toda una fotógrafa que documenta. Me documento. Y me comparto… en pedacitos.

 
 
 
 
 
 

martes, 2 de abril de 2013

Descripción no-tan-densa (o he aquí porqué no soy antropóloga)


El Nene

El Nene es uno de tres perros pomeranos que viven en el patio de la casa de junto a la mía, que es el lugar donde están ubicadas la lavadora y la secadora [de ropa] que empleo los fines de semana. Los otros dos perros se llaman Pelusa y Lucas. El Nene es color negro con un poco de pelo color blanco en su pata delantera izquierda y en su pecho. Es más pequeño comparado con los otros dos, pero en realidad los tres son bastante chicos, llegan apenas un poco arriba de mi rodilla si se paran en dos patas. El Nene es juguetón, es el que más brinca y el que se sostiene más tiempo en sus dos patas traseras. Ladra poco. En el patio hay un techo que no permite dé la luz del sol, pero tiene un hueco por el que se cuelan unos rayos y El Nene es de los tres el que más procura ubicarse en ese pequeño espacio. Cuando va hacia su plato toma una croqueta, la traslada en su hocico a otro punto del patio, lejos de los otros dos perros, y comienza a comer. Repite el proceso cada vez que toma una croqueta. De vez en cuando se aproxima a su plato con agua y bebe, generalmente lo hace después de haber corrido o de haber estado brincando mucho. Si le acaricio, El Nene brinca aún más alto y menea todo su cuerpo, particularmente su cola. Mientras esto ocurre mantiene su boca abierta con la lengua de fuera. Parece contento, incluso parecería que ríe.


Belén

Belén está en la puerta del baño de las mujeres. Recién trapeó  el piso de ese baño y ahora mueve -como un péndulo que va y viene- una especie de charola de plástico color amarillo (que en realidad es un letrero con el que se advierte “piso mojado”); con dicho movimiento echa aire para agilizar se seque el piso. Lo hace con rapidez y cierta cotidianidad. Su siguiente acción es trapear las escaleras. Es veloz: en un par de minutos ha terminado. Sonríe cuando me mira viéndola y cuando esquivo la ruta que ella sigue con el trapeador al piso. Mientras seca con el mismo sistema de echar aire, presta atención a la conversación de los guardias que dialogan un piso abajo, al final de la escalera. Ella es joven, morena, delgada, su cabello oscuro lo trae sujeto en un chongo. Interactúa un poco con algunas personas que pasan a su lado. Básicamente sonríe.


Bar

Jueves 14 de marzo. El RaceTrack Bar es un recinto relativamente pequeño: cuenta con 6 mesas junto a una de sus paredes, otras 5 distribuidas al centro (paralelas a esas primeras mesas) y una barra con capacidad para unas 30 personas. Tiene tres televisores (uno de los cuales es digital). Hay asimismo una rocola a la entrada, y una pequeña cocina con una puerta que da hacia la banqueta y otra que da hacia el interior del bar. El lugar carece de ventanas pero por la cocina y por la puerta de vaivén, que es la principal (puerta de esas típicas de las cantinas), entra bastante luz natural (antes de oscurecer, claro). Aun así, al fondo hay focos que iluminan la ruta hacia los baños. No se anuncia como tal pero se puede entender que es un bar botanero, ya que con el consumo de las bebidas los clientes obtienen “gratis” un plato con carne asada cortada en cuadritos, frijoles de la olla, salsa y tortillas. Además en todas las mesas donde hay personas se aprecian platitos con totopos y un recipiente con salsa. Lo mismo frente a los clientes que se ubican en la barra. No están todas las mesas ocupadas ni la barra totalmente llena, habrá unas 25 personas distribuidas en todo el bar, contando a la cantinera y dos meseras. Pero inexorablemente en cada lugar ocupado hay botellas con cervezas, algunas de ellas dentro de cubetas con hielo. La marca más consumida es Tecate. Las personas se saludan aunque no se acompañen ni se sienten juntas, lo que da la impresión de que se trata de un punto de reunión muy frecuentado por la misma gente. En una esquina está sentada una pareja conformada por un hombre y una mujer de poco más de 40 años. A su mesa se acercan varios de los clientes a saludar y la pareja corresponde el gesto con amabilidad; incluso hay a quienes invitan a sentarse con ellos. La rocola es empleada por turnos por algunos de los clientes, quienes optan por canciones de banda, norteñas y rancheras para ambientar su estancia. En ocasiones el bar se silencia de música dejando escuchar así las conversaciones de los clientes. A las afueras hay también algunas personas, dado que en la banqueta -sobre un asador- es donde se encuentran un par de señores cocinando la carne y calentando las tortillas. Las personas al exterior evidentemente se conocen pues la interacción se da con mucha confianza, tanto entre ellos como con los cocineros. Además portan chamarras o chalecos de piel con una leyenda que hace entender pertenecen a un club de motociclistas. Ellos se quedan en la banqueta y en la cocina en esta interacción, mientras comen y beben. Poco a poco llegan más en sus motocicletas -las cuales estacionan justo frente al asador- pero solo ingresan al bar cuando van a utilizar el sanitario. Predomina la presencia masculina, aunque también hay mujeres que no necesariamente van acompañadas. Las meseras entran y salen de la cocina, a veces pidiendo a gritos a la cantinera alguna orden de bebidas. También se aprecian entrando y saliendo por la puerta de vaivén algunos músicos norteños (que ofrecen sus canciones), lo mismo que boleros, vendedores de frutas, y comerciantes de cintos y carteras de piel.

Jueves 21 de marzo. El RaceTrack Bar presenta una dinámica muy similar a la del jueves anterior: platos con carne asada para los consumidores de bebidas, cubetas con botellas de cerveza en hielo, mesas vacías y mesas con poca gente, barra casi llena. De hecho la pareja de la semana pasada, a cuya mesa se acercaban otros clientes a saludar, está sentada en el mismo lugar [que es la mesa de la esquina], inmersa en la misma forma de relacionarse con el espacio y con las personas: algunos llegan a saludarles, son invitados a compartir la mesa y se sienten con ellos. Igualmente a las afueras del bar se encuentran los motociclistas, aunque no son todos los mismos de la ocasión anterior. Pero un par de cosas han cambiado: una de las meseras no está por lo que la cantinera sale y entra de la barra para atender a los clientes en las mesas; la otra novedad es que al fondo del bar, cerca de los baños, poco a poco empiezan a ubicarse unos ocho músicos que conforman un ensamble como de tambora. A los pocos minutos de instalarse empiezan a tocar -en efecto- música de banda sinaloense. El sonido parece rebasar las capacidades acústicas del bar, pues mientras los músicos interpretan piezas -a petición de los clientes- se vuelve casi imposible conversar: es demasiado fuerte el sonido. Este nuevo elemento hace que la gente deje de poner canciones en la rocola, pero el ambiente festivo continúa con los cánticos de algunos clientes de la barra. Una mujer que bebe sola, pero que dialoga ocasionalmente con sus vecinos de tragos, en una pausa de la banda vocifera “¡es una chinga ser guapa!”, lo que provoca cierta algarabía sin que se perciban hostilidades. Brindan con ella quienes están a su lado.

Miércoles 27 de marzo. Hay notables diferencias en el RaceTrack Bar si se va en día distinto al jueves: no hay carne asada y seguramente por ello tampoco hay muchos clientes, ni motociclistas en la banqueta, ni tambora ensordecedora, ni ambiente festivo. Son apenas tres personas en la barra y ni siquiera están sentadas contiguamente. En el área de las mesas solo estamos mi novio y yo. En esta ocasión la mesera además funge como cantinera. Ella nos indica que ese día no hay botana, solamente totopos con salsa, pero nos invita a acudir al día siguiente, que es Jueves Santo, día en que por ser tradición católica no habrá carne asada pero sí tacos de pescado, según nos informa. La rocola está mayormente callada, lo que permite se escuche la televisión (la cual transmite un partido de futbol al parecer repetido). Entran pocos vendedores a ofrecer sus productos o servicios y ninguno consigue una venta. Aquel espacio que en jueves se presenta como un gran jolgorio, es ahora un lúgubre bar con pocos clientes que beben solos y en silencio.

miércoles, 16 de enero de 2013

La redada de anoche

Si nos quedamos a nivel descriptivo, enunciando las cosas que vemos, de pronto todo puede parecer muy impresionante. Anoche hubo una redada militar en nuestro bunker, barucho habitual del que emanan aromas florales. Estábamos cuatro en la mesa, intoxicados –obviamente– porque a eso se va allí. Rosa y yo hablábamos del machismo y la discriminación de género contra la mujer, diálogos sin fin que nos reiteran la pudrición.

Casa llena: ahí los poetas callejeros, los productores audiovisuales, los ingenieros, los becarios, los profesores, los dealers, los músicos… De repente bajaron los soldados con su outfit desértico y sus armas largas. La primera acción: desconectar la rocola, igualito a las películas en que se enfatiza el awkwardness al silenciar la música abruptamente. “Jóvenes: vamos a hacer una revisión, todos los hombres párense de este lado, volteando contra la pared”. Is this for real? Obedientes hicieron lo propio: ante la figura de la autoridad multiplicada en unos veinte chaparritos, armados y encapuchados, nadie titubea. Nosotras, todas las nosotras, nos quedamos sentadas apreciando el espectáculo: nuestros hombres de pie, acomodados como para un flashmob o mínimo para bailar alguna de Caballo Dorado. “¡No tiren nada, ya el que lo trae lo trae!”. Uno a uno, hicieron vaciar las bolsas de sus pantalones en una mesa.

Rosa y yo habíamos visto pasar a los soldados a la altura de la calle Sexta, en caravana con dos patrullas de la Estatal Preventiva, casi una hora antes. Y al caminar hacia la Primera los volvimos a ver, imposibilitando el tránsito peatonal de un solo lado de la acera, lo que me pareció por demás absurdo porque de haber sido aquel un operativo serio tendrían la calle entera sitiada. En el cateo o redada o lo que sea que era aquello que estaba ocurriendo en el bunker, Rosa empezaba a paranoiquearse. “No pasa nada, es un montaje para amedrentar, ahorita se van”, le dije.

En esa formación sinsentido Jorge quedó frente a nosotras y al vernos, con su risita irónica, nos dirigió un “feliz 2013”. Reímos. “¡Rápido jóvenes, para que sigan su fiesta!”. Are you serious? Cada bato que aprobaba la revisión (es decir: todos) fue dirigido hacia la barra, desde donde continuaba viendo el show ya con cheve en mano… la barra se empezó a llenar. ¿Qué demonios es esto? Dos rastafaris, esperando turno para demostrar la inocencia, se quejaron “¿por qué a ustedes no las revisan?”. Solidaria respondí: “es discriminación” (contra ellos, of course). Una verdadera farsa, aunque igual ya tenía listo el argumento: mira soldado, no puedes revisarme ni el cuerpo ni mi bolsa; para ello antes me muestras una orden. Vestida hipster, con taconcitos grises de estoperoles y blusa transparente color turquesa, sentí que conocer mis derechos me desvulneralizaría. O tal vez fue el estado intoxicado. De cualquier manera no hubo necesidad de ello: el guion implicaba interactuar solamente con los batos, viciosos que salen a tomar en martes. Tijuana.

Parecía que aquello estaba por concluir después de poco más de 20 minutos, pero nadie se movía. No hubo uso de la fuerza ni expresiones soeces, tampoco detenidos. Nada. Era todo tan extraño. Nadie se movía y ello tenía un porqué: faltaba el desenlace espectacular, el fin telenovelesco. Unos soldados bajaron con un tipo al que pusieron contra la pared sosteniéndolo de sus muñecas por la espalda; sometido, lo pasearon por el bunker y lo sacaron. That’s right: al único que se llevaron fue al que ya traían de fuera. México.

Desalojaron el lugar, nosotros brindamos y muchos se quedaron adrenalizados, empezando a congratularse por haber sobrevivido una redada militar que parecía obvia: acudimos a un lugar permisible de dinámicas al margen de la ley. Somos unos temerarios, ajá. Baja el telón. Unos se sintieron indignados por la ¿violación de derechos humanos? ¿fue eso? Otros siguieron animosos gestionando encendedores. A mí me causó gracia y repulsión, pero igual posé para la foto que habrían de subir al Facebook de un desconocido con la leyenda ‘después de la redada en el bunker’.

//Amedrentar: [definición] Infundir miedo, atemorizar. [Sinónimos] Intimidar, acobardar, apocar, arredrar, asustar, atemorizar, achantar, espantar. //

Ha empezado la simulación: el Estado dispone de las fuerzas militares para enviar un mensaje. I’m watching you, corre la voz y pórtate bien. Me pareció más una reprenda moral por salir en martes que un operativo en busca de criminales o actividades ilícitas (algunos se la pensarán dos veces antes de pistear entresemana). Es tragicómico. Es ridículo. Detrás de ello no hay únicamente una ocurrencia para hacerse notar, hay presupuesto federal. Y, pensándolo bien, qué tanto se puede hablar de simulación si el aparato empleado para estas estrategias es el Ejército: soldados reales con armas reales entrando a bares reales para revisar a borrachos reales… en ciudades irreales de países surreales.

A la media noche empezamos a celebrar el cumpleaños de Rosa; ahí mismo, claro.

viernes, 4 de enero de 2013

¿Quién desordenó los meses?

Deberíamos ponernos serios con esto del nuevo año y empezar a ordenar nuestras vidas, partiendo con los meses: organicémoslos alfabéticamente. Así ya estaríamos en abril, viendo el mundo florecer y poniéndonos calientitos. Yo cumpliría años en el tercer mes, mas sería once meses más joven al cuarto (y me estaría muriendo de frío). Junio y julio intercambiarían lugar y serían los mismos trasnochados en busca de desaburrimiento. Para el octavo celebraría el inicio de la primavera aunque al siguiente estaría untándome coppertone pensando a qué playa ir a sumergirme. Las catrinas llegarían -como de costumbre- en el último tramo pero por primera vez antes que las brujas y los vientos de Santa Ana. Lo malo es que para cerrar tendríamos esa letanía insufrible de simulacros patrios, fervores nacionalistas y vomitivos informes presidenciales, como la resaca inevitable de los once meses anteriores. Aun así algo no cambiaría: tendríamos mucha pirotecnia.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Para variar...

Me he percatado que ya casi no escribo cuando estoy feliz y sépanse que estoy feliz mucho tiempo, tanto que hasta quiero sustituir el verbo estar por ser: soy feliz.

Mi vida es buena, de verdad: estudio algo que me gusta mucho, comparto los días con quien amo, estoy saludable, soy un poco freak but in a cute kind of way (I think), mis gastos de este año se centraron en pasear y tatuarme, quiero y me quieren, vago por cuánto lugar me place, me gusta mi casa, amo mi cama, conozco mi cuerpo, carezco de preocupaciones financieras y casi puedo asegurar que hago lo que quiero. Me azoto ocasionalmente, es cierto, pero... who doesn’t?

In summary I would say: I’m doing pretty well.

 
fotos nialcaso [de un bardemalamuerte] porquesí

domingo, 23 de diciembre de 2012

Un inventario más divertido, el del recuento anual

Este año vi la luz al final del túnel y no era un tren avanzando en mi dirección.
Dejé de odiar banalidades y empecé (volví) a odiar imposibilidades: como el sistema electoral mexicano, los medios masivos y al puto de Peña Nieto (un tipejo de quien antes de este año la verdad no sabía mucho).
Marché, marché todo lo que pude y todo lo que quise.
Me acatriné para un par de ocasiones y maquillé a alguien más de calaca.
Adquirí un nuevo tatuaje que se junta con otro formando algo tan enorme y bello que uhlalá—quisiera usar minifaldas todos los días.
Entré a una maestría.
Besé, besé todo lo que pude y todo lo que quise.
Hice amistad con personas de otros países.
Recuperé a mi amor platónico como tal, como amor platónico.
Fui vocalista de un grupo / Dejé de ser vocalista de un grupo.
Le arrebaté el micrófono a dos amenizadores de restoranes en dos ocasiones diferentes: una para cantar Persiana americana, otra para Árboles de la barranca.
Retomé la amistad con un viejo amigo.
Fui al Valle de Guadalupe no como dama de sociedá para degustar vinos de la región (como siempre hube hecho) sino para conocer a la comunidad kumiai.
Vi delfines en el mar de Tijuana, hace mucho no veía delfines.
Fui asistente editorial de una publicación cultural / Dejé de ser asistente editorial de una publicación cultural.
Firmé artículos con pseudónimo.
Leí, leí todo lo que pude y todo lo que quise.
Bailé cumbias en el salón de baile La Estrella.
Se chingó mi laptop / Me compré una laptop.
Mandé pintar color morado unos botines que originalmente fueron verdes.
Dejé de reportear.

viernes, 21 de diciembre de 2012

sí, es un vicio

Es esto o recurrir a las drogas y al alcohol. Bueno, de eso mejor hablamos otro día.

Técnicas [que no son tales] para sobrellevar el frío y el dolor y la ansiedá

Algo debe estar muy mal conmigo porque cada que estoy frente a una situación de incomodidá pienso en los desgraciados para concluir que después de todo no estoy tan jodida, pero no lo hago en un ánimo comparativo así culero sino para darme valor y decir “no mames: tú estás bien, no te quejes, aguanta”. Me pasa, por ejemplo, con el frío. Cuando estoy en mi cama tiritando por las bajas temperaturas, debajo de al menos tres cobertores de los peludos y sobre una sábana de franela, con pijama termal, gorro y doble calcetín, y [por lo general] con alguien a quien abrazar… pienso en las personas que duermen en la calle, y no las pienso como concepto abstracto, no: las recuerdo, veo sus rostros, sus tendidos de cartón y cobijas a cuadros, sus pies envueltos en vendajes. Me pasa, también, con el dolor. He aguantado jornadas largas y muy dolorosas de tatuajes [cuyo dolor me parece ocioso y vanidoso por voluntario, no me vanagloria] y parte de los ejercicios que hace mi cabeza (my sick & twisted head) es imaginar a quienes se duelen por tortura (es que en este país es difícil ignorar tamañas atrocidades: muchos muertos de forma violenta, raza, muchos), a quienes se duelen por accidente, a quienes se duelen por agresiones (pienso en las mujeres vejadas, y en los niños). Y entonces aguanto: sobrellevo el frío y el dolor. No es que deje de sentirlos.

En esa ruta que hace mi cerebro, cuyo fin -sospecho- es huir del ensimismamiento, termino sintiéndome ridícula por todo posible azote: que si el bato, que si la nena, que si mi besty, que si la escuela, que si el amor, que si la soledad, que si el cansancio, que si el bato otra vez, que si la nena de nuevo, que si el bato de la nena, que si el bato y mi besty, que si los ex de todos, y los amantes de todos, y el pasado que no se va, y las ganas de seguir anclados, y las palabras hirientes, y los silencios mortales, y los pleitos a las cuatro de la mañana, y las lágrimas en la calle, y los gritos ahogados, y los gritos desgarrados, y los montajes, y las sonrisas, y los mensajes, y las mentiras, y las expectativas, y el universo que me resulta ofensivamente obvio, ¡y las mallas de estrellitas que le tengo que regalar porque se lo prometí antes de dejarla de querer y ella se lo recuerda a él y él me lo recuerda a mí!

[respira, linda, respira…]

Eres fuego de amor / luz del sol / volcán y tierra / por donde pasas / dejas huella. / Mujer / tú naciste para querer / has luchado por volver / a tu tierra y con tu gente…

Y entonces vuelvo. Hago el mismo recorrido mental que con los homeless o los violentados para hacerme creer (no es que me logre convencer totalmente) que nada es tan grave, que lo que sea que me agobia tiene solución, que es ridículo perder el tiempo en sentirme mal, que seguro hay mejores formas de dirigir esa energía. Pienso que mis problemas [aunque me consuman y por momentos me hagan sentir miserable] no son tales, que hay quienes padecen verdaderos líos y que por lo tanto no tengo derecho de azotarme (tal cual: no tengo derecho); y pienso que -por el contrario- debo solucionarle la vida a los demás, al menos a quienes quiero. ¿Merezco acaso la canonización?

Al final logro nada: ni ayudo, ni me despreocupo, ni soluciono, ni se me quita el frío, ni dejo de sentir dolor. Me engaño, es todo, porque me reconozco pusilánime. Y engaño a otros, porque me creen fuerte. La verdad es que soy una debilucha que da con un montón de miedo cada paso y que cobardemente busca agarrarse de los desgraciados para sentir entereza y valentía. A veces funciona. Hoy, por ejemplo, pondré en práctica esa ruta tormentosa para sobrellevar el frío, porque hace un frío de la chingada… y estoy sola.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Pinitos psicodélicos


I’m torn

 

No sé si algo está pasando en el país pero las calles de Tijuana como que hablan... He decidido, así por conservar mi sanity, evadirme del tema ese que me duele tanto. Tal vez lo mío sea cobardía, o tal vez sólo sea esta cosa de reconocer que no puedo, que de verdad me siento débil. Estos días han sido agotadores; mi nueva edad [cierto: cumplí años] me ha llegado acompañada con un desgaste emocional como nunca antes... y eso que todo gira en torno al amor. Días, madrugadas, mañanas, tardes, noches con el corazón blandito.

Ganan los Xolos, gran emoción [favor de leer mi desgano]; Márquez noquea a Pacquiao, júbilo en el país; un maniquí toma protesta como presidente de México y parece que todos nos volvemos contra todos, se habla de porros y presos políticos; la cantante esa infame de nombre Jenni desaparece junto con su avión, luego confirman su muerte; y el Teletón sigue siendo un montaje vergonzante. Tenemos circo.

Aún así me parece más trágico no tener fuerzas ni para lavar mi ropa. I’m torn.

Cierro un semestre súper angustiada, el fin de clases significa mucho más que eso (tanto que no puedo siquiera expresarlo). Y esto de escribir -redactar trabajos finales- con miedo es de verdad agobiante. Ahí vamos todos corriendo tras el número. O caminando.

Yo camino; creo que es lo importante: pese a todo caminar. Ella dice que al precipicio y la Mala Rodríguez pregunta que por qué vamos en este carro sin frenos. Supongo que es mejor que quedarnos quietos, aun con las incertidumbres. El miedo no me paraliza, que me haga decir cosas muy idiotas o avanzar [en efecto] hacia el precipicio, bueno-- pero no me paraliza. No cancelo posibilidad alguna, no claudico, a veces me evado pero no huyo, ya no.

Así que -en este contexto, nacional y personal- mi gran reflexión de fin de año y con la madurez que me otorga mi nueva edad es: tomemos vino, bailemos unas cumbias y tatuémonos todos... si queda tiempo pues lavemos ropa, terminemos los trabajos finales y exijamos justicia social.

domingo, 11 de noviembre de 2012

ficciones e hiperrealidades

Cada año los escritores del noroeste de México vienen a la ciudá a su festivalín literario a vivir una gran ficción. Pero es bello porque Tijuana se presta para las ficciones y para las hiperrealidades. Entonces la cosa va así: salgo con mi bato el viernes a nuestro bar-de-perdición-de-costumbre. Al llegar nos encontramos a los punks-de-mi-edad nostalgiándose por las épocas en las que eran jóvenes. Pffff. Maricas. Me hartan a tal grado (aunque me divierten mucho también) que les pido dancen la Danza del viejito y -en efecto- danzan para mí (con los ademanes propios del caso). Pasada la carrilla, nos vamos él y yo al área verde y nos topamos con compañeros de la maestría Coolturosa y la maestría Ambiental en una suerte de etnografía con las técnicas de la observación participante. Algunos de ellos van con escritores que recién escucharon en el festivalín literario, según me informan. Entonces, con mi vista borrosa y mi actitud ruda, hago un paneo por el lugar y noto que nos invaden: funcionarios y literatos, jóvenes y adultos, hippies y yuppies, mexicanos y extranjeros, todos están allí. Algunos ex profesores míos de la universidad a quienes en otro contexto saludaría con mucho gusto. Entonces todos comparten sus consumos [entre ellos], bailan, brindan, reflexionan, debaten, mean, gritan. Todos (en especial los funcionarios) se comportan una vez al año como si así fueran siempre (atestiguamos lo mismo cada noviembre). Es muy chistoso. Nosotros nos quedamos con los roquers (los punks-ancianos-de-mi-edad consiguieron mesa y se han ido a sentar), nos chuleamos los peinados exóticos, la selección musical en la rocola, las barbas y las ropas. I don't like the drugs but the drugs like me, canta Marilyn Manson en su fase andrógina. Rumbo al baño, afuera del sanitario de mujeres, hay una bola de renegados-pervertidos [batos y una lesbiana] zorreando a cuanta nena vamos a orinar. Malvibrosos. Hate them all. Los empujo, les digo “da chance, compa”, y como son chaparritos nos miramos a los ojos, se sonríen, dan medio pasito hacia atrás. Pequeñas luchas que no significan nada, a nadie, nunca. Un punk regresa a la barra a manifestar su amor por mi bato. Le pellizca los pezones, le acaricia el cabello y (rasgo de fraternidad, supongo) ambos se dicen “pinche joto”. Luego me mira y le dice a mi bato “ella es un mujerón porque es muy inteligente”. Mi bato responde “ya sé”. Yo río y dígole “ayayay, ‘ora nos vas a querer besar a los dos”. Se quiere poner meloso pero no estoy para esas cosas, al menos no allí, no con él. Esa noche saludamos al Compita, a cinco días de haber sido liberado. Nos narra: el lunes salió de la Peni (encerrado como narcomenudista) tras un año seis meses un día, y caminó de La Mesa al Centro (unos 8 kilómetros) sólo para sentarse en la barra del bar donde solía trabajar. Se le ve repuesto. “Ya no consumo nada, mi droga es mi trabajo”. Unos escritores se sientan, unos maestrantes bailan, unos funcionarios snobean, unos roquers pistean, unos punks nostalgean, unos perverts zorrean. Nosotros nos vamos a casa, con moderados niveles de ansiedá. El sábado, cosa curiosa, la que parece la más inestable de mis amigas nos haría tranquilizarnos.

Debería ser menos complicado

No puedes andar de la mano con ella. Bueno, sí puedes pero debes asumir riesgos. Es que los batos las tratan con si fueran su propiedad, entonces: no puedes andar de la mano con ella porque no falta el culero que quiera tocarlas. Es horroroso tener que aceptarlo, tener que decir “así es”. Mujeres juntas = propiedad pública. La cosa con los tatuajes es muy similar: raza [batos, mayormente] que quieren tocarte como si tus tinturas fueran una invitación a tu cuerpo. Horrible. Y la neta te tiene sin cuidado que las vean o las juzguen u opinen o chismeen; lo insoportable es que quieran tocarlas. ¿Acaso se tienen que esconder? ¿es ésa la única alternativa? ¿ocultarse? Desearías no tener que pensar en ello. Desearías salir con ella sin preocuparte por el puto mundo. No quieres que las agredan: sólo quieres platicar, bailar, cenar, tocar en paz. Y la sociedad te decepciona pero, cosa bonita del destino, ella se siente igual.

martes, 30 de octubre de 2012

El altar

Plaza Santa Cecilia [patrona de los músicos].
Altar de muerto a Pedro Infante, frente al Ranchero [bar gay con variedad travesti]. Sólo por darles el contexto.

Does that make me crazy? Wait and see

Como si las cosas no estuvieran lo suficientemente raras hoy los muertos jugaron conmigo. Cansada física y emocionalmente, reseca por dentro (las crudas acumuladas) y por fuera (con los pinches vientos de Santana electrificando todo y las costras de mi nuevo tatuaje resbalándoseme por el muslo) cedí ante mi cama. Mi cuerpo ha estado estresado: me tensé toda cuando llegaron indelebles las calaveritas de azúcar. También ha gozado. Y exhausto cayó a la 1:30 de la tarde. I remember when I lost my mind, There was something so pleasant about that place. Primero su mano tocó mi cadera. Luego me movió como queriendo despertarme. Me habló, dijo mi nombre. Debió darse cuenta que no podía. Entonces volvió a decir esa palabra que tan cautelosamente mis padres eligieron para llamarme. Y desperté, sólo para darme cuenta que estaba sola. Volví a dormir. Y él o ella o ellos regresaron para brincar en la cama. “Quiero estar contigo aunque sea para estar peleando”, una voz que creí identificar. Mi cuerpo, como una prisión blanda, me impidió reaccionar. Rebotaban y yo quería rebotar también, jugar (con él o con ella o con ellos). Por fin salí de esa prisión para ver la habitación sin alma otra -al menos visible- que me acompañara. Does that make me crazy? Possibly.

Bajé a conocer el altar que hicieron junto a mi casa. Muchos muertos. O pocos. No sé. Están los que expiraron de ancianos, cuyas muertes, aunque dolorosas, uno tiende a cuestionar menos. Están los niños e infantes, de las retiradas más incomprensibles. Y estaba ella. Joven, muy sonriente, con su cabello largo y rizado, vestía de negro, sus labios pintaba asimismo oscuros. Muy guapa y delgada. Y tan joven. Y tan sonriente. Pero tan joven. Tan plena. Tan muerta. No la conocí, al menos viva ella o despierta yo. Aunque tal vez fueron los niños los que querían jugar conmigo. No sé por quién lloré exactamente. You really think you’re in control? Well, I think you’re crazy… just like me. Tal vez lloré por mi propio cementerio. O porque hay luna llena. O porque querría seguir durmiendo sin ser interrumpida. O porque sentí que hoy no me abrazaron lo suficiente. O simple y llanamente porque pensé en mi mortalidad. ¿Acaso todo llanto debe estar justificado? Supongo que seguirán jugando conmigo y la neta estoy dispuesta: también quiero jugar con ellos.

viernes, 12 de octubre de 2012

Sus rostros agrietados


El postgraffiti autóctono. Aunque suene a contradicción.

Kiliwa, Cucapá, Kumiai, Pai Pai. Son las culturas nativas de Baja California, pertenecientes al grupo lingüístico Yumano, que comprende la región de Baja California y Baja California Sur, Sonora, California y Arizona.
Y estos murales están en Tijuana y hablan de esas culturas (en peligro de extinción) y de la ecología. Y son hermosos. Y yo los amo.

 
 
 
 
 
 

sábado, 15 de septiembre de 2012

Mexican style

Bajamos al centro, es de noche. Con los centígrados elevados a más de 30 y poco aire. Esto ya parece Mexicali, me dice. A la bajada del taxi una mujer vende a ras de suelo maquillajes sobre una sábana. ¿De dónde habrá agarrado ese lote? Mi mirada trata de distinguir en ese tumulto de esmaltes el de color negro o guinda o morado o-- negro. Y la mujer, que observa todo y a todas las que por ahí pasamos, me anuncia que las pinturas de uñas están a 5 pesos. Sin pensarlo le entro al empuje y compermiso y ahí te voy, sin mirar a mis correligionarias que en cuclillas revuelven la mercancía. Somos morenas y pásele güerita. El esfuerzo de sentadilla acaba pronto pues agarro (me abalanzo sobre) el frasquillo de tapón dorado. Es el esmalte color negro, aunque haya quien argumente que el negro no es color, sino ausencia de. Pago y seguimos caminando. Una cuadra adelante, en el Antiguo Palacio Municipal, se escucha argüende, toca un mariachi. ¿Vamos? Es tan raro que dejen entrar a ese espacio -hoy convertido en coso cultural- pese a que se sostiene con presupuestos públicos. Como que a la chusma nos hacen fuchi. Pero esta vez no, esta vez nos abren la puerta y nos reciben con tequila. ¿Directo o paloma? Directo; y agarramos dos shots y un pedacito de limón con sal. Hay gente sentada y de pie. Apenas alcanzo a ver los sombreros charros de unos danzantes folklóricos. Me dicen los que ahí me reconocen (he entrevistado a casi todos los burócratas del instituto de arte) que allá en el fondo hay antojitos mexicanos, que le pase por entre las mesas. Y la neta sí se nos antoja pero la logística ilógica del acomodo no nos libraría de pasar frente al escenario y obstaculizar las artes contemplativas de la gente que llegó temprano. Además queremos unas cervezas. Resolvemos salir, en busca de unos tacos... o algo. En la Plaza Santa Cecilia (la santa patrona de los músicos) hallamos un restorán que no es tan caro ni tan barato. Dos cervezas Pacífico y dos sopas aztecas, por favor. Quiero que el Quetzalcóatl de mi espalda también dance.

En una mesa ameniza un conjutno norteño; en la que tenemos de junto, una banda estilo tambora. La clientela pide a gritos sus canciones, se impone, nos hacen saber que están de fiesta. Los hombres nos demuestran escandalosamente que están ahí para despilfarrar con sus mujeres. Lo que quieras, mija. Ellas eligen el repertorio. Ellos les compran flores, las invitan a bailar jalándolas del brazo en una suerte de levantamiento de costal. Tiran torpes las cervezas, rompen botellas, piden más (más música, más tragos, más euforia). Nosotros charlamos (intentamos charlar) en vociferaciones. El consort de alientos (tres clarinetes, tres trompetas y una tuba) y el constante golpeteo del bombo nos hacen sordos de las palabras. Ni qué decir de los platillazos que dan acento final a cada pieza. Le narro (intento narrar) que en la escuela expliqué a una colombiana qué lleva un pozole (espinazo o cabeza de puerco, a veces le ponen pollo... depende de la región de México. Y a la hora de servírtelo: aguacate, si se puede uno entero mejor), que el profe de Antropología nos inhibe, que el de Fronteras es bien denso, que en la cocina dieron tepache este viernes, que-- Todas mis historias son de la escuela, es que no salgo de ella aunque salga de ella. Llega la sopa, que es estética. El mesero cholo me mira con empatía porque los dos estamos tatuados. Son códigos y no me importa si cree que también soy chola.


Nosotros seguimos en lo nuestro; comemos, brindamos, gritamos porque no hay manera de conversar y nos vamos: al bar de enfrente, el mentado Turístico (aunque sea más local que la chingada). Una caguama, otra caguama, otra y otra caguama. Por ahí se ven caras conocidas, caras hinchadas en cuerpos regordetes. Ex compañeras de la universidad que se asumieron doñas. Yo soy más grande de edad, pero parezco más joven. Si no es ahora ¿cuándo?, me lo vengo diciendo desde los 24 años. Concluyo que no es cosa fisonómica, es la actitud la que se les aseñora. No me saludan, tal vez ni me reconozcan, en realidad a unas ni les caía bien. Ya es tarde y el sábado es 15 de semptiembre. Tanto por leer-escribir, tanto por resolver a nivel familiar y a nivel sociedad. No creo que vaya a Ensenada. Ni a la marcha, no tengo tiempo. Es una cosa que me pone muy nerviosa. No me quiero quedar nada más mirando, ya fui observóloga por muchos años. Quiero participar. Tal vez por el momento sólo deba-pueda desde una laptop y ello me hace sentir parásita. Son otras plataformas, ajá. Llegamos a la casa en taxi especial, la temperatura ambiental parece haber incrementado. Afuera está más encerrado que adentro. Como me estuve rasgando las uñas en esos lapsus anxietatis tengo los pulgares otra vez sin esmalte. Reviso la agenda de todo lo que he de hacer el fin de semana, demasiado aunque no me mueva de una silla. ¿Tendré tiempo de lavar ropa? Saco mi nueva adquisición y me pinto las uñas antes de que el calor convierta a mi pinturilla en un chicle inmaleable.

martes, 21 de agosto de 2012

Puertas, paredes, pilares, pasajes, pasillos... pinturas

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Todo esto me hallé en uno de los pasajes del centro de Tijuana. Bueno, hallado ya estaba sólo que esta vez le tomé foto.