domingo 4 de marzo de 2012

En dos ruedas y tacones

Lo leí en twitter y pronto despertó mi interés. Era la ‘Rodada de altura’, un paseo ciclista exclusivo para mujeres, con la particularidad de que éstas debían ir en tacones. Busqué información en redes sociales para conocer los detalles del recorrido pero no tuve éxito, lo más que logré fue me confirmaran: “la salida es en la Diana Cazadora a las 10 de la mañana, sábado 3 de marzo. Lo organiza Ladies Ride”. La noche anterior al paseo, aún con la incertidumbre del evento en Tijuana (la convocatoria fue para más de una decena de ciudades de México y América Latina), me hidraté y alimenté como cualquier viernes: cervezas, hamburguesa y pizza. Fue un viernes más de qué-me-importa y me dormí como a las dos de la mañana. Nada fresca desperté a eso de las 8:30, pidiéndole a mi bato echara aire a mi bici mientras yo me ataviaba para la ocasión: camisita rosa de tirantes, microshort, cachucha de amplia visera, medias a la rodilla y mis botines de 8 centímetros de tacón. Al llegar a la glorieta de la Diana Cazadora vi reunidas unas 30 mujeres con sus lindas bicicletas, así que me apuré a sumarme al conglomerado con mi bici que también es muy mona: rosa con lila.

Las ciclistas iban con vestidos floreados, tacones de plataforma, lentes oscuros, tocados florales en el pelo, labios rojos, sombreritos coquetos con ala de ruffle. Las bicicletas también tenían flores, listones, canastillas al frente o en la retaguardia, llantas de colores pasteles y (algunas) moñitos rosados, de esos que conmemoran la lucha contra el cáncer de mama. Nos tomamos unas fotos en la glorieta, bajo la escultura de la escultural Diana, y custodiadas por policías motorizados empezamos a pedalear.

Anduvimos todo el Paseo Centenario hasta su final y pronto me ubiqué en el grupo de ‘las últimas’. Apenas estábamos por subir el puente que conduce al Paseo de los Héroes cuando escuchamos –al menos las que íbamos atrás– nuestra primera vociferación proveniente de una automovilista: una mujer se desgarró en gritar hacia nosotras (la censuraré) “¡vete al falo, pinche vieja!” (elegante, pues). Las que escuchamos nos volteamos a ver preguntándonos “¿qué le pasa?” y seguimos con optimismo por la avenida, rodeando la glorieta de Ignacio Zaragoza, la de Abraham Lincoln, la del Cuauhtémoc y la de las ‘Tijeras’ (el sincretismo fronterizo hace que Tijuana tenga los monumentos más impensables).

Si bien mi cuerpo no se sentía cansado, ya la sed me hacía parecer perro sacando la cabeza por la ventana de un carro. Empecé a lamentar el desvelo, sin duda, mas no detuve mi andar por no parecer una debilucha, digo, había mujeres con sobrepeso y otras de cabellos blancos mucho más veloces que yo, mi juventud y mis 48 kilos. Continuamos pedaleando hacia el Centro, por la Calle Tercera, luego dimos vuelta en la Madero para subir a la Revolución (la calle turística) por el andador México (muy usado por los que vienen del otro lado). Ahí los comentarios de los locatarios –puro dicharachero jalador– se pusieron un tanto lascivos: “uy, esa de rojo…”, “qué bonitas se ven enseñando pierna”, “si quieren las acompaño”, “m’ija” y el clásico “holaaa” quedito y perverso. Yo no tenía demasiadas fuerzas como para responderles, así que dejé la indignación de lado y seguí guardando mi aliento para no claudicar en la hazaña de recorrer Tijuana en bicicleta.

Sobre la Revu la cosa se puso más folklórica: turistas japoneses sacaban sus megacamarones Canon-Nikon-Minolta con lente gran angular, videocámaras HD y todos los iPod-iPhone-BlackBerry último modelo para capturar nuestro paseo. Lo chistoso es que creo salí en todas las fotos a pesar de ser la menos deportista del grupo, porque al ver el contingente ciclista la gente empezaba a sacar sus dispositivos y para cuando hacían clic ya sólo quedábamos las últimas, que frente a la lente recobrábamos el estilo. Dimos una vuelta a la Calle Sexta y sobre la Constitución subimos nuevamente por la Calle Tercera, que concentra el mayor flujo de taxis, camiones y personas. Los transeúntes y comerciantes nos apuntaban con sus celulares; unos nos alentaron con aplausos y vitoreos, y otros de plano se pusieron muy infames, hombres particularmente. Hubo los que nos gritaron “¡gordas!”, pero el que me resultó más grosero fue un señor que desde la otra acera se esforzó en clamar “¡váyanse a lavar los trastes!”. El tipo caminaba con su mujer de la mano, ambos de cabello cano, ella con la vista al piso. Triste escena.

Llegamos al Parque Teniente Guerrero y yo de plano ya tenía la lengua de fuera. Las cámaras del noticiero local nos hicieron algunas tomas y al darle la vuelta al parque el reportero nos detuvo para dialogar con las organizadoras, las cuales llenas de vitalidad a sus cuarentaytantos todavía tenían pulmones para corear “¡Que sólo nos detengan los frenos de la bici!”. A esas alturas las que íbamos siempre al final (básicamente tres entaconadas) habíamos hecho una alianza que consistía en esperar a la que se retrasara y compartir el agua.

Bajamos por la Calle Cuarta otra vez hacia la Revu, pedaleando hasta donde se acaba la avenida y se convierte en Bulevar Agua Caliente. Los clientes de algunos restoranes nos saludaron desde sus mesas, pese a que muchas ya habíamos perdido toda gracia: caras enrojecidas, sudores en las ropas, cabellos de estropajo, ojos desorbitados. O tal vez era sólo yo. Cerca de Las Torres me tragué un mosquito, y algunas compañeras empezaban a preguntarme “¿cómo andas?” (debí verme realmente mal). Animosa pero sin fuerzas respondía “bien, pero prefiero las bajaditas”. Retornamos por el Monumento al Libro (frente al club campestre), seguimos sobre el Bulevar Salinas y doblamos en la Abelarlo L. Rodríguez, donde volvimos a dar una vuelta a la glorieta de Zaragoza para retomar el Paseo de los Héroes.

Al finalizar la Plaza Río, a las ciclistas que guiaban el recorrido se les ocurrió subir el puente Independencia, que para mi-casi-nula-energía equivalía a escalar el Everest… en bicicleta. Pedaleé apenas unos 50 metros cuando decidí tirar la toalla: me bajé de la bici, con las piernas haciéndoseme como un par de fideos, y empecé a caminar la pendiente en dirección al grupo, del cual no veía rastro alguno. A punto estaba de llamar a mi bato para que me recogiera en el puente (inspirada por el agotamiento y la vergüenza ante los que se me quedaban viendo), cuando de pronto un policía en su moto se puso a mi lado y comenzó a darme una charla motivacional: “ándele m’ija, súbase a la bici y métale los cambios, verá, deje la cadena de atrás como está, cámbiele de enfrente para que no se canse, ande, si esas bicis tienen como 21 cambios”. ¡¿Qué?! Yo en mi bicicleta de montaña con seis estrellas para menguar el esfuerzo y a lo largo de esas tres horas bajo el sol del mediodía jamás se me ocurrió meterle los cambios. Con razón me parecía que pedaleaba lo doble que las demás. Me subí, cambié la velocidad al siete y sentí que Vangelics tocaba sólo para mí el tema de ‘Carros de fuego’. Sublime momento: con el poli dándome ánimos y –al bajar el puente, en la glorieta Hidalgo– mis dos comadres de recorrido esperándome para aventarnos juntas el tramo final, otra vez hasta las nalgotas de la Diana Cazadora. Enorme nuestra proeza (de ¡20 kilómetros!), de la cual espero algún día canten los trovadores. La experiencia seguro me hará pensarlo dos veces a la próxima convocatoria, mas no por haber sido la última en llegar ni por el cansancio ni los desfiguros ni las ofensas, nada de eso: por el tremendo dolor de cola que a más de 24 horas me hace recordar cada grieta del pavimento.

lunes 20 de febrero de 2012

domingo 19 de febrero de 2012

reencuentro

Vi a mi highschool sweetheart (el novio eterno con el que duré toda la prepa) el día de su boda. Me invitó y asistí, pese a que nuestro noviazgo no había culminado en los mejores términos. Fui sola, con un hermoso vestido de satén color durazno, largo, principesco, con pedrería plateada bajo el busto, delgados tirantes y media espalda desnuda, un tanto parecido al vestido que usé en nuestro baile de graduación. Hacía calor. Llegué a la recepción, que fue en un patio amplio de losetas rojas, y lo vi a lo lejos, feliz, radiante, ayudando a su mujer a no tropezarse con la enorme cola de su falda, que era blanca con negro. De verdad creo que nunca lo había visto tan feliz. Traté de buscar una oportunidad para saludarlo, charlar unos minutos y decirle que honestamente compartía su felicidad. Como se mantenía cerca de su esposa, no me parecía prudente importunar. Vi que se detuvo un momento a coordinarse con los músicos sobre el repertorio de la tarde, que ya era jazzístico, y ahí le hice señas para pedirle caminara a mi encuentro. Se acercó, feliz de verme y feliz de estar feliz, lleno de proyectos. Le pedí nos sentáramos en algún punto para hablar y no encontró mejor ubicación que unas bancas en la orilla de ese gran patio, bajando un nivel como de un metro. Faltaban escalones en esa área así que colocó una silla, bajó y se ofreció a cargarme. Respondí: claro, al fin que tú sigues fuerte y yo no he engordado tanto desde la prepa. Rió e hizo referencia a que me veía muy guapa, encontrando como único limitante para bajar por mí misma los enormes tacones con base de plataforma que llevaba. Nos sentamos de frente, con una mesa de por medio, de esas de madera con las bancas conexas, mesas de exterior. Le felicité y no tardó en hablarme de cómo conoció a Marthita, su recién desposada. Estando de frente le noté más delgado, del rostro. Él me chuleó mi cabello largo y oscuro (cuando fuimos novios tuve mi cabello muy corto, teñido de tonos fantasía). Le dije que cuando me enteré que se casaba sentí una gran emoción, porque para él sólo espero lo mejor. Me dio la emoción que da cuando se casa alguien muy querido, una hermana o un hermano, le expliqué y pronto sus ojos se tornaron brillantes. Ojos aguados y sonrisa enorme. Sus dientes siempre fueron bonitos, ambos usamos aparatos de ortodoncia durante la prepa. Recuerdo que una vez besándonos nos quedamos atorados de los frenillos. Me gusta verte contento, continué y nos tomamos de las manos. Me sujetó muy fuerte, mientras sonreía con las lágrimas ya resbalando en las mejillas. Estábamos muy emocionados y en sus manos me sentí segura. Pero todavía había algo más por expresarle, me puse muy nerviosa, no quería romper con su júbilo. Debía decirle dos cosas que no estaba segura comprendiera: la primera era que yo lo quise mucho y que aún lo quiero; la segunda era que estaba muerto. Y no pude. No pude pronunciar ninguna: porque no creí que fuera el momento, porque él estaba tan feliz, porque no supe cómo decirle que nada de aquello era real, que murió en el 2008, que se ahogó a sus 29 años. No pude tampoco porque desperté, con las manos en mi pecho, dobladas hacia enfrente, todavía sintiéndome sujeta por las suyas. Creo que prefiere no saberlo.

simple desahogo ultrapersonal o de cómo el periodismo hiere ciertas sensibilidades

La cuestión con el periodismo es que es un oficio muy público. El trabajo que en esta tarea se realiza es difundido bajo una firma y así quienes se aproximan a él conocen el nombre y apellidos (en ocasiones rostro, origen, edad) del autor de ese trabajo. Eso tiene sus claroscuros: a veces llegan solitas las ofertas laborales (las letras publicadas son una suerte de currículo abierto); pero también a veces llegan solitas las hostilidades de lectores aludidos o inconformes con lo publicado. Pero el periodismo (el verdadero periodismo) no se centra en simpatías ni en complacencias, y tampoco necesariamente tiene como fin incomodar. En los casi ocho años que me he abocado a redactar diversas informaciones y hacerlas públicas lo he visto de cerquita: he recibido reclamos, me han dedicado cortos y extensos textos en blogs, y [según me he enterado] he sido motivo de alguna conversación demasiado seria o trasnochada, o ambas. Sin querer uno se hace ‘famoso’ en ciertos ámbitos, cosa que va ligada estrechamente con lo que publica. Con temas como la escena artística-cultural he sido laureada y repudiada, por ejemplo. Lo mismo cuando he abordado temáticas de activismo (las marchas, manifestaciones, los grupos de izquierda partidistas y apartidistas…), porque muchos de los activistas son de tamaña solemnidad que si uno no habla [escribe] en sus términos consideran que uno fue incapaz de entenderlos, que se ha alineado al sistema o que de plano pues “qué se puede esperar de los medios”. Me han tratado de ingenua y me han tachado como “el enemigo” (al margen de los funcionarios, que de ellos ya se espera renuencia ante los cuestionamientos). Y la cosa aquí es que quienes se manifiestan sensibles ante lo publicado no alcanzan a comprender que aquello escrito no es para ellos (o no es para ellos solamente). Es para todos: para quienes les importa y para quienes les vale madres; para quienes conocen de qué trata el asunto y para quienes recién se enteran. Y no es (como muchos sospechan) para hacerles quedar bien o mal, al menos ése no es el periodismo que yo hago (amén de los diarios locales y los noticieros nacionales). He llegado a meterme en tremendas broncas por dar espacio en un medio comercial a movimientos anti-algo-oficial, broncas tanto con el medio comercial como con el movimiento anti-algo-oficial. El primero me ha dicho “jamás vuelvas a escribir algo en contra de lo oficial” (lo sabemos: hay que mantener al pueblo ignorante) y el segundo “lo que escribiste es insuficiente”. Y mientras esto ocurre, imagino que algún lector anónimo (que es a quien dirijo lo escrito) valora esos reportajes que tantas pasiones despierta a los involucrados.

La fama ésta de andar en el periodismo provoca ocasionales desencuentros con amigos y con no-amigos, porque [repito] al tratarse de un oficio tan público algunos adoptan una postura de analista o crítico o jurado para lanzar observaciones muy suyas de lo escrito o también –sobran éstos– para sugerir, sean temas o formas. Y pareciera que mi papel (el de cualquiera en semejante situación) ante los comentarios que fortuitos llegan debe ser la aceptación, o sea, aceptar lo que sea que me digan y aceptar el hecho mismo de que me lo digan donde quiera que me lo digan (así nos encontremos en el bar de peor reputación compartiendo todos los vicios). Un bizarro auto-otorgamiento del derecho de réplica: dado que expresé algo en letras (ya tuve ‘mi momento’) entonces cualquiera que lo haya leído puede replicarme (porque ahora es su turno). Esto me tiene confundida, es decir, lo asumo pues entiendo que es parte de esta labor, entiendo que lo responsable es escuchar y responder o tratar de responder; pero la onda es que a veces mi ánimo quiere mandar a todos a la chingada y decir “yo no juzgo tu trabajo (o al menos lo hago en silencio)” o explicar a los opinones que estoy en desventaja porque ellos saben más de mí que yo de ellos. Es comprensible ¿no? O ¿es mucho pedir que me dejen en paz cuando no estoy trabajando? Al fin que soy una más, una cuyo trabajo resulta ser esto de la publicación de textos. No soy ‘la reportera de tal medio’ o ‘la que escribió sobre equis tema’ o simplemente ‘prensa’ (ocurre con cierta frecuencia: gente que me mira con recelo porque su idea del periodismo es la del chisme y el balconeo –el periodismo carroñero existe, ni hablar–, o porque considera que todos los medios son iguales y adjudican indistintamente eso de ‘prensa vendida’. Es insultante, pero qué le vamos a hacer). Puede parecer contradictorio pero me satisface –creo que es lógico– que mi trabajo se conozca, que lo que escribo sea leído y comentado; y sin embargo (bipolar como cualquiera) me fastidia la posición juzgadora de algunos interlocutores, en especial esos que suponen que uno se afana en provocarles algo mediante publicaciones. La neta la cosa es más simple, dejémonos [todos] de protagonismos.

Seguramente esto nunca ha de cambiar y seguramente no halle postura prudente otra que la de la resignación, porque con algunas sensibilidades es fácil advertir cuándo me llegarán estos comentarios, en apariencia aleatorios.

viernes 3 de febrero de 2012

Profes opinones en tiempos electorales

En la Universidad Autónoma de Baja California, ésa que goza de libertá de cátedra (oséase que los profes imparten los contenidos que gusten en su asignatura y son quezque muy libres pa’ opinar) recuerdo estábamos en el primer semestre, año 2000, una bola de niños ñoños que votaríamos (la mayoría) por primera vez en unas elecciones presidenciales. Eran tiempos en que la alternancia político-partidista era deseable, requerida y se veía factible, aunque lamentablemente el mesías que cumpliría tales sueños era el ranchero guanajuatense, el panista Chente Fox, dadas las simpatías que se fue ganando con su folklor. Muchos potenciales votantes, especialmente los de edad mayor a nosotros, fincaban sus esperanzas de ver al PRI derrotado en esta figura, que sin importar fuera de derecha, fuera un ignorante, fuera la continuación del neoliberalismo Delamadrilista-Salinista, esperaban arrebatara el poder al régimen institucional derivado [tergiversado] de la revolución mexicana. Sin considerar la plataforma electoral, el partido del que surge, trayectoria, propuestas... Nada, la principal (y creo única) motivación de tanta gente era (fue) que ése de las botas sacara al PRI de Los Pinos.

Una profe, la de Taller de Lengua Escrita (joven ella), como no queriendo la cosa, así, bajita la mano, en una clase empezó a deslizar su mensaje proselitista, pero no a favor del Chente ni en contra de Labastida (el entonces candidato priista), sino con intenciones de disuadir posibilidad de voto hacia la más sólida opción izquierdista de ese momento: Cuauhtémoc Cárdenas, del PRD (ése al que le cometieron fraude en 1988, cuando “el sistema calló” del verbo callar, no del verbo caer; el propio Carlos Salinas De Gortari lo ha dicho-escrito). Puso un ejercicio a la clase, luego vino el periodo para calificar (así como en la primaria: terminas la encomienda, haces fila para que te revise el profe y luego argüendeas en el aula) y la profe ésta aprovechó para compartir su opinión sobre la manera en que sufragaría. No dijo por quién sí, se enfocó en quién no, con el convincente argumento (ultra sesudo) de que Cuauhtémoc Cárdenas era un viejo apestoso y que uy no, o sea, votaría por cualquiera menos por él, ruco anacrónico (chusma, chusma, chusma).

En eso estaba la morenaza cuando la interrumpí. Alcé mi manita, pese a que no se trataba aquello de un tema de la clase (bueno, clasista quizá, digo clase como la asignatura que impartía), y comencé a hablar: profe, me parece muy delicado que hable usté de temas partidistas, que trate de influir en nosotros, porque, verá, usté de alguna manera es líder de opinión y no creo que sea muy ético que nos quiera imponer su punto de vista, de hecho me parece algo peligroso, pienso que no debe hacerlo, al menos así, aquí, durante clase… Se puso algo sería, porque muy risueña había estado hacía unos minutos hablando de los posibles hedores del abuelito Cuauhtémoc Cárdenas. Mejor se volvió a ocupar de los asuntos propios de su plan docente: palomear libretas universitarias.

Esto fue en la facultad de Humanidades, en medio de un ambiente donde entre la población estudiantil hay supuestamente mucha libertá pa’ hablar, argumentar, debatir, compartir ideas, donde aparentemente el alumno tiende a cuestionar, a razonar y bla bla bla. Pues aquella vez fui la única que opinó y enseguida me gané –claro– el calificativo de izquierdosa, grillera y bla bla bla porque a las mentes de esos dieciochoañeros poco les importaba el rumbo político del país, las dinámicas en el aula, o lo que dijera cualquier maestro (realmente). Y ahí navegan estos profes, en las mentes dóciles, moldeables, a veces huecas de ideología, para introducir un pensamiento alineado al confort y carente de raciocinio. Una vergüenza. Y eso pasa un montonal en la facultad de Derecho, en Economía, en Psicología, en Administración… no sé, tal vez en todas, con profes que van sembrando la semillita de la enajenación, la discriminación, la estupidez, la apatía, hasta el odio. Igual y esa profe sólo es (fue) tonta y nos trató como si fuésemos la comadre con la que se va a tomar un cafecito mientras sopea un pan francés. Tal vez fue una total distraída y se sintió en confianza. Pero tal vez nada de inocente hubo en su intervención, y tal vez fue por demás perversa. No lo sé, sólo sé que durante los siguientes dos semestres en que nos dio clases la política dejó de ser su tema (probablemente porque ya había ganado Fox).

miércoles 1 de febrero de 2012

Sueños. Fantasías. Esa delgada línea.

- Soñé con Megan Massacre.

- ¿Que se besaban?

- No, aunque eso hubiera estado mejor. Soñé que nos tomábamos fotos.

- ¿Desnudas?

- Nooo. Demonios ¿por qué tengo sueños tan aburridos?

martes 31 de enero de 2012

y vuelve la mula al trigo

Si la credencial de elector es -esencialmente- para votar, seré drástica y diré que quien no la use para ello no debería tenerla.

imposible


Lo confieso: me cuesta ver al futuro. Sufro de una incapacidad para imaginar los años venideros. Seguro se debe a las inestabilidades de mi actualidad, que son en todos los aspectos: financieros, emocionales, de gobierno también (por qué no)… Todo es incierto. Todo. Y no sólo poseo una incapacidad de ver hacia enfrente sino que padezco además un profundo desgano para hacerlo. Me avasalla la apatía. Me siento débil, con ganas de estar sentada en el piso de mi casa todo el día, con la mente en blanco. Cada vez entiendo más a los locos, de verdad. Cada vez le veo más sentido a la locura. No a la locura que agrede a otros o a sí mismo, ni siquiera pienso en la locura de quebrantar las leyes. No. La que adquiere sentido en mi cabeza es la locura de quien deambula ensimismado por el mundo, silencioso, acaso imperceptible, solo. Siempre me he preguntado cómo será eso, cómo se da la desconexión con el entorno éste de los convencionalismos sociales; qué cambia, qué hace clic, qué truena. Una vez enloquecí por varios días, unos cuatro o cinco, y fui justamente ésa: la loca que deambula y llora sola en la calle. Lo que tronó para que eso ocurriera fue un exceso de iones negativos a causa de los famosos Vientos de Santana (ráfagas calientes, ásperas, llenas de tierra, que llegan a la costa desde el desierto sonorense). Los vientos me electrificaron, me sobrecargaron y luego me provocaron casi estallar cuando mi mano y un carro hicieron contacto. Troné. Literalmente, porque de mi mano salió un pequeño rayo (como descarga eléctrica) que hizo un sonido seco. ¡Poc! Y, después, enloquecí. Quise huir y lo hice. Me escondí en casa ajena. Loca. Llorona. Loca. Perturbada, pero sin pensamiento alguno. Loca. Tonta. Rostro inexpresivo. Muda. Loca. Loca. Con una tristeza inexplicable, dolorosa. Y eso que eran tiempos de mucho amor.

No me parece justo que me pidan cordura, que encuentre el camino, que tenga ganas de levantarme del piso de mi casa… y menos justo me parece que lo hagan argumentando “eres más inteligente que eso”. La inteligencia nada tiene que ver cuando los pensamientos abandonan. Y pasa, en serio, a veces todo se vacía: la mente y el alma, y pasa (al menos a mí) por esa imposibilidad de ver al futuro; veo nada ergo pienso nada, siento nada. Que he de hallar el equilibrio, lo sé. Que necesito que me rescaten, eso no lo sé. Los intentos que llegan son torpes, algunos me quieren regañar, recordarme que uy soy tan talentosa que puedo hacer lo que quiera con mi vida, que uhlalá tengo un futuro tan prometedor, y bueno ¿nadie piensa que tal vez no quiera? Otros, de plano, opinan que tener un hijo es la solución, ya saben, ‘algo’ que me permita ver al futuro. Qué jodido engendrar así. Lo que quiero es una vida sencilla, seré honesta. Una vida simple en la que no exista margen para la decepción. ¿Soy comodina? ¿opto por lo fácil? Probablemente. Quisiera no tener que cumplir expectativas, ni angustiarme. No me interesa destacar ni dejar legado, esas cosas no me mortifican, menos me inspiran. Desearía vivir en una bahía solitaria, tener el cabello largo y enredado, olvidarme de los espejos y de mi aspecto, sostenerme de lo que pesque, y no tener que hablar con nadie. Pero ya sé que es imposible.

lunes 16 de enero de 2012

¿Que no vas a votar?

¿Es cierto que en estas elecciones presidenciales no votarás? ¿que consideras que el voto nulo, o de plano abstenerte, es un signo de haber superado la fantasía de la democracia? ¿que eres mejor que los que planean utilizar el sufragio como su herramienta ciudadana para incidir en el rumbo del país? ¿que estás decepcionado? ¿desencantado? ¿que no le ves caso alguno a las elecciones? ¿que prefieres no sumarte a las decisiones colectivas? ¿que nada tiene sentido dado que al país siempre lo manejan de la misma manera? ¿que nada cambia? ¿que todo seguirá igual con o sin tu voto? ¿que los que voten son ingenuos, ilusos, crédulos, tontos? ¿que lo mejor es ser postmoderno o radical o anarquista o nihilista o antitodo antes que elector? ¿que si votas perpetuas el sistema desigual que ha regido al país por décadas? ¿que no hay alternativas que valgan la pena entre los candidatos? ¿que dejar la boleta en blanco es una forma de protesta? ¿que ya te rendiste? ¿o que luchas por otras vías? ¿o de plano mejor no te esfuerzas por nada? ¿que es tu derecho y simplemente lo ejerces? ¿que ya no confías en las instituciones? ¿que tu individualismo es más importante que tu participación ciudadana? ¿que estás tan defraudado por las políticas públicas y por tanto derramamiento de sangre que tu forma de expresar la inconformidad es no votando? ¿que decides no decidir? ¿que cuando el país se dé cuenta que hay muchos como tú –con argumentos o con apatía– reconsiderará el proceso electoral? ¿que poco importa al que pongan de presidente, al fin ninguno te representa? ¿que valemadre si tu voto nulo o tu no-voto sólo amplía el margen para mayores manoseos en las votaciones? ¿que da lo mismo PRI, PAN que PRD, pese a que veamos las diferencias en entidades panistas (22 años en BC) y en entidades perredistas (15 años en el DF), por ejemplo? ¿que tu argumento más convincente para no votar es que se trata de ‘más de lo mismo’? ¿o acaso tienes todo un manifiesto antisistema que incluye la no participación como forma de presión política? ¿que es mejor no ser parte de la sociedad porque la sociedad ya está muy jodida? ¿que gobierne quien gobierne, México ya va camino al carajo? ¿que tú sí lo entiendes? ¿que tú sí sabes?

Pues bien, muy tú. A mí tú me pareces un irresponsable, algo egoísta y un tanto arrogante; pero hey, that’s just me.

viernes 13 de enero de 2012

bohemiando

pero qué bonitas son las bohemias, esas de guitarras (en plural), canto, risa y reflexión, esas de los amigos entrañables, esas de humos y elíxires, de amanecidas, de mucho diálogo, de proyectos, de recuerdos, de confianza, de libertades... qué bonito, caray.

La 8

A la cárcel de ‘la 8’ yo fui a parar unas dos veces pero no por infractora o delincuente, nada de eso (mi vida delictiva ha sido bastante aburrida). Ingresé sólo un par de ocasiones, me parece que fue en el 2002. No recuerdo bien los años. Ahí solían apresar a las mujeres en proceso penal, a las indiciadas, quienes pasaban años a la sombra así la sentencia final confirmara su inocencia, si fuera el caso. Acudí a visitar a una compañera de la universidad que se vio involucrada (la involucraron, mejor dicho) con un grupo de secuestradores, tijuanenses universitarios.

Una noche de noticias, donde es clásico que se exhiba ante los medios de comunicación a los presuntos pese a que aún no se les compruebe su culpabilidad (¡México!), apareció mi compañera en los noticieros local y nacional al lado de otros cinco jóvenes de apenas unos veintipocos años. Se les anunció como una banda de secuestradores. Pa’ pronto la noticia corrió en la universidad, donde de los supuestos miembros de esta supuesta banda criminal sólo asistía mi compañera (los otros cursaban en una universidad privada).

Hubo los que sospecharon de ella, es decir, casi nadie se atrevió a salir a su defensa inmediatamente porque pues en realidad nadie podía decir que la conociera tanto como para asegurar que no cometería un delito. No tardaron las imaginaciones de alumnos y maestros a echarse a volar para hablar de cómo parecía una “muchacha normal” y “mírala ahora, una secuestradora”.

Pues no, no lo es, aunque fue difícil comprobarlo dadas las circunstancias de su detención, que fue junto con los que sí lo eran. El proceso duró tres años. Tres años con todos sus meses, todos sus días y todas sus horas. Tres cumpleaños. Tres navidades. Tres años nuevos. Tres años de los cuales cada día asistió su mamá para llevarle alimentos.

Cuando viajé a Cuba lo hice con un numeroso grupo de compañeros de clases, entre los que iba ella. Yo para ese tiempo tenía unos cuantos tatuajes y estaba en planes por hacerme otro, allá en la isla. Al narrar eso a las viajeras, ella se apuntó para acompañarme porque también quería tatuarse. Sería su primer tatuaje. Entre los horarios del congreso al que asistió, el miedillo de tatuarse por primera vez y la espontaneidad de mi cita, lo mejor fue irme sola. Mas su deseo por tatuarse ya era cosa inamovible.

Pasaron tal vez un par de semanas después de su detención cuando me decidí a visitarla. Para entonces en la facultad los profes de legislación agarraban su caso para suponer en las aulas que ella nunca saldría libre, argumentando que los procesos penales se complican (eufemismos) cuando se trata de transiciones gubernamentales (porque los funcionarios entrantes quieren dar el ejemplo de justicia y mano dura, nos decían), sobre todo si son de casos vistosos (eso de que saliera en los noticieros nacionales generó mayor expectativa, y bueno, todo el asunto involucraba haber levantado a una menor de edad, lo que dirigió aún mayores miradas).

Me dijeron que estaba en ‘la 8’, la comandancia de la Calle Octava, y me facilitaron los horarios de visita. Y fui. A la entrada únicamente me pidieron identificación y no recuerdo que me hayan revisado (seguramente lo hicieron pero no a un nivel que me traumatizara: nada de ‘bájese los pantalones que le auscultaremos las cavidades’ ni cosa similar). El área de visitas era como un pasillo ancho con algunas bancas al centro. Mucha gente reunida. Las apresadas con ropa regular: mezclilla, tenis y camiseta propias (nada de esos deprimentes pants grises con los que se acostumbra uniformar a los que cumplen condena).

Ella en realidad no era mi amiga, digamos que sólo establecimos una relación de aprecio, respeto y solidaridad; y por eso me pareció prudente visitarla. Como no había mucho de qué dialogar, uno de los primeros temas fue mostrarme su tatuaje, que se había hecho días antes de la detención. Me pareció lindo y la felicité. Hablamos un poco también sobre su situación, que para el momento parecía muy lejos a resolverse. El alegato de inocencia siempre lo sostuvo.

Regresé a los meses y vernos fue asimismo raro porque uno no sabe qué decir que resulte confortante. El habitual intercambio entre los que se reencuentran es platicar qué se ha hecho en los últimos días, pero ¿cómo preguntarnos eso ella y yo? Yo de fiesta por las calles de Tijuana, ella encerrada. Yo en los conciertos, ella encerrada. Yo en la escuela, ella encerrada. Yo de novia, ella encerrada. Era imposible. Y su ánimo ya sufría los estragos del enclaustramiento. No volví.

Como a los dos años y medio de su martirio a las mujeres de ‘la 8’ las trasladaron a la Penitenciaría, fueran procesadas o sentenciadas. La transición debió ser dura. El motivo fue desahogar las celdas de la comandancia dejándolas para el arraigo de los infractores de tránsito. Y de pronto un día recibimos la esperada noticia: se le declaró inocente y la liberaron, mientras que a los otros jóvenes con los que la vincularon se les condenó a varios (muchos) años tras las rejas al comprobárseles su responsabilidad (que no sólo consistió en secuestrar a una menor sino en inculpar a mi compañera).

La comandancia donde ella estuvo encerrada (al igual que cientos de otras mujeres y hombres) hace poco más de un año se convirtió en excomandancia, dejando a las almas torturadas, a las encarceladas injustamente, a las asesinadas (varios salieron de allí en carro del servicio forense) penar por los pasillos solitarios. Y hace unos días la excomandancia se convirtió en escombros, porque al XX Ayuntamiento de Tijuana se le ocurrió poner a la venta el terreno. Fue una decisión arbitraria, una decisión que atenta contra la ciudad y su patrimonio inmueble, y por ello algunas voces se han alzado en protesta (pese a que nada de ese edificio quede ahora). Y aunque esto sea un atropello al entorno urbano y a la población (a la que se le priva de una estructura con cierto valor histórico), no dejo de pensar en el alivio que puede representar la ausencia de ‘la 8’ para quienes por ahí vivieron (murieron) algunos años de su vida. Como ella.

martes 3 de enero de 2012

eyes wide open

A veces son vistosas y otras discretas. Debes poner atención, observar detenidamente cada rincón de la urbe. En una de esas te topas con obras de arte. Como yo, que además de la contemplación me da por la fotografía. Esto, entre otras cosas, es Tijuana:

Los murales de Tijuana

Fueron 18 los videos participantes, provenientes de 6 países latinoamericanos (El Salvador, Perú, Chile, Colombia, Brasil y México). Un jurado internacional -conformado por personas que se desempeñan en áreas vinculadas al video, a la ciudadanía, al periodismo, a la academia- otorgó tres premios. El primer lugar lo obtuvo ‘Extraño al tránsito’ de Brasil al abordar en su material los retos de los transeúntes para trasladarse en vías no adecuadas, no incluyentes, dentro de sus ciudades (no aptas para ciclistas, ni para personas en sillas de ruedas, y casi para ningún peatón). El segundo lugar fue para Chile con el corto documental ‘El encuentro’, que trata acerca de las manifestaciones estudiantiles de dicho país, retratando los bríos combativos de manifestantes no violentos, la unidad de los inconformes por mejorar su país, y la represión -siempre absurda, innecesaria, excesiva- de las fuerzas armadas hacia jóvenes y mujeres. El tercer lugar fue para México con el video ‘Los murales de Tijuana’, que muestra la voluntad de artistas urbanos fronterizos por resignificar el espacio público al intervenirlo con arte, buscando con ello dar otra imagen de la ciudad hacia el exterior así como al interior de la misma, labor que hacen de forma independiente (es decir, no necesariamente organizados ni con recursos públicos).

Además de los videos ganadores hubo participaciones muy interesantes, algunas que se apreciaban demasiado producidas (con guión, varias cámaras, efectos especiales, actores) y con conceptos imaginativos, muy estéticos. Si bien estos videos con mayores recursos (al menos en equipo, me refiero) resultaron gratos a la vista y al cerebro, como espectadora preferí los de temática documental, los que se acercaron más al lenguaje periodístico, pese a que algunos tuvieran errores técnicos (de audio, calidad de imagen o en las transiciones, por ejemplo). Seguro para el jurado no fue una tarea fácil. Del video ‘Los murales de Tijuana’ me gustó su dinamismo (no me pareció cansado ni repetitivo), el colorido (claro, el tema se presta para ello), la alegría (que se percibe mediante la música, además de todo lo visual), y el valor que se le da a los testimonios de tres muralistas como los actores principales de este movimiento de arte urbano. Ellos narran parte de sus objetivos como artistas urbanos, expresan su amor por Tijuana e incluso refieren a grandes maestros del muralismo, de quienes adoptan la premisa de que el arte es el arma con que la sociedad puede defenderse de los desasosiegos de la vida.

sábado 31 de diciembre de 2011

adiós 2011 ¡muac!


La neta este 2011 me trató bien, so... adiosito. Un besito de despedida. Y los mejores deseos pa' los que se dan una vuelta por esta esquina. Saluuuuú.

jueves 29 de diciembre de 2011

Consejos de fin de año

Consejos para cerrar el año:

1. Abandone todo lo que le cause malestar: cosas acumuladas innecesariamente en su casa, gente que succiona o empobrece el espíritu.

2. Haga limpieza: lave sábanas y fundas, si puede cambie almohadas. Barra, lave trastes, desocupe del refrigerador los alimentos putrefactos o que ya no se comerá, saque esa bola de pelos que vive en la coladera de su regadera, desinfecte el retrete, saque el cochambre del lavamanos. Lave ropa, doble su ropa limpia, saque hasta la calle (o hacia algún centro de acopio) la ropa que ya no usa y el calzado. Tire la basura. Desempolve muebles.

3. Haga limpia: pase un incienso por su casa ya limpia, o unas ramitas de salvia (secas y prendidas sin lumbre, cual incienso). Mientras lo hace, emita pensamientos positivos, como deseos de abundancia en salud y alimentos, deseos de ligereza del alma (de no agobios, pues), deseos de felicidá pa’ usté y sus seres queridos, y -muy importante- mantenga pensamientos de agradecimiento hacia el Gran Orden Cósmico (si usté le llama Dios, no hay problema). Pida alcanzar el equilibrio entre mente-cuerpo-espíritu.

Consejos para recibir el año:

1. Quiérase: Coma sanamente, el alimento es combustible para que el cuerpo marche y por ello hay que echarle combustible de buena calidá: procure verduras (saben buenas, no sea usté un berrinchudo infante que se rehúsa a comer verduras, usté ya está grandecito), coma frutas, tome mucha agua (eso no significa que no ingiera otras cosas, namás no olvide tomar agua diario). Muévase, ande en bici, haga una rutina mínima y tonta de ejercicio, baile por las mañanas, trate de flexionar todas sus articulaciones, menéese (que no le dé vergüenza). Trate de vestir ropa que le favorezca, póngase crema todos los días en todo el cuerpo (especialmente rostro, cuello y brazos), cepíllese el cabello sin darse jalones. Lávese bien los dientes y la lengua al menos dos veces al día. Obsérvese en el espejo, acéptese: ése es usté, ése su rostro, ése su cuerpo: ámelos. Tenga orgasmos, usté sabe cómo, no necesito explicarle, téngalos solo o con un toy o con alguien o con álguienes, pero téngalos.

2. Aliviánese: es decir, sea liviano, no le haga la vida pesada a nadie (incluyéndose usté mismo) y no permita nadie le haga la vida pesada a usté, a los pesados mándelos a chingarsumadre (su madre de ellos, of course). Y prepárese que en el 2012 nos aguardan muchos pesados, uuuf, no se imagina. Esto de ser liviano no implica ser indulgente ni complaciente ni borrego ni nada de eso: defienda usté sus convicciones, hable en voz alta de lo que le incomoda, déjese llevar por las pasiones. Pero no se arrepienta, si ya lo hizo pos asúmalo con la frente en alto, total. No se azote por lo que no ha hecho o quisiera hacer o le falta por hacer. Si puede hágalo, si no la neta no sirve azotarse.

3. Sea usté mismo: nada peor que recibir consejos cuando no se pide, so… no acepte consejos. A los que quieran aleccionarlo también mándelos a chingarsumadre. Usté viva y muera como quiera, pos qué.

lunes 19 de diciembre de 2011

el universo es gentil, siempre lo he sabido

Confieso que de un tiempo para acá me he hecho ociosa -más de lo que ya era- para realizar tareas vinculadas a mi oficio. Por ejemplo: tramitar acreditaciones para ingresar a los conciertos. Aunado a mi flojera para estos asuntos está el hecho de que una chica que se dedica a ser justamente el vínculo entre los reporteros y las producciones de numerosos conciertos (la que acredita, pues) me odia. Y según me enteré -por ella misma- me odia desde hace más de dos años. Odio es una palabra fuerte. Corrijo: odio es un sentimiento fuerte, muy dañino sin duda. Ella no lo ha dicho así expresamente, mas me quedó claro su desprecio tras una serie de intercambios vía correo electrónico en los que me reclamó algo que dice le dije hace un par de años, según ella “cosas horribles”. Honestamente no recuerdo. De verdad no tengo idea de qué me habla y creo que al explicarle esto provoqué aún más su ira, pues se trata -evidentemente- de algún episodio que la marcó. Por supuesto no me disculpé (que supongo es lo que quería) porque -insisto- no sé de qué diablos me habla. Confieso [segunda confesión de este texto] que en ocasiones finjo demencia para salir de alguna situación incómoda. Éste no es el caso. Estoy clueless. Lo único en lo que puedo confiar es en mi buen juicio, por lo que concluyo que si la ofendí es porque segurito se lo ganó. There, I said it. Es que no suelo andar por el mundo agrediendo verbalmente a la gente. Total que tras una serie de misivas (en donde resalté su falta de profesionalismo, cosa que imagino elevó su grado de molestia) nuestra relación en definitiva quedó frágil, no diré rota porque confío en que el rencor se le diluya para la próxima vez que requiera de sus servicios. Ocasión que no ha llegado porque me he resistido a buscarla para ingresar a alguno de los espectáculos que coordina.

Entonces vi que Lila Downs estaría en Tijuana el 20 de noviembre y yo sufrí porque en esa fecha me encontraría en el DF. No obstante mi aparente mala fortuna, el universo fue gentil: el concierto fue reprogramado para el 17 de diciembre. De principio la noticia me causó alegría pues ya podría ir a verla, pero luego recordé que no estaba en condiciones de comprar boletos, ni tenía deseos de buscar a la chica esta que me odia para entrar como prensa y (otra cosita) la neta no me atraía demasiado la idea de ir a un concierto de Lila a trabajar. Soy fan y como tal sólo me interesaba profesarle mi amor desde el público, con los tequilas bien puestos (o los mezcales). Mi fanatismo y mi pobreza no hacen buena combinación, así que me mentalicé para buscar la acreditación de prensa e ir -en efecto- a trabajar: tomar nota de todo, sacarle fotos, redactar la crónica. Conforme se acercaba la fecha mi apatía -y mi ocio- adquirían mayor fuerza, hasta que mejor decidí que no iría. Mi lógica fue “ya he visto varios conciertos de ella y seguramente veré muchos más, perderme uno no significa demasiada tragedia. Además me rehúso a interactuar con la reconcorosa aquella cuyo reclamo sigo sin comprender”.

Navegabundenado por la red (como dice mi madre) encontré el aviso de una colega reportera de tv local en el que mencionaba regalaría cortesías para el concierto de Lila en el programa matutino. Me dispuse a contactarla para pedirle los detalles, madrugar, estar pendiente de la transmisión y llamar al canal cuando anunciaran la promoción. Y nuevamente el universo fue amable: mi compañera me respondió “sí, llama al canal cuando salga la promo pero de cualquier manera yo te guardo dos entradas”. No lo creí, es decir, creí en la bondad de la reportera (que en general es súper accesible y compartida) pero lo que no creí fue mi suerte. Pa’ pronto fuimos mi bato y yo por tan (¡TAN!) generoso obsequio: un par de boletos para estar en piso, a pocos metros de la fabulosa Lila.

Y llegó la fecha. No llevé cámara para evitar revisiones en la entrada al foro, pero lo que sí llevé fue el tequila, en una botellita mínima que equivale a unos tres caballitos. La botellita (frío pomo, just for me) de contrabando en mi seno derecho. El concierto empezó puntual, lo que para muchos quiere decir “temprano”. Entre ellos, nosotros… que llegamos apenas para escuchar una media hora de concierto. Fue un shock darnos cuenta que ya había transcurrido gran parte del show, pero no al grado de entristecernos: cualquier dosis de Lila es suficiente (sobre todo si se hace como yo y uno se empina el tequila a la primera oportunidad). Además el motivo de nuestra demora fue por demás hedonista, so: nada de qué arrepentirme. Entre lo que escuchamos aparecieron ‘Naila’ y ‘La Llorona’, en versiones siempre distintas, siempre mágicas y brujas. Eran las 9:30 de la noche cuando estábamos saliendo del lugar (bastante temprano ¿verdad?) y a la entrada vimos a tres incrédulos que [peor que nosotros] llegaron cuando el concierto había concluido. Pobres, de verdad sentí pena por ellos, que supongo -dada la hora y dada la mala costumbre mexicana de llegar a todos lados tarde- no fueron los únicos. Nuestra noche, por supuesto, continuó hasta que dejó de serlo y salió la luz del día. Un sábadomingo más.

jueves 15 de diciembre de 2011

La posada

Nosotros, como tantos borrachos (con oficio, quizá sin beneficio), pensamos que lo conveniente es llegar temprano, digamos, antes de las ocho de la noche, aunque –la neta, la neta– lo bueno empieza pasadas las diez. Vamos con la mente dispuesta al tumulto, a los empujones, a las largas filas en el baño, al piso mojado por la cerveza (o por las entrañas de algún novato bebedor), a caminar apretujados tal vez sobre los restos de una botella, a pisar y ser pisados, a pedir a gritos las bebidas en la barra detrás de una muralla humana que se constriñe en la misma hazaña. Vamos también dispuestos a las fotos, a los abrazos y los besos.

A nosotros, como a tantos vagos, nos gusta la música, venga ésta de la rocola esa fronteriza que sólo acepta un cuarto de dólar como incentivo, o –diremos que preferiblemente– de los músicos que se conectan a pocos centímetros de nuestros oídos y cuyos instrumentos musicales nos golpean con torpeza o se nos enredan en el cabello, dada la euforia y la ya mencionada proximidad. Aunque, hemos de reconocerlo, no nos molesta la música que espontánea nace de otros vagos como nosotros: rastafaris percusionistas, ñeros gutarristas, punkrockers gritones… Queremos temas originales y refritos, queremos sicodelia y reflexión, queremos las canciones más raras y los éxitos que corearemos como poseídos, queremos sufrir y bailar unas cumbias.

Cuando nosotros, como tantos argüenderos, bajamos esas escaleras es porque queremos viajar, perdernos, y en ese viaje de la perdición a veces –sólo a veces– encontrarnos. No lo deseamos pero toleramos penetrar nuestras ropas, nuestra piel y nuestros vellos de humo, venga de los fumadores de tabaco, esos presumidos porque son los socialmente aceptados, o venga de las gargantas y las narices de los que sólo ahí pueden fumar las hierbas cosechadas en casa, al margen (es obvio) de las tertulias en casa.

Y es que nosotros, como tantos trasnochados, acudimos a la cita anual porque sabemos que saldremos con épicas memorias para compartir durante el año siguiente o –al menos– así las narraremos para presumir a los ausentes. Diremos que de la piñata salieron arcoíris luminosos, notas musicales, carcajadas, irrompibles pomos de finísimos alipuses, invaluables joyas y –en abundancia– aromáticos cigarrillos. Diremos (con la boca llena de aduladores calificativos) que fue la mejor noche del año, la mejor de nuestras noches, que se trata de la más inolvidable de las fechas aunque –cuando se nos cuestione– seamos incapaces de nombrar asistente alguno, o siquiera el mote de nuestros proveedores de elíxires y diversión. Y no lo haremos porque no debemos, porque no podemos, porque –aún haciendo algarabía de lo opuesto– la realidad es que carecemos de recuerdos.

jueves 8 de diciembre de 2011

La que nos espera

Que Peña Nieto dice burradas, cantinflea, exhibe algunas de sus múltiples carencias en la Feria del Libro, la que se supone reúne la clara y nata de la intelectualidad hispanoparlante (obviamente vemos que eso es una falacia)… Que se convierte en un gran chiste. Que su hija, cretina en ciernes, lo “defiende” y exhibe su calidad humana, que equivale a nada (cosa que preocupa un poco ¿no? O al menos desconcierta, tanta pobreza y vileza juntas, pobreza de mente, claro).

Pero la última canallada, eslabón en esta cadena de sinvergüenzadas, es el ejército de Televisa aminorando el oso del copetudo (que no es oso, es exhibición del montaje, es desnudar al enemigo, es verle la cara al stunt actor, es Milli Vanilli, es darnos cuenta que el monigote está relleno de aserrín, pero es –por lo mismo– el títere perfecto de los jinetes del apocalipsis: maléfico y hueco). Y ahí estuvieron los “periodistas” (¡por Teotl!) justificándolo, queriéndole dar matices al asunto de ‘no pasa nada, él gana porque gana’. Penoso, penosísimo. A Televisa lo tengo vetado desde hace años, al igual que otras cadenas mexicanas de misma índole; pero de vez en cuando lo veo porque considero necesario estar al tanto de las nuevas estrategias de adoctrinamiento mediático, o sea, saber qué se le está diciendo a las masas y por lo tanto darme cuenta de qué no, de lo que marginan.

En las últimas semanas han asesinado a varios activistas en el país, relacionados éstos al Movimiento por la paz con justicia y dignidad que encabeza Javier Sicilia. Algunos pedían aparecieran sus familiares desaparecidos y los responsables, otros pedían repartición justa de la tierra cuyas mejores zonas ya son propiedad de panistas. Y de ellos, hoy cadáveres, hubo quienes solicitaron protección por parte de la marina. No es casualidad que hoy estén muertos (hay que preguntarnos: ¿a quién incomodan? Al narco no, eso sí está claro), no es casualidad que no se le dedique tiempo en la televisión como se le dedica a defender a Peña Nieto.

Pues toleré (porque eso se hace cuando se pone la señal en Televisa) unos minutos de la infamia esa llamada Tercer Grado, donde hay “periodistas” (¡por Teotl!) analizando (es decir, parloteando un guión) si afectará o no en las urnas el resbalón del Peña Nieto. La respuesta, obvio, ellos la dan: no, no afecta, porque para gobernar no se necesita leer [sic], porque de aquí al 2012 se olvida, porque nosotros [ellos] con toda la fuerza de nuestro aparato mediático nos vamos a encargar que así sea, que se engendre el anticristo como está en el plan demoniaco de la oligarquía (nadie quiere perder sus privilegios) pero que lo veas como el galán de la telenovela esa tragicómica-melodramática llamada México.

Ahí estaban en ese patético espectáculo de la justificación Adela Micha, Ciro Gómez, Carlos Loret, Carlos Marín, Denise Maerker. Y eso que todavía no empiezan las campañas. Va a ser triste lo que nos espera, triste y grosero, van a querer humillarnos.

Tú y tus tatús


Recepcionista de hotel: “Tienes un tatuaje en el hombro y otro en la pierna. ¿Tienes más?”.
Yo: “Uy, sí, soy todo un pizarrón”.

Recepcionista de hotel: [risa desmedida, desprop
orcionada para el chiste, cuasicarcajada, risa que me incomoda] “¡eso nunca lo había oído!”

1. El tatuaje número uno que llegó a mi cuerpo lo adquirí a los 19 años, durante el primer año de estudios universitarios. Recién me había mudado a Tijuana y por amigos sólo tenía a mis compañeros de aula, que veía casi exclusivamente dentro del recinto académico. Pero con o sin amigos con quienes vagar, me gustaba (y todavía) deambular sola por las calles del centro, ensimismarme. Aquel día –cuya fecha no recuerdo– andaba un tanto decaída (cosa que antes sucedía muy seguido), y cuando eso ocurría procuraba consentirme con un cambio radical que generalmente involucraba mi cabello. Estaba, así, con la intención de teñirme el cabello a color rosa con los únicos 500 pesos que había en mi tarjeta (me depositaban dinero mis padres).

Desde la secundaria tuve amor por los tatuajes, que admiraba en las páginas de las revistas o en los posters de los rockstars, y ya en la prepa exploré más esa estética con tinturas temporales que adhería por todo mi cuerpo.

El taxi que me conducía de la universidad al centro pasaba por un tattoo-shop ubicado en un segundo piso, el cual despertaba aún más mi curiosidad por la experiencia de marcarme indeleblemente. El día de aquella meditabundancia entré por primera vez a ese shop que tanto me intrigaba y coticé.

En la secundaria tuve un grupo de amigos que nos hacíamos llamar ‘la santa bolita’: éramos grunge y cheguevarescos, renegados de la religión, bastante clasemedieros, hijos de izquierdistas y/o de padres con alguna profesión respetable (medicina, ingeniería, letras, docencia). Para el último año de secundaria Priscila, Bárbara y yo nos hicimos muy amigas. Priscila, en ese verano viajó de vacaciones con su familia a un lugar paradisiaco y al regreso nos mostró a Bárbara y a mí un collar playero con un gecko de dije. Al animalejo metálico le pusimos nombre entre las tres, nombre que resultó de la combinación de nuestros apellidos. La gracia de esto era que pertenecía a las tres y nos lo prestábamos para usarlo por semanas. Muy lindo y muy grunge, como nuestra amistad. Priscila un día nos informó que sus padres la inscribirían en un internado a unas horas de la ciudad. Fue aquella una noticia muy triste para nosotras, pero nos consolamos con que cada fin de semana regresaría para verla. A manera de despedida Priscila (con previa consulta con Bárbara) me obsequió el collar del gecko. Un viernes cualquiera de fin de clases, como de costumbre, su hermano mayor y su madre fueron por ella al Valle de la Trinidad (donde estaba internada). Mas no volvieron: un automóvil invadiendo carril los embistió de frente, en la carretera. Los tres fallecieron al instante. Tremenda tragedia que nos puso en estado de shock a varios. Al tiempo y con mi torpeza de quinceañera perdí el collar que me había obsequiado y sentí una gran culpa por semejante descuido. A los días lo hallé pero prometí jamás perderlo de nuevo. Y no lo he hecho (lo atesoro en un joyerito).

Entré al tattoo-shop (que para mi buena suerta resultó ser el mejor de Tijuana), coticé el precio de un tatuaje pequeño, de unos 5 centímetros, en mi omóplato izquierdo, sólo negro. Respuesta: 400 pesos. La idea había rondado mi cabeza desde la adolescencia, desde antes que Priscila muriera, y al revisar los diseños encontré (o me encontró) ese pequeño lagarto. Y así llegó el primer huésped.


Desconocido con intenciones de coqueteo: “¿dónde te hiciste ese tatuaje?”
Respuesta sesuda para quitármelo de encima: “en la espalda,
qué no ves”

2. Para mi segundo tatuaje (seis meses después) me puse ocurrente y junté dinero en una recaudación entre mis compañeros universitarios que denominé Colecta Pro-tattoo para MiNombre. Pasé el botecito durante las clases por algunas semanas hasta que alcancé un monto similar al del primer tatuaje. Propios y extraños cooperaron para tan superficial causa. Y como nena cliché que tiendo a ser, opté por hacerme el clásico solecito en la clásica zona (parte baja de la columna, casi coxis) con el único distintivo que se trataba de pigmento rojo. Ningún significado hay detrás de ello.


La pregunta más frecuente: “¿Y no duele tatuarse?”
La respuesta más sincera: “Sí”


3. Las votaciones de cada periodo me politizan, aunque politizada ha sido mi vida desde el vientre materno. Una flor socialdemócrata empuñada por una morena mano izquierda o una estrella comunista roja o amarilla andaban entre mis opciones para macarme. Diseñé y fui a que me tatuaran la segunda de esas ideas. Esta vez en la cadera, del lado izquierdo por supuesto.


Joven conservadora: “Ay, pero cuando estés viejita tu
s tatuajes van a estar todos arrugados”
Yo: “Sí, igual que tu piel sólo que mi piel va a tener adorn
os”

4. Visité Cuba con el pretexto de acudir a un congreso de sepaqué que jamás pagué. Mientras mis compañeros de viaje y estudios perdían horas vitales en ese congreso, yo vagaba por las calles de La Habana. Conocí a un isleño que me presentó a otro que era tatuador. Coticé y descubrí que 20 dólares era una tarifa justa para tatuarnos a los dos. Elegí una víbora un poco más grande que mis anteriores rayas (nótese que los tatuajes incrementan en tamaño, colores y complejidad) y al ver el artista mi elección felicitome diciéndome con su grave voz cubana: “qué bueno, ya estoy harto de tatuarle maripositas a las mujeres”. Muy ruda yo, uy sí. La serpiente (verde, roja y amarilla) llegó a la cadera derecha simbolizando [a mi según] el cambio de piel, el abandonar, el renovarse (algo que andaba haciendo a nivel personal por esos años, algo que creo fundamental para avanzar).


Los que cuestionan: “¿Y no te has arrepentido?”
Los convencidos: “Nop”


5. La noche anterior había sido una noche de juerga, noche extrema. Aún así logré levantarme para acudir al Expo Tattoo con una de mis amigas, ambas con planes tatuajísticos. Le pedí al organizador me tatuara (gran artista: Kiki Platas) pero como era quien debía estar al pendiente del desarrollo de todo el evento no estuvo rayando ese día. No obstante, me encaminó con otro excelente artista, uno de sus invitados traído desde Mérida, Yucatán: El Will. Empezó a tatuarme (esta vez en la costilla izquierda) a la tan emblemática Catrina de José Guadalupe Posada, diseño que me conquistó por su elegancia y su sarcasmo. Aguanté una hora de pequeños raspones en mi costado, pero la deshidratación hizo sus estragos y le pedí suspendiera el proceso. Débil y cobarde salí huyendo. Un mes después, fui (‘ora sí) con el Kiki a que terminara lo que había iniciado el Will. En menos de una hora Doña Catrina se regodeaba con su sombrero floreado, mientras el artista me preguntaba “¿y cuándo te voy a hacer uno yo de principio a fin?”. Respuesta: “I’ll be back, baby, I’ll be back”.


Cuando te ven los tatuajes, desconocidos te empiezan a platicar sus proyectos: “Me quiero poner una daga en el brazo, y quiero una florecita en la nalga, y me haré las iniciales de mi nombre con efecto de fuego…”. En tanto el tatuado piensa: “no te conozco, ergo: no me interesa”

6. Entonces sentía algo pendiente con el Kiki [pretextos] y regresé a los meses con un proyecto de mayor tamaño: Quetzalcóatl, ahora en el omóplato derecho. ¿Motivo? Necesitaba algo (de historia, de espiritualidad, de mitología, de misticismo, de realidad) de nuestra herencia cultural primigenia.


Llegan los novios al tattoo-shop y manifiestan su deseo de tatuarse uno el nombre del otro. El artista, sin disposición al debate, les dice: “no se los recomiendo ¿qué otra idea tienen?”. Salen felices y con un par de ridículos corazones en sus muñecas.

7. Lagarto pequeño del lado izquierdo. Quetzalcóatl enorme (ni tanto) del lado derecho. Y ésta piensa “se ve desequilibrado”. Regresé con el autor de mi anterior marca para que me diseñara algo acorde al espacio y al concepto. Así obtuve mi primer tatuaje diseñado especialmente para mí: un símbolo maya en una roca, digno de la arqueología precolombina. También obtuve mi primer retoque: ese lagarto volvió a adquirir intensidad.


“Si llegas regateando con el tatuador ya caíste mal”,
dice uno de mis artistas favoritos.

8. Flores. Amo las flores. Todas ellas. Me parecen alegres (sobre todo si están vivas, o sea, sembradas), nobles, delicadas, femeninas. Entonces decidí llenar de cherry blossoms los ‘huecos’ entre los dibujos de mi espalda. Me brotaron, así, seis flores: una por cada miembro de mi familia (dos padres, cuatro hermanos).


Si te arrepientes, es mejor hacer un nuevo tatuaje sobre el que te avergüenza que borrarlo (sugerencia pa' los arrepentidos)

9. Cumplí el fetiche de ser tatuada por una mujer artista del tatuaje, el año pasado. Y no fue cosa sólo de fetiche sino de amistad. Ella, la artista y mi amiga, diseñó exclusivamente para mí una kokeshi (tradicional muñeca japonesa) en tonos rosas y azules. Una belleza que me entusiasmaba por varios motivos: sería un tatuaje con un mayor grado de ternura y feminidad, sería realizado por una amiga, y sería completamente distinto al resto de los tatuajes que ya acumulaba mi cuerpo. Lo japonés en términos artísticos, estéticos, me gusta, pero además el origen de mi primer apellido tiene cierto vínculo con lo japonés y por ello me resultó un concepto totalmente pertinente. La bella, coqueta y a la vez tímida kokeshi se instaló sobre el segundo tatuaje: decidí que era momento de quitarme un cliché. So… ahí obtuve mi primer cover-up.


“Un tatuaje debes retocarlo, agregarle más elementos, volverle a dar vida, una nueva identidad”. Tatuador que admiro.

10. La culebra cubana, al pasar de los años, se convirtió en el tatuaje que menos quería presumir: decolorada, triste, sin contexto que le diera un motivo para seguir en mi cadera. Fui con un artista que admiro pero cuyo trabajo sólo había visto en algunas amigas (unas con diseños míos, incluso) y le planteé la idea de revivir esa culebra para (como su concepto inicial) continuar cambiando de piel, renovarse y renovarme. Pronto el artista ideó complejo diseño. La pieza creció hacia mi costilla alcanzando el tamaño de portada de un libro de Tusquets, o un poco más grande. Ahora esa serpiente baja por un frondoso árbol cuyas ramas alcanzan mi vientre, mientras al fondo se aprecia una pirámide, un azulado cielo con pocas nubes y un sol naranja.


Reportera: “¿Es cierto que después de hacerte un tatuaje te quieres hacer más y más hasta que se convierte en un vicio?”
Tatuador: “No. Todo depende de cómo fue tu primera
experiencia. Si tu primer tatuaje te dejó satisfecho en cuanto al dolor, al resultado, al costo, a la vibra del artista… pues es lógico que vas a querer volver”

11. La forma en que los mexicanos nos relacionamos con la muerte es única. Por eso decidí honrar esa tradición con una de mis calaveritas de azúcar, esta vez en una zona nueva del cuerpo: la pierna. Coqueta, burlona y dulce, ella se asoma a mi conveniencia, al igual que el resto de mis marcas. No he querido marcarme de frente (pecho, brazos) porque de frente está mi cara y quiero que cuando alguien me vea, me vea a mí y no a mis tatuajes. Pero eso digo ahora…


Reportera: “¿Y qué le dices a alguien que está pensando tatuarse?”
Tatuador: “Pues que lo piense seis meses más, es una decisión importante, no hay prisa”

RIP

Asistí al funeral de una ex compañera de trabajo, reportera también, que sucumbió el fin de semana y fue velada el lunes. Mi relación con ella fue tan distante como la que tuve con la mayoría de mis coworkers en esa empresa (la misma de la que me corrieran por llamarle corrupto al corrupto del patrón), así que dudé acudir por aquello de parecer demasiado morbosa. Sin embargo, reflexioné que los funerales son en realidad eventos sociales (porque la convivencia no se establece con el difunto [claro], a veces ni con los deudos, sino con los otros asistentes que acuden igual que uno a ver y ser visto) y pensé también que la situación se prestaba para tomarlo como cosa de gremio y por ello había que unirse, aunque fuera en apariencia.

Como era de esperarse (por mí) me topé con varios de los ex compañeros que continúan laborando donde mismo, haciendo lo mismo y de la misma manera. Los colegas (me refiero a reporteros y fotógrafos) me saludaron con cordialidad, en ocasiones hasta gustosos pero moderados dado el contexto del encuentro. Todos con cara de ‘circunstancia’, como si les hubiera importado cosa alguna la reportera mientras vivía. Sin profundizar demasiado en sus mundos puedo decir que los vi iguales, lo cual puede interpretarse como estabilidad o estancamiento. Pero a las ex compañeras de áreas administrativas, de recursos humanos y publicidad las noté en un peor estado que cuando las dejé de ver, hace más de un año. No sé, más agrias, más víboras, más hostiles y –de verdad que soy justa y meramente descriptiva– incluso más gordas. Y es que ya eran mujeres malvibrosas, viles, indignas, de esas que pisotean, que tienden a odiar lo que no comprenden, lo que les es distinto, lo que por no ser sumiso califican como ‘está mal’. Mujeres machistas, las peores. Mujeres misóginas. Y además ignorantes.

¿Por qué eligen –porque se elije, cómo no– la amargura y la pobreza espiritual como modo de vida? Supongo (más nada puedo hacer, sólo suponer) se debe a que no conocen un mundo mejor, no conocen existe posibilidad de un entorno diferente, acaso feliz. Supongo que es más sencillo no esforzarse por cambiar. Entonces sobre ideas de envidias, venganzas y gandallismos construyen [deconstruyen] su universo, creyendo ganar pequeñas luchas con despreciables actitudes de desprecio hacia cualquiera que sea su blanco de ataque. Lo veo en estas mujeres y lo veo en muchos hombres, unos que hasta se dan aires de cosmopolitismo cuando realmente viven en la oscuridad.

Da tristeza, decepción y un tanto de enojo darse cuenta de estos ejemplares humanos, porque son como bacterias que se esparcen por el entramado social contaminando todo (suelen incubar en centros laborales), y tarde o temprano se cruzan por el camino de uno.

Salvo estos personajes, me dio gusto ver colegas que hace tiempo no veía, pese a que fuera en un evento lúgubre o con intenciones de lobreguez. Acudieron, al menos durante el par de horas que ahí me estuve, algunos enviados de la mafia mediática tijuanera (es decir, de la Asociación de [pseudo] Periodistas de Tijuana), algunas celebridades de la tele local y muchos de los reporteros de rigor: los clásicos argüenderos incapaces de perderse reunión alguna del gremio, sea esto una posada o un funeral. Algunos se atrevieron a decirme que me veo muy bien, que me veo mejor, y yo sólo atiné a responder un “gracias”, pues ante esa clase de cumplidos no siempre es prudente agregar más nada (como “gracias, hago ejercicio y me alimento sanamente”, o “gracias, procuro ser feliz”, o “gracias, usté no se ve tan bien”, o “gracias, pero qué fijado”…).

No di el pésame a las hijas (veinteañeras) de la difunta porque me dio pena acercarme (¿qué se dice en esos casos? Nada importa, me parece; nada sirve, nada conforta), pero participé con mi presencia solemne, de pie, cuando las Magdalenas empezaron a rezar entre sollozos. Rest In Peace, Sonia. Descansen también (de tanta chingadera) todas esas almas muertas en vida.

sábado 3 de diciembre de 2011

esa beba regordeta soy yo


esa beba regordeta y un tanto pelirroja soy yo, con mi mami que me decía quiringuisringuis [se ve al amor en mis ojos ¿a poco no?]... y pues esa beba hoy celebra su natalicio ♥ Mi madre me llamó pa' felicitarme y pues como soy muy considerada también la felicité por la gracia de tenerme. Buen trabajo, ma.

martes 29 de noviembre de 2011

el DF y yo

Tan bellamente desmadrada y reconstruida. Tan ecléctica, tan mirona y tan civilizada. Ella, la ciudad, la capital, la metrópoli, la megalópolis, lugar que me recibe y me aborta. Corro a los brazos del Distrito Federal cada que la oportunidad se me presenta, y tan rápido digo sí como rápida es mi huida de allí. Me fascina y horroriza, me tranquiliza y altera, me llena de amor y de misantropía. Vivo en una dicotomía constante cuando estoy en el DF, en incontables contradicciones. Mis sentimientos se pasean de extremo a extremo, mas nunca son tibios.

No entiendo –pero tengo algunas conjeturas que atañen al cine hollywoodense– por qué me produce tanto miedo volar en avión si desde pequeña (bebé, nena, joven) he volado. Aún así me muerdo una chichi y lo hago (sea que aborde ebria hasta la inconsciencia, o de plano me despida del mundo bajo la idea de “si ya nos cargó pues nos cargó”… o ambas). A parte de la obviedad en las ventajas de viajar por los cielos (en tiempo, sobre todo) la cosa en el país no está como andarse aventurando demasiado en autobús, con tantos secuestros carreteros caray, uno no sabe.

Un ex compañero de prepa de mi bato, amigo de él y desde hace tiempo ya también amigo mío (fraternizamos en las bohemias, ya saben), se matrimonió en la capital del país, a unos 3 mil kilómetros de su natal Baja California. Y allá vamos: familia y amigos del novio desde Tijuana, familia y amigos de la novia desde Monterrey y Durango. Hicimos la vaquita con los hermanos (qué bonito tener muchos hermanos), empacamos un par de mochilas y sin reservación ni idea alguna de dónde llegar nos encaminamos al centro de la república.

Fue fin de semana largo, puente por aquello de las conmemoraciones revolucionarias, así que tuvimos que hacer la llorona en cuanto hotel al alcance de nuestro presupuesto nos topamos, porque todo estaba lleno. Finalmente uno (el Hotel Principal, en la Bolívar) nos aceptó. Fiuú. Alivio. ‘Ora sí a disfrutar. Para nuestro divertimento, la calle Bolívar es la que concentra los bares botaneros, los de a devis (con todo respeto al unibar botanero de Tijuana y los tres guisos de doña Laura) y pues de ahí no salimos.

Los recorridos (que no pasaron de Centro Histórico) los hicimos mayormente a pie (pocas veces en bicitaxi, algo no muy recomendable si el trasero es sensible if you know what I mean). Norteados (¿será que vamos del Norte o de plano nuestra brújula falla a más de 2 mil metros sobre el nivel del mar?), tardamos algunos días en ubicar el Zócalo y Bellas Artes, y eso que estuvimos instalados casi a espaldas de la Torre Latinoamericana. Digo, siempre dimos con su paradero, sólo que no fue fácil situarnos. Descubrimos que la avenida Madero es ahora un gran pasillo peatonal donde la gente se arremolina sin importar la hora del día. Andando por allí, no faltaban las pataditas en el talón provenientes del transeúnte contiguo, ése –como tantos, como todos– urgido por pisar tu mismo espacio al mismo tiempo. De haber traído huaraches seguro termino descalza.

Uno lo ve en la tele, lo lee en la prensa, en libros, en blogs, lo escucha de los chilangos ya radicados por estos lares, y aún así nada se asemeja a vivir esa ciudad, así sea unos días. Escucharla, olerla, saborearla. No deja de sorprenderme –por ejemplo– la cantidad de artículos innecesarios a la venta. Y no juzgo a los comerciantes y su cantadito enloquecedor (de manicomio, en serio), comprendo los menesteres de la supervivencia y comprendo venden lo que tienen, pero igual no deja de impresionarme. Artículos verdaderamente horrorosos e inútiles al por mayor, promovidos con frases de pretensiones seductoras para lograr la transacción financiera. Que se logra, claro. La vorágine.

Y tal vez sea esta sobrepoblación, la obligada coexistencia tumultuosa, la diversidad, las políticas públicas funcionales, el asentamiento en lo que fuera el origen de nuestra cultura (o que no salimos de Centro Histórico), no lo sé, pero algo hace que la gente (o al menos mucha de la gente) sea amable, cordial, respetuosa. Compartir la mesa, desear “buen provecho”, el saludo y la despedida entre extraños, el chistorete de ocasión… parecen gestos de rigor. Sin duda hay gandallismo y todas esas cosas feas de la humanidad, pero aquí destaco esto otro que me encontré.

Lo de la diversidad, por cierto, me resultó inspirador. Qué bonito ver parejas de hombres y [aún más bello, ahí disculpen] de mujeres deambulando como cualquier otro par (el par convencional, me refiero) que manifiesta su amor. Tanta civilidá. Deben entender que mi júbilo por estas expresiones se da en el contexto de vivir en un estado que si bien no es el más conservador del país sí ha sido regido por la derecha desde hace 22 años, un estado donde ni siquiera es prioridad educar en salud sexual, donde se criminaliza el aborto, bueno, y ya no le sigo porque me pongo a llorar.

Veo esas formas de vida y pienso “quiero vivir en un lugar así”. Y enseguidita recuerdo “no hay mar, no hay desierto, no hay acento norteño, no hay mariscos frescos para mis cocteles y aguachiles, no hay viñedos a los cuales huir en hora y media, no hay avenidas sin tránsito, no hay días tranquilos”… y otras cosas que conozco bien (como dice el buen Silvio).

La boda estuvo excelente. Los amigos se matrimoniaron por la noche en una iglesia de esas principescas de la avenida Donceles y enseguida a los invitados nos trasladaron (en autobuses) al ex convento San Hipólito para celebrar la unión en una ambientación de ensueño. Fue una boda llena de beautiful people (grandes personalidades y toda la cosa), como para salir en una edición de la revista Hola!. Vestidazos de media espalda desnuda en cuerpos esculturales mostrando la estructura ósea. Mujeres guapas y espigadas. Yo, claro, embutida en una faja para conservar las curvas en su lugar pese a la cena de siete tiempos. Me sentí como la Cenicienta cuando la visten sus amigos rantocillos para el baile de la realeza: ataviada con vestido de una mis hermanas, zapatos de otra de mis sisters, en fin, logré el propósito de verme como objeto del deseo, y no sólo para mi bato sino que una chava (sí, diré “chava” porque se trata del DF) me fotografió [y piropeó] mis tattoos y mi cuerpecillo ya agotado de tanto brinco al acabar la jornada, a eso de las 5 de la mañana.

La cruda duró dos días.

Volar de regreso (como de ida) fue un martirio, eso no cambia. Amo ir al DF y amo salir de él.

miércoles 9 de noviembre de 2011

por esa rendijita

...y detrás de ese muro, siempre, la migra.

hay días...

hay días en que las tristezas se me acumulan, las propias y las ajenas que hago propias.
hay días en que el mundo me agobia.
hay días en que no puedo comer, en que los pensamientos provocan la comida se me abulte en la boca convirtiéndose en una masa imposible de tragar.
hay días de intranquilidad y de angustia, de no poder mirar al futuro, de paralizarme.
hay días en que mi único deseo es dormir, no saber de nadie y que nadie sepa de mí.
hay hermosos días soleados que me resultan profundamente tristes, insoportables.

miércoles 2 de noviembre de 2011

de cómo el arte puede sacarte de una sobredosis

Resulta que andaba escribiendo algo acerca del get-over-it y del let-it-go y del moving-on y filosofías por el estilo, cuando –revisando otros asuntos en la red– empecé a leer del desalojo de manifestantes en Ciudad Juárez. Leí un encabezado que me llevó a muchos encabezados, hasta que abrí una nota y luego algunas otras notas. Así uno snorkelea por las aguas éstas de la información ¿no? Ello me hizo recordar la necesidad de un Estado de derecho y en fin, todas esas cosas que deprimen de este país. Vi las fotos de los amedrentados y por un instante imaginé ser alguna de esas activistas hippitecas que un policía sujetaba por el cogote. La indignación, la tristeza, el miedo, la ira.

Pensé también en las represiones pequeñas (pero represiones al fin) que hacen las policías en Tijuana a veintipocos manifestantes, las represiones silenciadas a los ambientalistas en otros estados de la república, las represiones diplomáticas y numerosas de Nueva York, las represiones brutales de medio oriente y África, las represiones de los propios países de América Latina de éstos y otros años. Cuando de pronto me poseyó [¡aaaaaaaaaaaaaaaaaaah…!] la paranoia. Respiración acelerada y pensamientos fatalistas. Nuevamente a buscar antídoto, porque no es la primera vez que me quiere dar una sobredosis de desasosiego. Giré la mirada hacia arte, a una foto tan genial, joya que (snorkeleando) me hallé: un Bansky que adquiere vida [a Banksy comes to life]. Un personaje (un esténcil pintado en aerosol) creado por un muralista caracterizado por un performer para ser fotografiado por otro artista y simular el mural en 3D. Mi cabeza enloqueció por un segundo y se regocijó. La creatividad me pone a suspirar. Tanta belleza.

He estado charlando con muralistas tijuanenses, les he interrogado sobre su trabajo y les he reconocido su labor que sé es grande, porque nos hacen voltear al arte y tal vez –momentáneamente– salvarnos. Ellos lo saben y por eso hay tantos murales (estos artistas me resultan de los menos arrogantes, por desprendidos). Murales para salvarnos, para defendernos, para ponernos a reflexionar e imaginar. Es lo que me explican. Y yo –que me estaba intoxicando de zozobra– fui redimida por una pieza que honra la obra de un muralista, o sea: “el mural exterior también sirve en interiores”.

Cambié de página, encontré mi sesión de fotos Catrina y sonreí un poco. Dos horas que dediqué a maquillarme, otras tantas a posar, a fotografiarme y enviar fotos a mis hermanas, a quienes (me respondieron) les ha gustado tanto que quieren las maquille y seamos así un cuarteto de Catrinas... nunca me he sentido en la familia equivocada. Todo ello me reanimó. Supongo que para eso es el arte. No dejé de pensar (cuestionar, repudiar) las represiones de Juárez –como no dejo de pensar las represiones lejanas de tiempo y sitio, y las cercanas, y las futuras–, mas me dio esperanza recordar que esto otro, lo que es artístico, es parte del mismo mundo.
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fotos: esta mera
[1] mural (in progress) de Ariana Escudero homenaje a Monsiváis
[2] durante el inicio del campamento Occupy Tijuana
[3] muralista Kafy del Colectivo HEM
[4] yoyo