domingo, 9 de abril de 2017

Yo no crucé la frontera, la frontera me cruzó

Metaforizando con esto de las fronteras pues diré que es bien bonito transgredirlas. Fronteras sexuales, culturales, identitarias, estéticas… Aunque cruzar con visa los límites geopolíticos no sé si quepa dentro de la noción de transgresión. Bueno, empiezo por el principio: tengo visa. El consulado de los United States aprobó mi solicitud de visa y esto es histórico (en mi biografía, que pues es toda mi vida) dado que nunca había yo solicitado visa ergo nunca había cruzado a los United States. Creo que he repetido hasta el cansancio que en mi anterior paradigma me regían lógicas muy nocivas y que una de ellas era el miedo: miedo a todo, a vivir básicamente. Entonces, bajo un discurso de posicionamiento ideológico anti-yanqui expliqué mi renuencia a solicitar visa gringa. Y eso tuvo mucho sentido por mucho tiempo de mi vida (ya sé que hablo como si tuviera 200 años). Pero al tiempo pensé: ¿por qué me niego la posibilidad de cruzar de un país a otro? Particularmente siendo fronteriza-whatever-that-means. Veo el muro, le tomo fotos al muro, el muro me mira a mí. No es poca cosa vivir en el cotidiano la idea de un final espacial-cultural-político. Es decir: esa raya divisoria cartografiada en los mapas entre Mex-EU nosotrxs, lxs de Tijuana, la vemos materializada en un muro que además del 2001 para acá se hizo doble (al margen de disposiciones trumpistas, acá vivimos con el muro desde “siempre”). Ni imaginario ni imaginación fronteriza: podemos ver los discursos geopolíticos de la securitización. Están ahí. Todos los días: muros que se acompañan por la vigilancia aérea, terrestre y marítima de la border patrol. Pues tampoco es poca cosa tener por el norte al muro y por el oeste el Océano Pacífico. Y sentirnos-sabernos en una esquina.

Muchas fueron las consideraciones que determinaron mi decisión de solicitar visa, pero la principal es que de unos años para acá me he propuesto hacer todo distinto a como lo hube hecho, abandonar de a poco o de golpe mis miedos y prejuicios, apostar por el movimiento en lugar del estancamiento. Ya saben: “salir del clóset”, dar clases en la universidad, manejar auto propio y tramitar licencia de conducir, postular a cuestiones académicas siempre con la posibilidad de ser rechazada… Y cruzar a los United States era parte de esas cosas nunca antes experimentadas, por temor o prejuicio o inamovilidad o todo. Este proceso empezó a finales del año pasado, cuando saqué cita para renovar mi pasaporte mexicano. Quienes han tramitado esto sabrán que pocas cosas mejoran en el ámbito de cualquier solicitud frente a las instancias gubernamentales: resumiré con decir que fueron cinco horas de mi vida solo en la espera de mi turno en la Secretaría de Relaciones Exteriores. Horrible. Simplemente son trámites rebasados por la capacidad de solicitantes y la incapacidad burocrática-tramitológica-mexicana. Chistoso-preocupante resulta ver a las familias que al paso de las horas reducen su tolerancia hacia los integrantes más pequeños: padres que le dicen a sus hijos por la mañana “juega con mi celular, mi rey” y por la tarde les gritan “¡cállate, no dejas escuchaaaaar cabrón!”.

Resuelto lo de mi pasaporte, en cuya foto no salí tan terrible (desde mis laxos criterios), me dispuse a tramitar la cita con el Consulado de los United States. Mis fechas: 11 y 13 de febrero (una fecha para registrar la solicitud y las huellas dactilares; la otra para la entrevista con un agente consular). Impactante aunque no sorprendente esto del condicionamiento que tenemos incorporado, pues el trámite en ambas fechas no solo fue sumamente ágil sino que nuestro comportamiento como solicitantes totalmente dócil. Fuimos ciudadanos ejemplares. Si bien no es mi tendencia ser grosera, sí admito que seguro mi cara de hartazgo sobrepasó mi control facial en el trámite del pasaporte, mientras que mi rostro fue entre nervioso e hiper amable en el de la visa. Pero lo atribuyo en parte a eso mismo recién mencionado: un trámite es insufriblemente tardado y otro hiper veloz. Sin duda el tiempo de espera impacta en el ánimo, I think. Y claro, también está esa otra pequeña situación: el pasaporte mexicano no nos lo niegan pues es nuestro derecho (en tanto hayamos pagado el monto y no seamos prófugxs de la justicia) mientras que la visa podrá ser rechazada a criterio del agente consular, de ahí (supongo) nuestra docilidad y rostros amables.

En mi entrevista solo me preguntaron algunos datos ya proporcionados en el llenado previo de la solicitud, como el clásico “¿a qué te dedicas?”. De cualquier manera, al igual que otras personas solicitantes, llevé una carpeta con documentos probatorios de casi toda mi vida: de un lado la vida laboral y del otro, la académica. Pero no hubo necesidad de demostrar cosa alguna. Cuando la agente me dijo con su tono californiano “aprobada”, reaccioné con un “¿en serio?” que de momento provocó un gesto en ella como de duda, por lo que agregué un “gracias” y me encaminé a paso firme hacia la salida. Yo iba lista para que me preguntara mis motivos por no haber solicitado visa nunca antes, o hasta cuestiones personales como si vivo sola o por qué no tengo hijxs. Bueno, no es que fuera lista para eso, pero lo tuve en mi horizonte paranoico. Así que mi asombro fue genuino cuando la respuesta afirmativa se presentó tan rápida. La visa me llegó el 22 de febrero a una oficina de DHL cerca de mi casa. Pasé por ella a las 4 de la tarde y con el pretexto de festejar y abatir la soledad (aprovechando que me encontraba en una plaza comercial) me metí a una sala de cine a ver la película de Florence Foster Jenkins, que amé.

Entre cuestiones de tipo presupuestal y solamente de logística mi visa quedó guardada lo que restó de febrero y todo marzo, pero inicié este abril estrenándola: me llevaron a Otay Ranch, donde gasté los únicos 35 dólares que llevaba en la bolsa. Aún no puedo decir que fue un gran impacto cultural ni de otra índole esto de cruzar la frontera, pues me di una vuelta muy fresa y en carro a un lugar tan hermoso como privilegiado. Mis apreciaciones son todas de tipo adulador porque mi experiencia fue la de una consumidora moderada en un espacio diseñado para ello. Llamó mi atención que la gente, tanto trabajadorxs de los comercios como otrxs compradorxs, miraran a los ojos y sonrieran, es decir, no percibí prejuicio ni miradas escudriñadoras, sino como que mis ojos y los suyos se cruzaban por convivir. Por supuesto contextualizo esto, de manera que no asumo que dicha dinámica prevalezca en otros espacios de los United States. Aunque algo que me asustó y quizá responde a ese mismo disciplinamiento del buen ciudadano fue el silencio: recorrí lugares muy silenciosos, con gente silenciosa haciendo cosas silenciosas, como preocupada por no incomodar, algo muy raramente experimentado en Tijuana al menos, donde todo es loud.

Ctrl+Alt+Del

Borré todo. Releerme no me avergüenza respecto al estilo o las temáticas “inmaduras”. Relerme en lo que fui hace cinco, diez, veinte años me avergüenza por la violencia. Algo se rompió en mí hace muchísimo tiempo y no ha sido fácil sobrellevarlo. No sé bien qué se rompió. Y tampoco sé bien cómo se sobrellevan las fracturas. Leerme a la distancia me abrumó tanto que borré todo. Tan temerosa, tan vengativa, tan violenta, tan suicida y tan asesina. ¿Era necesaria tanta violencia? Recurriendo al cliché tal vez deba decir: sí, sí era necesaria porque por ello eres quien ahora eres. Pero no basta el cliché. Lo racional no suprime lo emocional. No hay respuesta suficiente. Aunque haga un rastreo biográfico/contextual/fenomenológico. Y borré todo por evitar que ello me persiga, ese pasado, esas que fui. Ingenuamente, claro. Por lo mismo ya no vuelvo a ciertos lugares, o vuelvo con desgano y mucha cautela. Vuelvo con prisa por la huida. No me gusta el terruño. Ni la gente de ahí. No me gusta lo estático. Lo predecible. Los destinos manifiestos de la maternidad heterosexual. De los bienes materiales. Del fondo para el retiro. De las estéticas obligadas por aceptables. Y entonces pienso como justificándome que mi violencia hubo sido frustración, que devino de una pedagogía cotidiana de rechazo a cada fracción de mí. Sentirse siempre a medias supongo que va haciendo una llaga honda en el alma (quiero así de dramática la expresión). De verdad que nunca entendí –como no entiendo ahora– por qué he de cumplir criterios corporales y de elección de vida que se me imponen como instructivo para una felicidad que tampoco busco. He llegado a pensar que mis decisiones de vida serían incuestionables si fuera delgada, sin tatuajes, si me maquillara ligero, si usara tacones, si me rasurara las axilas más frecuentemente, y si además conversara juzgando los cuerpos de las demás (como dicta la convención social). He llegado a pensar que si mi cuerpo fuera otro, uno estandarizado dentro de los parámetros universalizados de lo deseable, poco importarían “mis fracasos” (inventariados en criterios neoliberales, obviamente), hasta se anularían. Es mejor ser decadente y bella, que luchar por lo que una cree y disentir con el cuerpo (en su estética y en sus prácticas), es decir: ser fea. Cualquier cosa es mejor que ser fea. Y gorda. Que esta última categoría ya implica la primera. Y me enoja darme cuenta que me importa, o que al menos no me es indiferente. Que basta un solo juicio externo para interiorizarlo todo, para recordar todas las discusiones preadolescentes y adolescentes por la autonomía corporal. Para confirmar que sigo sin ser suficiente aun a mis 37 años. Estudio un doctorado en algo que verdaderamente amo, una transdisciplina social y cultural cuyo origen es el posicionamiento crítico frente los paradigmas dominantes; he publicado artículos arbitrados; estoy por viajar a dos congresos fuera de la ciudad y del país; mi promedio es el más elevado (al momento) y yo me lo tomo como un reconocimiento a mi esfuerzo, que de verdad es tal: me esfuerzo; trabajo una tesis con investigadoras que admiro; y lo que intento investigar versa sobre las violencias y discriminaciones sistematizadas hacia las mujeres, trans y no trans. Así quiero ahorita inventariar “mis logros”, porque son míos, porque los he trazado así. Hace muchos años que tengo autonomía económica, aunque ello implique una vida modesta y sin propiedades (en el sentido patrimonial); nadie me patrocina cosa alguna. Mi novia y yo nos apoyamos porque también lo hemos trazado así, y ella ahora vive lejos de mí porque está andando un camino muy suyo que tenía pendiente, camino que a la vez se articula con otras causas pendientes de un impacto mayor. Pero nada de eso importa cuando el cuerpo no es bonito de observar. No intento escribir con ánimos catárticos de psicoanálisis. Estoy, más bien, identificando avergonzada o acaso justificando cínica que toda esa violencia y todo ese rechazo del deber ser-lucir-hacer que he recibido lo reproduje durante muchísimo tiempo. Y me burlaba, con aires de superioridad. Y discriminaba. Y era ruin. Y todo estaba expuesto: tenía lectores y lecturas de empatía. Odiadora, eso fui. En esta que soy busco eliminar todo rastro de esas violencias. Y tenga o no efectos en mi configuración personal de manera evidente, borrar todo texto es más bien una pretensión simbólica de repudio: borro porque ya no lo quiero; borro porque ya entiendo diferente; borro porque me avergüenza; borro porque necesito reafirmarme en el presente; borro porque me ha costado distanciarme; borro porque tengo desaprehensión; borro porque urge renovar la energía. Si bien somos archivo, los acervos pueden cambiar de significado. Y en eso estoy desde hace tiempo. Supongo que es lo que toca. Ojalá no tardemos tanto en llegar a ese lugar donde el peso global del deber ser bella deje de afectar-nos.