lunes, 31 de octubre de 2016

“La lluvia ácida mojaba octubre”


Vimos a Caifanes y no vimos a Caifanes, por primera vez. Porque el guitarrista de la gira no solo no es Marcovich sino que es malo, o sea, no es siquiera un buen guitarrista. ¿Y Saúl? Pues sin voz y un chingo de efecto microfonado. Pero era de esperarse. Por eso eran y no eran Caifanes. Por eso lo que vimos fue y no fue lo que tendría que ser. De ahí que nos sintiéramos defraudadas y no nos sintiéramos defraudadas, porque la expectativa era toda y ninguna, porque de hace 20 años para acá todxs hemos cambiado, porque compartir la experiencia de la decadencia del grupo y nuestros propios recomienzos fue lo verdaderamente significativo. “Miiiira que la viiiida no es eteeeerna…”. Ella viajó algunos kilómetros y algunas horas solo para estar conmigo, para asistir a nuestro primer concierto juntas de esta vida juntas. Mi viernes ya había sido bastante terrible, no necesitaba defraudarme y no defraudarme del grupo sola. “Cuéntame algo que si no voy a enloquecer…”. Si un profesor se burla de lxs alumnxs, lxs hostiga, lxs ridiculiza… es violencia (A. lo explica muy bien): Es violencia solo por su posición, solo porque el aula está jerarquizada, solo porque hay un poder en ese modelo y ese poder lo ejerce el profesor (aquí lo dejaré en masculino, es decir: no diré “el” o “la” profesor/a). Masculino. Porque justo se reproduce un esquema de violencia masculina en esas dinámicas. Porque justo la conducta es misógina. Porque justo se nos dirige a nosotras. Y la verdad es muy cansado y muy cargado convivir con tanta violencia. “Mátenme porque me mueeeeeero…”. Lloré en el carro, saliendo de clase, preguntándome –sin respuesta alguna– cómo hacer para descargarme de esa energía, cómo hacer para que el mundo no impacte de manera devastadora, cómo sobrellevar la responsabilidad diaria de defender-educar-explicar-precisar-defender-defender-defender la convivencia respetuosa. Estuve en el estacionamiento, dentro del auto, paralizada: se trata –sí– de situaciones cotidianas, pero me rehúso a normalizarlas. “¿Por qué no puedo resignarme y aguantarme hasta la risa?”. Luego, volví al mundo y, empeñada en ser una mujer funcional en su sentido social (consumista/capitalista), acudí a un mercado y caí, como en cámara lenta pero cuadro por cuadro, como el efecto ese de pasar las hojas de un cuaderno y ver una imagen en movimiento progresivo, como una máquina de nickelodeon. Tuve tiempo de racionalizarlo: sabía que estaba cayendo mientras caía. Raro. “Y de rodillas vuelan los lamentoooos, de algunos buitres, de algunos cerdoooos…”. Más llanto, ahora en los pasillos del mercado, lado izquierdo del cuerpo jodido, lado izquierdo del cerebro en depresión. El corazón, siempre del lado izquierdo, atestiguando los azotes. “De esas veces que veo tooodo gris y me cueeesta despertaaar”. Y entonces la vida empezó a parecer una mejor vida, porque ella me confirmaba su prisa por estar conmigo. Viernes. Músicas. Añoranza. Disposición. Deseo. Amor. Voluntad. Posibilidad. El ahora. “Con las paredes sudo tu rastro, con la memoria busco tu rostro…”. Y es que la vida se construye en todas direcciones. Y es que nosotras nos reconfiguramos. Ninguna habíamos visto a Caifanes, y tal vez no lo hicimos y tal vez no lo haremos porque lo que existe es una imagen desdibujada de nuestras adolescencias. Las luchas son otras, los espacios, las andanzas. Novedad sin aferramientos. Novedad y un gran deseo de que así continúe. “…El movimiento me hará cambiar toda mi piel, toda la fe”. Creo que nos ajusta muy bien nuestros actuales y renovados paradigmas. Azotes incluidos, al menos los propios. Pero hoy ella ya se va. Y yo la alcanzo pronto. Quiero ir a ella. Estar. Creo que por primera vez estoy conociendo que existe tal cosa como un estamos.