domingo, 11 de septiembre de 2016

Marchas del odio


Unx podría pensar que nada ha cambiado a partir de la marcha homofóbica que tuvo lugar ayer en numerosas ciudades de México, en el sentido de que –además de expresar su odio– no se continuó con una persecución más terrible de la ya existente hacia “la diversidad sexual”, ni se echaron atrás derechos “otorgados” (como el derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo, que ya se ejerce en varias entidades). Ahora vi algunos memes que mencionaban justo que “podemos estar tranquilxs, porque ya marcharon en pro de la ‘familia natural’ y nada pasó; nosotrxs seguiremos amando y casándonos con quien queramos”. Pero yo creo que sí cambiaron y están cambiando algunas cosas. La primera de ellas es el posicionamiento frente a las tendencias retrógradas-violentas-homofóbicas, es decir: muchísimas personas (no solo en ciberredes) sintieron la necesidad de posicionarse frente a estas marchas de odio, ya sea desde el argumento de “todas las familias, todos los derechos”, o desde la distinción de “soy heterosexual” o “he formado una familia tradicional” y sin embargo “apoyo a mis amigos y familiares homosexuales”, o incluso desde la cuestión religiosa precisando que “no todos los católicos somos homofóbicos”. O sea: una cuestión que no solo defienden lxs implicadxs (comunidad LGBTTTI). Por otro lado, me ha sorprendido al punto de sentirme profundamente conmovida la manifestación de algunxs conocidxs que sé bien ejercen su sexualidad y sus relaciones en el entendido “del clóset” (personas que eluden lo más posible de su discurso una cuestión de identidad sexual “diversa”, aunque sean diversas) y que ante esta “polémica” han hecho pública al menos una postura con relación al rechazo a la marcha homofóbica, tendiendo al ámbito de los derechos humanos y el derecho a la no discriminación.

Eso por un lado; ahora bien, además del posicionamiento que ha generado esta temática, identifico un interés por conocer el asunto del matrimonio igualitario en quienes se han mantenido simplemente al margen de esta discusión. Jóvenes y no tan jóvenes. Y eso es algo que los mochos no previeron. Ellos y ellas, en su orgullo binario y heteronormado, salieron a promover el oscurantismo y la ignorancia arguyendo a un “diseño original divino”, en cambio –en su ánimo de adoctrinamiento y exclusión– hicieron visible el movimiento por los derechos civiles del mundo queer, ante muchas personas distantes a estas temáticas. Y eso camina en dirección opuesta a sus fines.

Y es que esto ha pasado siempre en la historia de la sociedad (así de gigante como se escucha): cuando hay una avanzada en materia de derechos para algún grupo considerado minoritario, hay a la vez una respuesta endurecida y reaccionaria de los grupos conservadores por evitar perder su jerarquía, sus privilegios, su posición dominante. Se ha visto con la comunidad negra ganando espacios, erradicando (aunque eso lo podemos seguir cuestionando) la segregación racial; mujeres en la vida pública (universidades y ámbitos deportivos considerados masculinos, por ejemplo) demarcándose como sujetos políticos (¿sujetas políticas?); gays, lesbianas y transgénero ampliando las posibilidades sociales de existencia (existencia también política) y de visibilidad: reconfigurando nociones tan aparentemente fijas como la de “familia” e “identidad”. En todo caso (sonará optimista) la marcha del odio y toda otra forma de organización retrógrada nos habla de que está ocurriendo una transformación social, y que –como tal– produce resistencia en quienes se empeñan en mantener el estado de las cosas, aquellxs de mirada corta, muy corta.

Al final me deprimí menos de lo que pensé ayer en la marcha homofóbica, porque acudí con dos amigas a documentar el asunto, a ponerle rostro a esos discursos de odio y discriminación acá en Tijuana. Fue una energía muy pesada, cierto, pero no permeó en nosotras pues entendimos bien que dicha expresión nace, sí, de la ignorancia, pero tiene además un origen temeroso: somos muchxs quienes les estamos cambiando el paradigma, y eso no va a parar.