lunes, 7 de noviembre de 2016

Ontological affinity

{tú a ti}
Y entonces encuentras afinidad porque hemos, todxs, sufrido: que la violencia por nuestra sexualidad, que la discriminación a nuestra identidad, que la censura a nuestros cuerpos. Y entonces encuentras complicidades porque las disidencias, el valemadrismo, el azote, el intenseo… se vive igual, o parecido.

{nosotras}
Nos han transgredido, y aunque no nos victimizamos por ello podemos nombrar esos accesos no solicitados a nuestra intimidad. Con las manos o con los penes o con las bocas, nos han transgredido. Y no pudimos evitarlo porque estábamos wasted o porque estábamos esposadas o porque sus corporalidades lograron someternos o porque eran más de uno. Y el miedo se activa porque todo es memoria y experiencia y sentido. Y la rabia no se marcha. Incrementa. Y hemos tenido que salir del clóset de la violencia y de las sexualidades no normadas una y otra vez.

{nosotras}
Seguimos vivas. Y vivxs. Pero no negamos que tenemos tallado en el cuerpo varios dolores. Y, de vez en vez, nos flagelamos por estar instaladas ahí: en el dolor. Además de todo, cargamos a nuestrxs muertxs. Y nos sentimos culpables por estar vivas en dolor, y ellxs muertxs. ¡¿Qué estás haciendo con tu vida?!

{tú a ti}
Pero no estás sola y eso tanto te alegra como te deprime. Muchas comparten tu sentir porque muchas han (sobre)vivido las mismas agresiones. Son muchas como tú: dolidas, silentes, solas, enojadas, castigándose… Nosotras, ustedas: unidas en el malestar de un mundo mierda.

lunes, 31 de octubre de 2016

“La lluvia ácida mojaba octubre”


Vimos a Caifanes y no vimos a Caifanes, por primera vez. Porque el guitarrista de la gira no solo no es Marcovich sino que es malo, o sea, no es siquiera un buen guitarrista. ¿Y Saúl? Pues sin voz y un chingo de efecto microfonado. Pero era de esperarse. Por eso eran y no eran Caifanes. Por eso lo que vimos fue y no fue lo que tendría que ser. De ahí que nos sintiéramos defraudadas y no nos sintiéramos defraudadas, porque la expectativa era toda y ninguna, porque de hace 20 años para acá todxs hemos cambiado, porque compartir la experiencia de la decadencia del grupo y nuestros propios recomienzos fue lo verdaderamente significativo. “Miiiira que la viiiida no es eteeeerna…”. Ella viajó algunos kilómetros y algunas horas solo para estar conmigo, para asistir a nuestro primer concierto juntas de esta vida juntas. Mi viernes ya había sido bastante terrible, no necesitaba defraudarme y no defraudarme del grupo sola. “Cuéntame algo que si no voy a enloquecer…”. Si un profesor se burla de lxs alumnxs, lxs hostiga, lxs ridiculiza… es violencia (A. lo explica muy bien): Es violencia solo por su posición, solo porque el aula está jerarquizada, solo porque hay un poder en ese modelo y ese poder lo ejerce el profesor (aquí lo dejaré en masculino, es decir: no diré “el” o “la” profesor/a). Masculino. Porque justo se reproduce un esquema de violencia masculina en esas dinámicas. Porque justo la conducta es misógina. Porque justo se nos dirige a nosotras. Y la verdad es muy cansado y muy cargado convivir con tanta violencia. “Mátenme porque me mueeeeeero…”. Lloré en el carro, saliendo de clase, preguntándome –sin respuesta alguna– cómo hacer para descargarme de esa energía, cómo hacer para que el mundo no impacte de manera devastadora, cómo sobrellevar la responsabilidad diaria de defender-educar-explicar-precisar-defender-defender-defender la convivencia respetuosa. Estuve en el estacionamiento, dentro del auto, paralizada: se trata –sí– de situaciones cotidianas, pero me rehúso a normalizarlas. “¿Por qué no puedo resignarme y aguantarme hasta la risa?”. Luego, volví al mundo y, empeñada en ser una mujer funcional en su sentido social (consumista/capitalista), acudí a un mercado y caí, como en cámara lenta pero cuadro por cuadro, como el efecto ese de pasar las hojas de un cuaderno y ver una imagen en movimiento progresivo, como una máquina de nickelodeon. Tuve tiempo de racionalizarlo: sabía que estaba cayendo mientras caía. Raro. “Y de rodillas vuelan los lamentoooos, de algunos buitres, de algunos cerdoooos…”. Más llanto, ahora en los pasillos del mercado, lado izquierdo del cuerpo jodido, lado izquierdo del cerebro en depresión. El corazón, siempre del lado izquierdo, atestiguando los azotes. “De esas veces que veo tooodo gris y me cueeesta despertaaar”. Y entonces la vida empezó a parecer una mejor vida, porque ella me confirmaba su prisa por estar conmigo. Viernes. Músicas. Añoranza. Disposición. Deseo. Amor. Voluntad. Posibilidad. El ahora. “Con las paredes sudo tu rastro, con la memoria busco tu rostro…”. Y es que la vida se construye en todas direcciones. Y es que nosotras nos reconfiguramos. Ninguna habíamos visto a Caifanes, y tal vez no lo hicimos y tal vez no lo haremos porque lo que existe es una imagen desdibujada de nuestras adolescencias. Las luchas son otras, los espacios, las andanzas. Novedad sin aferramientos. Novedad y un gran deseo de que así continúe. “…El movimiento me hará cambiar toda mi piel, toda la fe”. Creo que nos ajusta muy bien nuestros actuales y renovados paradigmas. Azotes incluidos, al menos los propios. Pero hoy ella ya se va. Y yo la alcanzo pronto. Quiero ir a ella. Estar. Creo que por primera vez estoy conociendo que existe tal cosa como un estamos.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Marchas del odio


Unx podría pensar que nada ha cambiado a partir de la marcha homofóbica que tuvo lugar ayer en numerosas ciudades de México, en el sentido de que –además de expresar su odio– no se continuó con una persecución más terrible de la ya existente hacia “la diversidad sexual”, ni se echaron atrás derechos “otorgados” (como el derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo, que ya se ejerce en varias entidades). Ahora vi algunos memes que mencionaban justo que “podemos estar tranquilxs, porque ya marcharon en pro de la ‘familia natural’ y nada pasó; nosotrxs seguiremos amando y casándonos con quien queramos”. Pero yo creo que sí cambiaron y están cambiando algunas cosas. La primera de ellas es el posicionamiento frente a las tendencias retrógradas-violentas-homofóbicas, es decir: muchísimas personas (no solo en ciberredes) sintieron la necesidad de posicionarse frente a estas marchas de odio, ya sea desde el argumento de “todas las familias, todos los derechos”, o desde la distinción de “soy heterosexual” o “he formado una familia tradicional” y sin embargo “apoyo a mis amigos y familiares homosexuales”, o incluso desde la cuestión religiosa precisando que “no todos los católicos somos homofóbicos”. O sea: una cuestión que no solo defienden lxs implicadxs (comunidad LGBTTTI). Por otro lado, me ha sorprendido al punto de sentirme profundamente conmovida la manifestación de algunxs conocidxs que sé bien ejercen su sexualidad y sus relaciones en el entendido “del clóset” (personas que eluden lo más posible de su discurso una cuestión de identidad sexual “diversa”, aunque sean diversas) y que ante esta “polémica” han hecho pública al menos una postura con relación al rechazo a la marcha homofóbica, tendiendo al ámbito de los derechos humanos y el derecho a la no discriminación.

Eso por un lado; ahora bien, además del posicionamiento que ha generado esta temática, identifico un interés por conocer el asunto del matrimonio igualitario en quienes se han mantenido simplemente al margen de esta discusión. Jóvenes y no tan jóvenes. Y eso es algo que los mochos no previeron. Ellos y ellas, en su orgullo binario y heteronormado, salieron a promover el oscurantismo y la ignorancia arguyendo a un “diseño original divino”, en cambio –en su ánimo de adoctrinamiento y exclusión– hicieron visible el movimiento por los derechos civiles del mundo queer, ante muchas personas distantes a estas temáticas. Y eso camina en dirección opuesta a sus fines.

Y es que esto ha pasado siempre en la historia de la sociedad (así de gigante como se escucha): cuando hay una avanzada en materia de derechos para algún grupo considerado minoritario, hay a la vez una respuesta endurecida y reaccionaria de los grupos conservadores por evitar perder su jerarquía, sus privilegios, su posición dominante. Se ha visto con la comunidad negra ganando espacios, erradicando (aunque eso lo podemos seguir cuestionando) la segregación racial; mujeres en la vida pública (universidades y ámbitos deportivos considerados masculinos, por ejemplo) demarcándose como sujetos políticos (¿sujetas políticas?); gays, lesbianas y transgénero ampliando las posibilidades sociales de existencia (existencia también política) y de visibilidad: reconfigurando nociones tan aparentemente fijas como la de “familia” e “identidad”. En todo caso (sonará optimista) la marcha del odio y toda otra forma de organización retrógrada nos habla de que está ocurriendo una transformación social, y que –como tal– produce resistencia en quienes se empeñan en mantener el estado de las cosas, aquellxs de mirada corta, muy corta.

Al final me deprimí menos de lo que pensé ayer en la marcha homofóbica, porque acudí con dos amigas a documentar el asunto, a ponerle rostro a esos discursos de odio y discriminación acá en Tijuana. Fue una energía muy pesada, cierto, pero no permeó en nosotras pues entendimos bien que dicha expresión nace, sí, de la ignorancia, pero tiene además un origen temeroso: somos muchxs quienes les estamos cambiando el paradigma, y eso no va a parar.




viernes, 22 de julio de 2016

Tú no cuidas mi cuerpo

Tú no cuidas mi cuerpo “por mi bien”.
Tú no cuidas mi aspecto porque te importa mi bienestar.
Tú no cuidas mi masa corporal para ayudarme.
Tampoco cuidas mi look pensando en mí.
Tú vigilas. Controlas. Sancionas. Censuras.
Mi salud no es relevante, ni mi valoración personal, ni mis deseos, ni mis experiencias.
Tú vigilas mi cuerpo para que éste sea aprobado por ti, solamente.
Tú controlas mi cuerpo pensando en lo incómoda que te resulto.
Y como tú no quieres incomodarte con mi cuerpo, lo sancionas.
Tú no quieres que irrumpa tus expectativas, así que optas por el reglamento y la censura.

Tú no cuidas mi cuerpo.

Si cuidaras mi cuerpo no me sexualizarías, ni esperarías que alcanzara una estética aceptable para otros y otras, ni me someterías al parámetro dominante de “la feminidad”.
Si cuidaras mi cuerpo no sería acosada.
Si cuidaras mi cuerpo no habría sido agredida sexualmente.
Si cuidaras mi cuerpo éste no sería tema de conversación, sino que sería libre y respetado.
Si cuidaras mi cuerpo impedirías que cualquiera quisiera transgredirlo en el discurso, en la opinión y en su materialidad.
Si cuidaras mi cuerpo no te sentirías con autoridad sobre él.

Así que tú no cuidas mi cuerpo, te cuidas a ti de él: de verlo, de pensarlo, de saberlo.
Y en ese cuidarte a ti de mi cuerpo, confundes amor con agresión.
Tú agredes mi cuerpo y ¿sabes qué? Mi cuerpo es fuerte, cierto, pero se duele. Porque tu vigilancia no cesa.
Mi cuerpo carga contigo, porque a mi cuerpo le dices todo el tiempo cuánto lo rechazas, cuán distinto tiene que ser, cuán incorrecto es, o -en tus palabras- cuánto podría mejorar.

Mi cuerpo es incorrecto porque luce y se usa de maneras no ortodoxas.
Y como mi cuerpo es público, lo violentas asumiendo te pertenece.
Pero mi cuerpo es mío. Dolido y flaco y gordo y moreno y peludo y tatuado y lesbiano y teñido y violentado y rechazado y observado… Mi cuerpo es mío. Y yo lo cuido de ti.

Podrás explicártelo de cualquier manera, pero lo sabemos bien: tú no cuidas mi cuerpo.

miércoles, 13 de julio de 2016

Trans-Formación


Hace algún tiempo atrás era yo una ignorante. No podría decir que he dejado de serlo por completo (¡tamaña soberbia!), pero sí puedo afirmar que ya no soy esa que optaba por situaciones (relaciones, personas, contextos, ambientes, consumos culturales…) con altos niveles de violencia. En ese momento no lo entendía así, en absoluto; de hecho, lo asumía como algo gracioso o como cosa a obedecer. Daré un ejemplo: caminar de la mano de un hombre e ir a su ritmo, no al mío: que me jalara para alcanzarlo, que me regañara si me atrasaba, y que me expresara con toda su gestualidad el fastidio que le causaba que mi calzado fuera inapropiado para la ciudad (tacones, en particular, que me encantan); sentirme merecedora de los maltratos por complicarle el recorrido, aceptar mi culpa en su malestar. Otro ejemplo con menor tono victimizante de esto de la ignorancia sería el celo, la envidia y las habladurías respecto a otras mujeres, el descrédito a ‘sus viditas’ y el regocijo en sus fracasos porque eso hacemos las mujeres, criticarnos. Y como un último ejemplo (aunque hay muchísimos más) mencionaré el consumo de productos mediatizados cosificadores de cuerpos: la sexualización de las tatuadas, y el sometimiento como un atributo erotizante.

Por mucho tiempo mi existencia normalizó la violencia tanto vivida como producida y dirigida, porque realmente no conocía otra forma de relacionarme o de consumir. La obviedad más grande de esta serie de normalizaciones es admitir la heterosexualidad como un destino, sin cuestionar sus asimetrías en cuanto a roles sociales/sexuales/domésticos de lo femenino-masculino, y creer que mi atracción lésbica tendría que ser solo cosa pasajera y fetichizada porque “lo normal” es lo otro, lo hetero. El amor no podría dibujarse en esa atracción mujer-mujer, porque el amor es sentimiento reservado para entregar a los hombres y a las familias por construir. Para la atracción mujer-mujer solo cabría el fetiche, la fugacidad y el silencio. Toda mi realidad estaba erigida en esos marcos, en el paradigma heteronormativo que de tan eficaz no dejaba margen para siquiera dudar de él.

Hace poco conversé con una mujer que —a menos de un día de conocerla— me narró su biografía. Ella es realmente sencilla y se describe incluso como una mujer de rancho: con una infancia rural en el sur de México, sin estudios, sin gran capital económico, con historias de abuso y huidas por preservar su vida (cruzó la frontera por el cerro, sin documentos y embarazada), y una pequeña estancia en la cárcel tras dispararle a su expareja cuando éste amenazó con quitarle a los hijos. Sus decisiones de vida (a sus escasos 44 años) han sido drásticas a partir de la violencia ejercida por los hombres que la han rodeado. Ella simplemente “no se deja de ellos”, y siempre ha cuestionado que quieran controlarla. Enérgica, la mujer asevera: “si dejar a un hombre que me maltrata y al tiempo salir con otro, me hace ‘puta’; pues prefiero ser puta a que me tengan golpeada y encerrada como una esclava”. Tal visión del mundo le ha hecho merecedora de insultos hasta de su propia familia porque (una vez más) eso no hacemos las mujeres, nosotras nos aguantamos. Conocerla me ha hecho asombrarme de la claridad con la que se ha conducido pese a que ello le haya causado gran sufrimiento. Conocerla me ha hecho revisar mi propia biografía y notar con qué tardanza he podido identificar las violencias (las recibidas y las emitidas). Sin embargo, es justo decir que me tranquiliza saberme ahora en otro lugar. Me he movido.

Reconocer las violencias recibidas de principio me derrumbó al punto de sentirme víctima, desprotegida por todxs (familiares, amistades, parejas sin duda), pero conforme he sido capaz de nombrar he podido transformar la autopercepción. Ni culpo a otrxs ni me castigo de ello, pues. On the other hand, reconocer las violencias emitidas solo me hace sentir muy avergonzada. Pienso que nada justifica la ruindad, aunque buscando ponerme racional solo atino a darle contexto a esas experiencias: la violencia era lo que conocía y, por lo tanto, lo que yo elegía ser. De ahí lo referido como ignorancia. Era una ignorante. Generalmente se trata de un binomio indisociable: ignorancia y violencia. Es por ignorancia que se “acepta” la violencia, por ignorancia se ejerce la violencia. Y la ignorancia de por sí ya es violencia…

Algunas personas que me conocen de hace años han hecho la observación de que soy “otra”, y que esa (esta) otra les gusta. Incluso un profesor de la maestría cuando egresé (hace un par de agostos) me contó como en chisme que una reportera (con quien yo solía trabajar) le comentó que he cambiado mucho, y el tono parecía un asombro con agrado. No sabría cómo se puede ver esto de “ser otra”, lo que sí sé es que me siento distinta: menos ignorante, más clara… No me siento precisamente “otra” sino “yo”. Cursi como suena: me siento yo, me siento correcta. Eso no significa que camino a la glorificación por tan bondadosa que me he vuelto. ¡Nah! Ni lo aguerrida ni lo intensa ni lo argumentativa ni lo azotada se va. Solo significa que poco a poco me despojo de esas ‘verdades’ respecto al deber ser y que he decidido empezar por las violencias, vergonzantes y nocivas.

Creo honestamente que podemos transformarnos, que la fijeza se nos presenta como régimen pero que nada es inamovible. Ni la sexualidad, ni el deseo. Durante la maestría bromeaba con un amigo (que ya falleció) respecto a que me anunciaría como misionera de la conversión, jugando precisamente sobre convertir al lesbianismo a algunas indecisas. Mi promiscuidad no llegó a tanto. Pero lo recuerdo ahora porque esta idea de la conversión (tan asociada a la religiosidad) me parece posible en todo aspecto de la vida. Sí podemos abandonar conductas y entender el mundo de otro modo, sí podemos cambiar la percepción de sí mismxs, sí podemos ser y estar distinto (distinto a lo que hemos sido, a lo que se nos ha asignado socialmente). Más allá del cliché de “perdónate y perdona a los demás” (que seguramente es importante), hablo —porque es mi experiencia— de una transformación de la subjetividad, ergo de las acciones y hasta del lenguaje; una transformación que con seriedad académica quizá haya que explicar con la episteme. Aún no lo entiendo del todo, como se podrá leer aquí. Lo único que entiendo es que me he movido y que cuando padecía vértigo mi cuerpo me hablaba de ello, del movimiento. Al final de cuentas nos formamos transversalmente, pues atravesadas y atravesados estamos por todo al mismo tiempo (materialidad, espiritualidad, sentires…); me parece ingenuo creer —a cualquier edad— haber entendido que el sentido de la vida es uno solo.

Diré que lo único insensato en esto de la conversión sería volver atrás. Pues (citando otras cavilaciones personales, disculpen la falta de originalidad o el exceso de autoplagio) si bien podemos desaprender —y desprender/nos—, lo que no podemos es des-saber.

martes, 28 de junio de 2016

Tijuana

Cuando las ciudades crecen tienden a encarecerse, pues la cercanía a espacios comerciales y zonas residenciales “seguras” otorga plusvalía a colonias que en otros tiempos se consideraban “de la periferia”. De esta manera, Tijuana tiene nuevas zonas cool desde hace algunos años, no muchos. Por ejemplo, la casa que comparto con mi novia ha quedado en medio de parques gastronómicos gourmet, fraccionamientos nice amurallados, escuelas privadas de alta cocina, hospitales nuevecitos con especialidades en neurología, centros oncológicos infantiles, recorridos ciclistas vespertinos, plazas comerciales, escuelas de danza, una iglesia mormona cual palacio de inmaculada blancura, bulevares inteligentes con carriles europerizados y un conservatorio de música de cámara. La vista desde el patio de la casa da al Cerro Colorado, emblema natural seguramente romatizado por algún corrido (de momento no sabría cuál) que asimismo es escenario de intervención para mensajes subversivos (“NO EPN” decía con piedras blancas alineadas por allá del 2012, “43” exhibió en 2014 con la desaparición de los normalistas en Ayotzinapa) y escenario también de nocturnas caminatas hípster hacia la cima que a la distancia nos han hecho imaginar peregrinajes de ritualidades oscuras en busca de centros energéticos para practicar maleficios. Zona Este le llaman quienes no trasgreden los (cada vez más) tradicionales territorios permitidos: Zona Río, Centro, Playas, Garita hacia San Ysidro, Colonia Aguacaliente y aledañas. Y sí es la Zona Este, pero llamarle así es tan ambiguo como zonificar cualquier parte del mundo, como considerar desde Baja California que después de Sonora el resto del país es “el sur” o que desde México se agrupen en la noción “Centroamérica” o “Sudamérica” realidades profundamente distintas (distintas e incluso opuestas en más de un sentido: cultural, social, político, lingüístico, histórico, urbanístico… estructural).

Aunque no transgredamos ciertos límites autoimpuestos (por los imaginarios urbanos o quéséyo) en Tijuana ocurre de todo, y sé que decirlo así resulta igualmente ambiguo así que me permitiré ejemplificar algunas de las dinámicas que puedo identificar por el testimonio no solicitado de veinteañerxs a quienes he conocido en la universidad donde por dos años he dado clases (universidad cuyo plantel, cabe decirlo, se ubica en el límite municipal entre Tijuana y Tecate, en la zona más Este de la Zona Este). Superado el horror gestado en tiempos como 2008 y 2009 de ráfagas sanguinarias, levantones en marisquerías, convoys de la muerte y humildes pozoleros diluyendo cadáveres en ácido por doscientos pesos; la ciudad no pierde la oportunidad de socializar mediante la fiesta y ha sofisticado la manera de enfiestarnos. Una de estas nuevas maneras (que sin duda la calificación de novedad podrá ser refutada por quienes tengan mayor experiencia en el ámbito) es la de organizar fiestas entre ‘extraños’ en casas de colonias casi inaccesibles (por el trazado urbano o suburbano o cuasiurbano) donde la convocatoria se dirige a aquellos y aquellas de “mente abierta”, a gente open minded -con el perdón del anacronismo-, a lxs experimentales, y hasta swingers. No son fiestas obligadamente sexuales ni atascadas en drogas o alcohol (de hecho, al anfitrión -siempre vato- no le gusta lidiar “con borrachos”), son fiestas para conocerse y compartir ya cada quién establecerá qué, cómo y cuántas veces. Hay un cover de ingreso, pero solo para hombres; las mujeres entran gratis pues, aunque no se enuncie como tal, se espera que sean parte de los amenities.

En las ciudades ocurren al mismo tiempo muchas otras ciudades, lo sabemos, de manera que mientras la visión empresarial y de la administración pública se debate en embellecer los bulevares con letreros de civilidad urbana (anti-conducir-en-ebriedad, pro-ceda-el-paso-al-peatón-y-respete-al-ciclista) y camelloncitos arbolados; la cotidianidad de muchas personas que habitan las colonias no significativas para dichas visiones se debate en cuestiones menos cosméticas y más básicas (hasta vitales) de movilidad. Y tener problemas para desplazarnos de un punto a otro de la ciudad nos merma en lo laboral, lo estudiantil, lo amoroso. Debido a esto, junto a la universidad que se ubica en la zona más Este de la Zona Este se encuentra un desarrollo habitacional (o alguna primera etapa de este proyecto anunciado como “sustentable”) en donde muchxs alumnxs rentan -pero habitan de lunes a viernes- justo para resolver la deuda municipal del transporte hacia aquella zona. Pero no imaginemos fraternidades de universitarios como podría pintarlas el cine pop, sino que son condiciones mayormente precarias las que ahí convergen. Ello permite, sin embargo, la conformación de una comunidad en su sentido antropológico: hay empatía, redes de intercambio (simbólico, material, emocional), conocimiento y reconocimiento de lxs integrantes, complicidades.

En Tijuana coexisten todos los tiempos, todas las vanguardias y todos los conservadurismos. Mujeres de cualquier condición social que cruzan hacia Estados Unidos para parir y regresarse con crías binacionales; shows travestis que sin menospreciar a las Lupitas D’Alessios, las Glorias Trevis y las Madonas interpretan-encarnan-acuerpan a Adele, Amy Winehouse y Marilyn Manson; renta de vestidos de alta costura para acudir todas nosotras a todas las bodas y todas las graduaciones de todas nuestras familias; marchas ciudadanas en contra de la reforma educativa o en contra de la represión hacia quienes se manifiestan en contra de la reforma educativa o en contra de ambas cosas; reuniones rotarianas-religiosas para regular el matrimonio y el aborto; ginecólogas que -sin eludir la dimensión económica pero centradas en los derechos humanos- practican abortos; artistas del arte contemporáneo que recorren y regresan de Asia cual embajadores de un país pequeñito llamado TijuanaSanDiego; chamanismos-neochamanismos-charlatanerías-y-santerías; cuencas lecheras Jersey; relaciones poliamorosas de la primera, la segunda y la tercera edad; pasión por el futbol; repudio por el futbol; deportación e indigencia subterránea; edificios inteligentes; cuartos oscuros; promesas de rutas troncales que parecen materializarse; enfermos terminales en humanitarios recintos cristianos, abandonados por sus familiares; galerías no institucionalizadas; mezcales afrutados; Javier Bátiz al aire libre; desfiles del orgullo gay como auténticos carnavales; solemnes conferencias académicas con livestreaming; mucha (MUCHA) cerveza artesanal; las cuatro estaciones del año cada día; tatuajes a 13 dólares todo viernes trece; bares en el último piso de un viejo estacionamiento; celebridades del noticiero local.

La ciudad es inabarcable en la experiencia; por ello sucede que -a veces- en la narración ajena nos resulta desconocida, (incluso) vulnerada. Hacemos listados en prosa de aquello que la mirada y el testimonio recuperan de los lugares, pero tendríamos que vivir en esos cuerpos, tener esas vivencias, para acordar en los sentidos, acaso entenderlos. Será siempre legítimo el celo de quien no quiere le expliquen su ciudad. Porque nunca es la misma. Porque no es una sola. Como legítimo es el temor a salir de nuestros espacios conocidos. Como legítimo es comparar Tijuana con los otros lugares de origen. Como legítimo es huir de ella o comprar un terreno. Legítimos el desprecio y la fascinación y todo sentimiento que se ubique en medio. Quizá solo cuestionaría la voluntad de miopía frente a la multiplicidad de ciudades-realidades-experiencias, esa imposición discursiva de una Tijuana absoluta que algunxs pronuncian orgullosxs desde posiciones de poder negando (en busca de anular) a las otras Tijuanas.

Aunque con rasgos que vislumbren cierta permanencia, nada fijo puede haber en las ciudades: ni el tiempo ni los significados se detienen.

miércoles, 1 de junio de 2016

Drained brain

Escrito el 20 de abril de 2016.

So this is gonna be a challenge. Not only because I’m gonna try to think and write in another language but because what I’m about to tell is difficult to me to even pronounce it. I’ll start by saying that this is the first day since the incident that I listen to music, and to be honest I find it very helpful, kind of therapeutic. I am amazed of how much can we change in so little time. But mostly I am amazed and disappointed of how easily can a person be manipulated, at the point of stop being themselves. Saying that, I’ll confess that I am no longer myself, the fear has taken every part of me letting me empty of what I used to be. I no longer dance nor sing. I don’t wanna go out my house and when I have to do it, I become a total paranoid: my heart pounds very fast and the anxiety takes over me. I look over my shoulder and ask constantly why people stares at me. What do they know? Are they watching me? But I think this is normal under the circumstances, I guess this is what happens when you have been threaten to be skinned off, to be sexually abused by ten guys, to be beheaded. And even in that scenario, I feel very disappointed of me. Because I believed everything that this men were saying to me by the phone. That's right: BY THE PHONE. I let them control me for almost twenty hours, twenty hours of torture, psychological and (obviously) emotional torture, while I did not eat, I did not sleep, I did not drink water, I did not think. I was not me (I still am not). Now I am a very frightened person (maybe I already was before that, and that's why I was an easy target). And, besides crying all day, the only thing I do now is go back to every minute of that twenty hours of surrealness. And punish myself for being so stupid. I listen to their voices repeating me awful things, talking about my body and my tattoos and my genitals. Talking about my family, about my brother particularly and how they'd kill him. I was not me. 'Cause I believe (at least before that terrible episode) that I can distinguish what's real from what isn't. But I didn’t. So that's why I feel so guilty: because going directly into that trap just confirm that I am not as smart as I thought I was. That I am stupid and weak and a coward. That I believe every fictional thing that comes in front of me. That fear is the only legit feeling on which we can count on. Not love, or compassion, or hope, or peacefulness. Fear. Because this is the reality we live on: a world of threats, harassment, intimidation, violence, captivity. A world where if somebody tells you that is gonna tear-off your tattoos from your body, you must believe it. I don't only feel fear and guilt, I feel very responsible of the concerns and anguish I caused to the ones I love. And I feel ashamed. Because now they know how incredibly stupid I am. Now we all know I am a fraud. A child who needs to be taking care. Not a woman. Not an adult. A child, and a very stupid one. The music keeps playing. I write this while I look through the window time to time, just to check no one is coming. Because my stupidity is so big that even knowing that event was not quite real I still believe I am in danger. So when I say that I am not me anymore, I am really saying that maybe this is the real me. My brain drained everything I thought was, and the only thing that has let me in is this sense of emptiness. This is what happens when you are forced to abandon yourself and say goodbye to everything you knew. The fiction becomes real because the feeling that it produce is real. So you start knowing yourself, questioning unstoppably what is real, because the only certainty you have is that you were not.

miércoles, 6 de abril de 2016

Procrastineishon

El asunto con trabajar en casa es que cuando transitas del estudio al baño y observas una pelusa en el piso, optas por dirigirte al patio para agarrar la escoba, pero al pasar por la cocina opinas que no estaría mal prepararte otra taza de café aunque -considerando que ya sería la segunda del día- tendría que estar acompañada por un huevito revuelto con jamón, por lo que abres el refrigerador solo para descubrir que se acabaron los huevos, de manera que la opción más óptima sería ir a la tienda que se encuentra a una cuadra, para lo cual tienes que quitarte las pijamas y ponerte mínimo unos shorts con camiseta y tennis, así que una vez en la recámara te reprochas no haber extendido las cobijas, por lo que te pones a hacerlo dado que no te quitará mucho tiempo, cuando de pronto hallas entre el cobijero el calcetín que tenías perdido, así que acudes al cajón de los calcetines para volver a organizarlos, no sin antes pasar por el espejo y recordar que no te has depilado el bigote y pues ya que estás en casa convendría hacerlo... Al final no te explicas cómo es que no has acabado el trabajo, la pelusa sigue en el piso, no desayunaste, andas en pijamas con calcetines disparejos, y tienes el rostro libre de vello facial indeseable para cumplir con tu papel social de mujer moderna aunque no vayas a salir a ningún lado.

jueves, 7 de enero de 2016

De las comidas maternas

Cuando me mudé a Tijuana por motivos de estudios universitarios, la casa de mi hermano (mayor) y su familia se convirtió en mi casa. A mis 19 años, la mudanza significó la salida definitiva del hogar materno pues aunque no fuera ese el planteamiento inicial resultó que culminando la licenciatura me quedé a vivir en la frontera (la cual todavía no he sido capaz de cruzar). Como toda hija de mami, lo primero que extrañé fue la comida. Mi alimentación en esos primeros meses estaba a cargo de la entonces esposa de mi hermano y de los expedidores de comida chatarra; también de la cafetería del campus. Pero nada se comparaba con los guisos y sazón de mi madre, a quien veía cada fin de semana. De sus platillos estrella (cuya estelaridad prevalece a la fecha) encabeza la lista el caldo de albóndigas, una delicia sinigual (tan sinigual que un primo -menor que yo- cada cumpleaños pedía mi madre le preparara el susodicho manjar otorgándole una condición de comidas festivas); también el bistec ranchero, pastas (rojas, blancas, amarillas), caldo de res, cremas de verduras varias, pozole… Supongo que cuando se tiene la dicha de tener madre, esto de las comidas maternas forman siempre un lazo fundamental en nuestro desarrollo, dada la conexión amorosa que trasciende los placeres gustativos, aromáticos, digestivos, estéticos, en tejidos afectivos que la memoria guarda como parámetro para distinguir lo verdadero de lo postizo, lo profundo de lo superficial, lo familiar de lo ajeno. De ahí la dificultad de adaptarnos a comidas otras. Al inicio de la carrera entablé amistad con la única chica que me pareció lo suficientemente irreverente, vaga y nocturna como para intercambiar y construir experiencias. La única que pude percibir como auténtica y unpretentious. Su domicilio y el de mi hermano no eran tan distantes así que tanto para desaburrirme como para imprimir trabajos escolares (es en serio), un día fui a su casa. Convenientemente llegué a la hora de la comida y cortés como siempre he sido (eufemismo para gorrona) acepté sentarme en su comedor. La mamá de mi amiga, con todas las atenciones posibles de quien se ha dedicado a ser cordial, me sirvió un bistec ranchero con papas acompañado por una ensalada de nopales, tortillas de maíz y lo de la bebedera la verdad no recuerdo. Cerveza tal vez. Comí, disfruté y viajé al no tan lejano sabor materno de mi propia mater. Era justo el sabor de la confianza, el sabor generador de seguridad, el constructor de identidad, el que abraza, el que huele a tequieros, el que conforta, el que susurra un ‘siempre estaré a tu lado’. Esa tarde hablé por teléfono a mi madre (de teléfono fijo a teléfono fijo, nada de celulares) para contarle que tenía una amiga cuya madre cocinaba como ella, y mi siempre prudente progenitora lejos de sentir su afectividad gastronómica amenazada le reconfortó encontrara amistades que me compartieran el amor de familia con el que han crecido. Muchas más veces visité a mi amiga a su casa: más allá de la gentileza de atender a la visita por ‘educación’ siempre me sentí bien recibida, una interacción genuina y desenfadada. Al año siguiente de que ingresamos a la universidad, la señora (Martha es su nombre) enfermó y falleció, lo que alteró totalmente la vida de mi amiga, quien como hija mayor asumió el rol cuidador hacia dos hermanos que dada su situación de menores de edad quedaron huérfanos de madre. Acudí al funeral con otra compañera de estudios y de vagancia, solo para atestiguar una de las escenas más tristes y bizarras que hasta la fecha había presenciado: mi amiga, como dopada (en un estado de irrealidad pero sin performance), me invitó a ver a su madre en el ataúd. Rechacé el ofrecimiento quedándome en la parte trasera de la sala funeraria. Cuando le conté a mi mamá lo sucedido solo atinó a decirme “qué caray”. La historia de mi amiga a partir de ese momento se plagó de varias otras tragedias que van desde vacíos afectivos y abandonos familiares hasta precariedades económicas muy cercanas a la pobreza extrema y crisis depresivas tendientes a la renuncia total. Sin embargo siempre caminó, un tanto como El Deber de quien es responsable, un tanto como impulso irracional, un tanto como eludiendo la parálisis privilegio de egoístas. Son ya 17 años los que tengo fuera de la casa materna… pero tengo madre, una a quien puedo visitar cuando guste y de quien puedo disfrutar sus comidas. Mi amiga, en cambio, quedó vacía de dicho lazo… a menos que las comidas de mi madre e incluso las propias (las de ella o las mías) le transporten aunque sea por breves lapsos a las sazones de Martha. El 6 de enero es su natalicio, la señora tendría un año menos que mi madre. Adoptaré el tono de religiosa madura para decir que “solo Dios sabe” cómo hubiera tomado la noticia de que su hija y yo somos ahora cónyuges. Intuyo que acaso como mi madre: con mucho desconcierto y algo de censura al principio, como mucho amor y total respeto para este presente. Y llenándome de vanidad, pienso que Martha me seguiría apreciando como nuera (¿o yerna?) y que yo seguiría sentándome en su mesa para comer al borde del eructo. Pienso además que beberíamos sendas caguamas (es que la fama nos precede, no pretendo ser grosera). But I guess we’ll never know. En su memoria y en agradecimiento he de cerrar diciendo “rest in peace, suegra”. Y agregaré un singular y [según me cuentan] coherente: “¡salud!”.

sábado, 2 de enero de 2016

Pues así bien original: recuento 2015

Sigo convencida de que cada día es año nuevo solo porque cada día es irrepetible. No habrá otro dos de enero, por ejemplo, sino hasta el siguiente año (aun así es poco probable que sea igual a éste). Pero entiendo el simbolismo de cambiar de número a las fechas cada 365 días y recapitular lo que ocurrió en ese lapso temporal. Habiendo dicho lo anterior, comparto que mi 2015 fue trágico. Ocurrieron un montón de eventos que si bien en apariencia no tenían que ver conmigo, estaban (y siguen estando) estrechamente vinculados a mí pues afectan (en el sentido más emotivo: los afectos) mi vida. Uno de ellos (el principal, acaso) es que la hermana de mi novia abandonó a sus nenes (en medio de una serie de patologías que van de la dramaturgia a la mitomanía), lo que “obligó” a que mi novia encausara sus energías al cuidado de dos preescolares. Su discurso -el de mi novia- es amoroso, es decir: se desvive por ese par de menores porque los ama y no quiere que sufran, algo que nadie sería capaz de cuestionar; lo conflictivo es que en esa entrega (amorosa y desinteresada, profundamente honesta) ha caminado hacia resolverle la maternidad-paternidad a dos adultos: la hermana en fuga y el padre de los niños. Particularmente al padre porque es él con quien se supone dejaron a los pequeños. Y en ese caos solo observo cómo abusan de mi novia, en el marco de que jamás habrá cosa alguna que le pidan en nombre de sus sobrinos que ella sea capaz de rechazar. Es complicado porque ello deriva en que mi novia está agotada y está sola en esa tarea, pues frente al asunto yo no participo dado que (me llaman egoísta) de hacerlo seguro ya habrían mudado los niños a nuestra casa y le cocinaríamos al huevón de su padre. Exagero. O tal vez no. Ante semejante lío se me ha exigido (moral-socialmente) desempeñar el rol de la novia comprensiva y además agradecer la bendición del regalo de la niñez en nuestras vidas porque como lesbianas solo podemos aspirar a criar hijos putativos. En tanto yo reafirmo que si en 22 años de capacidad reproductiva no he tenido hijos es porque de verdad no ha sido un proyecto que me atraiga. La cosa es esa: se le impone a mi novia una maternidad casi inexorable (como su moral obligación) y de paso se me impone a mí una especie de paternidad-maternidad-conyugalidad con críos que no planeamos. Obviamente (insisto) mi participación es casi nula, pero estoy consciente de la mirada social que sanciona mis obligaciones frente a la tragedia. Lo mínimo que debería yo hacer es no agobiarla (a.k.a.: no opinar). Pero hay algo sumamente absurdo y hasta injusto que no puedo ignorar: se actúa como si los pequeños no tuvieran a nadie más que a su tía cuando en realidad ¡no son huérfanos! Es cierto: con la madre ya nadie cuenta, pero ¿y el padre? Conozco cantidad de historias de padres “solteros” que logran ser eso: padres. Me pregunto entonces: ¿por qué vemos menos terrible que el padre sea el ausente y enarbolamos la idea (patriarcal, claro) de la “madre soltera”? ¿por qué normalizamos que la crianza de los menores sea por la madre asumiendo que es su deber y que puede hacerlo sola? ¿por qué inutilizamos a los padres frente al abandono de la esposa? ¿por qué reproducimos la idea de que somos las mujeres las que debemos cuidar, consentir, bañar, lavar, cocinar… para los hijos? ¿por qué buscamos no alterarle la vida a los hombres? ¿es para que puedan seguir desempeñando el rol de proveedores y nunca sean cuidadores? Todo ello ha sido muy cansado para mí con todo y mi distancia. No imagino lo cansado que es para mi novia. Bueno, sí lo imagino porque lo veo, lo vivo a su lado: de esa dinámica, con los sobrinos como prioridad que nunca he de cuestionar, ya son once meses.

Creo que estoy por usar la palabra más cliché de estas recapitulaciones y no voy a detenerme: ha sido un RETO. Toda esa historia nos ha confrontado a cantidad de discusiones que asimismo han reconfigurado nuestra forma de relacionarnos. Dialogamos más este año que el anterior, pero también nos gritamos más. Momentos muy dolorosos en el ámbito del desencuentro parejil. La verdad. Pero al menos tratamos de ubicar el origen de tales desencuentros y resulta que (en efecto) en su mayoría es la dinámica familiar impuesta (por el contexto, o por la gente, o por el amor, o por el Universo… pero impuesta). La honestidad, me parece, es la que nos salva. Y, claro (siguiente cliché): el amor. El amor nos salva de nosotras mismas. Ahora mismo remodelamos partes de la casa porque pues el proyecto (cuando es de las dos) tiene miras al futuro. Como dice mi hermano: futureamos. Y construir es avanzar. Nunca antes tuve estos deseos.

Profesionalmente me dediqué a la docencia: impartí más asignaturas en la etapa terminal (me suena terrible esa categoría para los semestres finales) de la licenciatura en Diseño Gráfico de la universidad autónoma. Con Comunicación como licenciatura y Estudios Culturales como maestría, les resulto adecuada a lxs coordinadorxs para las clases meramente teóricas, aunque a lxs estudiantes les parece muchas veces que se trata de materias sinsentido. Mi estrategia ha sido desestabilizar. Y no es que me lo piense demasiado, sino que recurro a ello para poder conducirlxs al ámbito que domino y así vincular los contenidos requeridos para su formación profesional con mis posibilidades teóricas. Entonces lo que he hecho es leer sobre estudios de la visualidad, y conectar dichas perspectivas con el trabajo de comunicación visual al que está obligado todo diseñador gráfico. Una de las asignaturas más gratificantes fue Metodología del Diseño (para noveno semestre) donde como producto final individual lxs alumnxs presentaron campañas con temática social (elegida por ellos mismos, previa documentación). Mi lógica fue: el diseño también está en el sector público, en el activismo, en las organizaciones civiles, en la política (partidista o no)… no solo en los rubros comercial, corporativo, empresarial. Así que después de una sesión donde situamos cuáles son los problemas que tiene el mundo (sesión que denominamos Depresión I), lxs estudiantes decidieron desarrollar temas para informar y concientizar sobre: el maltrato animal, la homofobia, transfobia, discriminación en la educación (acceso diferenciado a la educación por condición de clase social), bullying escolar, extinción de la abeja, respeto a los estacionamientos especiales, cosificación del cuerpo femenino a través de la publicidad, maltrato a adultos mayores, sobredependencia tecnológica, autismo, ciberfeminismo… Honestamente: proyectos muy buenos, pues a ese nivel de la carrera son ellos los expertos en explicarlos en términos de medios, canales, temporalidad, sector o público, recursos, composición, colores, impacto. La cosa era sacarlos de la idea pop del diseño gráfico como ornamento [o arma ] de persuasión del dark side (a.k.a.: capitalismo). Si saliendo de la carrera ellxs entran a trabajar a la Coca-Cola, o a la Apple, o a la Nike pues qué bien, supongo. Pero es importante no perder de vista que en la salud pública, en las instituciones educativas, en las dependencias culturales, en Green Peace, Amnistía Internacional, Reporteros Sin Fronteras, Occupy, Los queremos vivos, Ni una más… también se hace diseño gráfico. Seré cursi pero aprendí mucho de ellxs.

Entre las nuevas asignaturas y la emocionalidad en vaivén, no logré organizarme para publicar artículos académicos, como hube planeado en enero pasado. Es decir, puse en pausa esa actividad y no envié textos a evaluación ni sometí mi tesis a concurso ni nada de eso. Me lo explico con lo anterior (la vida personal, la vida laboral), pero creo que además actúa en mi voluntad una suerte de desapego necesario del ritmo exhaustivo de la maestría, unas ganas de distanciarme de ello y ser [más] superficial: salir a cenar, pasear en mi carro, visitar a mi familia, ir al cine (acompañada o sola), beber, bailar, cantar, dormir 14 horas, engordar, comprarme ropa, ver reality shows… No me enorgullezco precisamente; solo lo enlisto porque (lejos de quererme azotar por lo exigente de la vida o -simplemente-  hacerme mensa) sé bien en qué desperdicié mi tiempo, sé bien por qué no pude organizarme. Este enero es diferente porque impediré llegue el sabotaje a la vida responsable de posgradada (o como se diga). En otras palabras: me siento lista y quiero [QUIERO] publicar, aprender, leer, escribir, dialogar, debatir, ponenciar. Mi voluntad está puesta en ello y, a un año casi inamovible en dicho sentido, lo siento ahora como una necesidad. Las prestaciones laborales más las “ventajas” crediticias (¿cómo escapar al modelo? Me es difícil con estas aspiraciones) me permitirán adquirir una laptop nueva que le irá muy bien al bolso-maletín fashionista que me regaló mi novia en navidad, laptop en la cual se escribirá un nuevo capítulo de vida académica. Ese es mi gran entusiasmo de año nuevo.

Solo para cerrar la recapitulación del 2015: inicié este ‘recuento’ con la sentencia de que el año me fue trágico. Y mi empleo de palabras siempre ha buscado ser preciso: en el rigor operístico la tragedia implica muerte. Pues bien, hace menos de un mes falleció mi abuela, mi única abuela para ese tiempo, mi agüe. Tenía 90 años. Y sin importar su edad y lo asumida que se tiene la muerte para la abuelez, siempre me causará tristeza pensar en no volverla a abrazar. Y me causará tristeza la tristeza de sus hijos (mi madre y mis tíxs). Estos días, me enteré también de dos tragedias más, de conocidos veinteañeros cuya juventud hace aún menos comprensible su partida. Fue un diciembre enlutado.