martes, 20 de enero de 2015

Cuerpo libre

La mejor adquisición de mi más reciente visita a La Villa (es decir: al sobrerruedas de la colonia Francisco Villa) fue una minifalda de lentejuelas. Me costó tan solo veinte pesos, lo que me dejó margen para adquirir unos ajuares collarescos, también muy económicos, e incluso un labial (nuevo, por supuesto) súper dark. Hace mucho que no iba a chacharear, qué bien se siente ¡caray!

Debo hacer un artículo. Lo he estado postergando bajo el argumento de que de la maestría para acá no he descansado y el tiempo que me queda libre después de trabajar pues DEBO destinarlo a eso: a descansar. Temo estarme volviendo ociosa, intelectual-académicamente hablando. La verdad es que me inhibe eso de escribir para comités dictaminadores, porque lo que ocurre cuando “me decido” a empezar el artículo es que me pongo a leer los otros artículos de otros autores que ya han sido publicados en números anteriores de la revista a la que quiero aplicar y me clavo y solo leo y me traumo y no escribo.

Lo de ser profesora ha resultado muy bien, llevo tan solo un semestre en eso y puedo decir que me gusta mucho: no lo sentí cansado como hube anticipado (erróneamente) sino que hasta puedo decir que lo disfruto. Aunque hay historias trágicas de las que una se entera, como alumnos cuyos padres fallecen, madres solteras, situaciones de precariedad, discriminaciones por identidad sexual o alumnos (incluso) desaparecidos. En esta primera experiencia ya ocurrió eso: se dio el aviso de que estaba desaparecido un estudiante que conmigo cursaba Métodos de Investigación Documental. No era muy brillante, más bien era flojo, pero la onda es que estas cosas ocurren y una no puede más que imaginar los posibles desenlaces… que viviendo en un país como éste pues no son muy esperanzadores. Hace unos días tiré a la basura cantidad de trabajos de los estudiantes para hacer espacio en algo que en casa le llamamos “el estudio”, y al toparme con los trabajos de Aldo (el nombre del estudiante desaparecido) no pude más que guardarlos.

Participé en una manifestación simbólica (demasiado simbólica, si me lo preguntan) con relación al matrimonio igualitario porque acá en Baja California un alcalde ya se andaba pasando por los huevos las disposiciones federales y de la Suprema Corte sobre la no discriminación y el derecho al matrimonio para todo par de contrayentes, así sean éstos del mismo sexo. Fui como ciudadana que lee la convocatoria, hace un cartel y se presenta. No fui con organismo civil alguno ni colectivo ni pretendiendo “representar” a comunidad ninguna. Y –pese a que el discurso de algunos convocantes gira en torno al concepto “inclusión”– fue una onda bastante excluyente: los organizadores se tomaron una foto, declararon únicamente ante las cámaras de la prensa, y se marcharon sin pronunciamiento alguno tipo “estamos aquí reunidos en exigencia al derecho civil blablablá…”. Nada. Pero cosa linda: llegaron unos conocidos, charlamos sobre lo indignante del asunto este de la homofobia institucional e institucionalizada, y hasta salimos en una nota local pues como los organizadores se retiraron del lugar velozmente fuimos los únicos “manifestantes” que registró la prensa que acudió impuntual. En los comentarios de la prensa algunos lectores nos tachan de “machorras y jotos”, lo cual es tan predecible como cómico. Mi cartel brillaba diciendo: CUERPOS LIBRES.

He vuelto a conducir. De hecho tengo carro. Esto es una novedad para el mundo y para mí. En mi anterior paradigma (así le llamo a mi anterior vida, en la que pasé doce años creyéndome inútil para valerme por mí misma) manejar era algo impensable, mucho menos poseer un auto. Ahora no veo el momento para que me vuele la greña recorriendo la carretera esa hermosa que va de Tijuana a Ensenada... y otras carreteras más. Es que el carro está hermoseándose en un taller y todavía no lo tengo conmigo. Pero el día para ello está muy próximo.

Es increíble cómo una se va contando historias a sí misma y se las cree por completo. Como eso: que era yo una inútil y que así, además, era feliz. Honestamente había en mi vida mucho temor y mucha vergüenza y por ello me era imposible moverme. Pero ya iré a terapia, no es acá mi desahogo psicoanalítico… o tal vez sí un poco. Ha cambiado la forma de ver el mundo que no es poca cosa, la forma de verme a mí, de concebir mi cuerpo, los cuerpos, mis prácticas, las ajenas. Ha cambiado todo. La mejor parte es que se ha ido el miedo: el miedo a ser, a decir, a estar. Aunque no dejo de tener regresiones de esa vida que no era vida, y no dejo de pensar en las cientos (miles) de vidas que no son vida por creerse la historia esa de que sufrir es parte obligada de nuestra existencia en este mundo. Historias mujeriles, sobre todo. Tienes que aguantar, tienes que callarte, tienes que ser dócil, tienes que estar quieta, tienes que ser silente e invisible porque de eso se trata ser decorosa. Y deja de llorar, pinche dramática. Tremendo esquema, tremendo sistema que se reproduce al parecer interminablemente. Trato de entenderlo estructuralmente y ello me da cierta calma, sin embargo de vez en vez me asalta la recriminación del ¿por qué viví así? ¿por qué me permití ser esa? Y no: no caigo en la el azote de culpar. Este proceso (que alguna vez llamé exorcismo) tiene que ver con mi relación conmigo.

Total que tenía que hacer un artículo con temática distinta (enésima vez que me siento a empezarlo) y ya me desvié por otros asuntos. Es que, según las mentalidades decimonónicas, soy una desviada.

Seguiré protestando, no me desaniman los protagonismos ni las falsas consignas.