viernes, 17 de octubre de 2014

Solo porque somos personas

Estudiantes de México, principalmente de las universidades autónomas, convocaron a un paro en exigencia de respuesta por parte de las autoridades (del Estado mexicano) con relación a los 43 normalistas desaparecidos en Guerrero. Que desaparezcan a jóvenes estudiantes (que son hijos de alguien, son hermanos de alguien, son pareja de alguien...) no es cosa menor, y que esto ocurra en el sur no es motivo para desde el norte ser indiferentes. Esta iniciativa que desde la comunidad universitaria de la UNAM replicó en otros espacios escolares, en algunos casos apoyados por los propios docentes y directivos... poco ha impactado acá. De por sí hay una cosa llamada desmovilización que caracteriza al ciudadano bajacaliforniano, es decir, pocas causas unen las indignaciones, y bueno, hubo una muestra de ello desde la UABC, institución que ante el llamado nacional de indignación mandó un comunicado a sus estudiantes (la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales, siendo precisos) para “aclarar” que en la universidad se dice NO al paro, dejando con esto una postura muy clara, alineada a un discurso oficial que busca minimizar e invisibilizar la violación de derechos humanos, los crímenes de Estado. Pregunté a estudiantes de Antropología qué está pasando en México. ¿Saben cuál fue la respuesta? “Pandemia”. Una vez más (no es novedoso) los medios de comunicación -como aparato reproductor de ficciones- son empleados por los intereses de un sistema para desviar la atención. Del Chupacabras al H1N1... y ahora el ébola. Temamos todos de las amenazas desconocidas y virales, no de que nos asesinen por alzar la voz en reclamo de justicia, de derechos. Les hablé a los estudiantes del tema México como Estado represor, Estado genocida, Estado feminicida y les aclaré que no se trata de una postura ideológica, sino que es cosa de revisar la historia (Tlatelolco, Halconazo, EZLN, Atenco, Ecatepec, Ciudad Juárez, Ayotzinapa...) y entonces les nombré algunos genocidios. Al final, claro, escuchamos a Gabino Palomares y les hablé de la canción de protesta como género musical (que marca también una época) y como recurso de lucha, de los activismos, para despertar conciencias, para narrar lo que las voces dominantes silencian, para [re]construir la historia desde la tradición oral, desde el testimonio, desde los sin-voz. Les mencioné también a Víctor Jara y Violeta Parra como ejemplos de este canto en América Latina. Les expliqué la importancia de la solidaridad y de las manifestaciones como actos simbólicos, actos de visibilización de inconformidades, de injusticias; hablé de la manipulación mediática para distraer y conducir nuestra visión del mundo; y de cómo -ante la frustración- la violencia es un recurso (como en Guerrero ahora y el Palacio de gobierno en llamas). Por algún lado se tiene que empezar y si las universidades (algunas de ellas) quieren estudiantes acríticos, aborregados, que no cuestionen, que no reclamen, temerosos y desmemoriados... bueno, muchxs maestrxs haremos la contraparte. No por sentirnos revolucionarios poseedores del discurso incendiario que siembra la semilla de la desobediencia y la subversión. No va por ahí la cosa. Haremos la contraparte solo porque somos personas.

calcetín

Llego al aula A32 con el grupo 505. Son las 8 con 5 minutos A.M. Estoy lista para dos horas de clase. Ahí me encuentro frente a 36 alumnos; de mis grupos, el más numeroso. Son aspirantes a ingenieros, apenas cursan su primer semestre y –como tal– aún no está definido su perfil profesional. Es que en esta Facultad se ofrecen como diez ingenierías y pues en la etapa denominada Tronco Común se les agrupa para que compartan nociones generales de ese campo. Ingeniería en Energías Renovables, Bioingeniería, Mecatrónica, Mecánica, Eléctrica, Electrónica, Aeroespacial, en Sistemas (computacionales, supongo), Civil e Industrial (éstas dos, por antiguas acaso, las menos populares). En esta ocasión vengo bien preparada, lista para que centren su atención en los contenidos de la clase sin distracciones. Ya en alguna otra sesión los distraje con mi blusa abierta. En fin: empiezo a acumular historias de poca heroicidad docente. Lo primero que hago este día, como cada sesión, es sacar de mi bolsa carga-libros unos folders manila donde traigo las listas de asistencia y algunos trabajos revisados que les voy a devolver. Me instalo en el escritorio en lo que los estudiantes se ubican en sus asientos. De pronto, una alumna hace notar la presencia de un calcetín. La prenda está en el suelo junto a mi escritorio. Es café con líneas punteadas amarillas que se intersectan formando rombos. La verdad, ese calcetín solitario se me hace conocido… pero estoy segura que mío no es. Bastante risueños, otros estudiantes comentan la extraña aparición. ¿De quién es? ¿Quién lo trajo? Y (aún más intrigante) ¿quién lo dejó? Es decir: ¿cómo alguien olvida un calcetín en la escuela? Restándole importancia al misterio (al menos en apariencia), imparto lo previsto para esa sesión. La asignatura (o “unidad de aprendizaje”, como le llama ahora el sistema educativo) se denomina Comunicación oral y escrita, de manera que estamos revisando estrategias para hablar en público y para manejo de audiencias difíciles. Ellos exponen y yo sigo pensando en ese calcetín, al que volteo a ver con disimulo de vez en vez. Parece limpio. O sea: no se le ve que haya llegado por arrastre. Culmina la clase. Me paro junto al mencionado hallazgo tratando de clarificar su identidad. ¿Nos hemos visto antes? Nuevamente la alumna que lo señaló al inicio me pregunta “¿pero de quién es? ¿qué hace aquí?” ante lo cual –como si en lugar de desconcierto me causara gracia– río y exclamo “¡qué cosa más rara!”. Reúno mis cosas y salgo del salón, archivando tal evento en un recóndito lugar de mi memoria, porque no es sino hasta una semana después que pregunto a mi novia: “oye, beibi, ¿tú no tienes unos calcetines cafés con líneas amarillitas como en rombo?”. Tremendo mi pasmo cuando la respuesta se precipita contundente y en singular: “¡Sí, ¿dónde está?! Lo ando buscando”. ¡Oh, mi Dior! Seguro estaba en mi bolsa carga-libros y al sacar los folders salió volando. Ahora bien, ¿cómo llegó a mi bolso? Bueno, tal vez ésa sea una incógnita con la que tendremos que vivir todos.

sábado, 4 de octubre de 2014

Soy maestra en una nueva ciudad

Pues lo logré: egresé de la maestría, que sin duda fue una cosa exhaustiva (no solo por lo que implicó en términos escolares sino por todo lo que ocurrió durante ese periodo: algún divorcio, alguna salida del clóset, alguna muerte, algún inicio de concubinato…). Así que ahora soy maestra porque alcancé dicho grado de escolaridad y porque además imparto clases. Trabajo en un plantel de la universidad autónoma que es nuevo y lejano. Hago una hora de trayecto (ida o vuelta) en transporte público y ello me ha permitido conocer y reconocer la ciudad donde vivo. Mi tesis tuvo tema urbano porque mi fascinación por la ciudad (ciudad como materialidad de prácticas y relaciones sociales, ubicación cualquiera) ha estado activada acaso desde niña (vivir en el DF creo que no fue poca cosa) y reafirmada con la vagancia y la nocturnidad de la vida “adulta” en esta frontera. Y veo que la otra orilla de Tijuana, la que no da al mar sino al desierto, construye (al menos en mí) una nueva idea de ciudad que lejos de ser estéticamente continua y monocromática, es polvorosa con cierto verdor, huele a estiércol y maquilas, a vientos de Santana, a reptiles, a carreteras maltrechas, a fraccionamientos in the middle of nowhere (pero con Oxxos), a presas naturales y montañas, a promesas gubernamentales de desarrollos sustentables… Es una ciudad caótica, con autobuses que desbordan los cuerpos de sus pasajeros por las ventanas, una ciudad con exigencias urbanas en entornos rurales, una ciudad emergente y urgente. El plantel donde imparto clases está junto a un fraccionamiento fantasma que poco a poco (por la cercanía con la universidad y la lejanía con todo lo demás) se empieza a poblar por estudiantes. Eso les permite cruzar parte del desierto a pie o en bicicleta para llegar a tomar sus clases y evitarse así las horas del trayecto (horas muertas) que implicaría llegar en auto o camión desde sus domicilios originales (de Tijuana, Tecate, Rosarito o La Misión). En ese plantel la universidad tiene dos facultades: uno de diseño-arquitectura-ingenierías, y otro de medicina-enfermería-odontología-psicología, y la matrícula es elevada. Los estudiantes, al estar confinados a un espacio inaccesible, llegan con mucho esfuerzo y llegan (todo aparenta) a aprender (¿romatizo?). Es decir: no hay más que hacer ahí, no hay en qué ni cómo perder el tiempo. Tengo siete grupos que en total suman poco más de 200 alumnos.
 
Presenté mi examen de grado el 28 de agosto. Fue un jueves. Pero había ya entrado a laborar desde el 18, así que no tuve (no he tenido) vacaciones. El día de la defensa de mi tesis vestí hermoso y solemne atuendo que mi novia me trajo del otro lado. Azul marino. Cabello en una cola. Acudió toda mi familia (excepto mi hermano mayor, que como ahora es director de una secundaria pues tuvo compromisos ineludibles), algunos amigos de la maestría y mi comité de tesis (director y lectores; bueno, mi lectora externa, Señora Eminencia en Sociología Urbana, se conectó desde la Universidad Autónoma Metropolitana – Iztapalapa, en el DF). Entraron también compañeros de otras maestrías, profesores y administrativos. Sala llena, vaya. El momento transcurrió extraño, es decir: llevé mi guion, mi presentación, mis tesis en libros y en CDs; pero no es como que tuviera la cosa demasiado ensayada y (aun ahora, sin el estrés del momento) recuerdo con irrealidad onírica aquella cita, “rito de paso” que le llaman. Dicen que fui coherente, una de mis hermanas comentó al final “¿de dónde te salieron tantas palabras?” y una compañera me calificó de “rifada”. Total que yo no sé qué dije ni cómo lo dije, pero no solo mi comité me exhortó enfáticamente a que publique sino que al final me postularon a la Mención Honorífica (la cual aún no se otorga, pues fuimos varios los brillantes postulados de la generación). Es que la neta amé (amo) mi tesis. Antes de entrar a la maestría me dijeron –otros jóvenes ya maestros por importantes instituciones– que acabaría mi vida social, mi salud (física y mental), que sufriría. Y, bueno, no diré que todo fue gozoso, lo que sí es que pese a los estreses (y el punto óseo al que éstos me condujeron, la contractura muscular y el vértigo) desarrollé un amor genuino por aquello que investigué, por la orientación profesoril, por la amistad tejida en el trayecto. Y amé y amo cada capítulo de la tesis: es mi bebé (clichezaso, lo sé). Será que durante la maestría tomé otras importantes decisiones, será que me permití ser yo, será que el tema y yo nos mantuvimos en estado constante de seducción… Al final, parí al llegar a las 160 páginas. En mi examen estuvieron mi madre y mi novia por primera vez en situación suegril-nueril (¿o mi novia es su yerna? Aquí nadie pretende ser hombre, aclaro) y eso añadió ansiedad a un evento de por sí ansioso, pero diré que ambas se portaron muy bien (no que pensara que alguna fuera a ser grosera) y ya hasta son amigas de feisbuk. La reconfiguración personal ha impactado (sin duda) en todos a quienes quiero y me quieren. No debe ser sencillo renunciar al proyecto heteropatriarcal.

En la universidad donde ahora imparto clases (de Métodos de investigación documental, de Antropología e historia regional, y de Comunicación oral y escrita) hay cierta resistencia a lo teórico: lus muchachus (en “u” porque defiendo a la última vocal como incluyente y asexuada) quieren construir cosas, dibujar, cortar y pegar, trazar. Entonces redactar ensayos, o argumentar si quiera, les parece innecesario. Les explico que pueden tener grandes ideas para aportar al mundo pero si éstas no las pueden comunicar de manera coherente equivalen a que no existan, que construir o diseñar no pueden ser solo caprichos, que es importante sustentar aquello que creamos (de crear, no creer… aunque tal vez también). Nunca había dado clases. Todus mis hermanus, mi padre y en algunos momentos mi madre han entregado su vida a la docencia. También mi novia. Y para mí esto es una novedad. Allá, en ese plantel (en esa nueva ciudad urbana, suburbana y enteramente rural), el clima es extremoso y el paisaje increíble. E historias hay todas: grandiosas y terribles, fresas y precarias, más estas últimas. En términos laborales siento que todo fluye, obviamente la parte administrativa-institucional la cuestiono (si no es que al sistema entero de la educación pública en México y esa idea absurda que le quieren vender a los estudiantes de que el Estado les está haciendo un favor al construirles universidades), pero lo que concierne al aula lo estoy disfrutando mucho, seré honesta. Performar cada día es bonito (performar en el sentido de que hay demasiada consciencia detrás de cada palabra dicha, cada atuendo portado, cada interacción, cada movimiento corporal). Es muy chistoso que en el autobús algún estudiante me diga “¿acabas de entrar?”, y al responder “sí, a dar clases” la formalidad se les active y rectifiquen “¡ah, es usted maestra!”. Cuerpos y lenguaje disciplinados: háblale de ‘usted’ a tus maestros, es lo correcto.

Ser adulta no es sencillo (azote aparte: no has triunfado, capitalismo. Sigo teniendo espíritu). Quisiera más oportunidad para el ocio, la fiesta y los excesos (amor incluido), definitivamente. Más dinero para los viajes, más tatuajes, más tiempo para perder el tiempo. But this is just the beginning y honestamente sospecho que el tiempo va más rápido estos días, que los minutos vuelan, que no es que no sepa administrarme sino que el mundo ya no gira a las 24 horas sino mucho más veloz. Por eso la ausencia de letras acá y acullá. El tiempo para construirme y reconstruirme ha requerido de cada segundo posible en los últimos dos años. Y el resultado, la verdad, me está gustando. Hoy termino de calificar a los 200 alumnos en su primer parcial y a la noche salgo con la novia y los amigos (esos que sobrevivieron a la maestría quedándose en Tijuana) al concierto de Los Ángeles Azules. Salgo a vivir otra de las ciudades que existen dentro de la misma ciudad. Could it be more perfect?