sábado, 7 de diciembre de 2013

Después de los demonios

Camino hacia la parada del taxi. Sola. Voy a tomarlo con dirección a los súper mercados porque hoy, mi primera noche conmigo, tengo antojo de espagueti rojo con ensalada verde. Son las 7 de la tarde-noche y está oscuro, aunque durante el invierno en esta parte del planeta oscurece desde las 5. Abrigada, embufandada, con guantes y gorro. Camino sola. Estamos a 13 centígrados. No es ni siquiera la noche más fría. Entro al primer súper mercado y pronto renuncio al recorrido: casi no hay productos extranjeros y necesito mi Ragú. Continúo la búsqueda y me hallo (sí: a mí, porque tal vez he estado buscándome desde hace algún tiempo) gozando el olor de las frutas en esa otra tienda luminosa y deshabitada. El aroma a melón se impone. Olfateo dulzores. Soy sola. Comparo el precio de los champiñones frescos frente a los enlatados. Hoy no puedo darme lujos, estoy aprendiendo a conocerme, estoy –con cautela– administrándome. Con una mano empujo el carrito, con la otra hago la sumatoria de lo que he de gastar. Quiero espagueti esta noche, pero tal vez por la mañana quiera cereal. El que tiene nueces este mes me resulta excesivo. Quizá en enero lo compre. ¿Hay suficiente pasta dental? Salgo con mis bolsas del mandado rumbo al taxi. Estoy conmigo. Avanzo cuadras y cuadras porque tengo un calzado cómodo y porque, así como a mí, aprendo a conocer la zona donde vivo. Regreso a casa, a mi nueva casa, y un maullido me recibe. Clementina ni siquiera es mi mascota, pero esa gata regordeta se ha enamorado de mi canasto de ropa sucia y ahora creo que se ha enamorado de mí.

Me fui. Me perdí en un lugar que no identifico. Me maltraté. Me abandoné tanto que quedé irreconocible. Para los demás era acaso lo que debía ser: una mujer que se borraba lentamente. Me fui. De mí. Me fui tanto que también me fui de todos: amigos, familia… todos. Intoxicada. Evadida. Borrada y borrosa. Me perdieron la huella porque estaba justamente dejando huella ninguna de mí. Nada. Estática. Quieta. Doliente. Sola. Muy sola. Y en un lugar muy oscuro. Adelgazada, disminuida, débil. Herida. Detenida en el tiempo pero acumulando dolores.

Soy un cliché. He sido muchos en muchas etapas, pero el cliché que soy ahora me gusta más que todos. Esta primera noche conmigo, en mi nueva vida, canto en una casa sola y mía mientras cocino. Una casa que empiezo a llenar de mí. Un espacio que no se lo debo a nadie. Hoy celebro mi autonomía y canto clichés. Ésta es una soledad indolora. No sabía que existiera tal cosa. Cocinar es, por lo pronto, abrir algunas latas, hervir algunas pastas, lavar algunas lechugas. Sirvo mi plato, mi primer plato de mi primera noche. Hoy celebro que me reencuentro, que me quiero bonitamente. Celebro también que gozo en sobriedad. Sonrío, bailo un poco. En un paneo por mi nueva sala veo las flores que ella me regaló: muchas flores color fiusha para el cumpleaños; una rosa roja para el amor.


Hice demasiadas cosas en poco tiempo. Quizá porque debía compensar los años inamovible. Los años negándome. Sirvo mi plato. Lo fotografío. Sirvo mi agua. La bebo. Hablo un poco con Clementina. Esta noche los compañeros de la Maestría en Estudios de Población me invitaron a bailar. Tienen su fiesta prenavideña. Otros amigos van al centro y me lo anuncian. Y son tentadoras invitaciones: los de Población bailan muy bien. Pero esta noche es para mí. Conmigo quiero estar. Texteo textraños a quien me ama-amo. Ella, que anoche me trajo cobijas porque este mes no podré comprarme las necesarias para el invierno. Ceno sola y soy feliz. Celebro [motivos sobran] que atendí una convocatoria para ofrecer una ponencia en un congreso de ciencias sociales. No sé si me seleccionarán. No sé si lo que envié es lo suficientemente bueno o si se ajusta a los criterios evaluadores. Pero celebro que lo hice, que creo en mí. Que ya no tengo miedo: ni de amar, ni de ser, ni de decir. Los champiñones gratinados quedaron deliciosos, un poco de ajo no les hubiera caído mal. Debo hacer una lista: comprar mantequilla, ajo del cremoso y molido, azúcar morena, sal vegetal, vino tinto, más queso, nueces.

Ya adquirí lo esencial: una almohada (para descansar, soñar, reflexionar, viajar, amar-me, imaginar-me). Mis amigas y yo fuimos hace dos días al centro de la ciudad a comprar medias gruesas y garigoleadas [porque queremos seguir siendo sexys durante los fríos], fuimos a comprar mi almohada nueva para mi vida nueva, y de paso compramos aguacates de carreta y papas fritas no corporativizadas, caseras pues, de la banqueta. Anduvimos cruzando calles con las manos llenas de bolsas, despreocupadas y sonrientes. Esa noche no bebimos. Ya me castigué demasiado. Sigo fuerte.

Termino mi cena, mi primer date conmigo. Me he seducido lo suficiente como para llevarme a la cama. Al fondo escucho unas melodías suaves, pausadas, con tecladitos solemnes y voces femeninas. Músicas islandesas. Mi habitación tiene luces de colores y almohadas felpudas. Amo el colorido. Pondré más cuadros. Debo terminar de sacar todo de las cajas. Sola. Vaciarme en mi nuevo hogar. Ya lo hago, poco a poco me vierto en él aunque todavía le falta escucharme gritar. En mi nueva casa de mi nueva vida no he llorado, no he tenido miedo, no he huido. Mi piel es tersa y esta noche no tiene frío. Huelo a mí, no a viejo ni guardado. Huelo a mí: a posibilidad y vida. Quiero usar la palabra ‘fulgor’ en alguna parte. Hacer y ser lo que no se ha hecho ni sido implica un nuevo lenguaje. ¡Tantas palabras por incorporar! Huelo a futuro y movimiento. Estoy sanando. Declaro el exorcismo un éxito.