sábado, 12 de octubre de 2013

La ausencia y la moda

Acabo de responder un mail donde le dije a un profesor de la universidad que no participaré en una mesa a la que me invita que tratará de la “persona y personaje” que fue un escritor de Tijuana recientemente fallecido. No quise ser diplomática y responder un “gracias, pero no puedo”, ni mentir y justificar que declino porque tengo otra cosa que hacer ese día. Quise explicarme. Y seguramente era innecesario.

Cuando mueren personas famosas ocurre eso: hablar de quien murió, quererle públicamente, comprar sus libros o sus discos o lo que sea que haya producido, decir lo importante que era y lo cercanos que estuvimos a ella o él. Hay capital social y simbólico aun en los muertos, ni modo.

El escritor fallecido era un montón de otras cosas visibles y nombrables. “Líder generacional” me puso en el mail el profesor de la universidad. No sé si tanto así, no me siento en tales capacidades analíticas. Lo que sé es que lo que sea que era, lo era antes de morir. Y sé también que la muerte produce modas. Desde que murió ha habido cantidad de textos acerca de él: unos canonizan y otros carroñizan. También han impreso su foto en estampitas, han diseñado camisetas, han dedicado actividades académicas y culturosas a su memoria, y hay intenciones de ponerle un altar en un colegio para el día de muertos. Mientras esto ocurre yo juzgo a todos. Quizá no debería, quizá soy injusta, quizá podría hacer el esfuerzo por comprender que son muchas las formas de lidiar con la ausencia y que ninguna es más válida que la otra, que –aunque parezca– no todo es mercantilización y espectacularización, que son rituales, que tienen un sentido.

Era mi amigo. Y lo quise mucho. Y lo quiero mucho. Y lo extraño. Sospecho que ahí radica mi repulsión a todo lo que ha acompañado su muerte. Bueno, le llamaré mejor ‘intolerancia’. Tengo casi un mes triste y enojada. Su partida ha develado actitudes insospechadas en personas conocidas. Muchos quieren tomar parte de ello, participar no de su vida sino de su muerte. Eso me pone mal. Me molesta. Pero al parecer es una cosa normal: las personas famosas le pertenecen a todos y todos pueden [podemos] hablar de ellas.

Esta ausencia ha develado también a los verdaderos amigos. Me cae mal decirlo porque es insinuar [afirmar, creo] que hay amigos más legítimos. Y por supuesto ahí es donde me quiero ubicar. Entre los que sí lo conocimos sin hacer crítica literaria ni psicoanálisis ni crónica ni obituario. Mera vanidad, supongo.

Me han dado el pésame como si fuera una viuda. Su muerte me ha traído una extraña visibilidad. Quizá deba reír de ello, pues solía decirle que no había explotado yo adecuadamente su fama, que debía salpicarme un poco de sus reflectores y sus fans y sus grupies. Bromeaba con él de su estatus ‘famoso’; me burlaba porque era mi amigo, solamente. Así se sentía. Así se siente.

Fui invitada a esa reconstrucción colectiva del recuerdo. Imagino que será en una mesa ante un público y con micrófonos colocados frente a otros recordadores, otros viudos y viudas. Dije no y agradecí, y me sentí falsa en la última parte. Tal vez no debería juzgar tanto, tal vez debería liberar el enojo y la tristeza y reírme de lo absurdo que es todo ahora. Tan catrina y tan calaverita de azúcar y tan pinche amarrada al mundo. Debería entender que hablar de los demás es en realidad hablar de nosotros.