domingo, 25 de agosto de 2013

Places that aren't ours. Places that fits us.

Este verano me quedé una semana en la casa de mis padres, en Ensenada. Fui con la intención de “estar”, solo eso: estar. Al final no sé si lo hice bien. La casa de mis padres es hermosa, es amplia, con grandes ventanales que dejan entrar la luz natural, con cuadros de colores vibrantes, paredes claras y oscuras, flores en jarrones, patios con andadores de adoquín, cerco de madera, tierra, plantas, perros y un gato. Fui colmada de la energía del desierto y de los mares apacibles del interior de la península: llegué de sur a norte, con más temores que expectativas. Mi madre ha estado agotada.

Casi no visité el Centro, tal vez un par de ocasiones y no fui sola. Pero eso bastó para sentirme ajena a ese espacio, a Ensenada. Hace 14 años no vivo allí y pensar esa distancia temporal me hizo reafirmar una distancia emocional. Amo la casa de mis padres pero fuera de ello creo que Ensenada me incomoda. No sabría si es una cosa social, no me atrevería a hablar de “la gente” para desentrañar de ello qué es lo que me incomoda. Supongo que es [como todo en esta vida] algo íntimo, algo muy mío: los valores asociados a ese lugar. Es decir ¿por qué gusta o disgusta algo? ¿qué encontramos en ello? A nosotros, tal vez… o parte de nosotros o piezas de nosotros o ilusiones para ser otro nosotros.

Ahí quedaron fracciones de mi adolescencia, que fue espectacularmente típica y ordinaria para una chica mestiza y clasemediera [whatever that means] que veía too much MTV: todo en exceso [los amores y los desamores, las amistades, los consumos, los riesgos, los azotes, hasta la estética de cabellos rosas y tatuajes de papelito… forever teenager, I guess, si ser teenager es sentir y hacer desbordadamente y sin prospectiva]. Muchas cosas sobreviven en quien soy, sin duda, pero Ensenada es a la vez un cementerio, y lo es metafórica y fácticamente: amistades y ex parejas que son ahora difuntos. Live hard, die young; hay casos. Sin embargo no hallé fantasmas, más bien hallé nada. Cuando me fui me fui completa, recién se lo escribí a una amiga: me fui toda. Tan toda que ahora es casi como viajar a otro país. Desconozco incluso su lenguaje y me pongo un poco loca. Es un espacio que me hace sentir insegura.

Tijuana, por otro lado, es mi casa. No sé cómo pasó. Me gusta lo que acá soy, lo que he construido y deconstruido y destruido y reconstruido e inventado, sobre todo inventado… Me gusta, me gusto. Sin loas ni otras ridiculeces. No es que me parezca mejor o peor que otros espacios, no es un lugar que me haga vanagloriar ni a la gente ni al gobierno ni a la arquitectura ni a las políticas públicas. No compondré trovas de multiculturalismos ni de liminalidad ni de intersticios ni de hibridación ni de fronteras porosas o blandas o duras o flexibles o imaginarias o terribles. Nada de eso. Tijuana es un lugar que simplemente encuentro mío. Por ahora, claro, tampoco me anclo: igual abandono esta supuesta vida urbana y me transformo en una hippie nómada peluda que deambula las costas, no tengo problema con ello. Pero ahora me va, Tijuana fits me.

Tal vez lo que romantizamos de un lugar es a nosotros mismos, la versión de nosotros que creemos ser en determinado espacio. Seguro es importante dónde construimos nuestras experiencias, aunque finalmente uno se lleva a uno mismo [con todas esas experiencias y saberes] a donde quiera que uno vaya. Oh, el relativismo espacial. De cualquier forma hay cosas que hacen clic y se sienten bien y por supuesto no podría yo hablar de la psicotopografía. Solo diré que mi amigo boliviano que ahora vive acá dice que extraña los cerros.