miércoles, 1 de junio de 2011

reflexiones en torno al dolor

Hora cero: el sonido bzzzz, las manos del artista en tu torso, las primeras heridas. Una línea, un trazo, y los temores afloran, temor a no resistir. Piensas en la joven madre de familia que apenas un par de días atrás el noticiero mostró agonizante en una cama de hospital; había sido golpeada por dos hombres (uno de ellos su esposo) que además le arrebataron a sus hijos. No sobrevivió. Piensas en ella, en su dolor (físico y emocional) y te planteas el tuyo (tu dolor voluntario, ocioso, vanidoso) como una ofrenda a quienes como ella sufren o sufrieron.

Una hora: ardor profundo en las costillas. Tu experiencia es dolorosa y no puedes evitar pensar en el dolor de los otros. Meditas sobre los torturados, esos que murieron de forma violenta por la perversidad de un verdugo, esos miles de individuos que antes de sucumbir experimentaron tortura, mucho dolor físico, angustia, tormento.

Dos horas: parece que un soplete de oxicorte dibuja en tu costado. Reflexionas acerca del dolor que produce la enfermedad y el accidente. Piensas en los tumores, las llagas, la mutilación. Imaginas la recuperación de los lastimados: heridos y sobrevivientes.

Tres horas: intensas punzaciones mientras el artista sigue grabando en tu cuerpo contraído. Te llegan pensamientos en torno a un dolor que no es el de la muerte ni de la enfermedad ni de la pérdida: el dolor que produce la vida, el umbral del parto.

Cuatro horas: como si un mazo y un cincel labraran en tu vientre. Tal vez no puedas más. Pides al cosmos sanen las heridas de los vivos víctimas del dolor involuntario, pides justicia para los muertos cuyo último recuerdo como vivos fue el dolor.

Cinco horas: sientes que la piel se ha marchado dejando en su lugar fuego. Tu cuerpo llora. Pero estás feliz: el martirio deja de serlo para comenzar el gozo, porque al final te quedas con una obra de arte y una catarsis.