sábado, 30 de enero de 2010
Ajetreados días estos últimos
Esta semana fuimos equipo Carlitos y yo, y el único día que nos separaron [o sea, que en la orden de trabajo nos asignaron fotógrafo y reportera distintos] fue a decirme discreto que prefiere trabajar conmigo, que tal y tal reporteros son insufriblemente apáticos, mediocres, huevones y que ya se hartó de hacerles el paro. Me enterneció.
Esta semana fui censurada por primera vez. Hice una investigación acerca de las goteras que hay en un museo nuevecito y fufurufo, y cuando por fin di con los responsables, el director del periódico decidió que no me publicarían. Hay intereses, obvio, y los reporteros somos instrumento de ello.
Esta semana me topé con tamaña inutilidad burocrática. Resulta que si quiero entrevistar a cualquier funcionario, así sea el de menor rango, tengo que gestionar cita con el departamento de difusión, es decir, mediante la [des]Coordinación de [in]Comunicación o [des]Enlace de Prensa; departamento reservado para pura vieja fodonga con cerebro de ostión. De hecho, ante la constante sospecho que así han de contratar: Se Solicita Vieja Fodonga Cerebro de Ostión o en su defecto Gay de Clóset y Misógino.
Esta semana renunció el jefe de información y el panorama ante ello es triste. Digamos que gracias a él empezó a haber algo de periodismo en ese medio, cosa que por supuesto ofendió a los apáticos y mediocres [que no son tantos pero sí ruidosos], los mismos que celebraron su salida.
Esta semana entrevisté a dos sobrevivientes del holocausto, ancianitos de 85 y 86 años, polaco y húngara, respectivamente. Además de salir con vida de los campos de concentración allá por el 44, Don Salomon tuvo cáncer, una embolia y fallas en el corazón, pero reflexiona “y aquí sigo” [¡puta! y uno lloriqueando por nimiedades].
Esta semana le llevé una despensa a una abuelita que entrevisté la semana pasada y que al preguntarle sobre las lluvias prefirió hablarme de su pobreza, soledad y hambre. Me colmó de bendiciones.
Esta semana mi hombre y yo salimos corriendo de nuestro bar favorito al ver que iniciaba una bronca entre dos gigantes. Es que la paranoia nos ha hecho su presa, sobre todo en tiempos donde dan balazos en la cabeza a uno que otro trasnochado de 29 años, al menos en algún bar de la capital.
Esta semana me reclamó la directora de una dependencia cultural haber publicado una cita textual suya. Para su desventaja, la entrevista la grabé yo y no ella. La invité a escuchar el audio. No me ha contestado.
Esta semana descubrí que el que asesina a su hijo es filicida.
Esta semana conocí a la reina del carnaval de Ensenada. Linda.
Esta semana entrevisté a Erik Rubín y Pambo, par de fresas preocupantemente anoréxicos.
Esta semana tomé pocas fotos. También pocas cheves.
Esta semana duró como 30 días.
viernes, 22 de enero de 2010
ninguna historia viene sola
Algunos le llamarán mutilación, flagelo, anacronía tribal o snobismo, pero para mí se trata de simples adornos. En distintos momentos llegué a tener arete en nariz, ceja, boca, ombligo… y nueve perforaciones entre las dos orejas. Sufrí [¡cómo no!] en la recuperación de algunas de ellas, pero lo que me hizo resistir fue la misma motivación que la de los tatuajes: un rato de dolor y el resto de jactancia.El arete en el ombligo me vino por inspiración de Alicia Silverstone en su papel rebelde del videoclip de Aerosmith (sí que es pinche la influencia de la tele), y como aquello parecía ajustarse a mis intentos grunge pues en cuanto tuve la oportunidad de ponerme uno, lo hice.
Una noche de juerga en Rosarito, que empezó en una fiesta de disfraces con motivos militares (dudo que ahora hagan algo así, digo, por aquello de que está plagado de soldados), terminamos en la playa sin raite de regreso a Ensenada. Aferradas mis amigas en rodar por la arena con su extraño favorito, opté mandarlas al rayo e irme a la caseta de cobro para pedir aventón a los buenos samaritanos, como a eso de las 5 de la mañana, hora en que supongo transitan muchos.
Se me adhirió un conocido-más-no-amigo y ambos viajamos de regreso en la caja de un pick-up. Yo [ataviada con botas militares, pantalón camuflado y blusa verde aceituna] portaba un flamante casco que mi adherido quería probar, así que sin previo aviso me lo quitó volándosele inmediatamente de las manos ante las ráfagas que corrían en nuestro transporte a la intemperie. Casco voló-cayó-rebotó-rebotó-rebotó-y-se-perdió en el horizonte. ¡Pinche Equis! porque ni su nombre supe.
Para compensar la pérdida, me dijo que podía ir al consultorio donde su madre era enfermera para que me pusiera un arete en el ombligo, ya que ése era su oficio clandestino en la zona turística. ¿Compensar la pérdida? ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Absolutamente nada pero sin pensarlo [un poco encabronada, eso sí] accedí. No imaginaba el sadismo de su señora madre.
Llegó el día de la cita, pero antes de acudir tenía que cumplir un compromiso académico en la universidad ensenadense, así que con pocos pesos en la bolsa salí de mi casa rumbo al transporte. Estaba por llegar a la carretera cuando mi hermana y su novio (que iban a Disneylandia) me alcanzaron para darme raite a la uni, cosa que me alegró, ya que aparte de la comodidad del viaje conservé mi billetito de 50 pesos íntegro. Estuve un par de horas en la clase hasta que me lancé a tomar el microbús al centro. Al subirme, el chofer me dijo “¿eres prima de Violeta?” y como sí lo soy dije “ajá”. Se presentó, lo recordé y por supuesto no me cobró el pasaje. Mi billetazo seguía con vida.
En el consultorio, la madre del vuela-cascos no lucía tan profesional como esperaba, de hecho hasta insegura se veía. Pero pensé “¿qué es lo peor que puede pasar?”. Evidentemente no sospechaba que lo peor que podía pasar era que me perforara el ombligo ¡con unas tijeras! [pinche doña Equis]. Por suerte me anestesió así que el dolor me vino a las dos horas, lejos de ella y sin posibilidad de sacarle los ojos.
Regresé a la universidad con parche en el ombligo y cara de congoja, pagué el transporte con mi aún sobreviviente dinero que esta vez sí se deshizo ¡pero en un monto mayor! Resulta que el chofer me dio cambio como si hubiera pagado con un billete de 80 pesos, denominación monetaria que hasta donde sé nunca ha existido en México. No pude hacer mi buena acción de aclararle el error porque en Ensenada el pasaje se paga a la bajada, y cuando rectifiqué ya estaba en la banqueta.
Tomé el resto de las clases, crucé la carretera para regresar a la casa y mi madre [que iba manejando pa’ allá] me reconoció desde su carro y se orillo pa’ llevarme. Yo encantada de la vida. Ese día no sólo hice rendir mi dinero sino que extrañamente lo incrementé. Es la parte bonita de una memoria que me viene junto con una funesta: la adquisición de un adorno impresumible.
Desistí con esa perforación, no había de otra: quedó mi arete chueco y pendiendo de un hilo de piel, lo opuesto al concepto sexy que tenía en mente. Dos años después vine a vivir a Tijuana. Dos años más tarde conocí a mi otra mitad. Tres años más y conocí a su prima, médico hidalguense. Pasaron otros dos años y ella vino a radicar a Tijuana. Un año enseguida le pedí me pusiera un arete en el ombligo. Dos meses después aceptó. Y heme aquí que gracias a su flexible-o-quizá-inexistente-pero-qué-me-importa ética, conservo un arete que sólo en vacaciones playeras sale al sol. A parte de esto, no he vuelto a imitar a Alicia Silverstone.
martes, 19 de enero de 2010
Favores
Fact = Fucked up
Las mujeres de cabello oscuro que usamos lentes no podemos peinarnos en dos colitas ni usar flores en el pelo, porque en una sociedad educada por Televisa corremos la certeza de que nos digan Chilindrina o Patito.
apariencias
martes, 12 de enero de 2010
palabras y hallazgos
Ahora soy reportera de información general [Identidad 2010] y he cubierto cantidad de eventos que jamás hube imaginado. Debo confesar que después de escribir durante 5 años sobre El Acontecer Cultural en la Región, he estado depurando algunos ¿vicios? ¿costumbres? ¿métodos? ¿mañas? en mi redacción y con ello aprendiendo “nuevas” palabras.
Y como la apatía no se me da, el asombro lo tengo a flor de piel (sin albur, si fuera posible albur alguno) y desde el asombro construyo notas varias que a veces terminan peor que las de las revistas sensacionalistas [me gusta la cacofonía ¿y qué?]. Hay que ser más concreto, contundente, hasta vulgar para redactar, ya que al parecer la idea general [izada] es que la población es inculta, casi analfabeta, por lo que debemos evitarle dolores de cabeza y no escribir conceptos complicados (¡qué digo conceptos! No he de escribir siquiera palabras, conjugaciones ni tiempos gramaticales “raros”, así sean los enseñados en la primaria). Al parecer la tendencia es subestimar al lector y al mismo tiempo decirle ¡compra mi periódico!
El sensacionalismo en algunas de mis notas no lo atribuyo a otra cosa más que a la información misma, porque si tengo que ir a la Cruz Roja a ver cómo se recuperan tres niños quemados, pues no tengo diotra más que poner “tres niños quemados”. Igual que si voy a la audiencia de un presunto asesino que se defendió de un ataque hasta matar a su atacante, o que si una preparatoria suspendió actividades tras los homicidios a varios de sus estudiantes. No hay diotra.
Han sido pocos los días pero ya empiezo a entender más el asunto este de andar “tras la noticia”. Obviamente le saco la vuelta a cualquier tema policial (no es ningún secreto que ese rollo es peligroso) y la onda política me da mucha flojera porque todo mundo trae su discurso, su somnoliento-vergonzante-intrascendente-insustancial discurso. Aunque siendo año electoral, pronostico la cosa se va a poner buena (sin albur, insisto).
Los reporteros de otros medios me ven como “la nueva”, y cuando se acercan a conocerme [como dándome la bienvenida al gremio] les aclaro que tengo experiencia (sin albur, claro está) y hasta les digo que si no habían sabido de mí es porque no leen cultura. Los de la prensa escrita lueguito lo incluyen a uno en todo (sin albur, espero): lo tratan de compa, de hermano de las andanzas callejeras y sin celo alguno comparten números telefónicos (propios y ajenos), datos del suceso y avisos de otras noticias, con todo y sus chismes impublicables [lo que uno ha de llamar “versión extraoficial” o “trascendió que…”]. Es el argüende a todo lo que da.
Pero los de la tele son otra cosa, uyuyuy, son las celebridades del gremio, son todas unas divas que levitan sobre la chusma que somos el resto. Se sienten patrones de sus camarógrafos, son imperativos a diestra y siniestra, rolleros para plantear preguntas, un poco gritones y hasta exagerados en su arreglo. Y ya entrados en viboreo, he de decir que la mayoría tiene muy mala piel: son cacarizos o granulados, lo que supongo se debe al maquillaje para salir a cuadro. Obviaré que existen excepciones [tanto del asunto de la arrogancia como del de la epidermis].
Dentro del periódico las cosas también se han puesto interesantes, sobre todo porque algunos compañeros han dejado de hablarme: les resulto invasiva. En general el drama me gusta pero ninguno con el tema laboral, así que los dejo que transiten refunfuñando a mi lado [de sepaqué] mientras continúo con mis labores periodísticas y fotoperiodísticas para que mis jefes me pongan mi estrellita en la frente (¡sin albur! Chingado).
[nuevas fotos del nuevo jale que es el mismo]
viernes, 1 de enero de 2010
Pinche Noni
El plan era regresar en la noche a nuestras casas, o al menos a la mía, que era donde todos solíamos amanecer pegados del garrafón de agua por la cruda, pero las cosas se salieron un poco de control y no nos quedó más que pasar la noche en Tijuana. El Noni, dedicado a organizar conciertos y tocadas en Ensenada, tenía muy buenas relaciones con todos los músicos de Baja California y Sonora, y dio la casualidad que el grupo Karne de Kañón de San Luis Río Colorado era el telonero de Plastilina Mosh en su primer concierto en el estado, y los músicos le dijeron al Noni que podían meternos al concierto, e incluso que podían colarnos al party post-concierto con los regios.
Ya estando en Tijuana el Noni nos confesó que no se regresaría esa noche, así que nos recomendaba llamáramos a nuestras casas para avisar. Claudia no tenía problema porque el Noni es su hermano mayor, y Maryen y Carlos nunca llegaban a sus casas porque se quedaban en la mía, así que la única que debía mentir era yo [El Malo era muy malo como para pedir permiso]. Intenté decirle a mi madre que me quedaría con Maryen pero el teléfono sonaba ocupado, entonces opté por llamarle a una de mis hermanas y decirle la verdad, para que quien mintiera fuera ella. Le dije “estoy en Tijuana pero dile a mi mamá que me voy a quedar con Maryen, mañana temprano llego a la casa”. Accedió con la única indicación de “te cuidas mucho ¿eh?”.
Entramos al concierto que estaba no muy prendido y luego nos fuimos backstage porque nos dijeron que después de que tocaran Mr. P-mosh ya nos iríamos a cotorrear con los músicos, pero ¡toma! que le aventaron un hielo al Rosso y éste [en una reacción por demás dramática] se desplomó agarrándose la frente con ambas manos. Desde donde estábamos vimos la sangre que le salía a chorros. Obviamente el concierto ahí acabó, y la verdad nadie lamentó el hecho, ese par no supo armar la fiesta. Por eso el hielazo a su frente inmaculada.
Los de Karne de Kañón le avisaron al Noni que como era temprano se regresarían a San Luis, así que nos podíamos quedar en el cuarto de hotel que les habían asignado los organizadores y eso hicimos, bueno, no todos. Después de ser rechazados en El Ranas y El 5to Patio, y algún otro antro por el estilo, fuimos a comprar cheve para encerrarnos en el hotel, sin sospechar que en el cuarto contiguo estaba el Jonás de Plastilina Mosh. Nos dimos cuenta cuando salimos al balcón y nos saludó descamisado junto a una lujuriosa y gigantesca anoréxica que no dejaba de fumar y chingarse unas rayas de coca. Nos regaló autógrafos y media botella de tequila, la cual nos tomamos frente al televisor, ambientados por videos de Violent Femmes y The Breeders, hasta que el pinche Noni se puso necio con que quería regresarse a Ensenada para alcanzar el arranque de la Baja 1000, una carrera de carros todo-terreno por mil kilómetros de terracería.
Claudia no pudo convencerlo de que estaba muy ebrio para manejar y el resto ya nos habíamos cansado de hablarle. Además a nuestros 17 años poco nos importaba lo que decidiera. Pero la Clau, siendo su hermana, no podía dejarlo a su suerte [y midiendo ella como un metro con 40 centímetros, y el otro pesando como cien kilos, era imposible que lo contuviera]. La tonta prefirió irse con él a Ensenada, mientras nosotros pensábamos “se van a dar en toda”.
Maryen y yo dormimos [o más bien passed out] en una cama, y Carlos y El Malo en la otra, hasta que unos golpeteos en la puerta [como si se tratara de un judicial a punto de tumbarla] nos despertaron a eso de las 9 de la mañana. De un brinco empezamos a prepararnos para salir, mientras El Malo metía en su mochila todo lo que cupiera: shampoo, jabones y toallas. No se llevó las almohadas porque de plano hacían mucho bulto, pero por poco logra arrancar el control remoto que estaba adherido al buró. El teléfono timbró. Maryen respondió. Era la recepción del hotel indicándonos que por favor pasáramos a liquidar la tarifa, pues la habitación no había sido pagada. Maryen y yo corrimos por unas escaleras, Carlos por otras y El Malo saltó por la ventana ¡un piso!, pero no le pasó nada (supongo que amortiguaron las cuatro toallas que se había embolsado).
Al fin nos encontramos en la esquina y sin tener idea para dónde quedaba Ensenada [como La India María en la ciudá] empezamos a caminar por el bulevar, mega-crudos, hambreados y maldiciendo al Noni. Un letrero nos indicó la salida al puerto y nos encaminamos con el dedo pulgar alzado en petición de raite a los conductores, pero ninguno quiso llevarnos, ni siquiera los que traían pick-ups. Entre los cuatro juntamos a penas 50 pesos, con los cuales un chofer de autobús accedió subirnos.
Después de despertar a un pasajero que descansaba con las piernas atravesadas en el pasillo, nos ubicamos en los últimos asientos para dormir plácidamente hasta llegar a San Miguel, el primer poblado de Ensenada. Carlos, Maryen y yo le pedimos al chofer nos bajara en El Sauzal, nos despedimos del Malo y cruzamos la carretera hacia mi casa. Pero ¡cuál va siendo nuestra sorpresa! cuando a una cuadra vimos a la Clau, con cara de demacrada, sentada en la banqueta. Resulta que sobrevivió los impulsos de su ebrio y dejabajo carnal, pero a la entrada a Ensenada el muy inútil la bajó del carro y [como mi casa estaba cerca] se quedó esperándonos toda la noche, en vela, sentada en la esquina con ojos de búho.
Finalmente, los cuatro trasnochados entramos muy consternados a la cocina, donde estaba mi mamá tan optimista como todas las mañanas, aunque ya era mediodía. Nos saludó. Saludamos. Pasamos a mi cuarto y cuando estaba por celebrar haber burlado a mi madre Maryen me dijo “nos dejó ser, no creas que la haces tonta, simplemente nos dejó ser”. Y a esa edad es la mejor de las cualidades: ser. A esa edad es la mayor de las exigencias: que te dejen ser. A esa edad es la más importante de las concesiones.
De Maryen hace años que no sé nada, de Claudia tampoco. Al Carlos a veces me lo encuentro porque estudió diseño de modas acá en Tijuana. Del Malo ni su nombre supe. Al Noni la última vez que lo vi fue en una foto de la sección policíaca de Ensenada, acusado de robar cobre del cableado público. Y Plastilina Mosh castigó a Tijuana como por 10 años [“Tijuana, la violenta”, “la que manda a la Cruz Roja a los electro-regios”], y cuando tuvieron su regreso triunfal, hace un par de años, volvieron a pasar inadvertidos, aunque para ellos debió ser todo un éxito pues (hasta donde sé) nadie les aventó nada.
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