martes, 29 de diciembre de 2009

Un besito de despedida

Un besito de despedida al 2009. ¡Muah! Adiós Michael Jackson. Adiós sección cultural de mi periódico. Adiós Juanito (espero). Adiós ropa sucia [hijoesupú cómo he estado lavando]. Adiós crisis económica e inseguridad. Ok, esto último fue ironía, esos males los seguiremos arrastrando por mucho muuuuucho tiempo.

Este año me hizo más greñuda, más valemadre, más callejera, más radiofónica, más reportera de información general y al mismo tiempo más repudiada por mis compañeros. Bueno, ni tanto, me gusta exagerar. La verdad es que les resulto bastante querible aun cuando me consideren detestable. Y la verdad es que son tan vanos que sólo me consideran detestable cuando me gano premios en las posadas de las fuentes que ellos han cubierto por años. Sí: me colé a la posada empresarial esa a la que me invitaron por error y me gané un par de envidiables premios. Además me vestí como objeto del deseo (según yo, claro, cualquiera podrá pensar que iba como La Chupitos si quiere) y me senté en la mesa donde estaban los presidentes de Coparmex, CCE, CDT, Canaco… pero esto último fue totalmente inintencional. Chistosa noche. Salí en todas las fotos sociales como si fuera amiga de toda la vida de los líderes empresariales, con quienes bromeé y brindé a mis anchas [que hasta eso que no son tan anchas mis anchas].

Las misiones a las que me envía mi jefe hasta la fecha son bastante cómicas: cuántos nenes nacieron en navidad (por cierto: ¡feliz ficción del natalicio de Cristo!) o preguntar en tiendas esotéricas los rituales de año nuevo. Me encanta. Está para hacer una película que se llame “Misión totalmente posible”. Hoy por ejemplo, me encomendó indagar predicciones para el 2010, pero la raza que echa las cartas no te da ni los buenos días gratis. Me metí al mercado del Popo en el centro de Tijuana, el más antiguo me parece, y le pregunté a un tipo que hace amarres si sabía de alguien que predijera el futuro y me dijo que me fuera la esquina (hasta ahí pensé que me indicaría cómo llegar al sitio) y que lo esperara allá pues él me llevaría con La Persona. En calidad de ignorante y temerosa que soy le dije “mejor vuelvo mañana porque ahora no traigo dinero”. Vaya misterio. Aunque ya que me lo pienso quizá sólo quería su comisión por conducirme con La Persona Uuuy.

Después de interrogarlo sobre los conjuros de fin de año como simple curiosa, me crucé la calle a las fiestas guadalupanas y entre las fritangas saqué mi libreta para anotar lo que me había dicho [las neuronas que me he asesinado me han dejado con muy mala memoria y además me distraigo fácilmente]. Luego entré al triste y solitario mercado municipal sólo para que una chola me gritara “¿va comer?” y de ahí me salí a tomarle fotos a las veladoras que venden afuera de la catedral. En esa esquina vi a La Maguana, la vagabunda más famosa de Tijuana, y tuve el atrevimiento de fotografiarla, aunque el atrevimiento sólo me alcanzó para una foto porque mal-supuse que me había visto y corrí como poseída en dirección opuesta. Ya lo dije: anduve ignorante y temerosa.

En mi huida me topé con una tienda esotérica a la que entré minutos después de un reportero de otro periódico que [según me dijeron las brujas que atendían] fue a hacer lo mismo que yo: preguntar de los hechizos para el fin de año [¡qué originales!]. Divertida tarde. Aunque triste también: había mucha gente mendigando. Sólo cooperé con uno que tocaba una flauta de bambú, y sólo le di el cambio que me quedó del taxi: dos pesos con 50 centavos.
Para este 2010 no me despido de ninguna de mis mañas.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Ahora sí...

La fama de gorrones que tienen los reporteros no es fortuita y en fechas de posadas se pone más de manifiesto (y en fechas donde las posadas escasean [dada la crisis y la tacañería] pues más aún). Sin embargo yo no he ido a muchas, de hecho sólo he ido a dos que ni siquiera son de esas que organizan las cámaras de alguna industria, ni las secretarías, ni el ayuntamiento (guácala), ni partidos políticos, ni delegaciones… No, nada de eso, he ido a las posadas de los dos baruchos que más frecuentamos mi hombre y yo, y que coincidieron en hacerlas el mismo jueves.

Como por tradición la comida navideña en el primer bar fue lechón con frijolitos puercos, guacamole y un bolillo calientito, cena que combina perfecto con la cubeta Pacífico que [también por tradición] nos acompaña, sea posada o no. En ese bar [lleno de trabajadores de la maquila, obreros (delatados por sus overoles), ambulantes y choppers (y alguna que otra chica apretadita adornando a su chopper preferido)] ya nos sentimos como en nuestra casa: sonreímos a propios y extraños, nos metemos a la cocina a rellenar el platito de totopos y saludamos de piquete de ombligo a las meseras, a la cantinera y al cocinero.

El día de la posada estuvimos igual, un poco ataviados para la ocasión (mi hombre con suéter y yo peinada), esperando las rifas que le siguen a la deliciosa cena, la cual nos engullimos al ritmo de la tambora que cada jueves nos deja sordos y cuya mejor pieza es Niño Perdido: [1] porque nadie canta y [2] porque el trompetista que interpreta al ‘niño perdido’ empieza la melodía desde la banqueta y va caminando hacia el resto de los músicos [ubicados en la mesa de billar] por/entre los clientes.

Los primeros boletos premiados se llevaron una camiseta del bar, la misma que en años anteriores hemos ganado en talla ExtraGrande y que hemos convertido en fundas de almohada. Afortunadamente ninguno de nuestros números salió “premiado” en esa fase, así que empezamos a hacer actos de mentalismo para que a la hora de las botellas tuviéramos mejor suerte. Y así fue. Obtuvimos el primer premio de los buenos (no es que una camiseta sea mala) al llevarnos una cubeta que adentro contenía dos licores (ron y brandi), un cooler y muchos chocolates. El anunciante del número, con micrófono en mano y toda la faramalla, al ver que yo era la ganadora dijo “¡y ella sí es de las habituales!”, cosa que lejos de ofenderme me llenó de orgullo al pasar junto a unos [supongo] inhabituales. Al premio le siguieron las felicitaciones y uno que otro que llegó a llamarme “amiga” inclinando su vaso hacia las botellas para el refill. Hasta una señora que se la pasa diciéndome “Patito” cuando uso flores en el pelo, se acercó a nuestra mesa a saludar y [ebria como es] no pudo olvidar la tradición de su carrilla e insistió en decirme el telenovelezco calificativo aun cuando no llevaba yo ningún tocado floral. No la rechazo sólo porque su carrilla incluye el canto de un tema infantil, es todo un performance.

Muy felices y abrazados de nuestra cubeta, mi hombre y yo nos dirigimos a la segunda posada de la noche, en el otro barucho de buena muerte (¿o era de mala muerte?) que como de costumbre anual estaba a reventar, aunque sin riesgos de aplastamiento ni asfixia, ya que quienes allí acuden tienen la precaución de salir a la superficie y seguir la fiesta en la banqueta en lo que toman aire, lo que desahoga un poco el búnker de la perdición. Tocaron cuatro grupos reggae-ska-guapachoso-tropirrollo, y viciosos habituales rompieron tres piñatas que contenían innombrables y suculentos premios, mezclados con nombrables chucherías y cupones canjeables por botellas, las cuales [materializadas en vino espumoso y tequila Jimador] vimos rolar entre la multitud.

Al día siguiente sería la cena navideña del periódico donde trabajo. Supuesta cena que dada la hostilidad con la que el cholo-que-tenemos-por-administrador nos invitó, equivalía más a una oferta de ‘free meal’ para pobres y vagabundos. Aún así yo tenía la idea de ir al argüende, pero antes decidimos llegarle a los calditos Siete Mares que los viernes hace doña Laura en el barucho donde nos ganamos la cubeta. Era un clásico ‘curarse la cruda’ a las 4 de la tarde al lado de los mismos que estuvimos en la posada la noche anterior, sólo que ahora en silencio: sin tambora y sin energía. Las Bohemias 2 X 30 pesos hicieron el paro, sólo que nos animó al grado en que preferimos seguir nuestra ruta festiva y mandar al rayo la cena de mi centro laboral, al fin que no me entusiasmaba tanto eso de ir a ver a las mismas guangas y a los mismos viejos de todos los días, esta vez sentados en el VIPS con suéter de copo de nieve. Paso.

Para mañana tengo una invitación a una cena navideña que se antoja abundante, en alimento y puede que hasta en rifas, pues la organiza un comité empresarial. Me apunté porque dice “A Medios de Comunicación” y aunque en realidad cubro otras fuentes no planeo reivindicar con mi ausencia la fama de gorrón que ya se carga el reportero. Si voy será mi primera y única posada fufurufa de este año, lo que me hace recordar unos hermosos versos de una bellísimia canción del poeta Chava Flores: “Ahora sí: ¡Llegamos los gorrones! / ¡aquí voy yo, vaciando botellones! / - Yo soy amigo del hermano de un señor que no vino a la fiesta, / también soy cuate del sobrino de Nabor. / - ¿Nabor? ¿cuál Nabor, mano? / - ¡Nabor el de la orquesta!”.

martes, 15 de diciembre de 2009

antítesis

En el periódico donde trabajo ya no hay sección cultural quezque porque el coordinador regional consideró que a los lectores de ese diario “no les interesa la cultura”. Estas nuevas [o más bien retrógradas] políticas editoriales me han dejado sin fuentes más no sin empleo, lo que ha derivado en que carezca de orden de trabajo y tenga que proponer-inventar-sugerir a mi jefe de información temas que en ocasiones terminan convirtiéndose en tonti-notas. Pero atenta a las libertades que ello implica, he optado por convertirme en la antítesis del clero que en estas fechas anda muy opinón, censurando creencias no católicas y bajándole una lana a los pobres-desgraciados-alucinados feligreses con el chantaje de limpiar sus culpas mediante la donación de un porcentaje del aguinaldo. Lo que hago, pues, es oponerme a las declaraciones de los obispos-arzobispos-padrecitos y demás opinadores parciales y fantasiosos con argumentos de académicos (antropólogos, psicólogos, abogados, sociólogos) para expresar con fundamentos (casi como hacer el marco teórico de un trabajo escolar) consideraciones que la razón ya sugiere. Así le dije a los pendemochos que andan con el trauma del narcocorrido que la música no trastorna, que el sociópata lo es independientemente de la música que escuche, sea ésta apologética del crimen o de Satanás. También le he dado espacio a periodistas de medios nacionales que con el pretexto de la publicación de investigaciones y novelas se dejan ir contra los pinches panistas con frases como: “exterminio de Estado a los indígenas”, “Estado fallido en Ciudad Juárez”, “el INEGI maquilla cifras”, “grotescas y oficialistas las declaraciones de funcionarios”… ¿Qué más puede hacer una atea izquierdista hastiada de los pendejos? Pero como ésta también es asalariada [del salario mínimo], me ando consiguiendo una chambita en radio, donde la información habrá de ser totalmente complaciente sobre música que más daña que aporta en una estación comercial, de esas que programan el idiotitoppop del momento. Ni hablar, hay que meterle a la talacha. Igual sigo autopromoviéndome descaradamente al aceptar presentar un libro de un escritor/periodista juarense el viernes pasado, día que oscilé de la reflexión periodística-literaria en torno a la violencia en la frontera Norte de México, a la cobertura de una estupidez-reggaetonera-incitadora-a-la-lujuria-y-denigrante-a-la-mujer dentro de un concierto repleto de menores de edad cachondos e inexpertos-pisteadores/vomitones de cerveza. Para regresar a mi centro fue necesaria una dosis de canciones acústicas a la luz de la vela, acompañadas de vino tinto (del baratito) y trocitos de queso Monterrey en el depa, a cargo de mi hombre y yo. Esta semana empiezo con nuevos bríos a meterle a un reportaje sobre la libertad de credo, ya pa’ que dejen de sentirse iluminados los inquisidores de la iglesia católica. Y sí, sí celebro la navidad, celebro cualquier fiesta pagana.

Allegro Adagio Andante

Como de [¿buena? ¿mala? ¿patética?] costumbre nos trasnochamos en nuestro bar subterráneo: búnker con olor a flores quemadas en limón y manzanas, con música constante de otra época y otras nacionalidades, con bailarines y gitanos que hacen rituales en la pista. Allí, tranquilamente, defendemos nuestro derecho a ser libres, aunque sin estar exentos de redadas ni del acoso de arrimados que mendigan en nuestro cenicero. Por estas fechas se dejan ver muchos alegres consumidores que parecen no tener llenadera, hasta que ruedan por el suelo resultado de los excesos propios de la época: como hay más capital en diciembre (a los empleados nos dan aguinaldo, a veces caja de ahorro) hay también más pedos en las calles [aclaro: “pedos” no como sinónimo de “broncas” sino de “ebrios”]. Así por estos días, un tipo azotó a mi lado y a los segundos levantose escalando a una mujer que a su vez equilibrábase recargada en un pilar del bar, y que al lograr [el tipo] su cometido poniéndose de pie, hallose nariz con nariz con la desconocida para terminar besándola apasionadamente, en una danza correspondida donde ambas caderas parecían ir en dirección opuesta a la de su respectivo par de piernas. También le vimos las nalgas a una giganta que se desplomó desde sus alturas y que al reincorporarse levantada por unos buenos samaritanos (que parecían alzar un costal de papas) estirose el cuerpo de tal manera que dejó los pantalones resbalársele a media cola.

Muchas aventuras hay de esas, con protagonistas felices, fraternos, relajados, libres… salvo cuando entran los soldados, encapuchados, con armas largas, con miradas hostigadoras y acciones también, a sacar a los batos del baño. Así fue este sábado como a la 1:30 de la mañana, cuando todos los intoxicados nos disponemos a disfrutar de la última media hora de libertades callejeras antes de que nos corran. Eran cuatro soldados enormes, intimidantemente enormes, paranoicamente enormes, anónimamente enormes, y engrandecidos ante los ojos civiles por sus armas también enormes que en todo trayecto apuntaron al piso. Entraron y salieron tres veces y todos callamos, bueno, algunos fingimos conversar para despistar el miedo [porque no se requiere ser muy sesudo para deducir que donde hay armas cerca incrementan las posibilidades de muerte por balazo]. Cuando entendimos que se habían ido en definitiva [por esa noche], corrí al baño (por el miedo, ya lo dije, y por la cheve que por el miedo no dejé de empinarme) y un mesero me dijo “no se me friquee” [o freakee o sepa cómo se ha de escribir. Sugirió que no me entrara el freak, pues]. ¿Será que me vio la semana pasada, en el mismo barucho, cuando el freak me condujo a apagar el cigarrillo con los dedos al toparme con la mirada de unos municipales que descendían al búnker de la felicidad?

Yo no voy a ese lugar para olvidar mis problemas, acaso reitero que no tengo tales, que la vida fluye, que la vida es corta, que mi vida es buena. Y a pesar de estas muestras absurdas-sinsentido-inútiles-acosadoras del combate frontal al crimen organizado en un lugar donde no entran criminales sino espíritus libres, a pesar de estas vulgares manifestaciones de control-poderío-sometimiento de las fuerzas policiales y militares conducidas por la corrupción o por el Estado [que pal caso es lo mismo], a pesar de ello yo ahí brindo-canto-bailo, pública o incógnita o transparente o ninguna o todas, pero lo hago, muy a pesar de los intentos por acabar con las libertades y por asesinar la felicidad de no tener ataduras.

viernes, 4 de diciembre de 2009

hice un video

narcoafán

¿Por qué a todo túnel descubierto en la frontera le llaman narcotúnel? Digo, igual puede tratarse de un pollotúnel [de Sur a Norte] o un armatúnel [de Norte a Sur].

melena vacacional

Sí sirve eso de andar de naca recolectando shampoositos de los hoteles durante las vacaciones. Ahora con la crisis [dichoso aquel al que no le afecta pero a mí sí] me he aseado con el botín reunido en las pasadas vacaciones peninsulares, dejando a mi cabello con ese toque enredado y opaco que sólo los shampooses de los hoteles 3 [2, 1, 0] estrellas de la orilla de la carretera pueden brindar.

Desahogo [ajeno]

Cercanas a mí hay muchas historias tijuaneras de inducida censura, historias que por el grado de paranoia al que me conducen prefiero marginar de mis redacciones y hasta aniquilarlas del cerebro con los excesos mismos de las intoxicaciones voluntarias y las amanecidas callejeras. Pero hay hazañas tan fantásticas [tan Oliver Stone o Quentin Tarantino] que perturban, se vuelven imborrables y al tiempo me escose narrarlas. Vivo del lado Oeste de Tijuana y por ello me confronto menos frecuentemente con realidades hasta sanguinarias que los del lado Este de la ciudad pueden conocer cercanas: cadáveres en las calles, asaltantes armados huyendo a pie, levantones, rafagueos, ataques sexuales. Muchos de estos acontecimientos están vinculados a dos aspectos: [1] al crimen organizado, y [2] a la psicopatía de locos y desesperados. Pero una vez conocí una historia que de ser cierta se insertaría en otro rubro, en uno que ni sospechaba tuviera lugar en esta realidad tan [de por sí] violentada: es la historia de un terrorista (un episodio más lleno de imágenes borrosas, aliento alcohólico y música a todo volumen: un compendio de memorias imprecisas).
Era un tipo que hace unos 5 años, cuando lo conocí, parecía de 37. Se acercó a la mesa del bar donde mi hombre y yo nos empinábamos botellas mientras al fondo Jim Morrison y Saúl Hernández nos gritoneaban poemas. Llegó sin previa invitación, así como si nada, ya acomodándose en una de las dos sillas vacías que teníamos al lado. De momento pensé sería un intelectualoide azotado de los tantos que acuden solitarios a ese bar, pero pronto nos confesó su oficio: estallar locales comerciales con gente adentro. De inmediato me empiné el vaso y bajé la mirada en un afán por atentar contra mis neuronas y empezar a olvidarlo, lo cual a la larga ha dado resultado pues en verdad no recuerdo su cara.
Creo que narró increíbles y perturbadores cuentos que tampoco recuerdo. Yo me aboqué a la barra para cambiar pesos mexicanos por centavos gringos, y así programar ruidosas y roqueras canciones en una rocola que habría de contribuir a mi falta de atención a las inverosímiles hazañas del autonombrado terrorista. Aunque no todos mis intentos fueron triunfantes: hubo una expresión que aún con la mirada clavada en el piso recuerdo bien, un desahogo ajeno que me ha perseguido durante los años. A decir del confeso sociópata, lo “peor” de su trabajo era alejarse del café donde ya había tomado una taza, conversado con desconocidos, observado el entorno y activado y abandonado una mochila-bomba, a sabiendas que a los minutos acabaría con la vida de quienes se encontraban allí. ¡Puta! [me lleno de un salpullido nervioso]. Por su puesto sus actos no eran en la ciudad, ni en el estado, ni en el país, ni en el continente. Pero fue Tijuana el lugar que eligió para esconderse en aquel entonces. No recuerdo cómo culminó el encuentro, pero sí que [para acabarla de chingar] el loco traía mochila y que mi corazón llegó al punto de la arritmia. A la distancia pienso que el hombre hizo un performance y que en realidad aquello fue un montaje unipersonal, no la confesión de un genocida, pero por más que me lo explico cuando el desasosiego invade, me quedo con la misma sensación de hace 5 años: vacío, un absoluto-indescriptible-inquietante vacío, como si fuera un zombi, como si el alma me abandonara por un instante.