
La fama de gorrones que tienen los reporteros no es fortuita y en fechas de posadas se pone más de manifiesto (y en fechas donde las posadas escasean [dada la crisis y la tacañería] pues más aún). Sin embargo yo no he ido a muchas, de hecho sólo he ido a dos que ni siquiera son de esas que organizan las cámaras de alguna industria, ni las secretarías, ni el ayuntamiento (guácala), ni partidos políticos, ni delegaciones… No, nada de eso, he ido a las posadas de los dos baruchos que más frecuentamos mi hombre y yo, y que coincidieron en hacerlas el mismo jueves.
Como por tradición la comida navideña en el primer bar fue lechón con frijolitos puercos, guacamole y un bolillo calientito, cena que combina perfecto con la cubeta Pacífico que [también por tradición] nos acompaña, sea posada o no. En ese bar [lleno de trabajadores de la maquila, obreros (delatados por sus overoles), ambulantes y choppers (y alguna que otra chica apretadita adornando a su chopper preferido)] ya nos sentimos como en nuestra casa: sonreímos a propios y extraños, nos metemos a la cocina a rellenar el platito de totopos y saludamos de piquete de ombligo a las meseras, a la cantinera y al cocinero.
El día de la posada estuvimos igual, un poco ataviados para la ocasión (mi hombre con suéter y yo peinada), esperando las rifas que le siguen a la deliciosa cena, la cual nos engullimos al ritmo de la tambora que cada jueves nos deja sordos y cuya mejor pieza es Niño Perdido: [1] porque nadie canta y [2] porque el trompetista que interpreta al ‘niño perdido’ empieza la melodía desde la banqueta y va caminando hacia el resto de los músicos [ubicados en la mesa de billar] por/entre los clientes.
Los primeros boletos premiados se llevaron una camiseta del bar, la misma que en años anteriores hemos ganado en talla ExtraGrande y que hemos convertido en fundas de almohada. Afortunadamente ninguno de nuestros números salió “premiado” en esa fase, así que empezamos a hacer actos de mentalismo para que a la hora de las botellas tuviéramos mejor suerte. Y así fue. Obtuvimos el primer premio
de los buenos (no es que una camiseta sea mala) al llevarnos una cubeta que adentro contenía dos licores (ron y brandi), un cooler y muchos chocolates. El anunciante del número, con micrófono en mano y toda la faramalla, al ver que yo era la ganadora dijo “¡y ella sí es de las habituales!”, cosa que lejos de ofenderme me llenó de orgullo al pasar junto a unos [supongo] inhabituales. Al premio le siguieron las felicitaciones y uno que otro que llegó a llamarme “amiga” inclinando su vaso hacia las botellas para el refill. Hasta una señora que se la pasa diciéndome “Patito” cuando uso flores en el pelo, se acercó a nuestra mesa a saludar y [ebria como es] no pudo olvidar la tradición de su carrilla e insistió en decirme el telenovelezco calificativo aun cuando no llevaba yo ningún tocado floral. No la rechazo sólo porque su carrilla incluye el canto de un tema infantil, es todo un performance.
Muy felices y abrazados de nuestra cubeta, mi hombre y yo nos dirigimos a la segunda posada de la noche, en el otro barucho de buena muerte (¿o era de mala muerte?) que como de costumbre anual estaba a reventar, aunque sin riesgos de aplastamiento ni asfixia, ya que quienes allí acuden tienen la precaución de salir a la superficie y seguir la fiesta en la banqueta en lo que toman aire, lo que desahoga un poco el búnker de la perdición. Tocaron cuatro grupos reggae-ska-guapachoso-tropirrollo, y viciosos habituales rompieron tres piñatas que contenían innombrables y suculentos premios, mezclados con nombrables chucherías y cupones canjeables por botellas, las cuales [materializadas en vino espumoso y tequila Jimador] vimos rolar entre la multitud.
Al día siguiente sería la cena navideña del periódico donde trabajo. Supuesta cena que dada la hostilidad con la que el cholo-que-tenemos-por-administrador nos invitó, equivalía más a una oferta de ‘free meal’ para pobres y vagabundos. Aún así yo tenía la idea de ir al argüende, pero antes decidimos llegarle a los calditos Siete Mares que los viernes hace doña Laura en el barucho donde nos ganamos la cubeta. Era un clásico ‘curarse la cruda’ a las 4 de la tarde al lado de los mismos que estuvimos en la posada la noche anterior, sólo que ahora en silencio: sin tambora y sin energía. Las Bohemias 2 X 30 pesos hicieron el paro, sólo que nos animó al grado en que preferimos seguir nuestra ruta festiva y mandar al rayo la cena de mi centro laboral, al fin que no me entusiasmaba tanto eso de ir a ver a las mismas guangas y a los mismos viejos de todos los días, esta vez sentados en el VIPS con suéter de copo de nieve. Paso.
Para mañana tengo una invitación a una cena navideña que se antoja abundante, en alimento y puede que hasta en rifas, pues la organiza un comité empresarial. Me apunté porque dice “A Medios de Comunicación” y aunque en realidad cubro otras fuentes no planeo reivindicar con mi ausencia la fama de gorrón que ya se carga el reportero. Si voy será mi primera y única posada fufurufa de este año, lo que me hace recordar unos hermosos versos de una bellísimia canción del poeta Chava Flores: “
Ahora sí: ¡Llegamos los gorrones! / ¡aquí voy yo, vaciando botellones! / - Yo soy amigo del hermano de un señor que no vino a la fiesta, / también soy cuate del sobrino de Nabor. / - ¿Nabor? ¿cuál Nabor, mano? / - ¡Nabor el de la orquesta!”.