lunes, 31 de agosto de 2009

Aura y yo

Hace un par de semanas visité a la primera de mis amigas que tuvo hijo. Bueno, tengo otras amigas que ya son madres (incluso desde que íbamos en la secundaria) pero no tan cercanas en la amistad como Isabel. Su hijo se llama Sandro. Les tomé unas fotos y las envié a unas amigas que por distancia o tiempo no podrán conocer a Sandro en su primera semana, como yo que fui justo a sus 8 días de nacido y aunque no he vuelto a verlo ya me considero su fan.


El envío de fotos propició recontactarme con otras amigas que hace tiempo no he visto ni escrito. Entre ellas Aura, amiga que no sólo tiene el nombre literario sino también el espíritu. Es una versión con mezclilla, más delgada y más nerviosa, del personaje Amelie, mezclada con una mesurada pero igual de esponjosa Jesse Bulbo.

Aura respondió mi mail con una carta, que no es lo mismo:

Gracias [MiNombre] por enviarme las fotos de Isabelina, su bebé es hermoso. Y tú cómo estás amiga mágica? Hace tiempo que no platicamos. TE MANDO UN ABRAZO y una foto mía donde estoy tocando mi bajo electric jejeje
Te quiero mucho amiga, cuídate, salúdame al chico de tus sueños y que te acompaña siempre, y a todos por allá en Tijuanita. Y mándame una foto tuya para ver qué novedades te has hecho amiga fashion, muy fashion siempre.
ENORME DESDE ESTAS TIERRAS HUMOSAS. En mi vida me ha ido bien, aquí echándole ganas, sí ha sido duro pero deberás animarte a venir de vacaciones para llevarlos de tour a la Lagunilla, Chapultepec, Xochimilco y mucho más.
Se me enchinó la piel cuando vi en las fotos a Sandro de Tijuana, porque ya tenemos a Sandro de América.
Aquí cada vez me sé más rutas en el metro, en los túneles subterráneos que aceleran mi llegada a los lugares de esta enorme ciudad. La vida es difícil amiga, pagan no mucho y bueno, que uno sea la mujer pulpo… nada más falta que pongan un anuncio SE SOLICITA MUJER PULPO jejeje Pero bueno, así las cosas... feliz dentro de todo.
Sigo yendo a los conciertos y tokines, ahora que vengas te llevaré a uno llamado El Alicia y su frase del lugar es “quien no conoce El Alicia no conoce el rock”, y yo le agregaría “ni conoce las hamburguesas de la cuadra de atrás”, riquísimas, las descubrí la otra vez que fui a ver una banda que según tocaba en la tarde y tocó a las quinientas, entonces me aburrí, me salí de la fila y me fui a buscar algo de comer y descubrí esas hamburguesas, y ya después me regresé a ver a la banda que iba a ver… y así trato de salir más que allá, pero las distancias son más largas.
En el metro ya casi me sé las novedades piratas de cd’s de cumbia de los señores y señoras que suben vagón por vagón a vender discos piratex jejejeje llévelo/cómprelo las cien cumbias más famosas, y bueno y le subo a mi ipod pero ni así, creo que ya hasta terminaron gustándome alguna que otra cumbia que ponen en mi camino a los distintos destinos a los que me transporto en el metro.
Bueno, ya me voy a comer. Te quiero mucho, saludos y cuéntame qué ha pasado en tu vida.

Aura



Yo también quiero mucho a Aura, también le escribí primores y también le mandé mi foto.

sábado, 29 de agosto de 2009

¿por qué a mí?

No sé porqué me pasan estas cosas. En serio, yo que pongo mi actitud de pocos amigos cuando estoy en el trabajo y aún así hay quienes lejos de ver lo que espero proyectar se acercan a platicarme las historias más innecesarias de la vida. Y no sólo innecesarias sino hasta estúpidas o escatológicas. Hay una mujer a la que no puedo más que calificar como vieja fodonga, bueno, hay varias que entrarían en esa categoría pero ésta es la única del área de publicidad. Es grande de todos lados, alta y gorda, pues. A mí no me cae porque siempre me habla en diminutivos, me dice ‘mi reina’, ‘niña’, ‘cosita’ y no sé cuánta cursilería más que para nada va con mi personalidad de Seria Editora Cultural. Ok, quizá tampoco soy esto último. Lo único que quiero es que me traten como adulto, no como infante sólo porque estoy chiquita y tengo flores en la espalda. Estaba el viernes como de costumbre muy entregada a mi oficio, frente a una Mac de esas muy modernas, cuando llega la señora ésta y me dice algo así como que ahora ella se recreó la pupila con hombres guapos, añadiendo que no sólo yo puedo hacer eso con los artistas que entrevisto. Por Teótl y la Madre Naturaleza, pues qué cree que soy. Ante su comentario digo nada. Sonrío con cara de qué me importa y sigo trabajando. Pero no se va. Me empieza a platicar que fue al Campestre [un club donde se reúnen los ricachones y fresas de la socialité tijuanense a jugar golf, entre otras bobadas]. Me dice que estaba lleno de hombres guapos “y taaaaan inteligentes”. Yo volteo sólo por cortesía, ya que la tengo a un lado, pero continúo en mi pose de tengo mucho trabajo y no me importa su vida. La fodo sin captar mis señales sigue hablando: “platiqué con un señor tan pero tan guapo y tan inteligente que hasta me mojé poquito”. ¡¿QUÉ?! ¡¿QUÉ DIJO?! ¡¿QUÉ LE PASA?! Los ojos se me desorbitan. Palidezco. Siento un poco de asco. Lo último que quiero saber es la reacción de su vagina. No contenta con semejante confesión, la doña agrega: “¡que me oyera mi marido!” y ríe. WHAT THE FUCK?! Me quedé por unos minutos viendo mi reflejo en la pantalla, shockeada.

martes, 25 de agosto de 2009

así el principio

[o porqué no juzgo a los infieles... tanto]


Nos conocimos en la Feria de Tijuana en el 2000, cuando todavía la hacían en el Hipódromo Caliente y cuando todavía tocaban grupos de rock interesantes entre semana. Resulta que teníamos un amigo en común: “el Palencia” le decíamos, pues era un moreno de pelo largo [como el entonces delantero del Cruz Azul] que además jugaba fut y le iba –en efecto– a los cementeros. Claudia y yo fuimos ese día a la Feria porque ella era fan de La Castañeda y a mí siempre me ha gustado desaburrirme con cuanto plan musical-cervecero se me presente. La amistad entre Claudia y yo sobrevivió unos meses después de que entré a la universidad acá en Tijuana, pero era difícil mantenerla: ella vivía en Ensenada y yo nada más iba los fines de semana, además me parecía que en silencio me seguía recriminando el novio que le quité en la prepa, aunque después de acogerla en mi casa durante dos años (tiempo durante el cual compartimos mi ropa, mi cuarto, mi cama, mi mamá, mi vida) había poco qué reprocharme. Esa vuelta a la Feria fue de nuestros últimos encuentros.

Ahí estábamos la Clau y yo muy darks, tirando rostro, cuando vimos al Palencia con un grupo de amigos. Lo saludamos muy modositas, haciéndonos las interesantes para que nos incluyeran en su ambiente, y el Palencia nos presentó a sus compas. Uno de ellos, “E”, aseguró haberme visto antes, en el concierto de Molotov que hubo en el Auditorio Municipal de Tijuana el año anterior. “Tú eras la que se subió a bailar”, dijo, y no me quedó más que admitirlo. La vez de ese concierto también fui con Claudia, pero además iba con Maryen, Adita, el Güero, el Noni y creo que el Jonathan. Recuerdo que muy elegantes hasta habíamos rentado un camioncito para poder pistear sin preocupaciones de Ensenada a Tijuana y de regreso, cosa que indudablemente hicimos. Aquella vez, año 1999, me subí al escenario tras la invitación del grupo a que una chica sexy bailara ‘Rastamandita’ con ellos. Al oírlo corrí como endemoniada hacia al stage gritando que esa chica sexy era yo, hasta que un guardia me hizo caso y me dejó pasar. Una vez arriba me di cuenta que ya había otras diez chicas sexys moviendo el bote atrás de los músicos [entre ellas Maryen, a quien había perdido al principio del concert], así que decidí ponerme enfrente de todos (viejas y Molotov por igual) y con ello asegurar todas las miradas en mi dirección. Funcionó. Me contoneé cual orgullosa embajadora de la profunda letra de la canción esa que dice “baila rica nena… sabrosito”, al tiempo en que jaloneaba mi camiseta de PacMan hacia arriba y abajo para emocionar a las masas con un poco de piel. Esa vez “E” iba con su novia y aún así le arrebaté la atención por unos minutos… bueno, por unos meses ya que cuando me lo presentaron en la Feria había transcurrido más de medio año y aún me identificó.

Ésa fue nuestra primera conversación. Hablar de la [ésta] piratona que se [me] subió [subí] a bailar con Molotov. Como Claudia se las daba de muy oscura y misteriosa, sólo desarrolló temas relacionados a la música de Javier Corcobado, Santa Sabina y de La Casta, mientras “E” y yo tuvimos tiempo de descubrir otras coincidencias: los dos estudiábamos en la Autónoma. Él en Químicas y yo en Humanidades. Nuestra noche de Feria no terminó al acabarse el concierto. Nada de eso: le seguimos en el Ranas, de la Plaza Fiesta, donde nunca le vi el fondo al vaso dada la bondad de nuestros nuevos amigos. Platicamos horas, no sólo las que llevábamos de la Feria sumadas a las del bar, sino todavía afuera de la casa de mi hermano cuando nos fueron a dejar, ya amaneciendo. El party terminó ese día como a las 5 de la mañana y solamente porque mi hermano ya iba a levantarse para dar clases. “E” me pidió número telefónico e inmediatamente se lo di. No pude resistirme a su cabello largo y lacio, al hecho de que era bajista, a su voz intelectualoide, a la muy grata conversación que pudo no tener fin. Ya después recordé a mi novio en Ensenada, que para acabarla era todavía el mismo que le había hurtado a Claudia.

Días más tarde me enteré que durante todo ese coqueteo estudiantil y medio fantoche iniciado en la Feria, “E” también había sido un ladino, pues aún andaba con su misma noviecita con la que fue al concierto de Molotov y al igual que yo, omitió el dato. Pero lejos de mortificarnos [muy comodinos, pues] lo vimos como otra de nuestras coincidencias: ambos teníamos unos novios muy bonachones a quienes no podíamos romper el corazón, al menos no descaradamente. La única salida que vimos obvia, y sólo con el fin de conocernos más, fue andar en secreto, al cabo que mi novio estaba a 116 kilómetros de distancia y Samanta, la novia de “E”, por renacer en el cristianismo.

Teníamos todas las noches para nosotros, y yo recién descubría que Tijuana tiene noches para todos.

Pasaron meses en ese estado: encontrándonos “a escondidas” en los lugares más visibles, incluso dentro de la universidad, donde asimismo estudiaba la novia y las amigas-informantes de la novia, quien –por cierto– también me identificó de la vez de Molotov [ha de haber sido un gran número el mío]. Cuando nos descubrieron, había evidencia hasta fotográfica que daba prueba de nuestro idilio, lo cual me pareció por demás telenovelesco. Bastaría con que te digan que vieron a tu bato con otra, supongo. Por mi parte, confronté a mi ensenadense con “la verdad”, que consistió en el tradicional “no eres tú, soy yo”, omitiendo el detalle de que ya tenía algunos meses saliendo con “E”.

Quizá herimos algunos corazones, quizá propiciamos algunas lágrimas, quizá generamos resentimiento… o quizá no provocamos nada, al fin que no eran relaciones muy significativas las que teníamos.

Antes de vivir juntos en una casa, vivimos en el Mustang de “E”, sin dinero, sin planes, sin rumbo. Él pasaba por mí al salir de clases y dábamos vueltas todo el día, hasta que llegaba la noche y buscábamos un estacionamiento en los depas que están al lado de la Peni (cuando los motines no estaban de moda) y ahí, en el carro, nos entregábamos a los placeres de unas cheves, una música y –claro– de nosotros. Algunas cosas han cambiado desde entonces, mejorado sería la palabra, pero esa combinación tripartita, la de la cheve-música-nosotros, sigue rigiendo nuestras noches.

ayer, hoy

ayer

hoy

Sólo cambia un poco el cielo, pero el paisaje sigue siendo el mismo.

domingo, 23 de agosto de 2009

ella y yo

Ella así me gusta y me inquieta. Tiene esa dicotomía. Somos seres de rutina, después de siete años, aunque de rutinas no comunes. Todos los días se levanta primero que yo, pone música generalmente cantada por mujeres, se desnuda, camina un rato así por la casa. Luego se mete a la regadera y cuando está por salir me grita para que yo la alcance y me moje un rato con ella, aunque no deja que la toque, dice que la ensucio porque a penas voy a enjabonarme. Todos los días la acompaño al autobús y todos los días se despide con un beso de piquito. Al regreso de la escuela y el trabajo, cocinamos alimentos muy sanos, porque una vez ella salió alta del colesterol y la dieta -por solidaridad o imposición- la realizamos compartida. Después de comer, ella escribe y yo me voy a leer un rato noticias del sur del país, porque acá en el norte llega muy poca información de esa zona. Mientras leo, como a la hora de estar en habitaciones separadas, escucho que ella canta, y no canta quedito ni mucho menos tararea, nada de eso: ella canta fuerte, apasionada, imitando a las artistas esas chicanas que le gustan tanto. A veces la espío, me asomo por la puerta del cuarto despacito y la veo que baila, y lo hace con la misma intensidad o más que con la que canta. No son pasos comunes los de ella, no, son evocaciones al cultivo, a la lluvia, a las estrellas, al erotismo y a luna, que dice que es su novia. En ocasiones me descubre observándola y es entonces cuando baila para mí. Yo no la acompaño porque casi no sé bailar, bueno, sí sé, pero prefiero quedarme mirándola. Tenemos diario nuestra tertulia, hablamos de temas serios, con opiniones fuertes que no siempre coinciden. Pero nunca he podido hablar de los indígenas con ella porque ella llora. Así estemos en la casa o en la calle, o en nuestro bar favorito. Ella llora cuando recordamos las manifestaciones de los campesinos, la vez que se plantaron desnudos en la capital del país, con sus cuerpos viejos, duros, morenos, lampiños, exponiéndolo todo. Una maestra le dijo que ésa es la forma que puede tomar una protesta cuando ya no hay nada qué perder, cuando ya no hay ni dignidad que se defienda. Y cuando ella llora, también llora mucho. Debe ser porque todo el día tomamos agua y toda la noche cerveza. Si ella llora yo me enojo y eso hace que ella llore más. Y de veras que no es mi intención, al contrario, quiero confortarla. Lo que pasa es que me frustra verla triste por temas que no tienen que ver conmigo, por cosas que no podré nunca resolver. A veces llora cuando se acuerda de sus padres, o de su gato, y a veces llora cuando escribe. Pero otra cosa que también hace mucho es reír. No al mismo tiempo. Ella ríe cuando pasan cosas absurdas, cuando otros están serios o hacen dramas. Ríe también con sus hermanos y en veces ríe de ellos. Su risa ha llegado a ser tanta que hasta me ha dicho -entre carcajadas- que su tumba deberá decir “murió de risa”. Ella es chiquita. Es bajita de estatura y breve de cuerpo, además ha estado comiendo menos últimamente. Dice que no le da hambre y sí le creo. No imagino desórdenes alimenticios ni nada de eso en ella porque ella es muy inteligente. No se haría daño. Además sí desayuna bien. Yo le preparo todas las mañanas un licuado de plátano con chocolate y -dependiendo si sobró algún guiso del día anterior- nos hacemos burritos. Me gusta mucho cómo se viste. Desde hace un año usa faldas porque así se lo sugirió una doctora que además promueve la feminidad en sus pacientes. Ahora tiene muchos vestidos con holanes y se los pone con botas vaqueras o sandalias. Sus pies también son chiquitos. Tiene ella una historia muy extraña, como sacada de una telenovela de esas malas plagadas de exageraciones. Pero no se atormenta de eso, nada más de los muertos y ni siempre, sólo en sus aniversarios. Antes le llevábamos música a los muertos. Íbamos al panteón con una grabadora portátil y recorríamos los andadores con canciones alegres. Hace mucho que no hacemos eso. El futuro no le mortifica, eso a mí tampoco. Ella dice que vive el presente porque después se le olvida. Y vaya que lo vive. Y vaya que se le olvida. Seguro es porque tiene muchas ideas, unas muy inútiles, si me preguntan. Esas de angustias laborales o de anticiparse a un regaño, me parece que no tienen sentido. Ella dice que la paranoia le sirve para ir un paso delante de los demás, que si le pregunta algo su profesor o su jefe siempre es mejor tener algunas respuestas listas. Y cuando cree que la van a sermonear tiene la filosofía de negarlo todo o de fingir demencia. Me explica que no tiene caso, que su lucha es en otra parte. Por eso argumenta con muy poquitos. Sólo cuando la hartan. Supongo que mis amigos la han hartado porque en algún momento con todos ha peleado. Aún así nos siguen invitando a sus casas. Creo que nos quieren mucho. Al parecer somos peculiares. Aunque a mí los peculiares me parecen ellos, pero dice ella que eso es perspectivismo. Yo la amo. En verdad, desde hace mucho. A veces me desespera, es cierto. Y es que a veces no la entiendo. He de ser más simple. Ella dice que no, pero al lado de ella seguro que lo soy. Ella también me ama. Algunos amigos preguntan que cuándo nos casaremos. Siempre les respondemos que eso es un trámite del sistema, un falso tradicionalismo, un “privilegio” excluyente, porque en este país los gays no pueden casarse. Eso sin contar que es un pretexto más para tirar dinero. Así estamos bien. Esto de compartir el espacio y la vida ha funcionado. Ahora somos seres de rutina y -no sé si ya lo dije- nuestras rutinas no son comunes.

miércoles, 19 de agosto de 2009

los colores de la fiesta

“Gozando ya del vino, pan y queso”. Ése fue el mensaje que recibí de un amigo como a las 2 de la tarde del sábado aquel. Yo me encontraba en el salón de belleza recibiendo el trato V.I.P. cuando leí el mensaje en mi celular, lo que hizo aumentar la ansiedad por llegar a los viñedos. Encontrábame en la Plaza Río, a varias ciudades de distancia y por lo tanto a varias horas de tardanza, con mi pelito chueco en manos de Albertow, mi estilisto –por supuesto– de cabecera. Es por demás vanidoso, lo sé, pero hay tres aspectos en los que no escatimo: mi salud, mis tatuajes y mi cabello. Al fin que para eso trabajo, para mimarme, ya lo del sobado concepto de la realización profesional o la preocupación por aportar al entorno y generar un cambio (o simplemente sentir que uno no es tan parásito) viene por añadidura.

Acababa de redactar un montón de horrorosas palabras cursis (para la sección de Sucksciales), un reportaje sobre el cine independiente en Tijuana y una nota teatral acerca de indocumentados (para el segmento cultural), y quezque muy jefa había dejado ya instrucciones para mis corresponsales al show ecuestre de Joan Sebastian que ese mismo día tendría lugar en la mera esquina de México. Yo iríame a ver a Cristian Castro al Valle de Guadalupe… bueno, eso también vendría por añadidura porque en verdad me entusiasmaba más el solo argüende titulado Fiesta de Colores.

Mientras Albertow exclamaba con su estereotipable tonito gay “¿¡qué te hiciste, mujer!?” tratando de arreglar la última trasquilada que me di al fleco un día de aburrimiento extremo, imaginábame una copa de vino tinto en los viñedos, con meñique alzado, mis piernas cruzadas cual heredera de la realeza, quizá hasta sonriendo discreta y condescendiente a mis compañeros de mesa. Ni sospechar desfiguros.

Al fin mi estilisto compuso al que hubo nombrado “fleco infame” y no me restó más que darle las gracias a nombre de mi madre. Pasó mi hombre a la plaza comercial, ya con pantalón de vestir y zapato duro pero camiseta de Pink Floyd, cargado el asiento trasero con su implanchable camisa vinícola; y para mí, dos vestidos floreados, dos pares de zapatillas, un fondo, aretes y perfume.

De Tijuana a Rosarito me vestí, ansiosa por llegar a la Ruta del Vino, pero el tráfico, [¡el maldito tráfico!] producto de las obras viales del ayuntamiento, no hizo más que desatar la desesperación en ambos. Ahí íbamos a vuelta de rueda haciendo bilis, alucinándonos las exquisiteces que nos estábamos perdiendo. Al ver el escote del vestido, mi hombre pronunció un “qué sexy”, al que respondí “no te angusties, mientras traiga brassier no se asomará el pezón”. Reímos con la cara dura.

Ya en la carretera trasnpeninsular determiné era necesaria una cheve, así que mi hombre [que convenientemente carga una hielerita en el carro] bajó a un Oxxo rosaritense por seis. Salivando estaba por darle el primer trago cuando me llama la secretaria del director para informarme de una problemática que me es imposible resolver: mi jefe desea ver a Joan Sebastian. Una vez más le recordé que soy reportera y no organizadora de conciertos omnipresente todopoderosa hadamadrina. Siete minutos tardé en convencerla. Siete minutos que estuve calentando mi cheve en la mano, que creo me temblaba. Por fin bajábame por la garganta el primer sorbo de Tecate cuando vuelve a timbrar mi teléfono. ¿Buenoooow? digo con tono de qué-me-importa-lo-que-sea-no-lo-podré-resolver-desde-el-carro y del otro lado mis corresponsales al concierto del Rey del Jaripeo me narran los sinsabores de su día: no los han acreditado para el show del Joan. Otros siete minutos duré aconsejándolos, aunque menos estresada: íbamos ya en la carretera escénica, junto al mar.

Me maquillé entre geisha-payasa-y-Björk con sombras de imprudente color rojo. Al verme en el espejo decidí que ese día lo rojo sería mi boca, así que me desmaquillé con el body lotion que sepa porqué siempre viaja en el carro y una servilleta que encontré bajo el asiento y consideré reusable, aunque no quiero saber qué hubo guardado [acaso mocos añejados]. Cuatro cervezas y 35 canciones después llegamos a los viñedos.

La última vez que estuve allí reflexioné acerca de lo inadecuada que pude ser: mi vestido –también floreado– era strapless y dejaba al descubierto ocho de mis tatuajes, lo que supuse incomodó a la falsa sociedá [esos eventos cuestan miles de pesos, nosotros nos mezclamos gratis]. Como esta vez planeé bajo perfil, mi vestido sólo revelaba –y sutilmente– mis hermosos, firmes, juveniles y ligeramente asimétricos senos en un avistamiento en “V”.

En la zona de Prensa vimos caras largas y caras alegres [en distintas caras, claro]. Por un lado los que sufren por todo así sea disfrutable, gratis y se encuentren en la plenitud de su juventud; y por otro, los hippies, valemadristas y semejantes de libre espíritu con los que obviamente congeniamos más. Sin distingos saludamos a todos, muy simpatiquitos, todavía en plan de mesura.

Primera copa en mano. Brindis, chistecillos de ocasión, degustación moderada de alimentos mediterráneos, cumplidos al atuendo. Segunda copa. Análisis al entorno, tenue viboreo, foto del recuerdo. Tercera copa. Hay que cambiarnos de mesa, ya nos da mucho el sol, pídele más tinto a la mesera. Cuarta copa. Tráete el letrero que dice Prensa, guárdame una copa en tu bolsa, me cae que se la rifan con este evento. Quinta copa. Laneta-laneta eres bien buena onda, vayamos al baño, ¡chin! ya te bañé de vino. Sexta copa. ¿Por qué traes mi labial en tu cuello?, mejor hay que bailar, ¡tómenos fotos! Siguiente copa. ¿Y las copas? ¿a qué hora nos dieron desechables?, rola el primaveral que el tinto ya me secó. Segundo vaso. Bailemos mija, guárdate ese seno, ¿quién trae encendedor?, ¿está llorando el Jaime? Tercer vaso. No puedo parar de reír, ¿cómo llegamos al suelo?, Julio: no seas paparazzo. Cuarto vaso. ¿El que se oye es Cristian Castro? Primera botella de agua. Tengo que tomar las fotos, morra: hazme el paro, ahoritita vuelvo.

Nada salió como pensé. Tomé las fotos al concierto que [uuuuuta] me quedaron de concurso. Insulté a un guardia. Me empujó una extraña. Pisé a una amiga como trescientas mil veces. No me dejaron entrar a la rueda de prensa [pero sí a mi hombre y a mi grabadora]. Ya con puras botellas de agua decidimos relajarnos con un purito. Una pizca de drama, una rociadita de misoginia, dosquetres recriminaciones y ¡vámonos! que la fiesta aún no acaba.

La parte final consistió en sudar el vino al ritmo de mambo y chachachá, bueno, yo, mi hombre no baila. Terminamos en una mesa donde yacía un par de cosas planas y peludas en dos vasos. Resulta que hubo faena taurina y aquello era la sanguinaria distinción que un verdugo hispanófilo hizo a la novia de un amigo: las orejas de su víctima, el toro. La novia, por cierto, es sobria por convicción, situación que hizo a algunos considerar su presencia un desperdicio de boleto, y no sólo considerarlo sino decirlo y con ello hacer sentir mal a la pobre santurrona.

Al día siguiente el dolor de nalgas rememoraba una caída. Dos días después el hallazgo de un nuevo adorno en mi cuerpo, raspadura de 6 centímetros, evidenciaba que la caída había sido fuerte aunque indolora. Y a los tres días las fotos revelaron más. Así de extremo. Así de sinsentido. Así de divertido. Así de incómodo [para terceros]. Así de quemador. Así de comprometedor. Así de fragmentado. Así puedo ser. Así fui. Así que me vale.

Cumplí con la nota de Cristian Castro (razón por la que los organizadores me invitaron, aunque quizá no lo vuelvan a hacer), y hasta eso que no me quedó tan mal. Yo creo que ello radica en esta onda de vivir la experiencia, tal como es diseñada, digo, celebrábamos al vino ¿qué no? Como todos los reporteros publicamos que la asistencia fue de 2 mil personas, deduzco deben existir otras mil 999 historias mejores, entre ellas las que recordarán habernos visto en el suelo.

lunes, 17 de agosto de 2009

lunes, 10 de agosto de 2009

ruedas de prensa


Es tan risible esto de ir a las ruedas de prensa con “los artistas” (o sea, cualquiera que salga en la tele) porque los reporteros de espectáculos tratan de desempeñarse con excesivo profesionalismo y {preocupante} conocimiento del tema (o sea, atentos al chisme de moda) aunque ello no se vea [nunca] [jamás] [ni por error] reflejado en sus notas... me refiero al profesionalismo. Es en verdad comiquísimo. Para empezar están los que le dan la bienvenida al “artista” a nombre de toda la prensa tijuanense, lo que siempre desata una carcajada muda en mí, no falla. Hay los que le hablan en tono de compa al personaje en cuestión, de amigachos, hasta imitando su acento fresa o intelectualoide, haciéndole preguntas que para nada sirven o importan (o que de hecho ni tienen sintaxis) pero que dejan constancia de su grado de fanatismo. “Tú que le cantas al amor y fulguras en tus letras las reflexiones más intrínsecas de la condición humana… ¿cuándo grabas otro disco?”, por ejemplo. Hay, también, los que tienen sus preguntas de rigor que lanzan indistintamente a los viejos y cultos actores de teatro que a la show girl del momento. “¿Qué le preocupa a Nortec, a Ofelia Medina, a Niurka, a Jenni Rivera, a Ricky Martin, a Julieta Venegas, a Pedro Armendáriz, a Joan Sebastian, a Ludwika Paleta, a Facundo Cabral, a RBD, a Regina Orozco, a Amandititita, a los diecisiete elementos de la Banda El Recodo, a Jaguares, a Pancho Céspedes, a La Maldita Vecindad, a La Chilindrina, a Fernando De la Mora, al Mariachi Vargas de Tecalitlán, a Carmen Salinas, a La Guzmán, a Vicentico, a Polo Polo…?” está siempre presente. Infalible. Además me llama la atención (o sea, me tumba de panza de la risa) que esta pregunta la formulan en tercera persona cuando la persona cuestionada está ahí, enfrente del reportero. No dicen “¿qué te preocupa?” sino “¿qué le preocupa a Juanita Banana?” [diciendo el nombre del cuestionado]. Y cuando hay nombre artístico, no falta el que quiere jugar con ello y hacer una muy sesuda y filosófica interrogante existencial como “¿quién es Elmer y quién es Chayanne?”. Fabuloso. Yo me doy las divertidas de la vida. Tampoco falta el que quiere ponerse profundo a preguntar sobre temas importantes a las personas menos indicadas, a aquellas que jamás se han caracterizado por tener opiniones con sustancia. “¿Qué opinas del fenómeno migratorio o la marginación de los pueblos indígenas o el fraude presidencial o del feminicidio o del narcotráfico?” tiene sentido si el cuestionado vislumbra en su propuesta artística conciencia al respecto, o al menos puede articular algo interesante, no cuando se trata de aristócratas o desinformados (o aristócratas Y desinformados) que van a decir “pues qué feo ¿no?”. Aquí además catalogo a los que sacan temas locales que obviamente la “luminaria” desconoce y que ante ello todos nos tenemos que chutar la explicación subjetiva y anestésica del ocurrente reportero. Y al finalizar el bombardeo (desbordado o sutil, porque a veces no da para más) de cuestionamientos irrelevantes, tampoco faltan los que corren a tomarse la foto del recuerdo o a continuar ‘charlando’ con el afamado muy a pesar de que éste generalmente ya se hartó pero tiene que seguir con su cara de simpatía, por aquello de las apariencias, las cámaras y los micrófonos. Una verdadera comedia.

domingo, 9 de agosto de 2009

La Bufa

La Bufadora es una punta en el mar ubicada en Ensenada, por el poblado de Maneadero, como a dos horas de Tijuana. Ahí en La Bufadora se encuentra una bufadora, un geiser marítimo (o sea, un chorrote de agua salá echa’o pa’ arriba) que convoca una infinidad de visitantes, entre mexicanos y extranjeros. Fuimos hace unos días, nada más a pasar una tarde relax de sábado bajo el sol, con aroma a bloqueador de coco, tacos de pescado y churros de azúcar. En el camino, pasando Rosarito, nos orillamos en la carretera para desayunar un cóctel de choros (mejillones pa’ los muy cultos), el cual nos llenó de energía y proteínas por la módica cantidad de 25 pesitos [por dos vasos]. Llegando a El Sauzal, en la casa de mi mamá, tomamos prestada una hielera a la que justo le cabe un ochito, y también recuperé unos bikinis que le presté a mi hermana, y un sombrero de innegable semblante turístico, de esos de palapa greñuda.


Ataviada para la ocasión (creo que ya me está afectando esto de redactar notas para la socialité) continuamos el rumbo atravesando el puerto ensenandense, donde -por cierto- vimos el crucero Carnival que dos veces por semana se ancla en el puerto lleno de gringos, salvo en épocas de pandemias. Ya una vez en La Bufa (así le decimos los paisas) nos plació ver un titipuchal de turistas nacionales, productos y alimentos a precios accesibles en pesos [porque generalmente cobran en dólar], y por lo tanto gente comprando felizmente, aún en momentos de crisis. Yo adquirí dos juegos de aretes hippies (de concha tallada y de bambú) por 20 pesos cada par y además comimos tacos de pescado a 13 pesos cada uno. Muy ricos.


Y como suele pasar la bufadora no bufó, supongo que se sintió inhibida ante tantos espectadores. Uno que viaja kilómetros y kilómetros a su encuentro y la muy rejega ‘namás’ avienta brisas [cual estornudo estilo atomizador], brisas que no mojaron a nadie, porque he de destacar que ésa es una de las atracciones de La Bufadora: mojarte (como si no pudiéramos mojarnos a cubetazos en cualquier otro lugar). Pero he estado pensando que la muy rejega es en realidad muy consciente y tal vez no quiso echar las grandes cantidades de agua por evitar un accidente, ya que había un montón de ‘aventureros extremos’ (por no decir pendejos) trepándose a unas rocas donde calculo aumentan en un 90 por ciento las probabilidades de muerte por caída al precipicio. Rocas que de empaparse hacen las veces de resbaladilla; eso sin sumarle el riesgo de todos los que se montan con sus cheves, exponiendo con ello aún más la vida… y las cheves.


[Imposible relajarme con esas escenas] Otro caso temerario fue el de una familia que se encaramó a unas sillas de playa al filo de una de las bardas ¡con todo y bebé en brazos! Ahí quizá no se hubieran alcanzado a mojar y quizá por ello no corrían el riesgo de resbalarse, pero las emociones suelen ser traicioneras, digo, qué tal que La Bufa hubiera echado un gigantesco chorro y la exaltación de los espectadores llegara al grado de que perdieran el equilibrio (como se puede ver mis pensamientos son bastante fatalistas pero creo que al menos tienen fundamentos).


Total que creo que esta bufadora, ancestral y mítico fenómeno natural, concentra la sabiduría de la vida y contribuye a preservar la de sus visitantes, muy a pesar de que éstos se vayan decepcionados de la ocasional debilidad de las expulsiones de agua que sin sospecharlo evita su potencial encuentro con la muerte [y eso que iba a desestresarme].
De regreso nos ponchamos y no llevábamos gato, cruceta ni llanta de refacción... pero ésa es otra historia.

viernes, 7 de agosto de 2009

morbo

Cierro la puerta de la oficina (cosa que no siempre hago), busco mi música portátil y le subo todo el volumen, me adhiero a la ventana en espera de mi hombre... del otro lado de la puerta, en la redacción, el reportero de la fuente policíaca detalla el homicidio Adriana, una edecán del Club Tijuana Xoloitzcuintles de Caliente.

Yo intento redactar una ridícula nota para Sociales porque la editora de dicha sección está de vacaciones en un crucero por las Europas, pero me es imposible escribir acerca de la fiesta de bienvenida que le dan a un recién nacido cuando escucho que a la joven y escultural tijuanense le hicieron atrocidades.

Además me resulta doblemente perturbador ver cómo mis compañeros se aglomeran a escuchar la historia alrededor del reportero, como niños rodeando a un cuenta-cuentos pero que en lugar de ilusión tienen morbo.

Este día no ha sido fácil. Me levanté por tercera mañana consecutiva con vértigo (no, no estoy embarazada). Después de recuperar el equilibrio y la cordura, mi mamá me llamó y me dijo que ayer le estrujé el corazón por teléfono, que se lo arrugué como aluminio apachurrado, cosa que me hizo mojar mis ojos un poquito. Luego hablamos sobre la operación de mi abuela, el triple bypass al corazón que esta mañana le practicaron en Los Ángeles durante 5 horas, y también recordamos la conmemoración del natalicio número 60 de una tía que ya falleció. Quedé sensible.

En el trabajo me dice la recepcionista que un señor que viene de Tecate tiene un asunto que tratar conmigo. Lo recibo y me empieza a hablar con mucha sencillez de temas que no entiendo y de gente que no conozco o recuerdo. Le pregunto "¿en qué le puedo ayudar exactamente?" y me dice, con una sonrisa entre tímida y desesperada, que se quedó sin trabajo y que le dijeron que yo podía ayudarlo. Sus palabras me conmueven, en especial porque sé que no hay manera en que lo pueda auxiliar. Se le ve triste.

Hago dos melosas notas (1) sobre el arribo a la edad de la ilusión de una quinceañera y (2) sobre la irrelevante pero ostentosa reunión de un club rotario; textos que colmo de tiernos calificativos que dicen absolutamente nada del evento. Cuando me mentalizo para redactar la última de mis notas sociales, la de la fiesta de bienvenida a un bebé, imágenes atroces del desmembramiento de una mujer invaden mi cabeza porque ése es el tema que narra el reportero de la fuente policíaca a un auditorio ávido de los pormenores del brutal asesinato: mis compañeros de trabajo.

Me apuro a cerrar la puerta. Sigo oyéndolos. Me apuro a sacar mis audífonos de la bolsa. Continúa la infame voz con la infame narración. Subo el volumen. Me intenta rescatar un funk. Pero es demasiado tarde. Ya no puedo pensar en el retoño de la familia Ramírez. Vuelve el vértigo. Escribo la palabra ‘morbo’ unas treinta veces. Canto. Me estiro. Miro por la ventana. No quiero saber qué le hicieron a Adriana.

Esto pasa todo el tiempo donde trabajo. Tener acceso a información de primera fuente sólo importa si se trata de muertos. El año pasado quemaron a un fotógrafo de deportes. Lo carbonizaron dentro de un tambo de basura. El reportero gráfico de la policíaca lo reconoció mientras tomaba fotos del cadáver. Cuando descargó el archivo visual en el periódico, no faltaron los que corrieron a observar las imágenes de su colega calcinado.

Así se rigen algunas mentes y en realidad no creo que sea Tijuana la que insensibiliza. Hay tantas filias que nada tienen que ver con el entorno aunque se alimenten de éste. Eso del morbo, educación bien trascendida de generación en generación por Televisa, por ejemplo, es parte de una cultura -me parece- muy ligada a la ignorancia, a la pobreza espiritual (no religiosa) e intelectual. No lo sé, conjeturo. Por mi parte, evito esa información porque en verdad creo (porque en verdad siento) que hablar de asesinatos asesina un poco de mí.