
“Gozando ya del vino, pan y queso”. Ése fue el mensaje que recibí de un amigo como a las 2 de la tarde del sábado aquel. Yo me encontraba en el salón de belleza recibiendo el trato V.I.P. cuando leí el mensaje en mi celular, lo que hizo aumentar la ansiedad por llegar a los viñedos. Encontrábame en la Plaza Río, a varias ciudades de distancia y por lo tanto a varias horas de tardanza, con mi pelito chueco en manos de Albertow, mi estilisto –por supuesto– de cabecera. Es por demás vanidoso, lo sé, pero hay tres aspectos en los que no escatimo: mi salud, mis tatuajes y mi cabello. Al fin que para eso trabajo, para mimarme, ya lo del sobado concepto de
la realización profesional o la preocupación por
aportar al entorno y
generar un cambio (o simplemente sentir que uno no es tan parásito) viene por añadidura.
Acababa de redactar un montón de horrorosas palabras cursis (para la sección de Sucksciales), un reportaje sobre el cine independiente en Tijuana y una nota teatral acerca de indocumentados (para el segmento cultural), y quezque muy jefa había dejado ya instrucciones para mis corresponsales al show ecuestre de Joan Sebastian que ese mismo día tendría lugar en la mera esquina de México. Yo iríame a ver a Cristian Castro al Valle de Guadalupe… bueno, eso también vendría por añadidura porque en verdad me entusiasmaba más el solo argüende titulado Fiesta de Colores.
Mientras Albertow exclamaba con su estereotipable tonito gay “¿¡qué te hiciste, mujer!?” tratando de arreglar la última trasquilada que me di al fleco un día de aburrimiento extremo, imaginábame una copa de vino tinto en los viñedos, con meñique alzado, mis piernas cruzadas cual heredera de la realeza, quizá hasta sonriendo discreta y condescendiente a mis compañeros de mesa. Ni sospechar desfiguros.
Al fin mi estilisto compuso al que hubo nombrado “fleco infame” y no me restó más que darle las gracias a nombre de mi madre. Pasó mi hombre a la plaza comercial, ya con pantalón de vestir y zapato duro pero camiseta de Pink Floyd, cargado el asiento trasero con su implanchable camisa vinícola; y para mí, dos vestidos floreados, dos pares de zapatillas, un fondo, aretes y perfume.
De Tijuana a Rosarito me vestí, ansiosa por llegar a la Ruta del Vino, pero el tráfico, [¡el maldito tráfico!] producto de las obras viales del ayuntamiento, no hizo más que desatar la desesperación en ambos. Ahí íbamos a vuelta de rueda haciendo bilis, alucinándonos las exquisiteces que nos estábamos perdiendo. Al ver el escote del vestido, mi hombre pronunció un “qué sexy”, al que respondí “no te angusties, mientras traiga brassier no se asomará el pezón”. Reímos con la cara dura.
Ya en la carretera trasnpeninsular determiné era necesaria una cheve, así que mi hombre [que convenientemente carga una hielerita en el carro] bajó a un Oxxo rosaritense por seis. Salivando estaba por darle el primer trago cuando me llama la secretaria del director para informarme de una problemática que me es imposible resolver: mi jefe desea ver a Joan Sebastian. Una vez más le recordé que soy reportera y no organizadora de conciertos omnipresente todopoderosa hadamadrina. Siete minutos tardé en convencerla. Siete minutos que estuve calentando mi cheve en la mano, que creo me temblaba. Por fin bajábame por la garganta el primer sorbo de Tecate cuando vuelve a timbrar mi teléfono. ¿Buenoooow? digo con tono de qué-me-importa-lo-que-sea-no-lo-podré-resolver-desde-el-carro y del otro lado mis corresponsales al concierto del Rey del Jaripeo me narran los sinsabores de su día: no los han acreditado para el show del Joan. Otros siete minutos duré aconsejándolos, aunque menos estresada: íbamos ya en la carretera escénica, junto al mar.
Me maquillé entre geisha-payasa-y-Björk con sombras de imprudente color rojo. Al verme en el espejo decidí que ese día lo rojo sería mi boca, así que me desmaquillé con el
body lotion que sepa porqué siempre viaja en el carro y una servilleta que encontré bajo el asiento y consideré reusable, aunque no quiero saber qué hubo guardado [acaso mocos añejados]. Cuatro cervezas y 35 canciones después llegamos a los viñedos.
La última vez que estuve allí reflexioné acerca de lo inadecuada que pude ser: mi vestido –también floreado– era
strapless y dejaba al descubierto ocho de mis tatuajes, lo que supuse incomodó a la
falsa sociedá [esos eventos cuestan miles de pesos, nosotros nos mezclamos gratis]. Como esta vez planeé bajo perfil, mi vestido sólo revelaba –y sutilmente– mis hermosos, firmes, juveniles y ligeramente asimétricos senos en un avistamiento en “V”.
En la zona de Prensa vimos caras largas y caras alegres [en distintas caras, claro]. Por un lado los que sufren por todo así sea disfrutable, gratis y se encuentren en la plenitud de su juventud; y por otro, los hippies, valemadristas y semejantes de libre espíritu con los que obviamente congeniamos más. Sin distingos saludamos a todos, muy simpatiquitos, todavía en plan de mesura.
Primera copa en mano. Brindis, chistecillos de ocasión, degustación moderada de alimentos mediterráneos, cumplidos al atuendo. Segunda copa. Análisis al entorno, tenue viboreo, foto del recuerdo. Tercera copa. Hay que cambiarnos de mesa, ya nos da mucho el sol, pídele más tinto a la mesera. Cuarta copa. Tráete el letrero que dice Prensa, guárdame una copa en tu bolsa, me cae que se la rifan con este evento. Quinta copa. Laneta-laneta eres bien buena onda, vayamos al baño, ¡chin! ya te bañé de vino. Sexta copa. ¿Por qué traes mi labial en tu cuello?, mejor hay que bailar, ¡tómenos fotos! Siguiente copa. ¿Y las copas? ¿a qué hora nos dieron desechables?, rola el primaveral que el tinto ya me secó. Segundo vaso. Bailemos mija, guárdate ese seno, ¿quién trae encendedor?, ¿está llorando el Jaime? Tercer vaso. No puedo parar de reír, ¿cómo llegamos al suelo?, Julio: no seas paparazzo. Cuarto vaso. ¿El que se oye es Cristian Castro? Primera botella de agua. Tengo que tomar las fotos, morra: hazme el paro, ahoritita vuelvo.
Nada salió como pensé. Tomé las fotos al concierto que [uuuuuta] me quedaron de concurso. Insulté a un guardia. Me empujó una extraña. Pisé a una amiga como trescientas mil veces. No me dejaron entrar a la rueda de prensa [pero sí a mi hombre y a mi grabadora]. Ya con puras botellas de agua decidimos relajarnos con un purito. Una pizca de drama, una rociadita de misoginia, dosquetres recriminaciones y ¡vámonos! que la fiesta aún no acaba.
La parte final consistió en sudar el vino al ritmo de mambo y chachachá, bueno, yo, mi hombre no baila. Terminamos en una mesa donde yacía un par de cosas planas y peludas en dos vasos. Resulta que hubo faena taurina y aquello era la sanguinaria distinción que un verdugo hispanófilo hizo a la novia de un amigo: las orejas de su víctima, el toro. La novia, por cierto, es sobria por convicción, situación que hizo a algunos considerar su presencia un desperdicio de boleto, y no sólo considerarlo sino decirlo y con ello hacer sentir mal a la pobre santurrona.
Al día siguiente el dolor de nalgas rememoraba una caída. Dos días después el hallazgo de un nuevo adorno en mi cuerpo, raspadura de 6 centímetros, evidenciaba que la caída había sido fuerte aunque indolora. Y a los tres días las fotos revelaron más. Así de extremo. Así de sinsentido. Así de divertido. Así de incómodo [para terceros]. Así de quemador. Así de comprometedor. Así de fragmentado. Así puedo ser. Así fui. Así que me vale.
Cumplí con la nota de Cristian Castro (razón por la que los organizadores me invitaron, aunque quizá no lo vuelvan a hacer), y hasta eso que no me quedó tan mal. Yo creo que ello radica en esta onda de
vivir la experiencia, tal como es diseñada, digo, celebrábamos al vino ¿qué no? Como todos los reporteros publicamos que la asistencia fue de 2 mil personas, deduzco deben existir otras mil 999 historias mejores, entre ellas las que recordarán habernos visto en el suelo.


