viernes, 26 de septiembre de 2008

Santa Muerte

Fue la primera y última vez que lo hice, y aunque me había prometido que al menos no lo haría frente a mi hijo no me arrepiento, era la única forma de concluir semejante episodio. Ahí estábamos mi esposa y yo en la tienda, como de costumbre, entre inciensos, amuletos, hierbas medicinales e imágenes de la Santa Muerte; un jueves cualquiera, con uno que otro cliente que llega a consultarnos como si fuéramos santeros certificados. Igualito como llegan los enfermos a las boticas a narrarle al del mostrador sus males, dónde le arde, cómo le pica, de qué color se le puso. Laura es más paciente y atiende a cada uno, además con sus blusas de manta blanca y su modo quedo de hablar como que inspira confianza, sabiduría, paz. El semblante de espiritualidad lo ha adquirido al paso de los retiros en Cuba, con sus padrinos. Eso tendrá poco más del año, pero el local ya lo teníamos desde antes, cuando era más bien roquera, y de todos modos era con ella con quien llegaba la gente. Debe ser por mi altura y estas barbas, junto con las expansiones en las orejas y el tribal que se asoma por el cuello. O tal vez sea sólo la falta de cultura; si las personas se pusieran a indagar el origen de los talismanes y esencias que compran en la tienda, más allá de la superstición, el miedo a los doctores o porque le dijo la vecina, seguro entenderían el significado de mis adornos. Por eso Laura está en la caja y yo en el almacén y de repartidor.
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Esa vez nos llevamos al junior porque mi suegra no podía cuidarlo, lo cual hubiera estado bien de no haber sido por todo el lío que se armó. Él se divierte entrando y saliendo por esa gran puerta de vidrio, corre hasta la banqueta, saluda al señor de la nevería que está en la esquina, o a los muchachos de la llantera del otro lado, y vuelve corriendo hasta el fondo del negocio para aventarse en las bolsas de camisetas. El pobrecito una vez se lanzó sobre unos costales que no le amortiguaron el golpe para nada y lloró como media hora, hasta que le compramos una nieve de chicle, la solución para todos sus males. No se golpeó fuerte, los costales tenían collares, llaveros y otras cosas pequeñas, fue el susto de no sentir blandito lo que desató su llanto. Así son los niños de cinco años.
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El día normal, Laura con la música aborigen y los sonidos de mar que contrastan con el de los carros en la calle, y yo acomodando el aparador para mostrar la nueva mercancía. Eran como las 2 de la tarde cuando empezó todo. Un carro con un solo hombre se detuvo frente al local, y al bajarse que empiezan los balazos. El tipo se echó al piso ileso, cubriéndose con su carro por la parte de la cajuela, y como buscando algo en su chamarra. Yo estaba paralizado y Laura como todo un súper héroe (o heroína, es que no me gusta esa palabra) corrió hacia el junior que ya iba a la puerta y se tiró sobre él. De veras que esas cosas uno las vive en cámara lenta, yo pensaba que las películas tenían que hacerlo así para darle dramatismo a la escena pero en la realidad, mientras oyes las explosiones como de efectos especiales, todo pasa muy despacio. Los atacantes traían metralletas de las que usa Rambo o el Termineitor, armas enormes, de ciencia ficción. Eran varios encapuchados disparando desde la esquina, ahí de la nevería de don Toño, sobre la calle hacia el local, porque al "embestido" (así le llaman en las noticias) se le había ocurrido estacionarse justo enfrente de nosotros.
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No sé cuánto tiempo pasó antes de que yo reaccionara. Estaba congelado junto a la puerta observando todo. Después de que los atacantes hicieron tronar los vidrios y llantas del carro-trinchera, el tipo quiso defenderse con una pistolita que para el caso parecía de juguete. El idiota se paró a disparar mientras con la otra mano hablaba por radio, y que lo alcanzan dos plomazos. Vi todo. El cuerpo del sujeto se sacudió al tiempo en que brotaban dos chorros de sangre. Regresó al suelo. Parecía herido, nada mortal como la cabeza o el pecho, le habían dado en un brazo, aunque creo que sí le destrozaron la mano.
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Entre que se cubría el agujero sangriento del hombro y como que buscaba sus dedos, me volteó a ver. Nos quedamos viendo unos segundos. Tenía el sujeto una expresión de miedo, qué digo miedo, de horror. Se le veía realmente aterrado. Pálido. ¡Pues cómo no! Ya le habían dado dos balazos a él y como quinientos a su carro, que hasta eso que no se veía del año. Así estuvimos observándonos fijamente cuando pensamos lo mismo al mismo tiempo y ambos corrimos a la puerta. Él a empujarla y yo a cerrarla con llave. El tiempo volvió a detenerse cuando puse el seguro y a cinco centímetros de mi cara estaba el tipo mirándome, pidiendo compasión con su par de enormes ojos vidriosos. Nunca voy a olvidarlo. Sólo nos separaba la frágil puerta transparente. ¿Por qué chingados tenía que inspirarle confianza justo a este cabrón? Corrí hacia mi esposa y el junior sin voltear, con el incesante rafagueo de la calle como música de fondo.
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Nos quedamos en el almacén abrazados. Laura y yo fingimos serenidad para no alterar al niño. Fue terrible. Cuando el junior me preguntó ¿por qué le disparan, papá? ¿es malo? me quedé sin palabras. Hablé hasta que Laura me dijo con la mirada que debía responderle algo. Le dije que no eran disparos, que sólo estaban jugando a tirarse cuetes, de esos del día del grito. No sé si me creyó.
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A los 20 minutos cesaron los balazos. Salí del almacén a inspeccionar el área y para la calle parecía despejado. Incluso ya había unos curiosos de la licorería de enfrente parados en la zona de combate. No se veían policías, ni se escucharon sirenas de ambulancias o patrullas, tampoco había rastros del hombre. Me apresuré hacia la banqueta, pisé sin querer la sangre que había escurrido del herido, y bajé la cortina metálica de la tienda, que milagrosamente no había sufrido daños. Cerré todo para quedarnos resguardados adentro unas horas.
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El junior estaba intranquilo, así que Laura le dio un té, luego lo tuvo abrazado hasta que se quedó dormido. Yo creo que se cansó de tanto estrés porque casi nunca se duerme en las tardes. Laura, tranquila como de costumbre, se paró en silencio de donde había acomodado al junior, agarró una de las pipas de bambú y barro que tenemos a un lado de las velas aromáticas, fue a su bolsa de mano y regresó al almacén echándome la bocanada de humo en la cara. Estalló en llanto. La abracé, recosté su cabeza en mi pecho y le pregunté que si me daba. Soltó una carcajada pero sí me pasó la pipa, que por cierto tenía cara de búho, más o menos como la del tipo baleado. Estuvimos ahí unas dos horas, mayormente callados. No nos cuestionamos nuestra irresponsabilidad paterna porque en ese momento era un asunto secundario. Estábamos vivos, ilesos, asustados por aquello de ser testigos pero con vida.
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Al salir ya sabíamos que iba a haber una aglomeración, entre peritos, reporteros y chismosos, así que cargué al junior todavía adormilado, y peor de sangrones que rockstars le dijimos a los de la prensa "sin comentarios".
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En las noticias me enteré que el señor "N" era un agente ministerial y había sobrevivido. Resulta que cuando le cerré la puerta corrió a la llantera, y como ésta conecta por atrás con un yonke al que se entra por la otra cuadra, se escabulló sin que nadie supiera su paradero. A la hora, uno de los yonkeros iba a entrar a su baño y al abrir que se encuentra con el tipo todo ensangrentado apuntándole con un arma. El reportero no lo mencionó en su nota pero estoy seguro que se cagó.
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Nuestro local parecía protegido por una fuerza divina, o mística, o cósmica o qué sé yo, porque ningún balazo destrozó la fachada, en cambio la nevería quedó toda batida, lo mismo con la retacería del otro lado de la llantera. Los impactos se veían en todas direcciones.
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Me impresionó mucho que la policía fuera una semana después a interrogar a los locatarios. Y para ser sinceros, cuando hablé con ellos se me hizo como que no me estaban poniendo atención. No me extraña. Hoy dijeron en la radio que en la madrugada se desató una balacera en El Refugio, una colonia que está más lejos que mi casa, para el otro lado del cerro de Las Abejas, y uno de los involucrados y ahora difuntos era este mismo amigo. Cuando dijeron su nombre supe de inmediato que se trataba de él, volvió a ser embestido pero ahora en su "domicilio temporario", dijeron. Antes de atinarle al objetivo los balazos llegaron hasta los vecinos. Pinches puercos, seguro ni se enteraron que al instante asesinaron a dos niñas y una señora.
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Obviamente sentí alivio cuando supe que el amigo se había salvado el día aquel en el centro, y si la historia hubiera sido distinta, si hubiera muerto en mi banqueta, no tendría remordimientos. De ninguna manera iba a permitir que entrara a la tienda. No quiero ni pensarlo. Cuando supe que lo mataron, me da vergüenza admitirlo pero sentí tranquilidad. Estos últimos seis meses he estado imaginando que regresa a la tienda, que me busca a mí o a mi familia. Según el locutor él era una víctima inocente, elemento ejemplar, blanco de ataque por su destacado trabajo en contra del crimen organizado. Me vale. Yo lo único que sé es que se paseaba armado por la ciudad y que le cerré la puerta en la cara mientras me rogaba herido. Para mi suerte, la de Laura y mi hijo, el héroe tenía los días contados.

lunes, 19 de mayo de 2008

Llamadas perdidas

Ya le había pasado a tu suegra hace algunos años, aunque quién sabe si lo tuyo es así de importante. Era de madrugada cuando timbró el teléfono de la señora, contestó con esa angustia de las noticias que pueden traer las llamadas a esas horas y el susto mismo de ser despertada con tan intenso ring en medio del silencio, y después del ¿bueno? encontró la voz de una mujer. Nadie conocida. La voz entrecortada por algo que parecía llanto le dijo que acababan de asaltarla y no sabía dónde estaba, que marcó ese número porque fue el primero que se le ocurrió, así al azar, además no conocía Tijuana. Tu suegra le pidió describiera lo que veía para intentar ayudarla. Un mercado, una escuela, un barranco, casas, carros. Tranquila, vas a estar bien. ¿Tiene luz el mercado? Camina hacia él y pide a los empleados que llamen a la policía, ellos deben decirles dónde estás. ¿Sabes qué número marcaste? Quiero que lo anotes para que me llames cuando estés bien. Después: un gracias, el pitido intermitente de la línea al colgarla y el insomnio. Tras un par de días la mujer volvió a llamar por la tarde, para agradecer la ayuda de la desconocida que le contestó en la madrugada de su infortunio.

En cambio tú no hiciste nada, estás lejos de los actos heroicos. Imaginas mil cosas, como que el mensaje lo recibiste a destiempo, que se trata de una broma, que pudo ser un error. El domingo como a las 6 de la tarde te llega el perturbante buzón de voz al celular, andas en un cumpleaños por San Antonio de las Minas así que para empezar es una sorpresa tener señal. Escuchas el mensaje por puro ocio (casi siempre son cosas laborales e intrascendentes lo que ahí te dejan), y encuentras una voz poco entendible, lo único claro es que se trata de una mujer y que al finalizar los diez segundos que dura la grabación se escucha la indudable súplica sollozante de un ¡por favor!, como en susurro. Sientes que el tiempo se detiene. Lo re-escuchas tres veces y sólo averiguas un sonido como de televisión al fondo. En llamadas perdidas está el número desconocido con lada también desconocida. Datos de la procedencia: buzón depositado ese mismo día pero a las 5:44 am. Vuelves a oírlo. No se entiende nada, sólo el ¡por favor! Le pasas el celular a tu novia, luego a una amiga y ella a su esposo. A todos se les enchina la piel. No llaman al número desconocido. Ni logran descifrar nada más allá de lo evidente: una mujer, un llanto, un ¡por favor!

No te gusta paranoiquearte con esto de la inseguridad, pero a veces las historias son tan increíbles que superan toda intención de optimismo. A un tipo le cayó del cielo un papelillo de baño escrito con sangre, en él un secuestrado pedía ayuda. Por la vía rápida una señora fue rebasada por un par de autos cuyos pasajeros se disparaban de carro a carro. El olor a pólvora le indicó a unos morros que el aparente accidente automovilístico era en realidad una docena de acribillados. Y en una ocasión llegaste con tu novia a un Oxxo 24 Horas para comprar una soda como a la 1:30 am, y mientras buscaban monedas para pagar con el monto exacto, vieron cómo dos empleados alzaban las manos frente a unos cuatro sujetos. Mejor se fueron rápidamente.

Y bueno, mientras reflexionas frente al celular, escuchas sirenas por intervalos de media hora y los helicópteros muy cerca de tu techo. Esto no es todos los días, pero sí algunos.

¿Y la mujer? Sólo esperas que esté bien, la verdad es que no sabes de qué manera ayudarla, ni siquiera sabes si en realidad solicita ayuda. No hay a quién decirle. No imaginas si es real. ¿Y qué si en lugar de buzón de voz hubieras contestado esa llamada? ¿Y qué si tus peores sospechas fueran ciertas y tienes grabada la voz de una mujer en problemas? ¿Y qué si haces algo? ¿Debes llamarle? ¿Qué le vas a decir? ¿Y si tu llamada la condena? ¿Y si ya no tiene batería su celular? ¿Y si te contesta un tipo? ¿Y si sale buzón de voz? ¿Y si hablas con ella y te dice “ayúdame”? ¿Y si no le entiendes otra vez? ¿Y si escuchas algo peor? Un golpe, una detonación, gritos, llantos, súplicas. ¿Y si te dice “yo no he llamado”? ¿Y si te llama ella a ti? ¿Y si llama alguien más desde el mismo número? ¿Debes contestar?

En las noticias esta semana sólo han mencionado a una mujer asesinada, pero ya tenía más de 15 días muerta así que no es tu anónima. Revisas los diarios. Muerdes las uñas. Tienes migraña. Nada. Ya lo decidiste: has borrado el audio y bloqueado el número, y te dispones a hacer lo mismo con tu memoria. Lo más seguro es que haya sido un error. Aunque no podrás evitar la mirada morbosa a la sección policíaca durante los siguientes años y atormentarte cuando sean mujeres los cadáveres.

sábado, 16 de febrero de 2008

sitiado

Soldados en las calles, frente a tu casa, a la una de la mañana, en sábado (o más bien domingo), cuando llegas de relajarte, cuando quieres olvidar la semana laboral, una que culminas ganando la misma miseria. Eres asalariado, del salario mínimo, y no te dan bonos de puntualidad ni de asistencia. O tal vez eres estudiante, de la universidad pública, y estudias la carrera más impopular, porque eres hombre y no quieres ser ingeniero, ni administrador de empresas. Quieres resolver el mundo y por eso estudias pedagogía, y periodismo, y filosofía. En tu cabeza escuchas melodías cubanas, y brasileñas, y corridos revolucionarios mexicanos, pero te fastidian las camisetas con la cara de Zapata o El Che. Eres el único que carece de visa por ideología, y no te importa que nadie lo entienda. Y no puedes evitar la sensibilidad, sufres por la ignorancia, te duele la enajenación, y se te anuda la garganta cuando ves las injustas noticias manipuladas por las decenas de títeres que están a merced del sistema. Corruptos, vendidos, hipócritas, malditos, borregos, putas. ¿Qué vas a hacer si en todos lados te dicen que está bien la presencia de los soldados? A nadie le importa que sea anticonstitucional, habla bajito, ssssh, no digas nada, la gente no conoce sus derechos. Ya ves con la educación gratuita, privilegio de pudientes. Y no te casarás porque tu compromiso es con ella, y juntos lavan los trastes, calientan la comida, componen canciones, y se enjabonan la espalda. Y tú sólo quieres llegar a tu casa, ya te divertiste y eres indefenso, pero ahí están los soldados, vestidos de caqui, con cascos, armados, sin rostro, enanos y gigantes. Le dices a tu novia que guarde los cigarros en las bragas, luego sueltas la carcajada. No pasa nada. Te tragas el coraje, dejas que los intrusos acuartelen la ciudad y los cielos. Sitiada está tu cuadra, tu acera, tu vida. ¿Qué puedes hacer?