jueves, 25 de enero de 2018

Escenas y cavilaciones en la CDMX

La escena más memorable en el metro de la Ciudad de México hoy, que por primera vez hice el recorrido sola, incluyó a elementos de la policía capitalina deteniendo a un vendedor ambulante y queriendo además llevarse a otro pasajero joven que portaba camiseta de la UAM, solo porque intervino en defensa del vendedor. Iba yo a bajar en Chabacano y unas tres estaciones antes de eso, en Iztacalco, el vendedor fue “rodeado” por dos policías, quienes desde sus celulares parecían acordar algo muy relevante respecto al pequeño detenido (no le minimizo, era en realidad un muchacho de pequeña estatura). Esto ocurría en uno de los vagones dispuestos para las mujeres, donde estábamos varias observando con desconcierto esta interacción. No era hora pico así que todo tenía bastante visibilidad. Cuando uno de los policías sujetó de la nuca al estudiante, éste sacó su credencial para identificarse como tal, cosa que poco importó a “la autoridad”, pues entre jaloneos no muy bruscos pero sí de evidente sometimiento le dijo que se lo llevaría. Pasamos Coyuya y nada parecía estar claro respecto al delito o la infracción que les hiciera merecedores de tales tratos, así que cuando el metro abrió las puertas en Santa Anita dos señoras (digo señoras pero probablemente tenían mi edad… lo cual nos categoriza a todas en ese rubro: señoras) se pusieron de pie y empezaron a gritarle a los policías que eso que estaban haciendo era abuso de autoridad, que no tenían porqué llevarse al segundo muchacho, al estudiante (quizá es cosa de que a los vendedores ambulantes ya se les tiene estigmatizados, no lo sé), e interponiendo el cuerpo entre el policía y el estudiante una de las dos mujeres enfatizó “¡no te lo vas a llevar!”. Los policías siguieron sujetando al joven vendedor ya hacia la salida del vagón, sacándolo; pero dejaron al estudiante. Eso entre gritos de las dos señoras hacia los uniformados en los que les decían “puercos”, “corruptos” y el siempre clásico -y un tanto misógino- “hijo de tu puta madre”.  Las puertas cerraron y nadie dijimos cosa alguna. Yo contuve unos aplausos, debo confesar. Todas seguimos en lo nuestro, que es justo la enajenación, perder de vista el entorno para concentrarnos en nuestros mundos interiores… o en nuestros celulares (aunque aún no me atrevo a sacarlo en público por estos lares).

Tengo el privilegio de que una profesora, geógrafa cultural, me ha estado presentando-narrando la ciudad. Entonces recibo una orientación que es teórica y práctica y seria e irónica y afectiva y comprometida y-- No sé, una orientación hasta íntima podría decir, en el sentido de quien conoce algo demasiado bien y desea compartirlo. Seguro soy igual con Tijuana-Ensenada, y con quien aprecio lo suficiente como para invitarle a conocer mi mundo. Mis días todavía no se ajustan al ritmo de esta ciudad o, más bien, no han sabido configurar sus propios ritmos. Vengo por motivos de estudios de posgrado. Pero eso siempre abre muchas otras posibilidades; por lo pronto tengo en puerta proyectos que son solo académicos y que me implican cierto encierro. ¡Qué distinto es moverse sin carro! (quizá deba disculparme por el aparente clasismo en ese comentario… Quizá deba valorar más contar con transporte eficiente; quizá deba valorar más caminar). La primera semana acá estuve prácticamente homeless, con muy pocos recursos (económicos y emocionales) como para explorar. Ahora tengo casa, estoy súper conectada al mundo, y aún así no encuentro ánimos como para adentrarme en él. Debe ser que extraño, que la extraño. Y que, pese a lo emocionante de esta estancia, tengo mis apegos. Hoy solo me he dedicado a escribir, y a preparar un caldo de pollo que de tan espeso más bien parece un estofado. Supongo que poco a poco saldré a conectarme con esta ciudad que en realidad es increíble. Conocer y re-conocer, ya que viví acá en etapa preescolar. Seguro mi memoria guarda algo de este espacio, que fue donde aprendí a comunicarme.

De empezar a cotidianizar una dinámica transfronteriza (porque justo saqué visa gringa el año pasado), de contar con una vista al mar fabulosa desde mi otro espacio académico, de tener incluso un cubículo de trabajo, cafetera eléctrica, movilidad a gusto propio, dos gatitas salvajes, cantos matutinos, muchos besos, pochismos… Ahora mi vida tiene prensas francesas, una gata siamesa, tarjetas del metro, cama que parece un bombón, ningún espejo, Netflix, duchas solitarias, lluvias sorpresivas, silencio, chilanguismos… No comparo por concluir que algo sea mejor: solo enuncio aquí las diferencias que al momento identifico.

El año nuevo “nos agarró” en el Uber andando por la vía rápida de Tijuana hacia la zona Norte. El conductor nos dijo que eso es un buen augurio, que nos esperan muchos viajes. La mudanza ahora sí está completa y yo un poco endeudada. Pero caminar es gratis, right? Y estoy en una zona tan pero tan amable que creo que debo empezar a explorar de otra forma, con ganas de estar, de habitar más allá de los espacios “de resguardo”. Ahora vi espejos a la venta en 60 pesos. Tal vez mañana me cargue alguno en el metro desde Iztapalapa hasta Chabacano. Tal vez mañana sea yo quien interponga el cuerpo entre un policía y un estudiante. Todo es posible. Y estoy lista.














3 comentarios:

Dorix dijo...

Ánimo. La Ciudad de México es mágica.

Anónimo dijo...

Por fin despues de algunos meses te leo... Estas en la gran Ciudad de Mexico ahora CDMX. Me hubiera gustado estar alla todavia pero desde el año pasado regrese a Tj. Visita las ruinas del Templo Mayor y el Museo a un ladito. Viajar en metro es toda una aventura. Ya te fijaste que todos los taxis son de color rosa? y algunos del Metrobus.
No te extrañes si en algunos meses adoptas la tonadita al hablar... Suerte.

Anónimo dijo...

Y como te fue con el temblor de hace unos dias ?, espero estes bien...