domingo, 23 de julio de 2017

Torpe turista cae 21 pisos*

El día de mi partida viajé a través del tiempo: salí de La Habana a las 5:00 a.m., volé durante tres horas y llegué a Monterrey a las 7:00; luego, a esa hora (aproximadamente) partí para volar otras tres horas y llegué a Tijuana a las 9 de la mañana. Viajé seis horas y solo pasaron cuatro. Mi cuerpo ya se había adaptado a horarios ajenos. Mi rostro reflejaba una ausencia. Mis ojos extrañaban, como suyo, un lugar que nunca les ha pertenecido. Tras la aparente oscuridad de unos lentes de sol busqué, y por la ventanilla del avión solo vi luces de ciudad que se alejaban a medida que se acercaban otras en el cielo conocidas como estrellas. Perseguimos al amanecer en nuestro vuelo, lo apresuramos... Volamos tan alto que el sol nos alcanzó (o nosotros a él) antes de lo debido. Penetramos nubes sin permiso. Compartí dolor con pasajeros. Ese dolor por los viajes. Fui la única que se tatuó, eso sí lo sé. Entonces les gané en sufrimiento porque mi piel también lloraba. Nadie tenía un dolor semejante.

Todo me gustó tanto que pensé “quiero morir en La Habana ahora”, mientras admiraba la grandeza de su arquitectura desde el piso 21 del hotel con la ventana abierta. “Si en este momento llegara una ráfaga que me empujara por la ventana no me resistiría: caería feliz de saberme muerta. Quiero morir ahora en este estado tan pleno en el que me encuentro, no le debo nada a nadie, soy feliz, estoy en paz”. Pero tenía que llegar la ráfaga porque yo no lo haría. Mi cámara colgaba del cuello. Los periódicos anunciarían entonces: Turista cae por la ventana mientras tomaba fotos. Dije: “¿a tan poquito se reduce mi existencia?”. No muere Melina Amao Ceniceros, futura reconocida escritora mexicana. No: Torpe turista resbala del piso 21 y muere. Buscaba una toma panorámica. Ahora está hecha mierda en el estacionamiento del Tritón. Ahí quedaría mi historia. El encanto por otro país. La fidelidad al mío. Los hijos que aún no existen ni en mi imaginación. El orgullo de mis padres. La esperanza de mis maestros. Mis futuras novias. Esa admiración desmedida e irracional de algunos de mis compañeros. Todos los cálculos matemáticos que aún no entiendo. Los chistes que tengo que contar. No, no, no. Este cerebro tan lleno de información para aportar a mi entorno. Otros países por conocer. Tengo que casarme con mi vestido pomposo de tul blanco. Estudiante mexicana cae 21 pisos antes de morir. No. Todavía me esperan más pinturas en la piel. Junto con unos doscientos besos cubanos. Tenía que viajar a través del tiempo. Tenía que llorar en el avión al lado de una Brenda infiel con el pensamiento. Tenía que ver a la fría Tijuana nuevamente. Tenía que sostener monedas que no me hicieran sentir estúpida. Tenía que revisar apresurada mi correo electrónico. Tenía que extrañar. Y heme aquí: en mi recámara escuchando un poco de un Silvio (para variar) que dice que dejó pasar unas horas. Yo las perdí al atravesar meridianos del globo terráqueo y él simplemente las deja pasar. Yo pasé a través de las horas, a él le pasaron las horas por un lado. Estoy escuchando también el ruidoso calefactor que hace mis noches más llevaderas en este invierno. Es de madrugada más o menos. Me estoy enviando hacia Cuba por medio de la energía de los pensamientos. ¿Me sientes?

Tanto por hacer y la intrépida turista queriendo morir en La Habana un día entre el 3 y el 10 de diciembre del 2000. Pero aquí sigo. Y ahora que sentí la muerte en uno de mis padres me da gusto no haberlo hecho. He visto lo que la muerte le hace a los vivos. Es injusto y muy cruel. Duele. Y provoca malestar. Es nocivo para la salud.

Este diciembre me ha cambiado. Dime diciembre: ¿qué sigue? Todavía te tengo que enseñar mi medio ambiente. Mi hábitat. Mi modus vivendi. Por eso la ráfaga nunca llegó. Ni siquiera en la memoria porque no compartí mi deseo de morir con la gente que quiero. Porque precisamente estando con ellos solo pienso en la vida. A las reflexiones sobre la muerte como una posibilidad se llega de manera solitaria. Por eso es bueno tener gente cerca todo el tiempo.

No busco amor porque tengo de sobra. Pero duele. Porque no es de la medida de mis necesidades. Y finalmente para qué quiere el ser humano amar más que para sentirse bien. Aquí va un cuestionamiento hacia la frase “el amor lo cura todo”: ¿con qué curo el amor? Lo admiré en la única estrella roja que la noche me permitió ver mientras volaba. Claro, no faltó el compañero listo que me dijera que era otro avión a quien le estaba hablando. Lo sentí alguna tarde soleada caminando en otra tierra: respiré el amor. Pero como dije hace un rato: tengo de sobra. Porque lo toco todos los días, lo escucho, lo mastico. Está en mi organismo y no va a salirse fácilmente. No necesitaré buscarlo en los bares ni en el internet. He visto esa mirada desesperada que grita ¡ámenme! en algunas personas; el visto el arrepentimiento en los ojos de mis exnovios, he visto la soledad en las actividades de mis primas. Pero mi historia es otra y la de mis hermanos y la de mis padres. Y la de mi experiencia y la de mis genes y la de mi signo. Porque mis desvelos no son tan en vano. Porque me siento bien escribiendo. Y finalmente para qué quiere el ser humano escribir más que para sentirse bien. Estudiante mexicana cae por descuido 21 pisos encontrando la muerte. Pero no fue así porque todavía tenía que leer un libro azul que me regaló mi padre con los lentes Gucci que me obsequió mi madre. Tenía que divorciarme de un par de personas. Tenía que regresar a reírme de la pronunciación de mi nuevo presidente. Tenía que hacer unas cuantas llamadas de larga distancia. Tenía que arreglar mi cuarto y mi vida. Me estremezco al imaginar que de manera egoísta (muy a mi estilo) me llevaría esto dentro.

28 de diciembre de 2000.
----------------
*En diciembre del 2000 viajé a La Habana en un viaje universitario junto con varios compañeros y compañeras de la licenciatura, con motivo de un Congreso de Comunicación al cual nunca entré. Esa semana me dediqué a conocer la ciudad bajo la guía de algunos amigos momentáneos, también me tatué. Allá, en Cuba, celebré mi cumpleaños número 20. Ese viaje representó además la primera vez que salía del país. Casualmente hubo una serie de eventos culturales que me permitieron ver con mis propios ojitos a Silvio Rodríguez y a Fidel Castro. Al regresar, una persona muy significativa para mi historia falleció el 21 de diciembre. Fue, sin duda, un mes muy muy loco. Este texto lo escribí el 28 de diciembre de ese año, y lo presenté en alguno de esos encuentros literarios del puerto de Ensenada. Las mudanzas y los años me hicieron perder el registro digital de este archivo creyendo de verdad que se trataba de un material ya inexistente, pero ayer, 22 de julio de 2017, me encontré una versión impresa entre mis documentos de la universidad. En mi lectura compartida en aquel tiempo (por ahí del año 2001) sentí que debía autocensurarme y edité en ese mismo texto impreso algunas partes, pero ahora lo comparto en su versión uncensored. Es muy intenso volver a una en el tiempo. Lo digo en un buen sentido.

2 comentarios:

Dorix dijo...

El pasado siempre encuentra el modo de reaparecer.

ɛmɛ.ɛlɛ dijo...

El pasado son huellas invisibles que en cualquier momento aparecen en nuestro camino con olores y colores, formas y claridades.