domingo, 9 de abril de 2017

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Borré todo. Releerme no me avergüenza respecto al estilo o las temáticas “inmaduras”. Relerme en lo que fui hace cinco, diez, veinte años me avergüenza por la violencia. Algo se rompió en mí hace muchísimo tiempo y no ha sido fácil sobrellevarlo. No sé bien qué se rompió. Y tampoco sé bien cómo se sobrellevan las fracturas. Leerme a la distancia me abrumó tanto que borré todo. Tan temerosa, tan vengativa, tan violenta, tan suicida y tan asesina. ¿Era necesaria tanta violencia? Recurriendo al cliché tal vez deba decir: sí, sí era necesaria porque por ello eres quien ahora eres. Pero no basta el cliché. Lo racional no suprime lo emocional. No hay respuesta suficiente. Aunque haga un rastreo biográfico/contextual/fenomenológico. Y borré todo por evitar que ello me persiga, ese pasado, esas que fui. Ingenuamente, claro. Por lo mismo ya no vuelvo a ciertos lugares, o vuelvo con desgano y mucha cautela. Vuelvo con prisa por la huida. No me gusta el terruño. Ni la gente de ahí. No me gusta lo estático. Lo predecible. Los destinos manifiestos de la maternidad heterosexual. De los bienes materiales. Del fondo para el retiro. De las estéticas obligadas por aceptables. Y entonces pienso como justificándome que mi violencia hubo sido frustración, que devino de una pedagogía cotidiana de rechazo a cada fracción de mí. Sentirse siempre a medias supongo que va haciendo una llaga honda en el alma (quiero así de dramática la expresión). De verdad que nunca entendí –como no entiendo ahora– por qué he de cumplir criterios corporales y de elección de vida que se me imponen como instructivo para una felicidad que tampoco busco. He llegado a pensar que mis decisiones de vida serían incuestionables si fuera delgada, sin tatuajes, si me maquillara ligero, si usara tacones, si me rasurara las axilas más frecuentemente, y si además conversara juzgando los cuerpos de las demás (como dicta la convención social). He llegado a pensar que si mi cuerpo fuera otro, uno estandarizado dentro de los parámetros universalizados de lo deseable, poco importarían “mis fracasos” (inventariados en criterios neoliberales, obviamente), hasta se anularían. Es mejor ser decadente y bella, que luchar por lo que una cree y disentir con el cuerpo (en su estética y en sus prácticas), es decir: ser fea. Cualquier cosa es mejor que ser fea. Y gorda. Que esta última categoría ya implica la primera. Y me enoja darme cuenta que me importa, o que al menos no me es indiferente. Que basta un solo juicio externo para interiorizarlo todo, para recordar todas las discusiones preadolescentes y adolescentes por la autonomía corporal. Para confirmar que sigo sin ser suficiente aun a mis 37 años. Estudio un doctorado en algo que verdaderamente amo, una transdisciplina social y cultural cuyo origen es el posicionamiento crítico frente los paradigmas dominantes; he publicado artículos arbitrados; estoy por viajar a dos congresos fuera de la ciudad y del país; mi promedio es el más elevado (al momento) y yo me lo tomo como un reconocimiento a mi esfuerzo, que de verdad es tal: me esfuerzo; trabajo una tesis con investigadoras que admiro; y lo que intento investigar versa sobre las violencias y discriminaciones sistematizadas hacia las mujeres, trans y no trans. Así quiero ahorita inventariar “mis logros”, porque son míos, porque los he trazado así. Hace muchos años que tengo autonomía económica, aunque ello implique una vida modesta y sin propiedades (en el sentido patrimonial); nadie me patrocina cosa alguna. Mi novia y yo nos apoyamos porque también lo hemos trazado así, y ella ahora vive lejos de mí porque está andando un camino muy suyo que tenía pendiente, camino que a la vez se articula con otras causas pendientes de un impacto mayor. Pero nada de eso importa cuando el cuerpo no es bonito de observar. No intento escribir con ánimos catárticos de psicoanálisis. Estoy, más bien, identificando avergonzada o acaso justificando cínica que toda esa violencia y todo ese rechazo del deber ser-lucir-hacer que he recibido lo reproduje durante muchísimo tiempo. Y me burlaba, con aires de superioridad. Y discriminaba. Y era ruin. Y todo estaba expuesto: tenía lectores y lecturas de empatía. Odiadora, eso fui. En esta que soy busco eliminar todo rastro de esas violencias. Y tenga o no efectos en mi configuración personal de manera evidente, borrar todo texto es más bien una pretensión simbólica de repudio: borro porque ya no lo quiero; borro porque ya entiendo diferente; borro porque me avergüenza; borro porque necesito reafirmarme en el presente; borro porque me ha costado distanciarme; borro porque tengo desaprehensión; borro porque urge renovar la energía. Si bien somos archivo, los acervos pueden cambiar de significado. Y en eso estoy desde hace tiempo. Supongo que es lo que toca. Ojalá no tardemos tanto en llegar a ese lugar donde el peso global del deber ser bella deje de afectar-nos.

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