miércoles, 13 de julio de 2016

Trans-Formación


Hace algún tiempo atrás era yo una ignorante. No podría decir que he dejado de serlo por completo (¡tamaña soberbia!), pero sí puedo afirmar que ya no soy esa que optaba por situaciones (relaciones, personas, contextos, ambientes, consumos culturales…) con altos niveles de violencia. En ese momento no lo entendía así, en absoluto; de hecho, lo asumía como algo gracioso o como cosa a obedecer. Daré un ejemplo: caminar de la mano de un hombre e ir a su ritmo, no al mío: que me jalara para alcanzarlo, que me regañara si me atrasaba, y que me expresara con toda su gestualidad el fastidio que le causaba que mi calzado fuera inapropiado para la ciudad (tacones, en particular, que me encantan); sentirme merecedora de los maltratos por complicarle el recorrido, aceptar mi culpa en su malestar. Otro ejemplo con menor tono victimizante de esto de la ignorancia sería el celo, la envidia y las habladurías respecto a otras mujeres, el descrédito a ‘sus viditas’ y el regocijo en sus fracasos porque eso hacemos las mujeres, criticarnos. Y como un último ejemplo (aunque hay muchísimos más) mencionaré el consumo de productos mediatizados cosificadores de cuerpos: la sexualización de las tatuadas, y el sometimiento como un atributo erotizante.

Por mucho tiempo mi existencia normalizó la violencia tanto vivida como producida y dirigida, porque realmente no conocía otra forma de relacionarme o de consumir. La obviedad más grande de esta serie de normalizaciones es admitir la heterosexualidad como un destino, sin cuestionar sus asimetrías en cuanto a roles sociales/sexuales/domésticos de lo femenino-masculino, y creer que mi atracción lésbica tendría que ser solo cosa pasajera y fetichizada porque “lo normal” es lo otro, lo hetero. El amor no podría dibujarse en esa atracción mujer-mujer, porque el amor es sentimiento reservado para entregar a los hombres y a las familias por construir. Para la atracción mujer-mujer solo cabría el fetiche, la fugacidad y el silencio. Toda mi realidad estaba erigida en esos marcos, en el paradigma heteronormativo que de tan eficaz no dejaba margen para siquiera dudar de él.

Hace poco conversé con una mujer que —a menos de un día de conocerla— me narró su biografía. Ella es realmente sencilla y se describe incluso como una mujer de rancho: con una infancia rural en el sur de México, sin estudios, sin gran capital económico, con historias de abuso y huidas por preservar su vida (cruzó la frontera por el cerro, sin documentos y embarazada), y una pequeña estancia en la cárcel tras dispararle a su expareja cuando éste amenazó con quitarle a los hijos. Sus decisiones de vida (a sus escasos 44 años) han sido drásticas a partir de la violencia ejercida por los hombres que la han rodeado. Ella simplemente “no se deja de ellos”, y siempre ha cuestionado que quieran controlarla. Enérgica, la mujer asevera: “si dejar a un hombre que me maltrata y al tiempo salir con otro, me hace ‘puta’; pues prefiero ser puta a que me tengan golpeada y encerrada como una esclava”. Tal visión del mundo le ha hecho merecedora de insultos hasta de su propia familia porque (una vez más) eso no hacemos las mujeres, nosotras nos aguantamos. Conocerla me ha hecho asombrarme de la claridad con la que se ha conducido pese a que ello le haya causado gran sufrimiento. Conocerla me ha hecho revisar mi propia biografía y notar con qué tardanza he podido identificar las violencias (las recibidas y las emitidas). Sin embargo, es justo decir que me tranquiliza saberme ahora en otro lugar. Me he movido.

Reconocer las violencias recibidas de principio me derrumbó al punto de sentirme víctima, desprotegida por todxs (familiares, amistades, parejas sin duda), pero conforme he sido capaz de nombrar he podido transformar la autopercepción. Ni culpo a otrxs ni me castigo de ello, pues. On the other hand, reconocer las violencias emitidas solo me hace sentir muy avergonzada. Pienso que nada justifica la ruindad, aunque buscando ponerme racional solo atino a darle contexto a esas experiencias: la violencia era lo que conocía y, por lo tanto, lo que yo elegía ser. De ahí lo referido como ignorancia. Era una ignorante. Generalmente se trata de un binomio indisociable: ignorancia y violencia. Es por ignorancia que se “acepta” la violencia, por ignorancia se ejerce la violencia. Y la ignorancia de por sí ya es violencia…

Algunas personas que me conocen de hace años han hecho la observación de que soy “otra”, y que esa (esta) otra les gusta. Incluso un profesor de la maestría cuando egresé (hace un par de agostos) me contó como en chisme que una reportera (con quien yo solía trabajar) le comentó que he cambiado mucho, y el tono parecía un asombro con agrado. No sabría cómo se puede ver esto de “ser otra”, lo que sí sé es que me siento distinta: menos ignorante, más clara… No me siento precisamente “otra” sino “yo”. Cursi como suena: me siento yo, me siento correcta. Eso no significa que camino a la glorificación por tan bondadosa que me he vuelto. ¡Nah! Ni lo aguerrida ni lo intensa ni lo argumentativa ni lo azotada se va. Solo significa que poco a poco me despojo de esas ‘verdades’ respecto al deber ser y que he decidido empezar por las violencias, vergonzantes y nocivas.

Creo honestamente que podemos transformarnos, que la fijeza se nos presenta como régimen pero que nada es inamovible. Ni la sexualidad, ni el deseo. Durante la maestría bromeaba con un amigo (que ya falleció) respecto a que me anunciaría como misionera de la conversión, jugando precisamente sobre convertir al lesbianismo a algunas indecisas. Mi promiscuidad no llegó a tanto. Pero lo recuerdo ahora porque esta idea de la conversión (tan asociada a la religiosidad) me parece posible en todo aspecto de la vida. Sí podemos abandonar conductas y entender el mundo de otro modo, sí podemos cambiar la percepción de sí mismxs, sí podemos ser y estar distinto (distinto a lo que hemos sido, a lo que se nos ha asignado socialmente). Más allá del cliché de “perdónate y perdona a los demás” (que seguramente es importante), hablo —porque es mi experiencia— de una transformación de la subjetividad, ergo de las acciones y hasta del lenguaje; una transformación que con seriedad académica quizá haya que explicar con la episteme. Aún no lo entiendo del todo, como se podrá leer aquí. Lo único que entiendo es que me he movido y que cuando padecía vértigo mi cuerpo me hablaba de ello, del movimiento. Al final de cuentas nos formamos transversalmente, pues atravesadas y atravesados estamos por todo al mismo tiempo (materialidad, espiritualidad, sentires…); me parece ingenuo creer —a cualquier edad— haber entendido que el sentido de la vida es uno solo.

Diré que lo único insensato en esto de la conversión sería volver atrás. Pues (citando otras cavilaciones personales, disculpen la falta de originalidad o el exceso de autoplagio) si bien podemos desaprender —y desprender/nos—, lo que no podemos es des-saber.

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