martes, 28 de junio de 2016

Tijuana

Cuando las ciudades crecen tienden a encarecerse, pues la cercanía a espacios comerciales y zonas residenciales “seguras” otorga plusvalía a colonias que en otros tiempos se consideraban “de la periferia”. De esta manera, Tijuana tiene nuevas zonas cool desde hace algunos años, no muchos. Por ejemplo, la casa que comparto con mi novia ha quedado en medio de parques gastronómicos gourmet, fraccionamientos nice amurallados, escuelas privadas de alta cocina, hospitales nuevecitos con especialidades en neurología, centros oncológicos infantiles, recorridos ciclistas vespertinos, plazas comerciales, escuelas de danza, una iglesia mormona cual palacio de inmaculada blancura, bulevares inteligentes con carriles europerizados y un conservatorio de música de cámara. La vista desde el patio de la casa da al Cerro Colorado, emblema natural seguramente romatizado por algún corrido (de momento no sabría cuál) que asimismo es escenario de intervención para mensajes subversivos (“NO EPN” decía con piedras blancas alineadas por allá del 2012, “43” exhibió en 2014 con la desaparición de los normalistas en Ayotzinapa) y escenario también de nocturnas caminatas hípster hacia la cima que a la distancia nos han hecho imaginar peregrinajes de ritualidades oscuras en busca de centros energéticos para practicar maleficios. Zona Este le llaman quienes no trasgreden los (cada vez más) tradicionales territorios permitidos: Zona Río, Centro, Playas, Garita hacia San Ysidro, Colonia Aguacaliente y aledañas. Y sí es la Zona Este, pero llamarle así es tan ambiguo como zonificar cualquier parte del mundo, como considerar desde Baja California que después de Sonora el resto del país es “el sur” o que desde México se agrupen en la noción “Centroamérica” o “Sudamérica” realidades profundamente distintas (distintas e incluso opuestas en más de un sentido: cultural, social, político, lingüístico, histórico, urbanístico… estructural).

Aunque no transgredamos ciertos límites autoimpuestos (por los imaginarios urbanos o quéséyo) en Tijuana ocurre de todo, y sé que decirlo así resulta igualmente ambiguo así que me permitiré ejemplificar algunas de las dinámicas que puedo identificar por el testimonio no solicitado de veinteañerxs a quienes he conocido en la universidad donde por dos años he dado clases (universidad cuyo plantel, cabe decirlo, se ubica en el límite municipal entre Tijuana y Tecate, en la zona más Este de la Zona Este). Superado el horror gestado en tiempos como 2008 y 2009 de ráfagas sanguinarias, levantones en marisquerías, convoys de la muerte y humildes pozoleros diluyendo cadáveres en ácido por doscientos pesos; la ciudad no pierde la oportunidad de socializar mediante la fiesta y ha sofisticado la manera de enfiestarnos. Una de estas nuevas maneras (que sin duda la calificación de novedad podrá ser refutada por quienes tengan mayor experiencia en el ámbito) es la de organizar fiestas entre ‘extraños’ en casas de colonias casi inaccesibles (por el trazado urbano o suburbano o cuasiurbano) donde la convocatoria se dirige a aquellos y aquellas de “mente abierta”, a gente open minded -con el perdón del anacronismo-, a lxs experimentales, y hasta swingers. No son fiestas obligadamente sexuales ni atascadas en drogas o alcohol (de hecho, al anfitrión -siempre vato- no le gusta lidiar “con borrachos”), son fiestas para conocerse y compartir ya cada quién establecerá qué, cómo y cuántas veces. Hay un cover de ingreso, pero solo para hombres; las mujeres entran gratis pues, aunque no se enuncie como tal, se espera que sean parte de los amenities.

En las ciudades ocurren al mismo tiempo muchas otras ciudades, lo sabemos, de manera que mientras la visión empresarial y de la administración pública se debate en embellecer los bulevares con letreros de civilidad urbana (anti-conducir-en-ebriedad, pro-ceda-el-paso-al-peatón-y-respete-al-ciclista) y camelloncitos arbolados; la cotidianidad de muchas personas que habitan las colonias no significativas para dichas visiones se debate en cuestiones menos cosméticas y más básicas (hasta vitales) de movilidad. Y tener problemas para desplazarnos de un punto a otro de la ciudad nos merma en lo laboral, lo estudiantil, lo amoroso. Debido a esto, junto a la universidad que se ubica en la zona más Este de la Zona Este se encuentra un desarrollo habitacional (o alguna primera etapa de este proyecto anunciado como “sustentable”) en donde muchxs alumnxs rentan -pero habitan de lunes a viernes- justo para resolver la deuda municipal del transporte hacia aquella zona. Pero no imaginemos fraternidades de universitarios como podría pintarlas el cine pop, sino que son condiciones mayormente precarias las que ahí convergen. Ello permite, sin embargo, la conformación de una comunidad en su sentido antropológico: hay empatía, redes de intercambio (simbólico, material, emocional), conocimiento y reconocimiento de lxs integrantes, complicidades.

En Tijuana coexisten todos los tiempos, todas las vanguardias y todos los conservadurismos. Mujeres de cualquier condición social que cruzan hacia Estados Unidos para parir y regresarse con crías binacionales; shows travestis que sin menospreciar a las Lupitas D’Alessios, las Glorias Trevis y las Madonas interpretan-encarnan-acuerpan a Adele, Amy Winehouse y Marilyn Manson; renta de vestidos de alta costura para acudir todas nosotras a todas las bodas y todas las graduaciones de todas nuestras familias; marchas ciudadanas en contra de la reforma educativa o en contra de la represión hacia quienes se manifiestan en contra de la reforma educativa o en contra de ambas cosas; reuniones rotarianas-religiosas para regular el matrimonio y el aborto; ginecólogas que -sin eludir la dimensión económica pero centradas en los derechos humanos- practican abortos; artistas del arte contemporáneo que recorren y regresan de Asia cual embajadores de un país pequeñito llamado TijuanaSanDiego; chamanismos-neochamanismos-charlatanerías-y-santerías; cuencas lecheras Jersey; relaciones poliamorosas de la primera, la segunda y la tercera edad; pasión por el futbol; repudio por el futbol; deportación e indigencia subterránea; edificios inteligentes; cuartos oscuros; promesas de rutas troncales que parecen materializarse; enfermos terminales en humanitarios recintos cristianos, abandonados por sus familiares; galerías no institucionalizadas; mezcales afrutados; Javier Bátiz al aire libre; desfiles del orgullo gay como auténticos carnavales; solemnes conferencias académicas con livestreaming; mucha (MUCHA) cerveza artesanal; las cuatro estaciones del año cada día; tatuajes a 13 dólares todo viernes trece; bares en el último piso de un viejo estacionamiento; celebridades del noticiero local.

La ciudad es inabarcable en la experiencia; por ello sucede que -a veces- en la narración ajena nos resulta desconocida, (incluso) vulnerada. Hacemos listados en prosa de aquello que la mirada y el testimonio recuperan de los lugares, pero tendríamos que vivir en esos cuerpos, tener esas vivencias, para acordar en los sentidos, acaso entenderlos. Será siempre legítimo el celo de quien no quiere le expliquen su ciudad. Porque nunca es la misma. Porque no es una sola. Como legítimo es el temor a salir de nuestros espacios conocidos. Como legítimo es comparar Tijuana con los otros lugares de origen. Como legítimo es huir de ella o comprar un terreno. Legítimos el desprecio y la fascinación y todo sentimiento que se ubique en medio. Quizá solo cuestionaría la voluntad de miopía frente a la multiplicidad de ciudades-realidades-experiencias, esa imposición discursiva de una Tijuana absoluta que algunxs pronuncian orgullosxs desde posiciones de poder negando (en busca de anular) a las otras Tijuanas.

Aunque con rasgos que vislumbren cierta permanencia, nada fijo puede haber en las ciudades: ni el tiempo ni los significados se detienen.

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