jueves, 7 de enero de 2016

De las comidas maternas

Cuando me mudé a Tijuana por motivos de estudios universitarios, la casa de mi hermano (mayor) y su familia se convirtió en mi casa. A mis 19 años, la mudanza significó la salida definitiva del hogar materno pues aunque no fuera ese el planteamiento inicial resultó que culminando la licenciatura me quedé a vivir en la frontera (la cual todavía no he sido capaz de cruzar). Como toda hija de mami, lo primero que extrañé fue la comida. Mi alimentación en esos primeros meses estaba a cargo de la entonces esposa de mi hermano y de los expedidores de comida chatarra; también de la cafetería del campus. Pero nada se comparaba con los guisos y sazón de mi madre, a quien veía cada fin de semana. De sus platillos estrella (cuya estelaridad prevalece a la fecha) encabeza la lista el caldo de albóndigas, una delicia sinigual (tan sinigual que un primo -menor que yo- cada cumpleaños pedía mi madre le preparara el susodicho manjar otorgándole una condición de comidas festivas); también el bistec ranchero, pastas (rojas, blancas, amarillas), caldo de res, cremas de verduras varias, pozole… Supongo que cuando se tiene la dicha de tener madre, esto de las comidas maternas forman siempre un lazo fundamental en nuestro desarrollo, dada la conexión amorosa que trasciende los placeres gustativos, aromáticos, digestivos, estéticos, en tejidos afectivos que la memoria guarda como parámetro para distinguir lo verdadero de lo postizo, lo profundo de lo superficial, lo familiar de lo ajeno. De ahí la dificultad de adaptarnos a comidas otras. Al inicio de la carrera entablé amistad con la única chica que me pareció lo suficientemente irreverente, vaga y nocturna como para intercambiar y construir experiencias. La única que pude percibir como auténtica y unpretentious. Su domicilio y el de mi hermano no eran tan distantes así que tanto para desaburrirme como para imprimir trabajos escolares (es en serio), un día fui a su casa. Convenientemente llegué a la hora de la comida y cortés como siempre he sido (eufemismo para gorrona) acepté sentarme en su comedor. La mamá de mi amiga, con todas las atenciones posibles de quien se ha dedicado a ser cordial, me sirvió un bistec ranchero con papas acompañado por una ensalada de nopales, tortillas de maíz y lo de la bebedera la verdad no recuerdo. Cerveza tal vez. Comí, disfruté y viajé al no tan lejano sabor materno de mi propia mater. Era justo el sabor de la confianza, el sabor generador de seguridad, el constructor de identidad, el que abraza, el que huele a tequieros, el que conforta, el que susurra un ‘siempre estaré a tu lado’. Esa tarde hablé por teléfono a mi madre (de teléfono fijo a teléfono fijo, nada de celulares) para contarle que tenía una amiga cuya madre cocinaba como ella, y mi siempre prudente progenitora lejos de sentir su afectividad gastronómica amenazada le reconfortó encontrara amistades que me compartieran el amor de familia con el que han crecido. Muchas más veces visité a mi amiga a su casa: más allá de la gentileza de atender a la visita por ‘educación’ siempre me sentí bien recibida, una interacción genuina y desenfadada. Al año siguiente de que ingresamos a la universidad, la señora (Martha es su nombre) enfermó y falleció, lo que alteró totalmente la vida de mi amiga, quien como hija mayor asumió el rol cuidador hacia dos hermanos que dada su situación de menores de edad quedaron huérfanos de madre. Acudí al funeral con otra compañera de estudios y de vagancia, solo para atestiguar una de las escenas más tristes y bizarras que hasta la fecha había presenciado: mi amiga, como dopada (en un estado de irrealidad pero sin performance), me invitó a ver a su madre en el ataúd. Rechacé el ofrecimiento quedándome en la parte trasera de la sala funeraria. Cuando le conté a mi mamá lo sucedido solo atinó a decirme “qué caray”. La historia de mi amiga a partir de ese momento se plagó de varias otras tragedias que van desde vacíos afectivos y abandonos familiares hasta precariedades económicas muy cercanas a la pobreza extrema y crisis depresivas tendientes a la renuncia total. Sin embargo siempre caminó, un tanto como El Deber de quien es responsable, un tanto como impulso irracional, un tanto como eludiendo la parálisis privilegio de egoístas. Son ya 17 años los que tengo fuera de la casa materna… pero tengo madre, una a quien puedo visitar cuando guste y de quien puedo disfrutar sus comidas. Mi amiga, en cambio, quedó vacía de dicho lazo… a menos que las comidas de mi madre e incluso las propias (las de ella o las mías) le transporten aunque sea por breves lapsos a las sazones de Martha. El 6 de enero es su natalicio, la señora tendría un año menos que mi madre. Adoptaré el tono de religiosa madura para decir que “solo Dios sabe” cómo hubiera tomado la noticia de que su hija y yo somos ahora cónyuges. Intuyo que acaso como mi madre: con mucho desconcierto y algo de censura al principio, como mucho amor y total respeto para este presente. Y llenándome de vanidad, pienso que Martha me seguiría apreciando como nuera (¿o yerna?) y que yo seguiría sentándome en su mesa para comer al borde del eructo. Pienso además que beberíamos sendas caguamas (es que la fama nos precede, no pretendo ser grosera). But I guess we’ll never know. En su memoria y en agradecimiento he de cerrar diciendo “rest in peace, suegra”. Y agregaré un singular y [según me cuentan] coherente: “¡salud!”.

2 comentarios:

Marcos piña dijo...

Wow hermoso...

feria dijo...

Yo conocí Tijuana un poco en las mismas circunstancias, la ciudad me gustó mucho a pesar de que al inicio fue muy difícil, por la comida y por muchas cosas más que poco a poco se fueron adaptando.Saludos