sábado, 21 de noviembre de 2015

Amy y yo

No imagino una vida sin el privilegio de la audición, sobre todo frente a la maravilla de sentir-vivir-revivir-recordar a través de las músicas. De ahí que me compadezca (y es terrible decirlo) de los sordos o débiles auditivos. Voces e instrumentos ensamblados en afectos. ¡Cómo prescindir de ello!. Fui a ver la película de Amy consciente de que se trataría de un estrujamiento emocional, no solo porque ya sabía en qué termina la historia sino porque la relación que me permití establecer con su música y por lo tanto con ella (así me lo he creído) llegó a niveles tales de intimidad que anticipaba una inevitabilidad introspectiva ultrapersonal. El documental abarca del 2003 al 2011, año en que su corazón dejó de latir. Ese recorte en el tiempo en mi biografía es, asimismo, azotado-intoxicado-autodestructivo-moribundo-famélico-celoso-tatuado-violento-excedido-aturdido-doliente-fragmentado… Y no por Amy (mis tiempos de imitación artistoide se quedaron en el grunge noventero) sino porque me construí un modo de vida altamente nocivo, cuyos motivos identifico solo a veces y con torpeza. Veía la película y no podía dejar de relacionar los tiempos y su dolor con mis tiempos y mis dolencias. Veía esos trozos de su historia conectando perfectamente mis sentires de aquel momento con las ganas de desaparecer, con las letras promiscuas e hirientes, con los ritmos hondos, pausados y suicidas; con la voz profunda pidiendo un auxilio ahogado por el virtuosismo jazzístico; con la muerte lenta como espectáculo. Cuando Amy murió lloré mi propia muerte. Sé que suena exagerado y tremendamente fanático, pero enluté por ambas. En su muerte pude ver mi cadáver: mujer con la piel pegada al hueso y la toxicidad en todo su sistema. En ese 2011 sabía bien que ya no quería esa vida de incertidumbres, miedos y placeres efímeros como placebo cotidiano. Sabía bien que ya no deseaba llorar por nadie en el piso de la cocina, ni que mis lágrimas secaran por sí mismas, ni que la sangre en las paredes me recordaran a “un amor”. I didn't wanted to die a hundred more times, ni gritarle a nadie you should be stronger than me. Ya no quería herir. Ni estar sola rodeada de gente, vacía de mí. Lo sabía tanto como cualquiera que lo padece, sin tener idea de cómo sanar. Al final sentí alivio por ésta que soy (¿que qué hice para salir de aquella? Ocurrió el clásico ‘tocar fondo’ y frente a un sentimiento muy oscuro, renací. Cursi como suena. Abandoné un montón de gente y un montón de prácticas… que todavía me acosan en sueños). And I found the friend I needed. Or the friend found me. Son logros pequeños pero enormes los acumulados de esas fechas a la actual. Pequeñas grandes transformaciones que me alejan de la timidez y la vergüenza. Es decir: abrazo cada aspecto en mi biografía pues me enorgullece que en ella pueda narrar trayectoria y no inamovilidad. I became my own rehab, don’t exactly know how. Descansen en paz aquellas que fuimos. El maquillaje teatral es cosa aparte.


2 comentarios:

Soy el gato que está triste y azul dijo...

Se ha vuelto un tanto desangelada tu vida, o mejor sea dicho, desdemoniada.
Al menos desde el lente de este blog
Siempre es un gusto leerte, salud! y saludos

Anónimo dijo...

Ya que andamos con finales anunciados le rocomiendo, si se vale, este del mismo club:
Cobain: montage of heck. Terriblemente intimo.