martes, 9 de junio de 2015

Licencia de conducir

Para ser un adulto legítimo hay que contar con ciertos “logros”, valorados de dicha manera por un sistema que establecerá sus cláusulas según la clase social. Yo, como clasemediera (asalariada), entro en el bloque de las exigencias sociales que miden el éxito y la madurez según acceda a diversos satisfactores económicos, o sea: según ciertas certidumbres (tener empleo y casa/depa, contar con un auto, seguro médico, sistema de cable, internet, aparatejos de hiperconectividad, presencia de redes virtuales… pues si uno no está presente no existe), y obtenga credenciales que -por ejemplo- me faculten la movilidad, entiéndase una visa para el cruce transfronterizo, una licencia de conducir. Pues bien, nunca había sacado licencia de conducir y ello se debía a varios factores: por un lado que no veía la necesidad pues no tenía carro, mis traslados eran en transporte público o de raite así que ¿para qué sacar licencia? Y por otro, porque honestamente me he considerado mala conductora. No obstante lo anterior, de un tiempo para acá he decidido ser un adulto (en su acepción social convencional capitalista) y me he aventurado a hacer algunas cosas que me aterran.

Estuve practicando conducir un auto que es tipo camioneta familiar, muy emocionada porque al menos recordé al instante que se usa solo un pie para ambos pedales y que el acelerador es el derecho y el freno el izquierdo. Me moví kilómetros con ese auto, de la casa hasta el trabajo, imaginándome un mundo donde no tuviera que viajar más en autobús ni andar oliendo diesel. Sin embargo, dadas las dimensiones del carro y las mías (diré que mi corporalidad es breve) no logramos acoplarnos del todo, especialmente en cuestión de vueltas en las esquinas. La verdad nunca practiqué estacionarme (ni de batería ni de cordón) y pese a ello me lancé a la Delegación Mariano Matamoros a tramitar mi licencia un miércoles cualquiera. Después de una fila de esas absurdas en que conforme pasan los ciudadanos a ser atendidos hay que recorrerse a la silla calientita y pedorreada del ciudadano contiguo, pasé con la señora-señorita que capturó mis datos y digitalizó mi firma, mi cara y mis pulgares. Enseguida hice el examen médico que consistió en sentarme silenciosa frente a un burócrata que ni me midió ni me pesó sino que confió en mi honestidad y el centímetro de más que le añadí a mi estatura y los kilos de menos que le resté a mi masa corporal. Hablé cuando me pidió leyera en el cartel de su pared, debajo de la línea roja, las letras L-E-F-O-D-P-C-T, con mis lentes puestos. Puso sello a documento y me despachó.

Hasta ahí todo bien, salvo por mi vejiga inflada de abundante pipí que estuve conteniendo durante la anterior hora para no perder turno. Pensé seguiría el examen teórico para el cual iba confiada en mi sentido común (teorías ingenuas, que le llaman), pero la mujer de la ventanilla me dijo que bajara a buscar al perito que me aplicaría el examen práctico. “Córrele, ya es tarde, a ver si no se ha ido”. Así la tramitología de nosotros los del capitalismo tardío, corriendo a buscar a sepaquién a decirle sepaqué, porque no entendemos nada, solo que las cosas se hacen así. Y yo con el vejigón a todo.

Di con el perito que estaba por recoger unos conitos del estacionamiento. Sujeto maloliente y asoleado, cabello revoltoso y polvoriento, con cierto aspecto suburbano, rasgos no grotescos pero expresión hastiada, camiseta sudada y Levi’s grasiento, como si viniera de echar mecánica. Le expliqué que haría el examen de conducir y entonces me dio unas indicaciones de “llena el formato este, trae el carro aquí, fírmale acá”. La actitud del hombre -como es de suponer dado su importante rango- arrogante, con ese aire de “te estoy haciendo un favor” y de (serán mis feminismos) “yo soy hombre y tú mujer, por lo que sé a priori que no conduces”. Bien, ahí voy en el camionetón hacia donde me dijo lo estacionara, lista para recibir las siguientes instrucciones y completar la misión, suponiendo yo seguiría un “me subo contigo, le damos la vuelta a la cuadra y te estacionas en cordón”. Vejiga punzante deseaba acabar con aquello pronto dispuesta a perdonar que el hedor del juzgador como copiloto impregnara el auto. Sin mirarme siquiera, lo siguiente que me dijo fue “vas a estacionarte en reversa entre este par de conos, sin atropellarlos ni salirte de las líneas, en tres movimientos y solo espejeando, no puedes girar el cuello”. ¡¿Qué?! ¿No tengo que salir del estacionamiento? Pero ¿qué clase de prueba de manejo es esta? ¿Sabe el tipo que conducir un auto implica ir hacia el frente? ¿sabe que solo cuando solicite licencia de camionero de carga tendré que maniobrar en tan absurdos movimientos? Sin posibilidad de diálogo (dado SU tiempo y mis evacuaciones) inicié la operación la cual primero ensayé a manera de mímica (moviendo los brazos en el aire para atinar cómo movería el volante) y enseguida ejecuté de manera fallida: hice los tres movimientos requeridos, en efecto, y cumplí también en eso de no girar el cuello, pero arrollé el conito izquierdo dado mi reverseo diagonal; ello hizo inmediatamente al harapiento levantarse para anular mi examen práctico con el dictamen de “vuelve en tres semanas, mija, ponte a practicar en un parking”. Idiota.

Frustrada, molesta, humillada me retiré como toda una perdedora sentenciada a la vida no-adulta, sentenciada a ser una menor de edad dependiente de los traslados de otros. Pero por fin oriné como si no hubiera mañana. Socialicé mi desdichada experiencia y hubo quienes me sugirieron el soborno, la mordida, el coqueteo, el guiño, la súplica y la dramaturgia para culminar el proceso, porque básicamente así es como funciona el mundo este que llamamos México. “El vato no es más que un pendejo”, me decían y pese a que coincidí con cada mentada de padre no pude eludir justificarle recordando lo ocurrido: me pidió hacer una maniobra y no la hice, punto. Shame on me.

Dispuesta a la reivindicación e indispuesta al castigo, volví a la semana siguiente fingiendo demencia, argumentando ante las autoridades de placasylicencias que el miércoles anterior no pude completar el trámite porque era hora de cerrar, negando haber reprobado el pinche examen con el neandertal aquel. Me creyeron y me permitieron continuar donde me quedé, lo cual fue un alivio momentáneo dado que en los siete días transcurridos nunca practiqué la mentada reverseada (la verdad no pensé que me fueran a dejar hacer el examen puesto que soy pésima mentirosa). Incrédula, nerviosa, sin vejiga estresada pero nuevamente con minutos contados (cierran a las 5 y ya eran ya las 4:50 pm), actualicé el papeleo y me lancé una vez más en busca del perito rezando para que fuera otro sujeto, uno con quien pudiera escribir una nueva y bella historia. Bajé las escaleras y ¡mierda, es el mismo!. El muy inútil, pese a la ninguneante falta de contacto visual, me recordó y cuestionó mi presencia, ante lo que invoqué a fuerzas superiores que me permitieron presentar el examen: Pues no sé, dijo la señora de la ventanilla que pasara acá. Además llevaba yo un arma oculta: 300 pesos en la bolsa del pantalón con los que (si me animaba) cometería mi primer acto de corrupción intentando sobornarlo (no me glorifico: soy torpe y no sé mentir, por ese motivo y otros más acaso de carácter moral tengo incapacidad para la corrupción y el engaño). De cualquier manera nada de lo que intentara esa tarde tendría efecto porque los minutos se habían cumplido y en el aparato burocrático no existe cosa más sagrada que la hora de salida. Me despacharon pero al menos conseguí la hoja que me facilitaría ir al día siguiente directo con el perito sin pasar por ventanillas ni tejer dudosas fábulas. Un paso más cerca, al parecer.

Retorné a la mañana, muy tempranito, decidida a dar fin a tanta vuelta aunque igualmente sin haber practicado la reverseada y (otra vez) pidiendo al cielo para que ahora sí fuera otro el fulano evaluador. Y es que no aprendo: cualquiera pensaría que eso de intentar lo mismo que ha fallado del mismo modo debería darme una lección. Debe ser cosa fenomenológica. Total que no supe si fue que Júpiter estaba alineado, que mi maquillaje fue ligero, que mi aliento más fresco, que las aves cantaban… pero el perito era otro individuo (¡alabado sea Alá!) ante cuyos ojos era yo una nuevajamásantesvista aplicante. Record limpio. Aunque lo que era igual era el maldito examen. Ni hablar: Carro puesto y dispuesto. Actitud de “yes we can”. Cinturón ajustado. Espejos alineados. Corazón latiendo en la garganta. Pupila dilatada. Labio reseco. Axilas rasbalosas. ¿Me puse desodorante? Ok, ok… debo empezar. Encendí el auto, metí reversa y comencé a retroceder muy lentamente en línea recta. Titubeante, cuando un tono naranja me alertó por el retrovisor derecho la aproximación al primero de los conitos, empecé a torcer el volante para ubicarme en dirección a la meta. Frente a mí unos trabajadores podaban una palmera y uno de ellos, entrado en el mitote de mi hazaña, alzó su pulgar en señal de “vas bien”. Mi confianza creció, al punto de sentirme lista para ejecutar el segundo de mis tres movimientos permitidos: ahora hacia enfrente girando el volante para el lado contrario. Despacio, despacio, desp-- ALTO. Todo bajo control. ¿Doy por finalizado mi segundo movimiento? ¿Ejecuto el tercero y final con el temor de no atinarle a las benditas líneas? ¿Le doy poquito más pa’ enfrente? Panic attack PANIC ATTACK!!!

Quedé paralizada. Como buscando una señal volteé a mis alrededores, encontrándome con el mismo jardinero despreocupado asintiendo con la cabeza. Continué en el paneo visual y topé con la señora de la ventanilla, mirándome inexpresiva desde su carro. Tal vez seguía dormida, no daban ni las ocho. Era yo el único auto aplicando examen práctico, no había otros ni siquiera en espera. El perito observábame como diciendo ‘apúrale que ya va a llegar el birriero’. Y yo sentíame como Tom Cruise en Eyes Wide Shut cuando le piden que se quite la máscara. No dejaré que me coja el miedo ni mucho menos el sistema. Avancé unos centímetros solo para (según yo) ampliar mi margen y cuando me sentí lo suficientemente confiada, decidí que era momento de finiquitar la faena. Tercero y último movimiento: reversa. Lento, lento, lento. Leve movimiento al volante. Lento, lento, lento. Tremenda sentí la proeza cuando tuve en los retrovisores laterales a ambos conitos en situación de no ser atropellados. Is this really happening? No muevas el volante, susurraban mis voces internas. Mi alegría fue tal que solo por alardear pisé con mayor fuerza el acelerador no contando con que justo en el trasero del carro se ubicaba un hidrante. ¡FRENO!. De golpe pero sin altercados. De esas veces que termina uno revotando en el asiento con el cuello irritado por el jalón del cinturón. Carro estacionado en posición y apagado, axilas sudadas hasta las costillas, labios grises de la resequedad, gastritis, cara de asombro pero actitud de “para mí esto es mero trámite, obvio que sé conducir”. Bajé del auto para recibir mi evaluación, la cual anunciaba un 94% de exactitud. Feliz felicísima subí con la aprobación del examen para culminar la odisea. Pagué, esperé y fui dichosa con la madurez legitimada en un carnet cuya foto no me favorece pero que ¡qué me importa!: desde esa fecha y durante los siguientes cinco años cuento con una credencial que dice que sí soy un adulto con capacidad para moverme por mí misma. Menos mal que en la licencia no se cuentan las veces del examen práctico ni se anuncian los porcentajes del proceso: en lo teórico, prueba que pensé resolver sin problema alguno, obtuve un vergonzante 71%.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola Meli.... No pues felicidades, bonita narracion, no nos abandones tanto, queremos seguir leyendote mas seguido. Y pues a darle y echale ganas a tus clases y por supuesto a tu relacion.... bye, bye.

Kazbam Mabzak dijo...

Bendita sea Tijuana y sus exámenes de manejo. Acá en el Defe, con formarte una media hora y pagar el respectivo impuesto te dan tu licencia. Al menos así fue como obtuve hace algunos años mi licencia permanente. Y no lo celebro, porque eso ha ayudado a que nuestras calles estén atascadas de gente inhábil al frente del volante.

En fin... felicidades por la licencia y esa nueva conquista en la vida adulta.

Anónimo dijo...

A mi me paso exactamente lo mismo...solo que ni siquiera tuve que estacionarme, me dijeron que ya no iba a alcanzar. Despues de 2 meses considero que no manejo mal (o minimo no soy imprudente).