lunes, 29 de junio de 2015

Legalización de lo gay

Me encantan las fiestas. Y esto de que el matrimonio gay (que espero pronto se llame solo “matrimonio”) sea ya “legal” (término impreciso pues no es que antes hubiera bodas gay ilegales o clandestinas) me permite imaginar algunas fiestas. Pero es complicado, muy complicado, porque se trata de un derecho que eriza a los de mente primitiva. Y eso nos vulnera a todxs. Puse mi foto de perfil de feisbuk con el filtro arcoíris hace un par de días, cuando se legisló en los Estados Unidos a favor del derecho de todas las parejas a unirse en casamiento. Sucumbí como sucumbo a otras oleadas mainstream cuya valoración como ‘frívolas’ por quienes defienden la subalternidad o el underground o el anticapitalismo pues me provoca cierta gracia. Nota al pie en el cuerpo del texto: no sucumbo ingenua a las modas ni a los clichés, los asumo con todas sus cargas simbólicas y sus sanciones sociales, y uso tacones y me fascinan los collares y no hay mejor color que el rosa fiusha y no me concibo sin maquillaje y cocino muy bien y lloro con facilidad y amo usar vestidos cortos y me rasuro las axilas y en ocasiones las dejo greñudas y combino mi ropa interior con la exterior y tengo canas y no me tiño el cabello y canto la canción pop gringa del momento y me aprendo los pasos de Beyonce… Decía, pues, que sucumbí y mostré mi cara policromática sumándome con total conciencia a esta trampa de la simulación por la equidad y la inclusión. Y es que “legalizar” el matrimonio para los homosexuales no acaba (OBVIAMENTE) con la homofobia ni la discriminación ni las violencias ni la ignorancia. Pero ello no implica que estos despliegues norteamericanos por visibilizar la exclusión de una parte de la población y luego institucionalizarla sean poca cosa. Tomo una pausa para pintar mis uñas de irremediable esmalte bugambilia.

He vuelto. Pasa lo mismo con ser mujer. En ningún lugar dice que ser mujer es ilegal o que son legales las agresiones sexuales hacia las mujeres o que es legal el acoso cotidiano, sin embargo el ‘sujeto femenino’ es sistemáticamente violentado con total impunidad. Y las leyes y las cartas magnas y las comisiones especializadas en asuntos de género y los institutos de la mujer y todo el aparato del Estado promulga una cantidad de normas muy bellas y muy justas y muy necesarias a favor de los derechos de las mujeres… sin que ello elimine los machismos ni las misoginias constantes, micro y macro. Seguro mi comparación resultará absurda porque todavía se cree que la homosexualidad es una cosa de orientación ergo de preferencia, y ser mujer pues “se nace”. No pienso detenerme en la genealogía de los esencialismos pero sí diré que la naturaleza de mi ejemplo busca justamente recordar la distancia que existe entre los derechos humanos/civiles y el comportamiento de las masas. Por simplificar: que haya leyes justas no implica que se viva en una sociedad justa. El artículo primero constitucional es muy hermoso. Y México tiende a ser una porquería ¿a poco no? Racista, sexista, moralista…

Otro punto pertinente a tratar en este asunto de lo gay “legalizado” (risas grabadas), es que el matrimonio no es necesariamente la búsqueda que tiene la homosexualidad (como si requiriera permiso para amar) sino que se trata de un derecho. O sea: no asumamos que todas las parejas gay se quieren matrimoniar (pues en general la institucionalización del amor, hetero u homo, puede criticarse desde la perspectiva [anti]capitalista como una forma más de control con fines de reproducción de un modelo y, por supuesto, de consumo). Pero ello tampoco le resta importancia al momento histórico de pintar de arcoíris a América del Norte. Trato de verlo, sí, en su trascendencia histórica (aunque la historia ya nos habla de homosociedades desde antaño, y mirémonos desmemoriados) sin marginar de la mirada todo lo otro que no se logra con legislar, como construir interacciones en marcos de respeto, o como (lo diré tantas veces como pueda) eliminar las violencias. Legislar es un paso (no sabría si grande o chico, porque se legisla en el reconocimiento tardío de que todxs tenemos los mismos derechos, casi como una concesión paternalista), pero falta un montón para realmente caminar hacia la conformación de sociedades justas. Que el matrimonio hay que abolirlo, que es otra ficción hegemónica para perpetuar el estado de las cosas, que debemos deconstruir todo porque la modernidad se instaura en lógicas diferenciadoras, que hay que ser siempre subalternos porque de sucumbir a lo dominante traicionamos las causas auténticas, que la congruencia ha de ser cuestionar todo y evadir las posiciones de poder pues ello nos convierte en el enemigo, que solo siendo antisistema venceremos al sistema, que renunciemos al nombre propio, que dejemos de pensar en patrias… La verdad estoy de acuerdo. Mas no me burlo de quienes aplauden “los avances”, ni me enojo. Lo comprendo. El modelo ha sido tan eficaz que resulta abismal la distancia en el ritmo de las sociedades, el ritmo de las mentalidades. Desde mi perspectiva tiende al fascismo creer que todxs debemos pensar lo mismo. De ahí que me resulte violento el activismo que alecciona, ese que nos dice huevonxs, pendejxs y apáticxs. Al menos yo no me burlo de quienes se quieran matrimoniar, de hecho (cursi como suelo... triunfo o fracaso de un sistema) admiro esos compromisos públicos, esos actos de visibilidad amorosa (por acuerdo estratégico o entera ridiculez), y no duden que me verán bailando en cuanto festejo me inviten, porque (en un esfuerzo muy bobo por hacer este texto circular) he de decir que me encantan las fiestas.

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