viernes, 27 de julio de 2012

chalalá ☼


No fue necesariamente la vida como asalariada del salario mínimo, ni tampoco el periodo en desempleo, ni creo sea cosa de los claroscuros en el freelance: gozar de las pequeñas cosas, de las cosas simples, no tiene que ver con el poder adquisitivo. Y pensar que de ingrata [ignorante, insensible, infantil sobre todo] una vez critiqué un platillo que me sirvió mi madre arguyendo que comer arroz con frijoles me parecía proletario. Entiéndanme: tenía como 8 años y mis conceptos de clase estaban muy enclenques, construyéndose ahí apenitas. Me gané un discurso justamente con el tema de la lucha clases y ya ni recuerdo si me comí el guiso. Aunque he de decir que también recibí mensajes que me resultaban confusos, como que durante la prepa tener amigos muy clavados en eso de vivir-la-vida-loca me hizo acreedora a que me cuestionaran mis padres “¿por qué te quieres hacer la marginal?”. Y no sé, nunca tuve respuesta porque para lo que a uno le viene natural no hay grandes discursos justificadores. No categorizaba las dinámicas de nuestra amistad como marginales o privilegiadas, vagábamos y ya (dueños de las calles), sin imaginar existiera forma otra de ser adolescentes.

En fin, que me estoy desviando del tema: gozar de las pequeñas cosas no ha sido consecuencia de acceder a pequeñas cosas por el limitado poder adquisitivo, nada de eso. Gozar en general va muy ligado a nuestra disposición hacia el mundo. Doña Laura en su bar botanero prepara los martes platillos que varían de un chicharrón en salsa verde, a un picadillo, un pozole, una birria, un estofado de carne con nopales, (y los días más sencillos) a unos taquitos de frijoles puercos con cebolla morada y rajitas de chile habanero curtidas en limón (los jueves son, invariablemente, de carne asada con frijoles de olla). Doña Laura en ocasiones nos anticipa el platillo, lo que permite arribemos con un aguacate, o unos  nopales asados, o unos chiles jalapeños, o unos bolillos… ya saben: acompañamientos. Y no somos los únicos: otros van con queso fresco, cebollitas para tatemar, y ha habido quienes llevan piezas de pollo ya cocinadas. No faltan los que comparten. ¿Otra vez me estoy desviando? Gastronomía de los bares [a eso quiero llegar], de ciertos bares [los botaneros, que en Tijuana son escasos], espacios donde uno engulle “gratis” al consumir cervezas o tragos, las mismas cervezas o tragos que nos tomamos en otros lugares donde a veces no ofrecen ni medio limón.

Uno va dispuesto, creo que ésa es la clave. Hoy narré las bondades que encontramos en Popotla (esa bahía pesquera rosaritense) y ya surgió un plan con mi hermano y mi cuñada para ir la siguiente semana. Es que les digo: están los restoranes pero ésos son como todos, como cualquiera; el chiste es ir a la playa, a los puestecitos de las señoras, a las lanchas de los pescadores que acaban de llegar con todo: conchas, pescados, jaibas y hasta langostas. Y es así. En un restorán (que en realidad son todos modestos) un platillo cuesta más caro que en la playa y es francamente más aburrido. Les cuento el recorrido de mi bato y yo: nos instalamos en el puestecillo de Reyna (chiapaneca de excelente sazón). Comemos tostadas de ceviche, y almejas y ostiones en su concha para empezar. Cuando hay que ponerse serios él pide camarones en aguachile y mientras Reyna los prepara yo me voy a buscar pescados con los lancheros: busco cabrilla, vieja o lupón (la mojarra no me gusta, pero abunda). Dado que soy de estructura pequeña pues me alimento en consecuencia, entonces pido un pez de 500 gramos, que me cuesta de 13 a 15 pesos (poco más de un dólar gringo). De ahí lo llevo con un limpiador (lancheros todos) a que lo eviscere y lo corte para freír. El siguiente paso es llevar mi presa con una señora a que me la cocine (1 kilo de pescado frito acompañado con frijoles, arroz, salsa y tortillas cuesta 40 pesos, por lo que mis 500 gramos de alimento no ha de pasar de los 25 pesos, equivalentes a dos dólares). Me voy a esperar a la mesa del puesto de Reyna (frente al mar) empinándome las cervezas que llevamos en una hielera y [voilà] en minutos llega Rosita o La Güera (las dos cocineras que procuro) con mi comida calientita. La misma travesía si en lugar de pescado quisiera jaibas o marcianos (centollas) o langostas, aunque éstas se piden con discreción porque las tienen prohibidas en esa zona (la cosa va así: en Rosarito únicamente se pueden sacar langostas con previa autorización y -claro- eso permite un control y un monopolio que beneficia a los restoranes nice de Puerto Nuevo).

Y parece un lujo (reconozco que el lujo sería, en todo caso, tener esta costa tan abundante) y parece un derroche (al ver que hemos comido semejantes delicias) pero no: gastamos poco, comemos mucho, y todo resultado de indagar, descubrir, experimentar y [ahora] aferrarnos. Ir dispuestos [¿soy reiterativa?].

Como no queriendo ya di acá un panorama de mis vacaciones este verano, vacaciones en la localidad. Y a manera de dato vacacional sinsentido agregado, me espera una semana que pinta genial: el lunes iré con una amiga (que amo) a hacer yoga, el martes ensayaré con el grupo que me tiene como vocalista y el miércoles iré a Popotla con mi bato y mi familia. Ok, ahora sí ya me desvié del tema, si es que hubo alguno en todo esto.

4 comentarios:

reptilio dijo...

las mejores cosas de la vida son gratis ¿no?

abrazo chica hasta allaaaaaaaaaaaa

Kazbam dijo...

¡Qué chigón! Conocer, tener esas ganas de explorar, siempre te ayuda a gozar más chido de eso que de lo contrario sería común. Da gusto leerte.

Anónimo dijo...

rico el pescado, pero creo que tu hombro desnudo se ve mas sabroso.

Juan Hache dijo...

Me antojaste la comida rica de la ciudad siempre que voy trato de comer de todo y acompañarlo con una chela, para ser más exactos se me antojo de la cervecería Tijuana.

Saludos desde el DF