martes 31 de enero de 2012

imposible


Lo confieso: me cuesta ver al futuro. Sufro de una incapacidad para imaginar los años venideros. Seguro se debe a las inestabilidades de mi actualidad, que son en todos los aspectos: financieros, emocionales, de gobierno también (por qué no)… Todo es incierto. Todo. Y no sólo poseo una incapacidad de ver hacia enfrente sino que padezco además un profundo desgano para hacerlo. Me avasalla la apatía. Me siento débil, con ganas de estar sentada en el piso de mi casa todo el día, con la mente en blanco. Cada vez entiendo más a los locos, de verdad. Cada vez le veo más sentido a la locura. No a la locura que agrede a otros o a sí mismo, ni siquiera pienso en la locura de quebrantar las leyes. No. La que adquiere sentido en mi cabeza es la locura de quien deambula ensimismado por el mundo, silencioso, acaso imperceptible, solo. Siempre me he preguntado cómo será eso, cómo se da la desconexión con el entorno éste de los convencionalismos sociales; qué cambia, qué hace clic, qué truena. Una vez enloquecí por varios días, unos cuatro o cinco, y fui justamente ésa: la loca que deambula y llora sola en la calle. Lo que tronó para que eso ocurriera fue un exceso de iones negativos a causa de los famosos Vientos de Santana (ráfagas calientes, ásperas, llenas de tierra, que llegan a la costa desde el desierto sonorense). Los vientos me electrificaron, me sobrecargaron y luego me provocaron casi estallar cuando mi mano y un carro hicieron contacto. Troné. Literalmente, porque de mi mano salió un pequeño rayo (como descarga eléctrica) que hizo un sonido seco. ¡Poc! Y, después, enloquecí. Quise huir y lo hice. Me escondí en casa ajena. Loca. Llorona. Loca. Perturbada, pero sin pensamiento alguno. Loca. Tonta. Rostro inexpresivo. Muda. Loca. Loca. Con una tristeza inexplicable, dolorosa. Y eso que eran tiempos de mucho amor.

No me parece justo que me pidan cordura, que encuentre el camino, que tenga ganas de levantarme del piso de mi casa… y menos justo me parece que lo hagan argumentando “eres más inteligente que eso”. La inteligencia nada tiene que ver cuando los pensamientos abandonan. Y pasa, en serio, a veces todo se vacía: la mente y el alma, y pasa (al menos a mí) por esa imposibilidad de ver al futuro; veo nada ergo pienso nada, siento nada. Que he de hallar el equilibrio, lo sé. Que necesito que me rescaten, eso no lo sé. Los intentos que llegan son torpes, algunos me quieren regañar, recordarme que uy soy tan talentosa que puedo hacer lo que quiera con mi vida, que uhlalá tengo un futuro tan prometedor, y bueno ¿nadie piensa que tal vez no quiera? Otros, de plano, opinan que tener un hijo es la solución, ya saben, ‘algo’ que me permita ver al futuro. Qué jodido engendrar así. Lo que quiero es una vida sencilla, seré honesta. Una vida simple en la que no exista margen para la decepción. ¿Soy comodina? ¿opto por lo fácil? Probablemente. Quisiera no tener que cumplir expectativas, ni angustiarme. No me interesa destacar ni dejar legado, esas cosas no me mortifican, menos me inspiran. Desearía vivir en una bahía solitaria, tener el cabello largo y enredado, olvidarme de los espejos y de mi aspecto, sostenerme de lo que pesque, y no tener que hablar con nadie. Pero ya sé que es imposible.

4 opinones:

reptilio dijo...

yo desearia estar en la playa -Me avasalla la apatía- escuchando mis canciones favoritas

suerte ET en lo que nos triaga el futuro

abrazo

Anónimo dijo...

Dice Facundo: no estás deprimida, estás confundida.
Padeces quizá un exceso de reflexión, quédate en el piso de tu casa, es tu derecho y tu prerrogativa.
Te mando un abrazo donde quiera que estés sentada

Anónimo dijo...

tu relato me recuerda a Mafalda con una exprecion que dijo : que paren el mundo que me quiero vajar: asi es la vida chica en ocasiones no hay que pensar tanto, sigue disfruando de tus tardes en tu bar y tu vacaciones del desierto.

elmer dijo...

me gusta tanto leerte, e imaginarte.