viernes, 22 de julio de 2011

really, chinese fortune cookie? really?

Y ándale que la galleta de la comida china me comparte su sabiduría. Ni hablar. Habrá que hacerle caso.

miércoles, 20 de julio de 2011

altibajos

Martes. Perdida todo el día, al menos todo lo que coincidimos el sol y yo. Despierto ‘temprano’ (concepto sujeto a debate en función a la percepción de cada individuo). Trabajo -como de costumbre- en mi casa, editando el semanario cultural. Mi cerebro, entumido por el diálogo que la noche anterior tuve con La Reportera (dada la densidad del asunto a tratar y un poco del vino), empieza a despertar ante temas fundamentales que pronto me ponen en estado de vértigo. Y yo sentada. Que mataron a otro activista gay en Guerrero. Que si estás desempleado y aceptas ‘cualquier cosa’ te puedes deprimir más. Que las periodistas padecemos acoso sexual (por hombres y mujeres, por compañeros y entrevistados) y discriminación (porque nos achacan fuentes culturales, de espectáculos y sociales antes que política, gobierno, guerra y policiaca). Que las medidas de austeridad en Grecia y España buscan mantener los privilegios de los ricos, acrecentar la deuda y chingarse más al pueblo. Que 79 países criminalizan las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo. Que existen minorías tóxicas (las élites) que promueven el miedo, la parálisis de la sociedad, la miseria moral. Que los muros entre las naciones generan zonas de no-derecho y conflictividad. Que en la Argentina sólo pueden abortar legalmente las idiotas o dementes. Que en México la tortura es práctica común por las fuerzas policiales y militares. Que las verrugas son manifestaciones de sentimientos de fealdad. Que no hay quien defienda a los defensores de los derechos humanos…

Vértigo. Todo gira y se va pa’lado.

Pero ya es la una de la tarde y debo correr a bañarme. No hay tiempo para lamentaciones. Mi cita con El Periodista es a las 2. ¿Me visto radical o voy como oficinista? Elijo algo que considero intermedio. Nos encontramos en Lorca, restorán de cocina española. Vino tinto, por favor. Quesos. Melón. Chistorra. Paella. Lomo. Ensalada verde. Ate de guayaba y más queso. Resolvemos que en vez de 200 pesos me pagará 200 dólares. Saco mi libreta y tomo la orden. Reportajes a la carta. Coincidimos en todo. Nos entendemos. Nos tratamos de colegas. Nos quejamos de los mediocres y reconocemos a los virtuosos. Por intervalos hace chistes misóginos que no celebro. Me empino la copa para evitar gesto alguno. No comprendo ese humor. Timbra su BlackBerry (por enésima ocasión). Se pone serio. Pronuncia lamentos sutiles, fraternales. Pretendo no escuchar. ¿Me retiro, voy al baño? Opto por entretenerme con los mensajes de mi Motorola modelo austeridad (leo el de Ella, pienso ‘qué linda’, y me vuelvo a inquietar). Vértigo. El Periodista cuelga y me comparte: otro colega, columnista, fue a entregar a las autoridades al joven de 16 años que asesinó a otro de misma edad en Mexicali (el criminal degolló, coció a puñaladas, encobijó, echó al carro y tiró en un canal a su víctima). Admirable El Columnista que entregó al homicida. Acción que aplaudiría de pie si no se tratara de su hijo. Padre que entrega a su hijo, El Adolescente Asesino. Por solidaridad deciden no manejar el caso con amarillismo en las notas periodísticas. El gremio se une. Por eso se llaman a los celulares a la hora de la comida. Vértigo ¿o será el vino? Limonada, con agua mineral, por favor.

Camino bajo el sol de las 4 de la tarde por la Calle Diez. Tomo un autobús que por 8 pesos con 50 centavos me evita asolearme seis cuadras. Bajo. Atravieso la solitaria Plaza Financiera rumbo al Palacio Municipal, solitario también a esas horas. Tengo sed. Recuerdo a La Doctora que me dice ‘el estrés acidifica el cuerpo y un cuerpo acidificado es más propenso a desarrollar infecciones’. Relájate. A veces me resulta demasiado el mundo. Vértigo ¿o serán los lentes oscuros que peligrosamente uso a la intemperie sin la graduación de mi miopía? Gestiono entradas para el concierto de la Sonora Margarita. Sin contratiempos. Eso me alegra un poco. Hablo con Él, acordamos vernos en el centro cultural. Avanzo nuevamente bajo el sol.

Estamos (por fin) juntos. En el bar -frente a un chicharrón en salsa verde y frijoles de la olla- le narro mi día. Totopos salados con limón. Nada me relaja. Pienso en todo y en todos. Dos cervezas. Tengo tanta sed. Necesito agua fría, reír, estar tranquila. La Médico me llamó hace dos días para decirme que no aguanta tanta soledad. Odia los fines de semana. Llora. Madre de difunta cría, engañada, divorciada, de mi edad. La Reportera también ha sufrido. Y La Antropóloga. Y yo. Quiero confortar porque creo que el sentimiento más extenuante y paralizador es el tormento: angustia y miedos combinados. De todas nosotras se ha apoderado… en algún momento. Pienso ‘la mente te enferma, la mente te sana’. Él nota la intranquilidad y se contagia. Ayúdame, quiero encontrar mi centro. Nos vamos enojados a otro bar pero en el camino conciliamos. Amo hablar con Él. Música hermosa. Humo. Ahora sí dame una cerveza. Y medio limón. Y un encendedor. Bésame. Besos cítricos. Él sólo quiere hacerme sentir bien (me comprende). Lo logra. Ambos -en la barra de tenues luces rojizas- con los ojos cristalinos; porque sentimos bonito, porque nos tenemos, porque es abrumador conectar con semejante intensidad. Entonces me siento ridícula ¿Por qué sufres, Ridícula, si tienes compañía, amor, amistad, profesión, aventura, placer, deseo, capacidad para sentir?

Ya es de noche. El día de muchos acaba y el mío a penas se recompone, aunque no sirva para recomponer a más nadie. Inútil, ridícula, azotada que también sabe quitar la cara dura y destensar la mandíbula y besar suavecito y gozar y reír y bailar y cantar y sentir que vive su tiempo. En ese lugar al que otros acuden a perderse, yo voy a encontrarme.

Miércoles. Me siento ligera.

jueves, 14 de julio de 2011

#apagatelevisa

Anoche me puse a llorar por culpa de Televisa. Me entró una especie de indignación/enojo/ angustia/tristeza de pensar en eso del control de masas, en eso de adoctrinar. Y de todo lo que existe en la televisión pues Televisa es lo de mayor grado de toxicidad (ok, junto con Tv Azteca y Milenio, nocivos los tres). Lloré porque pensé en la atrofia cerebral que ha causado a tantas generaciones. Es que son tantos años. Y duelen. Duele ver esos canales, será que los cancelé hace tiempo (no puedo, siquiera por cultura popular, ver una película de Pedro Infante porque pienso en todas las emisiones –contaminantes– de estereotipos/machismos/misoginias y termino enojada). Duele además ver los efectos en la población. Entiendo el placer culposo que es estar de couch potatoe aplastados por horas frente al televisor, pero ¿no podría al menos ser en otras cadenas? Aquí en Tijuana, por ejemplo, hay una buena oferta de canales gringos tanto abiertos como en los sistemas de cable, cuya programación es acaso menos dañina pues sus mensajes apuntan al consumismo y al patriotismo intervencionista God Bless America. Acá, en cambio, los mensajes (de TelevisaMilenioTvAzteca) apuntan a patentar violaciones de derechos humanos, discriminación, sometiendo a la mujer, violencia, fraudes, corrupción, homofobia… La mismísima podredumbre, manifiesta desde los noticieros hasta las telenovelas, pasando incluso por los comerciales. Caca absoluta. Veneno. Pus. Total que me puse a llorar porque pensé en el daño que le hace y ha hecho a los mexicanos y conexos. Lloré por eso, tan ridículo como suena. Y pensé cómo sería la vida del país, de las personas (conocidas y desconocidas), si se despegaran de Televisa.
Ha causado atrofia, evidentemente. Resolví que no basta evitarme la intoxicación de tan insultantes contenidos al marginar desde hace años la totalidad de la programación de esos jinetes del apocalipsis, sino que es necesario alertar (como han hecho twitteros con el trend topic #apagatelevisa). Así que (soy tan original) ¡apaga Televisa!

martes, 12 de julio de 2011

Calle Sexta


Fotos que tomé este sábado en la famosísima Calle Sexta. Mucha MUCHA gente trasnochándose. Tanta vitalidá urbana.

miércoles, 6 de julio de 2011

Un debate sobre la apariencia

Se dirige un bato de cabello lacio al hombro, güero, alto y delgado, hacia una chica con dreadlocks, a quien no conozco pero con quien estoy empezando a charlar hace dos minutos. Ella, también delgada, viste amplia blusa de manta color azul rey, con bordados de motivos afro. Su cabello en gajos recogido hacia arriba me hace pensar que practica la filosofía (o al menos la apariencia) rastafari. Él, con estilo desaliñado y un tanto superficial, le pregunta sin verme “¿Quién te hizo los dreads?”. Ella, en lugar de responder, formula “¿Por qué? ¿quieres hacerte?”. “Sí”, pronuncia con actitud de ‘obviamente’. Pero Rastafari no cede, se le ve renuente. Dice el nombre de un tipo y enseguida, con un aire altivo, le cuestiona “¿Por cuánto tiempo los quieres traer? Porque es algo que requiere muuucho tiempo”. Sonriendo, tal vez coqueteando, Desaliñado continúa el diálogo “No sé, unos dos años”. Rastafari, acaso recíproca al coqueteo aunque con cierta vibra hostil, le expresa “Luces bien con el cabello así, yo creo que no deberías hacértelos, tarda mucho y además no es una cuestión de moda, es algo que debes asumir para tu vida, es una creencia. Cuando yo me los hice tomé una decisión: antes me vestía así como una chica social pero luego decidí que no me importa lo que diga la sociedad, y he rechazado trabajos que me piden cumplir un estándar, no me importan las apariencias y…” Entonces, con una sonrisa que intenta ser conciliadora, interrumpo “Bueno, yo creo que sí te importa la apariencia, creo que a todos nos importa, me refiero al look, a lo que uno proyecta con su cuerpo, al statement que somos de manera permanente cuando salimos al mundo, ese manifiesto”. Termino con Rastafari, volteo con Desaliñado, que me mira hacia abajo, y sigo “Además pienso que si uno quiere hacerse algo así pues chinguesumadre hay que hacerlo, digo, si no es ahora ¿cuándo?”. Desaliñado agrega “Sí, antes de que consiga un trabajo… Al fin que el cabello crece”. Veo a Rastafari inconforme, joven joven Rastafari que toma decisiones de vida, que fuma de pie en el fondo del bar, que no le importa la sociedad, que clama radicalismo. Siento ganas de disculparme. Si bien a él lo trató con desprecio, conmigo había sido amable. I only managed to say “No quise importunarte”. Tomamos caminos separados y Desaliñado, atestiguando la escena, cierra el intercambio con un “¿No venían juntas?”.