jueves 8 de diciembre de 2011

Tú y tus tatús


Recepcionista de hotel: “Tienes un tatuaje en el hombro y otro en la pierna. ¿Tienes más?”.
Yo: “Uy, sí, soy todo un pizarrón”.

Recepcionista de hotel: [risa desmedida, desprop
orcionada para el chiste, cuasicarcajada, risa que me incomoda] “¡eso nunca lo había oído!”

1. El tatuaje número uno que llegó a mi cuerpo lo adquirí a los 19 años, durante el primer año de estudios universitarios. Recién me había mudado a Tijuana y por amigos sólo tenía a mis compañeros de aula, que veía casi exclusivamente dentro del recinto académico. Pero con o sin amigos con quienes vagar, me gustaba (y todavía) deambular sola por las calles del centro, ensimismarme. Aquel día –cuya fecha no recuerdo– andaba un tanto decaída (cosa que antes sucedía muy seguido), y cuando eso ocurría procuraba consentirme con un cambio radical que generalmente involucraba mi cabello. Estaba, así, con la intención de teñirme el cabello a color rosa con los únicos 500 pesos que había en mi tarjeta (me depositaban dinero mis padres).

Desde la secundaria tuve amor por los tatuajes, que admiraba en las páginas de las revistas o en los posters de los rockstars, y ya en la prepa exploré más esa estética con tinturas temporales que adhería por todo mi cuerpo.

El taxi que me conducía de la universidad al centro pasaba por un tattoo-shop ubicado en un segundo piso, el cual despertaba aún más mi curiosidad por la experiencia de marcarme indeleblemente. El día de aquella meditabundancia entré por primera vez a ese shop que tanto me intrigaba y coticé.

En la secundaria tuve un grupo de amigos que nos hacíamos llamar ‘la santa bolita’: éramos grunge y cheguevarescos, renegados de la religión, bastante clasemedieros, hijos de izquierdistas y/o de padres con alguna profesión respetable (medicina, ingeniería, letras, docencia). Para el último año de secundaria Priscila, Bárbara y yo nos hicimos muy amigas. Priscila, en ese verano viajó de vacaciones con su familia a un lugar paradisiaco y al regreso nos mostró a Bárbara y a mí un collar playero con un gecko de dije. Al animalejo metálico le pusimos nombre entre las tres, nombre que resultó de la combinación de nuestros apellidos. La gracia de esto era que pertenecía a las tres y nos lo prestábamos para usarlo por semanas. Muy lindo y muy grunge, como nuestra amistad. Priscila un día nos informó que sus padres la inscribirían en un internado a unas horas de la ciudad. Fue aquella una noticia muy triste para nosotras, pero nos consolamos con que cada fin de semana regresaría para verla. A manera de despedida Priscila (con previa consulta con Bárbara) me obsequió el collar del gecko. Un viernes cualquiera de fin de clases, como de costumbre, su hermano mayor y su madre fueron por ella al Valle de la Trinidad (donde estaba internada). Mas no volvieron: un automóvil invadiendo carril los embistió de frente, en la carretera. Los tres fallecieron al instante. Tremenda tragedia que nos puso en estado de shock a varios. Al tiempo y con mi torpeza de quinceañera perdí el collar que me había obsequiado y sentí una gran culpa por semejante descuido. A los días lo hallé pero prometí jamás perderlo de nuevo. Y no lo he hecho (lo atesoro en un joyerito).

Entré al tattoo-shop (que para mi buena suerta resultó ser el mejor de Tijuana), coticé el precio de un tatuaje pequeño, de unos 5 centímetros, en mi omóplato izquierdo, sólo negro. Respuesta: 400 pesos. La idea había rondado mi cabeza desde la adolescencia, desde antes que Priscila muriera, y al revisar los diseños encontré (o me encontró) ese pequeño lagarto. Y así llegó el primer huésped.


Desconocido con intenciones de coqueteo: “¿dónde te hiciste ese tatuaje?”
Respuesta sesuda para quitármelo de encima: “en la espalda,
qué no ves”

2. Para mi segundo tatuaje (seis meses después) me puse ocurrente y junté dinero en una recaudación entre mis compañeros universitarios que denominé Colecta Pro-tattoo para MiNombre. Pasé el botecito durante las clases por algunas semanas hasta que alcancé un monto similar al del primer tatuaje. Propios y extraños cooperaron para tan superficial causa. Y como nena cliché que tiendo a ser, opté por hacerme el clásico solecito en la clásica zona (parte baja de la columna, casi coxis) con el único distintivo que se trataba de pigmento rojo. Ningún significado hay detrás de ello.


La pregunta más frecuente: “¿Y no duele tatuarse?”
La respuesta más sincera: “Sí”


3. Las votaciones de cada periodo me politizan, aunque politizada ha sido mi vida desde el vientre materno. Una flor socialdemócrata empuñada por una morena mano izquierda o una estrella comunista roja o amarilla andaban entre mis opciones para macarme. Diseñé y fui a que me tatuaran la segunda de esas ideas. Esta vez en la cadera, del lado izquierdo por supuesto.


Joven conservadora: “Ay, pero cuando estés viejita tu
s tatuajes van a estar todos arrugados”
Yo: “Sí, igual que tu piel sólo que mi piel va a tener adorn
os”

4. Visité Cuba con el pretexto de acudir a un congreso de sepaqué que jamás pagué. Mientras mis compañeros de viaje y estudios perdían horas vitales en ese congreso, yo vagaba por las calles de La Habana. Conocí a un isleño que me presentó a otro que era tatuador. Coticé y descubrí que 20 dólares era una tarifa justa para tatuarnos a los dos. Elegí una víbora un poco más grande que mis anteriores rayas (nótese que los tatuajes incrementan en tamaño, colores y complejidad) y al ver el artista mi elección felicitome diciéndome con su grave voz cubana: “qué bueno, ya estoy harto de tatuarle maripositas a las mujeres”. Muy ruda yo, uy sí. La serpiente (verde, roja y amarilla) llegó a la cadera derecha simbolizando [a mi según] el cambio de piel, el abandonar, el renovarse (algo que andaba haciendo a nivel personal por esos años, algo que creo fundamental para avanzar).


Los que cuestionan: “¿Y no te has arrepentido?”
Los convencidos: “Nop”


5. La noche anterior había sido una noche de juerga, noche extrema. Aún así logré levantarme para acudir al Expo Tattoo con una de mis amigas, ambas con planes tatuajísticos. Le pedí al organizador me tatuara (gran artista: Kiki Platas) pero como era quien debía estar al pendiente del desarrollo de todo el evento no estuvo rayando ese día. No obstante, me encaminó con otro excelente artista, uno de sus invitados traído desde Mérida, Yucatán: El Will. Empezó a tatuarme (esta vez en la costilla izquierda) a la tan emblemática Catrina de José Guadalupe Posada, diseño que me conquistó por su elegancia y su sarcasmo. Aguanté una hora de pequeños raspones en mi costado, pero la deshidratación hizo sus estragos y le pedí suspendiera el proceso. Débil y cobarde salí huyendo. Un mes después, fui (‘ora sí) con el Kiki a que terminara lo que había iniciado el Will. En menos de una hora Doña Catrina se regodeaba con su sombrero floreado, mientras el artista me preguntaba “¿y cuándo te voy a hacer uno yo de principio a fin?”. Respuesta: “I’ll be back, baby, I’ll be back”.


Cuando te ven los tatuajes, desconocidos te empiezan a platicar sus proyectos: “Me quiero poner una daga en el brazo, y quiero una florecita en la nalga, y me haré las iniciales de mi nombre con efecto de fuego…”. En tanto el tatuado piensa: “no te conozco, ergo: no me interesa”

6. Entonces sentía algo pendiente con el Kiki [pretextos] y regresé a los meses con un proyecto de mayor tamaño: Quetzalcóatl, ahora en el omóplato derecho. ¿Motivo? Necesitaba algo (de historia, de espiritualidad, de mitología, de misticismo, de realidad) de nuestra herencia cultural primigenia.


Llegan los novios al tattoo-shop y manifiestan su deseo de tatuarse uno el nombre del otro. El artista, sin disposición al debate, les dice: “no se los recomiendo ¿qué otra idea tienen?”. Salen felices y con un par de ridículos corazones en sus muñecas.

7. Lagarto pequeño del lado izquierdo. Quetzalcóatl enorme (ni tanto) del lado derecho. Y ésta piensa “se ve desequilibrado”. Regresé con el autor de mi anterior marca para que me diseñara algo acorde al espacio y al concepto. Así obtuve mi primer tatuaje diseñado especialmente para mí: un símbolo maya en una roca, digno de la arqueología precolombina. También obtuve mi primer retoque: ese lagarto volvió a adquirir intensidad.


“Si llegas regateando con el tatuador ya caíste mal”,
dice uno de mis artistas favoritos.

8. Flores. Amo las flores. Todas ellas. Me parecen alegres (sobre todo si están vivas, o sea, sembradas), nobles, delicadas, femeninas. Entonces decidí llenar de cherry blossoms los ‘huecos’ entre los dibujos de mi espalda. Me brotaron, así, seis flores: una por cada miembro de mi familia (dos padres, cuatro hermanos).


Si te arrepientes, es mejor hacer un nuevo tatuaje sobre el que te avergüenza que borrarlo (sugerencia pa' los arrepentidos)

9. Cumplí el fetiche de ser tatuada por una mujer artista del tatuaje, el año pasado. Y no fue cosa sólo de fetiche sino de amistad. Ella, la artista y mi amiga, diseñó exclusivamente para mí una kokeshi (tradicional muñeca japonesa) en tonos rosas y azules. Una belleza que me entusiasmaba por varios motivos: sería un tatuaje con un mayor grado de ternura y feminidad, sería realizado por una amiga, y sería completamente distinto al resto de los tatuajes que ya acumulaba mi cuerpo. Lo japonés en términos artísticos, estéticos, me gusta, pero además el origen de mi primer apellido tiene cierto vínculo con lo japonés y por ello me resultó un concepto totalmente pertinente. La bella, coqueta y a la vez tímida kokeshi se instaló sobre el segundo tatuaje: decidí que era momento de quitarme un cliché. So… ahí obtuve mi primer cover-up.


“Un tatuaje debes retocarlo, agregarle más elementos, volverle a dar vida, una nueva identidad”. Tatuador que admiro.

10. La culebra cubana, al pasar de los años, se convirtió en el tatuaje que menos quería presumir: decolorada, triste, sin contexto que le diera un motivo para seguir en mi cadera. Fui con un artista que admiro pero cuyo trabajo sólo había visto en algunas amigas (unas con diseños míos, incluso) y le planteé la idea de revivir esa culebra para (como su concepto inicial) continuar cambiando de piel, renovarse y renovarme. Pronto el artista ideó complejo diseño. La pieza creció hacia mi costilla alcanzando el tamaño de portada de un libro de Tusquets, o un poco más grande. Ahora esa serpiente baja por un frondoso árbol cuyas ramas alcanzan mi vientre, mientras al fondo se aprecia una pirámide, un azulado cielo con pocas nubes y un sol naranja.


Reportera: “¿Es cierto que después de hacerte un tatuaje te quieres hacer más y más hasta que se convierte en un vicio?”
Tatuador: “No. Todo depende de cómo fue tu primera
experiencia. Si tu primer tatuaje te dejó satisfecho en cuanto al dolor, al resultado, al costo, a la vibra del artista… pues es lógico que vas a querer volver”

11. La forma en que los mexicanos nos relacionamos con la muerte es única. Por eso decidí honrar esa tradición con una de mis calaveritas de azúcar, esta vez en una zona nueva del cuerpo: la pierna. Coqueta, burlona y dulce, ella se asoma a mi conveniencia, al igual que el resto de mis marcas. No he querido marcarme de frente (pecho, brazos) porque de frente está mi cara y quiero que cuando alguien me vea, me vea a mí y no a mis tatuajes. Pero eso digo ahora…


Reportera: “¿Y qué le dices a alguien que está pensando tatuarse?”
Tatuador: “Pues que lo piense seis meses más, es una decisión importante, no hay prisa”

5 opinones:

reptilio dijo...

Buenisima entrada me gusto mucho :d

hahaha y si respondes a esas "clasicas preguntas" hahaha cuanto cuesta, duele, te vas a hacer otro, donde te lo hiciste hahaha que padre entrada

Flor dijo...

Hola,
Aqui leyendote antes de irme de godinez.

Oye, que tragedia lo de tu amiga y su familia ...
Buen post, muy entretenido y bien contado y me encanto esas conversaciones entre los parrafos (eso tiene un nombre?) Pero (asi soy yo de melindres) incompleto por la falta de fotos de cada tatuaje :P

Por cierto que esto, recuerdo que hace mucho tiempo empeze a leer "El Hombre Ilustrado", pero nunca lo termine :(

Mua

Esquina Tijuana dijo...

[fotos próximamente, estén pendientes]

Anónimo dijo...

as dotado de significados la existencia de tus tattoos que te convencen y los que no tenian una razón de ser los modificaste y aparte esteticamente estan bien , un conocido se tattoo un signo de alto segun por que le recordaba cuando se juntaba con sus compas de la esquina su existencia era valida pero para los demas nos costaba trabajo entender su verdad, asi son los tatto tu les das un valor y la gente segun su criterio los interpreta

Bustamante dijo...

SILVIA A SECAS Y SU TATUAJE

"Te cuento que para mí fue como "empoderarme": como el inicio de recuperarme. Silvia a secas, sin pertenencias de ningún tipo ni roles, más que el de mí misma. Silvia desde pequeña fue la apartada de la familia, por que ella así lo decidió. Es la más chica de cinco hermanos. Familia disfuncional viviendo en aparente tranquilidad. El lema de "aquí no pasa nada lo tenían todos ¨tatuado¨en la piel. Sus hermanas mayores se enamoraron locamente y se fueron con el novio a no tan temprana edad. A Silvia los padres la tenían catalogada como la sensata de la familia. La del novio de toda la vida. Un hijo más para ellos, así lo veían. San novio y San sentada tenían que casarse para salvar el honor de la familia. Silvia cedió todo el poder a los otros. A los padres y después al marido que dirigieron su vida. Dirigían y no. Silvia se creía esa etiqueta pero lidiaba con su verdadera esencia. Detrás de la Silvia sensata está una mujer ardiente, rara y loca, intensa. Lidió durante muchos años con esas dualidades. Era intensa y a la vez pasiva, necesitaba que los otros la hicieran arder. Hasta que dejó poco a poco salir a la Mujer, a esa Silvia a secas que tanto se gusta y acepta que lo de ella no es ese mundo de ¨buenas costumbres¨ y de pasos agigantados. Para Silvia la felicidad radica en el goce de las cosas simples, en el disfrute tanto de la tristeza como de la felicidad. Le pasaba siempre por la mente hacerse un tatuaje. No se atrevía por el sermón dominical de su madre: ¨Las mujeres decentes no se tatúan." ¿Pero por qué si el ser es más que un tatuaje? se decía Silvia. En fin, llegó a ella esa lectura y así fue descubriendo y aceptando su naturaleza . Decidió tatuarse ¨Jardines íntimos y mínimos.¨ Allí empezó a recuperar su poder sobre sí misma. Con mil situaciones por resolver. Su esposo duró dos semanas sin hablarle. Allí confirmó que dominar a su mujer sería un reto: ja ja, después de diez años de matrimonio apenas empezaba a conocer a la mujer que habitaba en Silvia, la supuesta sensata. Su madre se enteró después de dos años de la existencia del tatuaje. Casi se desmaya al verlo. Su amado lo llegó a delinear con los dedos y la lengua. Su tatuaje fue el detonante que provocara una historia de amor a la sombra. Así las cosas con Silvia a Secas. Gracias por esta catarsis."
Silvia

Via: http://albertoruysanchez.blogspot.com/

Saludos, que estés muy bien.