lunes, 29 de noviembre de 2010

para morir un poquito menos


Después de la universidad no me dio por continuar con el grupo de amigos que ahí tuve, como tampoco me hubo dado por conservar a los del bachiller al egresar de la prepa. Sin embargo, entiendo que es tradición que muchos sigan viéndose desde entonces y estén -por lo tanto- enterados de su día a día, quizá hasta hartos de tanto verse, acostumbrados. No hay sorpresas. En cambio, cuando se presenta el ausente a algún evento social que se presta para el reencuentro con viejos compañeros (de clases y aventuras) las emociones cambian, sean positivas o negativas pero cambian, dejan de ser monótonas, mediocres como habían sido para sus habituales, para sus cotidianos. Así una amiga me invitó a hacer acto de aparición a uno de los tantos partys donde estarían “los mismos de siempre”, según calculó. Aunque para mí ellos no son los de siempre ni yo para ellos, acaso somos los de antes o los que desde entonces dejamos de conocer (en cuyo caso, ahora distintos). Pues mi amiga pasó por mí y nos lanzamos a la fiesta, de la cual no planeo hacer crónica. Sólo diré que la cumpleañera traía un vestidito muy lindo estilo charlestón que me ponía a admirarla como a preocuparme por su salud (el frío era intenso). Y como lo esperaba se dio el reencuentro. A siete años de haber egresado de la universidad puedo suponer (así, de un simple vistazo) que la mayoría perdió sus sueños o los ímpetus por perseguirlos. Ya sé que no se puede vivir en el idealismo, que hay que ser realistas, lo que no sé es porqué hemos de asumir que realismo es pesimismo, conformismo, derrotismo. Hablo desde una posición vulnerable, porque hacerla de freelance tampoco es vivir el sueño del periodismo, ni de la investigación antropológica, ni del análisis de masas… O sea, no me estoy poniendo de parámetro como el éxito profesional, para nada, en especial porque para los conceptos neoliberales no tener éxito económico (o fama) equivale a no existir. Lo que me preocupa (consterna, tal vez) es que muchos son jóvenes que se asumen viejos, y eso que ninguno es padre/madre, ni siquiera cónyuge. Un compañero iniciando los estudios universitarios se fue a California porque lo aceptaron en la carrera de cine. Aquella vez lo despedimos diciéndole que pobre de él que cuando se ganara un Oscar agradeciera en inglés. Ahora trabaja en una tienda internacional minorista de productos electrónicos. Otros son burócratas o la escala última de alguna dependencia gubernamental o vendedores en multinacionales, y abandonaron por completo los bríos librepensadores de cuando planeaban ser documentalistas o fotógrafos de guerra o críticos de productos audiovisuales o cuentistas radiofónicos infantiles. Entiendo, por supuesto, lo difícil que es avanzar en nuestros proyectos sin dinero e incluso sin una ayudadita (una palanca, pues), lo que cuestiono es que se olviden las ideas, que se clausuren las bibliotecas y los diarios, que se frene la escritura, que se censure el debate, que se bajen los brazos con el argumento de ¿para qué? o (peor aún) sin argumentos. No me causó tristeza verlos (sería por demás arrogante), ni enojo. Me causó lo mismo que proyectan. Sólo que me quedé pensando. Es que hasta una excompañera hizo un ademán de lagrimita con la onomatopeya snif cuando mencioné al orden caótico. ¿Será que hace siete años no oye-lee-escribe-habla de eso? ¿Será que no tiene problemas existenciales? ¿cavilaciones filosóficas? (no digo que la teoría del caos los resuelva o tenga cosa que aportar, es un ejemplo. Tampoco hablo de aferrarse al pensamiento académico). Y mi amiga me dice que esa raza viaja y se da la gran vida, y que ahora nos toca a nosotras, pero le pregunto ¿cómo, sin vender el alma al diablo? ¿Cómo, manteniendo la dignidad o la congruencia? Pues ya me explicó cómo y decidimos hacerlo, así que este mes último del año vamos a planear, para aventurarnos empezando el siguiente. Porque somos realistas e idealistas y hasta metafísicas. Porque no abandonamos los sueños ni los ímpetus por materializarlos. Igual y nunca lo logramos y moriremos en el intento, pero prefiero eso a morir aplastada en el sillón frente a la tele o en una oficina actualizando minuto a minuto mi facebook [que no tengo]. Creo que así, con ganas por hacer-ser, se muere un poquito menos.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

paréntesis

Volví a activar la moderación de comentarios a fin de discriminar a los haters*. Resulta que por decir que un texto aburridísimo y malón era aburridísimo y malón, la liga de los defensores de la literatura institucional [orgullosos becarios acostumbrados a la lambisconería] me han estado acosando, con absurdas intenciones de censurarme en mi propio blog (¡háganme el favor!). Volveré a la moderación de comentarios por respeto a los lectores que llegan acá con el ánimo argüendero que caracteriza este espacio, y a los haters [cobardes anónimos, además] les digo: no se azoten, sean felices y cojan un poquito. Salú!

* repudiadores/odiadores/aborrecedores/sinvida

martes, 23 de noviembre de 2010

¿mitificada?


Para El Payaso Krusty (de Los Simpsons) Tijuana es el Happiest place on Earth porque parece no tener ley. En la película ‘Traffic’ es un pueblo –color sepia de tanta tierra– donde reina el crimen y la corrupción. En la teleserie gringa ‘Weeds’ Tijuana es administrada por un mafioso (personaje encarnado por Demián Bichir con todo el perfil exótico y empresarial del anterior alcalde). Y ni qué decir de lo que la ciudad representa en la filmografía de Mario Almada (con títulos como ‘Asalto en Tijuana’ y ‘Muerte en Tijuana’). A parte de (claro) la rolita de Manu Chao ‘Welcome to Tijuana’ que rima tan bien con tequila-sexo-marihuana. ¡Ah! Y Parménides García Saldaña en su libro ‘Pasto Verde’ [1968] menciona a Tijuana como una tienda de abarrotes y chorizos y licores abierta las 69 horas del día.

En resumen: muestran a Tijuana como el gran congal, el pastel que todos se reparten, el lugar donde todo es posible. A mí nada de eso me molesta (aunque he de decir que hay cada sensible, en especial los viejos y algunos jóvenes con espíritu avejentado que ocultan la leyenda negra e invierten –tiempo y DINERO– en proyectar la cara amable de la ciudad).

No negaré ni confirmaré dichas visiones (¡quién podría!), sólo me estaba acordando.

domingo, 21 de noviembre de 2010

rico rico


callos fritos al ajo, cabernet sauvignon, brownies, cabernet sauvignon, La Sandunga, cabernet sauvignon, lluvia… El tiempo se ha prestado muy bien para el enclaustramiento gozoso.

los malcogidos

La expresión ‘malcogida’ nunca me ha gustado porque me parece sumamente ofensiva, además sí es penoso pensar que existe raza a la que no la cogen bien o la incogen, porque pues es penoso también imaginar que la razón de su infortunio sea que en realidad se trate de gente incogible (que no se antoje, pues). Pero entiendo que la dichosa expresión sí describe un tipo de personas, medio amargadas [especialmente], obsesivas, traumadas, falsas, malhumoradas, malvibrosas, afanosas de expandir su odio hacia los demás, sobre todo hacia quienes son sus opuestos: felices, desenfadados, reales, cogibles. Y aunque la palabreja casi explique por sí sola su significado, me pregunto si en verdad los malcogidos sean así por no ser propiamente follados o si su resentimiento y ocasional (o permanente) misatropía radicará en otros motivos que a su vez le conduzcan a una incapacidad para coger y ser cogido. Algo así como que sean unos pedantes y por lo tanto ya no se antojen y la misma raza los vaya marginando, o que sean unos mochos-golpe-de-pecho que por andar predicando su cerrazón se le cierren las piernas (propias y ajenas), y con ello las posibilidades de gozar sexualmente, hasta con ellos mismos. En fin, no los ninguneo a los malcogidos, los pobreteo nada más, ha de ser bien feo padecer esos males. Pero [como siempre he dicho] cada quien su cola.

jueves, 18 de noviembre de 2010

mami issues

Ella es mi mamá. Esta foto la tomó Jesús López Gorosave, fotógrafo ensenadense, dentro de una sesión que tiene como fin obtener la imagen que habrá de aparecer en el segundo poemario que mi madre va a publicar, el cual será un libro de pintura y poesía con obra del maestro José Carrillo. 50 % fotografía de obra plástica y 50 % poemas.

Al parecer es costumbre que una odie a la madre, o al menos tenga algunos traumas con la figura materna, pero en mi caso lo que ocurre es una admiración desbordada, casi enfermiza, soy su fan. Podemos tender a los desencuentros cuando caemos en los clichés madre/hija, que consisten en frivolidades como que me sugiera usar menos rubor y yo haga berrinche por sentirme criticada, nada grave.

La verdad es que es fantástica por atípica. Posee una acidez analítica que raya en el humor negro, en la crueldad [crueldad para los hipersensibles, yo me carcajeo]. Ella canta, baila, ríe, discute. Lee mucho, lee todo, menos la Biblia y Cien años de soledad (no completas). Y escribe. Ha vivido en diferentes ciudades y ha viajado por el mundo. Hace unos cuatro años viajó a Cuba para acudir a un congreso de filosofía marxista. Es alta, muy guapa, su cabello es corto y blanco, posee un excelente gusto para estilizarse [ayudado por las Vogue gringas que siempre ha procurado], pero no por ello es superficial. Va a conciertos, toma vino, ya no fuma. Cocina delicioso [entre los mejores platillos están las albóndigas, el pozole y el espagueti en crema blanca]. Ha sido muy mi mamá y de mis hermanos y de sus hermanos y de sus sobrinos e incluso de su madre, mi abuela chiapaneca. En fin, que soy su fan número uno (aunque he de decir que mi papá me hace competencia) y siempre quiero presumirla.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Las letras


Bien, asistí al taller de cuento con Mónica Lavín. Fueron únicamente dos días, con cinco horas cada uno pero el primero sólo estuve como dos. Lo que pasa es que el primer día de taller estaba tan cruda que apenas tuve fuerzas para acudir al compromiso de participar en la mesa de crónica del festival de literatura, mesa que -por cierto- estuvo fatal, bueno, no fatal-fatal, aunque sí pudo ser un poquito mejor. Narro brevemente la mesa antes del taller. Ese día amanecí afónica, lo que adjudiqué a un leve desencuentro con mi madre. La única forma de revertirlo que vi posible fue hablar en defensa propia, porque cuando uno se guarda las cosas más se ausenta la voz. Funcionó: abriose la garganta, así que lanzome al centro cultural. Llegué barrida, pues me levanté tarde (y tal vez ebria), y al llegar me encontré con la grata [gratísima] sorpresa de que varios amigos acudieron tras haber visto mi nombre en el programa. La neta se siente bien chingón que los compas apoyen así espontáneamente (hubo a quienes presioné, cierto, pero otros arribaron por su propia voluntad).

Fui la primera en leer. Llevaba tres crónicas cortas que había ensayado para no pasarme de mis grandiosos siete minutos asignados. Leí una, leí otra y cuando seguía la última, consumados apenas cinco minutos de mi turno, me dijo el dizque moderador “ya, el que sigue”, sincronizado con la güey de mi lado que reiteró -casi quitándome el micrófono- “ya no hay tiempo”. Luego ella leyó algo aburridísimo y malón como por ocho minutos (mi bato cronometró), y de ahí siguió una amiguita que ya le regresó el tono de crónica a la mesa. Por último, un bato con un texto divertido provocó algunas risitas entre los atentos oyentes y tantán. El dizque moderador (que desde el inicio cayó de mi gracia por malpronunciar mi apellido) dio la palabra a los asistentes por si había alguna pregunta, mas nadie participó. Cuando se cercioró, un morro medio ahuevonado habló: “que la muchacha que no leyó su crónica la lea”. Ésa era yo. Leí y otra vez tantán. Así que genial: abrí y cerré la mesa.

De ahí corrí (o sea: caminé despacito) al taller para agarrar las últimas dos horas, que ya eran sólo para escuchar cuentos de los compañeros y comentar. Se inscribieron señores y jóvenes de todos los estilos: para unos era su primer acercamiento a las letras y para otros casi un hobbie de presunción hacia los noveles. Hubo abogados, profes, estudiantes, reporteros, desperate housewives y ninis. Y sus creaciones literarias fueron también muy diversas [cosas pésimas y otras no tanto]: los más morros con historias tipo Harry Potter, las doñas con temas amorosos/pasionales, los ñores narrando desde personajes campiranos (pescadores o ganaderos), y los de en medio (de veintes y treintas) con tendencias urbanas de nacionalidades híbridas y ambientes solitarios.

El segundo día [ya más repuesta] llevé mi cuento ‘Fracturada’ para someterlo al escrutinio. Escuché cuentos o intentos de cuentos (al fin que es taller para aprender) larguísimos de la mayoría, con muchos vicios, pobreza en el lenguaje, y grosera (para mí) repetición de palabras. Me obsesiona eso, amo los sinónimos. Los tallereados llevamos copias para repartir a los compañeros, en las cuales como lectores podíamos escribir observaciones y finalmente entregar a su autor para que tomara en cuenta nuestras sugerencias. He de mencionar que la actitud que asumí fue de correctora intolerante, pero entiéndanme: estaba menstruando, me cargaba tremendos cólicos, y traía tos. Mala combinación. Entonces mis observaciones consistieron en encerrar en óvalos las palabras repetidas, que en casi todos los cuentos que incluían diálogo eran dijo, dije, dijeron, dijimos, dijo, dije, dijeron, dijimos. A esos les escribí: “existen cerca de 50 sinónimos del verbo decir”. Me vale, es por su bien… y el mío.

Así transcurrieron cuatro horas con cuarentaycinco minutos sin que mi cuento saliera sorteado. Al ver el reloj, Mónica Lavín determinó que de las cuatro opciones restantes sólo se leerían dos, que habrían de ser seleccionadas al azar por un voluntario, como escogiendo cartas de la baraja de un mago. Y la mano santa sacó mi cuento, cosa que me dio mucho gusto porque yo a diferencia de varios de los asistentes sí quiero aprender a crear para compartir, de verdad. Además ya aclaré que estuve de pocas pulgas. Leí y al finalizar un señor aplaudió. Chistosa escena: seco sonido en medio del silencio. Pocos comentaron (¿será que ya les había regresado sus cuentos rayoneados con mis obstinaciones literarias?) y los pocos que lo hicieron fueron indulgentes, casi fanáticos. Por supuesto me elevé, más cuando Lavín se refirió a la narrativa como vigorosa, cinematográfica y descriptiva de la decadencia. Pero ahora reflexiono ¿cuánto mérito puede ser haberme llevado Las Palmas de Oro cuando había tan bajo nivel? Digo, seamos realistas.

Al acabar la clase nos tomamos la foto del recuerdo y me fui como grupie tras Mónica para pedirle una entrevista. Me la concedió en el lapso alimenticio, su único momento más o menos libre, antes de correr al aeropuerto. Mientras ella masticaba su sándwich le hice algunas preguntas de opinión, aunque no siempre coordinamos sus mordidas con mis interrogantes por lo que para llenar el silencio incómodo me formuló un “¿a qué te dedicas?”. Respondí que la entrevista la publicaría en un portal de noticias llamado ‘La Ch’ y de ahí me puse romántica con la letra, pues por culpa de la Real Academia de la Lengua ha dejado de existir. “Estamos en un conflicto porque ya no somos La Che sino La Ce Hache. Y es que la hache no es muda cuando es che. Qué cosa ¿no? sobre todo para México que tenemos tanto arraigo con esa letra, y ¡vaya! Chespirito ha sido nuestro embajador: ya ves el Chavo, el Chómpiras, el Chapulín…”. Rió con el bocado a medio tragar y musitó “tenemos arraigo por la che”.

[Esto me recuerda que mi bato tiene nostalgia y preocupación por la doble ele, exletra que ha corrido con el mismo infortunio que la compa ch. Me dijo “¿Cómo van a enseñar que dos eles hacen el sonido de ye? ¿dónde está la teoría de eso? Hay tantas preguntas pero ¿quién nos lo va a responder? Dime ¿quién piensa en ella? Y ¿quién piensa en la lluvia, en las llantas, en las tortillas? Porque la doble ele está en ellas”. Esa noche descubrí que él es mi gurú pero no por ésta sino otras cavilaciones.]

Mónica se despidió con la promesa de volver el próximo año y ofrecer un taller con más días y menos horas.

Así con las letras.

sábado, 13 de noviembre de 2010

fracturada

A la entrada de la cantina se puede ver llegar a la vieja, azotando la puerta como si el lugar le perteneciera, como si la zona fuera suya. ¡Mis amores! El grito infalible cuando encuentra un conocido, cualquiera de los borrachos que ahí acuden y con los que puede terminar peleada, después de talonearles, sin duda. Folklóricos borrachos que la consideran el folklor de la plaza. Universitarios, psicólogos o literatos, o intenciones de maestrías antropológicas, comparten (e invaden) el espacio de obreros (libres o esclavos de la maquila), transexuales cultores de belleza, payasos de un solo acto, músicos camioneros, putas retiradas, reporteros sin ánimos de fama, políticos de la coperacha, funcionarios sin poder, amantes de la decadencia y quizá algún terrorista arrepentido y extranjero. La presentación: un poema a gritos. La vieja intercambia su sabiduría por cerveza, o por dinero que sólo pide a quienes ya la abrazan. Desde Nefertiti hasta Sor Juana, pasando por versículos del Viejo Testamento y Horacio Quiroga. De todo puede opinar, inventa versos, lee almas y regala augurios. Nunca miente.

Eso es en la cantina, donde ríe, donde es la reina y se contonea pandeada por la gordura de la juventud que ahora le cuelga con el estómago vacío. Lejanas eras de abundancia. En su casa el tiempo pasa lento. A veces los días le pesan más, las tristezas, las andanzas. A veces no hay ni la voluntad de ponerse en pie. Pareciera que ningún pensamiento alentador la acompaña. Ya son muchos los años solos, años pobres, viejos y embriagados. Años con ocasionales paréntesis para un festín, a cuenta de un proveedor de alimentos y tepaches caseros, o de las bondades de la naturaleza que se aferran a no morir frente al concreto: un minúsculo huerto con hierbabuena, epazote y tomatillos, o las palomas víctimas de su ingenuidad.

Así una, insospechada presa, le alimentó el espíritu. El ave entró, torpe como es, a la cantina. Escarbó un huequito en el techo podrido que le condujo en caída libre hacia la fuente; inservible y entelarañada fuente que no cumple deseos. La vieja la recogió sin que pudiera defenderse. Temerosa, acaso ilusa, la paloma se convirtió en amiga. En los senos agrietados y secos, deshidratados como ciruelas-pasas, le brindó resguardo, tibio para su breve cuerpo. La vieja esa noche presentó en cada mesa conocida a su compañera, mientras ésta asomaba por el escote su cara simple. Narró la hazaña de su rescate. La pendeja se cayó y se lastimó un ala. Me la voy a llevar para curarla. Una parada en otro bar para completar el taloneo, una escala en el mercado para alimentar a la huésped y rumbo a la casa.

Madre de hijos arrebatados por su ebriedad, prohibidos por la locura, la vieja cuidó a la paloma dos días y dos noches, con la devoción que sólo conocen las recién paridas. En sus horas de enfermera le hablaba, le cantaba aguardentosa boleros de Antonio Machín que aprendió cuando joven en Poza Rica; aquella época en que le recriminaban ser mulata junto a tres hermosas y rubias hermanas afrancesadas. La mañana que vio al animalito recuperado, o al menos con mejor semblante, acudió al huerto por la cosecha. De andar pesado y bamboleante, como un barco necio que se mece anclado, tomó el pájaro de entre los periódicos y acariciándolo lo llevó hasta el patio. Clac, tronó el cogote. Por mechones se quedó sin plumas y minutos después sin vísceras. La vieja sólo conservó corazón e hígado, aún calientes al acabar el desmembramiento. Era día de fiesta frente al mejor caldo de su vida. O tal vez no, mas así lo recordaría su memoria fragmentada y hambrienta. Carnosos muslos y pechugas, aunque lo más sabroso fue chupar el diminuto pescuezo, fracturado como ella.

músicos

Los últimos conciertos a los que he acudido: mariachi en la casa de la cumpleañera de 66 años, toquín trovajazzfunkbolero en el bar, y el desahogo al ritmo de la tambora en la banqueta de un mexicoamericano recién divorciado, en las afueras del congal.

terco

Esta mañana mi brazo derecho y yo nos desconocimos. Estuvimos un rato tratando de congeniar, pero ni él reaccionó a mis sugerencias motrices ni yo identifiqué su tacto. Terco, no dejó que le acomodara sobre mi costado y cayó flácido en mi vientre, débil. Abandoné el forcejeo y al fin dio señales de vida. Qué feo es dormirse sobre uno.

jueves, 11 de noviembre de 2010

y de relleno...

Este viernes 12 de noviembre a las 12 del día leeré en el Festival de Literatura del Noroeste algunas crónicas (las que quepan de 5 a 7 minutos). He seleccionado tres temas que me gustan: la ciudá, el periodismo en esta ciudá y yo [claro], alguna de mis aventuras. El horario está jodido, lo sé, porque no da chance para el afterparty, o siquiera para el party, ni para algún intento de argüende afterlectura. Somos el relleno del programa literario [los que nos tocó ese horario]. Espero que los escolares que acudan [porque a esa hora nadie más va al centro cultural] no se espanten con mis crónicas infames, ni les sangren los oídos a las profes cuando me oigan hablar de las putas, los excesos y alguna otra altisonancia o herejía. Igual invito a quienes no tengan nada qué hacer [ahí nos vemos, ninis] este 12 a las 12 para que acudan a escuchar lo que yo y otros cuatro morros les vamos a compartir a nuestros amigos y a nuestras mamás [mentira, mi mamá no asistirá]. Luego haré la crónica de cómo estuvo la mesa de crónica, una verdadera osadía de mi parte. La ¿cita? es en el cecut.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Pos qué

Tengo tantos cuentos nuevitos que me escose publicarlos (aquí, claro, no soy de una calidad ganadora de becas ni empresaria yuppie con tendencias altruistas literarias ni sanguijuela doblemoralista de los derrochadores de culpas presupuestales). Y todas son historias en donde pasa y no pasa nada. Ya saldrán a la vista, espero. Indio pollo emigrado poeta pocho. Político izquierdista senil melancólico. Loca ebria vagabunda putaretirada ingeniosa jarocha carnicera. Obrero mariguano chicano carcelario morboso. Ya era hora que hiciera algo productivo con mi tiempo ¿libre? [libre de qué o de quién, si mi tiempo es mi tiempo, qué no, si siempre ha sido mío. Ok, pero tenía horarios por aquello de conservar mi nombre en nómina y mi seguro social, ya entiendo].

Y además ¿qué tan productivo es escribir cuentos? ¿productivo para quién? Ni que fuera a salvar a la sociedad de su enajenación [o de la mía], ni elevar la calidad de vida de algún incauto, ni cambiar su visión del mundo, ni sensibilizarlo (ápa palabrita) para que no mate o se haga narco o político conservador castrante o pontífice ¿Productivo para mí? ¿para no sentirme en el limbo? ¿para abatir el conceptito cagado calderonista de los ninis? ¿para proponer un eufemismo triplicado, porque aquí ni me dejan ni se puede ni hay dónde? ¿para ser famosa en algún circulito? ¿para dejar huella, pinche arrogancia? ¿O productivo para mi familia, para generar un orgullo que ya tengo [porque soy la menor]? ¿para que no se angustien por mi falta de convencionalismos [laborales]? A parte ¿quién querría leer todas esas historias donde pasa y no pasa nada?

Sí, pues, me chocan los dramas, pero este eructo es más hormonal que cerebral, y es apenas un eructo mediocre que ni a vómito llega. Un lapsus de azote parcialmente público para sepa qué. Oh, sí: para demostrar cómo puede haber derroches de sinsentidos yoyistas. Cada quién. Por lo general no es lo mío. Hoy un poquito, nada más para que la felicidad no parezca cinismo. En tanto continúan ininterrumpidamente [en todos los universos paralelos y en este mismo] infinidad de lamentaciones por aspectos todavía más frívolos y vanidosos [sin menospreciar mis eructos], vuelvo al habitual valemadrismo para responder a la mayoría de las preguntas anteriores con un ‘sí y ¿qué?’.

Ya luego presumiré mis cuentos, aquí, allá o acullá, pos qué.

en la quinta

murales en los callejones de la Calle Quinta, entre Revu y Madero

miércoles, 3 de noviembre de 2010

dicotomía de un día de muertos


El ritual se repitió y así tenía que ser [si no pues no es ritual]. Es día de caminar. Es día de autobús. Bajan en el panteón. Primero: Las notas de ‘Mi gusto es’ a cargo de una banda estilo Sinaloa, muchos familiares y amigos de un muertito pisteando tremendos botes de cerveza, gafas oscuras para disimular las lágrimas. Segundo: niños jugando con otros niños pero ausentes, con sus almas, todos correteándose, rodando por el pasto, carcajeándose.

Música por aquí, música por allá. Mariachis, tríos, conjuntos norteños, tamboras y violinistas sin tejados. Alegría y dolor, alivio y pena. Dicotomía imposible. Enseguida: busquemos a mis bisabuelos. Cantemos ‘Jacinto Cenobio’. Calor, seco calor, deshidratante calor, calcinante calor.

Después de un par de horas llega el momento de emprender la marcha para continuar el ritual de los vivos en día de muertos. Hay que buscar refugio en una cantina, pensar en nuestro cementerio personal, hablar de los que se fueron, brindar con ellos.

Antes, unos murales nos hablan desde el más allá. Esos que no había podido fotografiar [ni conocer], esos que se esconden, ahora nos guiñan. Más muertos en ellos: un bufón y un actor, los migrantes, los campesinos, los indios. También hay altares revolucionarios.

Finalmente, los zombies llegan a la fiesta: los adictos, los locos y las putas emergen a la superficie desde ultratumba. Más música. Más combustible. Más muertos.

Casa llena para un martes.

martes, 2 de noviembre de 2010

calaverita de azúcar VI

A propósito de...

Les presento a Estrella, catrinita que hice especialmente para este día.

lunes, 1 de noviembre de 2010

es que siempre es así


He escrito tanto sobre Fito Paez que lo que tenía que decir acá… pues igual lo voy a decir. Lo que pasa es que fui al concierto del argentino en calidad de prensa y como soy muy voluntariosa para esto del periodismo pues me ofrecí a hacer la nota para dos medios, o sea: hice dos notas. Una traté que fuera crónica y la otra (una categoría que recién patentaré) viboreo. Primero hice la crónica, donde narré las canciones que interpretó en orden de aparición, destaqué lo hermoso del escenario natural de los viñedos, aplaudí la puntualidad del artista, y traté de retratar el ambiente sublime de un concierto a la intemperie bajo estrelladísimos cielos… fue algo más en base a mi experiencia porque [como es costumbre] la pasé genial; pero como esa nota fue para un portal de noticias donde los lectores pueden comentar, pronto noté que hay un sector ávido de enterarse de los trapitos sucios del evento, lo que me dio elementos para redactar mi nota-viboreo. Gracias, quejosos, por sus tips. La queja principal es la borrachera que se puso al menos la mitad del público, cosa que no me afané en mencionar en la crónica porque la verdad eso ya es común de todo evento en los viñedos. Hasta yo he dado show (una vez, namás, en que rodé por los suelos junto con una amiga, le gritoneé a unos guardias… lo normal, pues. Y ahí pa’ que chequen cómo se puede poner el rollo les diré que una amiga tras una fiesta de vendimia terminó: hablando griego, casi heterosexual y meada. Otro compa perdió sus zapatos [¿?] y llegó descalzo a su casa, en fin), de veras que un@ puede perder el rumbo. Pero siempre hay quienes esperan sacrosanta solemnidad para los espectáculos vinícolas. La onda estuvo así: hubo barra libre para los que pagaron más y fueron ellos -en su mayoría- los que estuvieron de pesados vitoreando al Fito, cayéndose al menor borde, vomitando por doquier, y finalmente quedando passed-out en alguna silla o de plano tirados en la tierra. Esto no lo mencioné en la crónica porque pasa siempre, neta, y además me centré en la presentación de Fito, la cual disfruté acompañada de mi hombre y de varios y muy buenos amigos, todos desde una lomita a la que pronto convertimos en nuestro palco VIP. Al final Fito intentó cantar a capella (sin acompañamiento musical ni micrófono) la de ‘Yo vengo a ofrecer mi corazón’, y para ello el muy iluso pidió silencio. Por supuesto en vez de silencio obtuvo lo contrario, lo que se convirtió en una guerra entre shhhhh’s y ¡cállense! de los sobrios-fans-intolerantes, y la incontinencia vocal de los cientos de briagos que ya no podían ni habluuur. Muy cómico todo, si me lo preguntan, aunque ya he leído la apreciación de algunos asistentes, finísimos ellos, que califican el asunto como una falta de respeto: al cantante y a ellos, uy sí. Yo digo que no hay que hacer corajes, menos cuando se está tomando vino porque la gastritis es cabrona. Entiendo que los fans se agüiten, en especial tras invertir dinero, gasolina, spray para el cabello y medias para irlo a ver, pero no hay que perder de vista que se trata de los viñedos y ahí siempre-de-los-siempres [insisto] habrá etílicos armando su desmadre. Al final fui complaciente con los quejosos y mi viboreo lo dediqué a los borrachines, con casi la misma apreciación que acá expongo: no se enojen, eso pasa en todos los eventos.

Acá unas fotos del camino a los viñedos y del concierto.