
Después de la universidad no me dio por continuar con el grupo de amigos que ahí tuve, como tampoco me hubo dado por conservar a los del bachiller al egresar de la prepa. Sin embargo, entiendo que es tradición que muchos sigan viéndose desde entonces y estén -por lo tanto- enterados de su día a día, quizá hasta hartos de tanto verse, acostumbrados. No hay sorpresas. En cambio, cuando se presenta el ausente a algún evento social que se presta para el reencuentro con viejos compañeros (de clases y aventuras) las emociones cambian, sean positivas o negativas pero cambian, dejan de ser monótonas, mediocres como habían sido para sus habituales, para sus cotidianos. Así una amiga me invitó a hacer acto de aparición a uno de los tantos partys donde estarían “los mismos de siempre”, según calculó. Aunque para mí ellos no son los de siempre ni yo para ellos, acaso somos los de antes o los que desde entonces dejamos de conocer (en cuyo caso, ahora distintos). Pues mi amiga pasó por mí y nos lanzamos a la fiesta, de la cual no planeo hacer crónica. Sólo diré que la cumpleañera traía un vestidito muy lindo estilo charlestón que me ponía a admirarla como a preocuparme por su salud (el frío era intenso). Y como lo esperaba se dio el reencuentro. A siete años de haber egresado de la universidad puedo suponer (así, de un simple vistazo) que la mayoría perdió sus sueños o los ímpetus por perseguirlos. Ya sé que no se puede vivir en el idealismo, que hay que ser realistas, lo que no sé es porqué hemos de asumir que realismo es pesimismo, conformismo, derrotismo. Hablo desde una posición vulnerable, porque hacerla de freelance tampoco es vivir el sueño del periodismo, ni de la investigación antropológica, ni del análisis de masas… O sea, no me estoy poniendo de parámetro como el éxito profesional, para nada, en especial porque para los conceptos neoliberales no tener éxito económico (o fama) equivale a no existir. Lo que me preocupa (consterna, tal vez) es que muchos son jóvenes que se asumen viejos, y eso que ninguno es padre/madre, ni siquiera cónyuge. Un compañero iniciando los estudios universitarios se fue a California porque lo aceptaron en la carrera de cine. Aquella vez lo despedimos diciéndole que pobre de él que cuando se ganara un Oscar agradeciera en inglés. Ahora trabaja en una tienda internacional minorista de productos electrónicos. Otros son burócratas o la escala última de alguna dependencia gubernamental o vendedores en multinacionales, y abandonaron por completo los bríos librepensadores de cuando planeaban ser documentalistas o fotógrafos de guerra o críticos de productos audiovisuales o cuentistas radiofónicos infantiles. Entiendo, por supuesto, lo difícil que es avanzar en nuestros proyectos sin dinero e incluso sin una ayudadita (una palanca, pues), lo que cuestiono es que se olviden las ideas, que se clausuren las bibliotecas y los diarios, que se frene la escritura, que se censure el debate, que se bajen los brazos con el argumento de ¿para qué? o (peor aún) sin argumentos. No me causó tristeza verlos (sería por demás arrogante), ni enojo. Me causó lo mismo que proyectan. Sólo que me quedé pensando. Es que hasta una excompañera hizo un ademán de lagrimita con la onomatopeya snif cuando mencioné al orden caótico. ¿Será que hace siete años no oye-lee-escribe-habla de eso? ¿Será que no tiene problemas existenciales? ¿cavilaciones filosóficas? (no digo que la teoría del caos los resuelva o tenga cosa que aportar, es un ejemplo. Tampoco hablo de aferrarse al pensamiento académico). Y mi amiga me dice que esa raza viaja y se da la gran vida, y que ahora nos toca a nosotras, pero le pregunto ¿cómo, sin vender el alma al diablo? ¿Cómo, manteniendo la dignidad o la congruencia? Pues ya me explicó cómo y decidimos hacerlo, así que este mes último del año vamos a planear, para aventurarnos empezando el siguiente. Porque somos realistas e idealistas y hasta metafísicas. Porque no abandonamos los sueños ni los ímpetus por materializarlos. Igual y nunca lo logramos y moriremos en el intento, pero prefiero eso a morir aplastada en el sillón frente a la tele o en una oficina actualizando minuto a minuto mi facebook [que no tengo]. Creo que así, con ganas por hacer-ser, se muere un poquito menos.













































