domingo, 17 de octubre de 2010

Andariegos


Así es esto de mantener viva la flama de la pasión. Tanto cliché en las revistas esas dizque femeninas (y en realidad misóginas) y tanta renuencia de nuestra parte por caer en ridiculeces, pero el día de la lluvia de estrellas no pudimos resistir y allá fuimos a un rancho a Tecate a presenciar el insólito evento, muy emparejaditos. Echamos al carro casa de acampar, sleeping bags, hielera, una silla, vino tinto y dos copas (porque no importa si somos salvajes para algunos actos, el vino nos gusta en copa). Idealizando el espectáculo celeste que nos guardaba la noche, nos encaminamos muy abstemios sobre la vía rápida en busca de la salida a Tecate, pero los malditos letreros, o (mejor dicho) la ausencia de letreros, nos hizo perder el camino. Gracias, ayuntamiento. Por lo general no pasamos de la Zona Río, y cuando lo hemos intentado no hay señalización que nos oriente a los novatos. Ahí estábamos como La India María En La Ciudá adentrándonos al Florido Número Sepa Qué, totalmente perdidos y con el carro atiborrado de nuestros melosos planes.

Ya una vez nos había ocurrido eso de no poder salir de Tijuana: íbamos de pasajeros junto a dos amigos, con destino a las frívolas playas de San Felipe, los cuatro de turistas, olorosos a Coppertone, pidiendo indicaciones a unos cholos en el Mariano Matamoros. Y era el 2008, cuando la cosa estaba más que violenta, al menos era más aparatosa: con esas balaceras a plena luz del día, niños atrincherados en sus escuelas, cabezas sin cuerpos, motines carcelarios, tenebrosos hallazgos pendiendo de los puentes. Ahora hay más discreción con esto de los crímenes de alto impacto, aunque nosotros (dos años después) no hemos mejorado el sentido de orientación (y he de agregar que ni las vialidades sus letreros).

Malgastando el tanque de gasolina en inexplorados caminos y con la noche y sus estrellas por caer, mi lógica me llevó a aferrarme a que debíamos ir en dirección opuesta al sol, así que (entre reniegos que distaban muuucho del plan romántico inicial) hallamos la carretera libre a Tecate. De ahí fue fácil dar con el rancho y por lo tanto recobrar el ánimo de nuestra velada bajo el firmamento. Ánimo que duró apenas unos minutos, al toparnos con un nuevo inconveniente a la hora de armar la casa de acampar. Una puerta de esas de cierre se oxidó y quedó trabada (supongo que desde la vacación anterior), totalmente inamovible, lo cual no hubiera importado de no ser porque se trabó abierta. Mi hombre salió al rescate, y con su fuerza de macho a la intemperie terminó por romper el cierre. Yo trataba de mantener el optimismo aunque ya medio tirando la toalla, porque no se me ocurría alternativa alguna más que dormir en el carro. Por suerte, antes de empezar la mudanza, encontró en la hielera un montoncito de abrazaderas, que con mi gran ingenio (y mayor desesperación) fungieron como puntos de una sutura médica, para por fin sellar la puerta descompuesta y permitir a la otra cumplir su función de resguardarnos. Resguardarnos. Bonita palabra, bonito concepto que no alcanzamos esa noche. Resulta que ya con la casita armada y la puerta remachada, nos dimos cuenta que se nos olvidó llevar la lona que cubre toda la casa, de tal manera que entre el mundo silvestre y nosotros sólo había un mosquitero: transparente mosquitero que nos haría pernoctar como en aparador y (junto a infantiles vecinos) obligaría a mantener la ropa puesta ¡Chingado!

A esas alturas (hambreados, preocupantemente sobrios y perfilados al celibato o, en el ¿mejor de los escenarios?, al sexo pudoroso), decidimos que ya chole con tanto lío: disfrutaríamos lo que pudiéramos disfrutar, al fin que nuestra motivación (la lluvia de estrellas) aún nos aguardaba entrados en la oscuridad. Oscuridad: otra bella imagen que tampoco logramos. El recepcionista nos ubicó cerca de los baños, lo cual parecía adecuado dados los brebajes programados, pero no sospechamos que ello además implicaba estar bajo poderosas lámparas que aclaraban los cielos de la media noche. No importa. Me pongo bajo este árbol, justo frente al poste que tapa el foco, al ladito tuyo sin que te muevas y voilá: tenemos oscuridad… provisional.

Colocamos la silla en el punto de las sombras y nos dirigimos a la botella de vino para destaparla con el sacacorchos. Sacacorchos: instrumento que aunque sí llevamos valió madre porque ese vino gaucho que agarramos de oferta en el Walmart traía un corcho que más parecía roble, y en vez de ceder se fue deshaciendo dentro de la botella. Ya servido en las copas (tras luchar con el alcornoque hasta torcer la espiral del aparatejo, que quedó inservible), quitamos del vino con una cuchara los pedacitos de porquería para ¡por fin! brindar y avocarnos a la maravilla de la lluvia de estrellas. Sacamos un cigarrillo para gozar plácidamente. Una fumada, dos fumadas, tres fumadas. ¡¿Viste eso?! Pasó la primera estrella. Un traguito, dos traguitos, un besito, media hora. ¡Wow! Ahí va otra. Te lo perdiste de nuevo. Mejor nos recargamos nalga con nalga y empezamos a girar sin despegar la mirada del cosmos, para no perder estrella alguna.

Cuatro horas o quince minutos después (nadie sabe), calificamos a la lluvia de llovizna y nos fuimos a acostar a la cuasivitrina-de-acampar, ambientados por presumibles sonidos de apareamiento de unos tecolotitos. Las piedras penetraban hasta los huesos, los camiones frenaban con motor a escasos metros del rancho, y los tecolotitos (lascivos tecolotitos) ostentaban a gritos sus pasiones, como burlándose de nosotros, y no lo dudo: los carajos podían vernos. Igual no me puedo enojar: entre los ruidos carreteros y los mencionados gemidos, no dormí, pero a la mañana siguiente la aventura (o la vagancia) nos condujo hasta Popotla, donde comeríamos enlimonados moluscos cuya eficacia comprobaríamos más tarde. Oh sí. Y de la sensible escena de amor bajo andariegos astros, qué puedo decir, ahí para la otra: no lo conseguimos pero al menos alguien (o algo) cogió esa noche. ¿Para qué me dramatizo? Al fin que no creo renunciar a los novelescos ímpetus suburbanos (me conformaré con salir de Tijuana más fácilmente).

2 comentarios:

Cathirijilla dijo...

yo que pensaba que las cadenas de desgracias solo me tocaban a mi... creo que una siempre tiende a pensar eso en todo caso.
En fin, es bueno tener pruebas de lo contrario, creo que aquí se aplicaría el dicho "mal de muchos, consuelo de tontos"

reptilio dijo...

y yo que me fui a ver a los pixies :P

hahahaha

nah no te creas! digamos que al menos tu me llevas ventaja en eso de seguir en perfilado al celibato

Suerte!