Ataviada para la ocasión (creo que ya me está afectando esto de redactar notas para la socialité) continuamos el rumbo atravesando el puerto ensenandense, donde -por cierto- vimos el crucero Carnival que dos veces por semana se ancla en el puerto lleno de gringos, salvo en épocas de pandemias. Ya una vez en La Bufa (así le decimos los paisas) nos plació ver un titipuchal de turistas nacionales, productos y alimentos a precios accesibles en pesos [porque generalmente cobran en dólar], y por lo tanto gente comprando felizmente, aún en momentos de crisis. Yo adquirí dos juegos de aretes hippies (de concha tallada y de bambú) por 20 pesos cada par y además comimos tacos de pescado a 13 pesos cada uno. Muy ricos.
Y como suele pasar la bufadora no bufó, supongo que se sintió inhibida ante tantos espectadores. Uno que viaja kilómetros y kilómetros a su encuentro y la muy rejega ‘namás’ avienta brisas [cual estornudo estilo atomizador], brisas que no mojaron a nadie, porque he de destacar que ésa es una de las atracciones de La Bufadora: mojarte (como si no pudiéramos mojarnos a cubetazos en cualquier otro lugar). Pero he estado pensando que la muy rejega es en realidad muy consciente y tal vez no quiso echar las grandes cantidades de agua por evitar un accidente, ya que había un montón de ‘aventureros extremos’ (por no decir pendejos) trepándose a unas rocas donde calculo aumentan en un 90 por ciento las probabilidades de muerte por caída al precipicio. Rocas que de empaparse hacen las veces de resbaladilla; eso sin sumarle el riesgo de todos los que se montan con sus cheves, exponiendo con ello aún más la vida… y las cheves.
[Imposible relajarme con esas escenas] Otro caso temerario fue el de una familia que se encaramó a unas sillas de playa al filo de una de las bardas ¡con todo y bebé en brazos! Ahí quizá no se hubieran alcanzado a mojar y quizá por ello no corrían el riesgo de resbalarse, pero las emociones suelen ser traicioneras, digo, qué tal que La Bufa hubiera echado un gigantesco chorro y la exaltación de los espectadores llegara al grado de que perdieran el equilibrio (como se puede ver mis pensamientos son bastante fatalistas pero creo que al menos tienen fundamentos).
Total que creo que esta bufadora, ancestral y mítico fenómeno natural, concentra la sabiduría de la vida y contribuye a preservar la de sus visitantes, muy a pesar de que éstos se vayan decepcionados de la ocasional debilidad de las expulsiones de agua que sin sospecharlo evita su potencial encuentro con la muerte [y eso que iba a desestresarme].
De regreso nos ponchamos y no llevábamos gato, cruceta ni llanta de refacción... pero ésa es otra historia.
1 comentario:
Los secretos de los nativos ya no son tan secretos. Recuerdo cuando ir a la Bufadora era una actividad de los locales. Se extiende cada día más el concepto de la Baja. Buen show y mucha tentación culinaria :)
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