martes, 25 de agosto de 2009

así el principio

[o porqué no juzgo a los infieles... tanto]


Nos conocimos en la Feria de Tijuana en el 2000, cuando todavía la hacían en el Hipódromo Caliente y cuando todavía tocaban grupos de rock interesantes entre semana. Resulta que teníamos un amigo en común: “el Palencia” le decíamos, pues era un moreno de pelo largo [como el entonces delantero del Cruz Azul] que además jugaba fut y le iba –en efecto– a los cementeros. Claudia y yo fuimos ese día a la Feria porque ella era fan de La Castañeda y a mí siempre me ha gustado desaburrirme con cuanto plan musical-cervecero se me presente. La amistad entre Claudia y yo sobrevivió unos meses después de que entré a la universidad acá en Tijuana, pero era difícil mantenerla: ella vivía en Ensenada y yo nada más iba los fines de semana, además me parecía que en silencio me seguía recriminando el novio que le quité en la prepa, aunque después de acogerla en mi casa durante dos años (tiempo durante el cual compartimos mi ropa, mi cuarto, mi cama, mi mamá, mi vida) había poco qué reprocharme. Esa vuelta a la Feria fue de nuestros últimos encuentros.

Ahí estábamos la Clau y yo muy darks, tirando rostro, cuando vimos al Palencia con un grupo de amigos. Lo saludamos muy modositas, haciéndonos las interesantes para que nos incluyeran en su ambiente, y el Palencia nos presentó a sus compas. Uno de ellos, “E”, aseguró haberme visto antes, en el concierto de Molotov que hubo en el Auditorio Municipal de Tijuana el año anterior. “Tú eras la que se subió a bailar”, dijo, y no me quedó más que admitirlo. La vez de ese concierto también fui con Claudia, pero además iba con Maryen, Adita, el Güero, el Noni y creo que el Jonathan. Recuerdo que muy elegantes hasta habíamos rentado un camioncito para poder pistear sin preocupaciones de Ensenada a Tijuana y de regreso, cosa que indudablemente hicimos. Aquella vez, año 1999, me subí al escenario tras la invitación del grupo a que una chica sexy bailara ‘Rastamandita’ con ellos. Al oírlo corrí como endemoniada hacia al stage gritando que esa chica sexy era yo, hasta que un guardia me hizo caso y me dejó pasar. Una vez arriba me di cuenta que ya había otras diez chicas sexys moviendo el bote atrás de los músicos [entre ellas Maryen, a quien había perdido al principio del concert], así que decidí ponerme enfrente de todos (viejas y Molotov por igual) y con ello asegurar todas las miradas en mi dirección. Funcionó. Me contoneé cual orgullosa embajadora de la profunda letra de la canción esa que dice “baila rica nena… sabrosito”, al tiempo en que jaloneaba mi camiseta de PacMan hacia arriba y abajo para emocionar a las masas con un poco de piel. Esa vez “E” iba con su novia y aún así le arrebaté la atención por unos minutos… bueno, por unos meses ya que cuando me lo presentaron en la Feria había transcurrido más de medio año y aún me identificó.

Ésa fue nuestra primera conversación. Hablar de la [ésta] piratona que se [me] subió [subí] a bailar con Molotov. Como Claudia se las daba de muy oscura y misteriosa, sólo desarrolló temas relacionados a la música de Javier Corcobado, Santa Sabina y de La Casta, mientras “E” y yo tuvimos tiempo de descubrir otras coincidencias: los dos estudiábamos en la Autónoma. Él en Químicas y yo en Humanidades. Nuestra noche de Feria no terminó al acabarse el concierto. Nada de eso: le seguimos en el Ranas, de la Plaza Fiesta, donde nunca le vi el fondo al vaso dada la bondad de nuestros nuevos amigos. Platicamos horas, no sólo las que llevábamos de la Feria sumadas a las del bar, sino todavía afuera de la casa de mi hermano cuando nos fueron a dejar, ya amaneciendo. El party terminó ese día como a las 5 de la mañana y solamente porque mi hermano ya iba a levantarse para dar clases. “E” me pidió número telefónico e inmediatamente se lo di. No pude resistirme a su cabello largo y lacio, al hecho de que era bajista, a su voz intelectualoide, a la muy grata conversación que pudo no tener fin. Ya después recordé a mi novio en Ensenada, que para acabarla era todavía el mismo que le había hurtado a Claudia.

Días más tarde me enteré que durante todo ese coqueteo estudiantil y medio fantoche iniciado en la Feria, “E” también había sido un ladino, pues aún andaba con su misma noviecita con la que fue al concierto de Molotov y al igual que yo, omitió el dato. Pero lejos de mortificarnos [muy comodinos, pues] lo vimos como otra de nuestras coincidencias: ambos teníamos unos novios muy bonachones a quienes no podíamos romper el corazón, al menos no descaradamente. La única salida que vimos obvia, y sólo con el fin de conocernos más, fue andar en secreto, al cabo que mi novio estaba a 116 kilómetros de distancia y Samanta, la novia de “E”, por renacer en el cristianismo.

Teníamos todas las noches para nosotros, y yo recién descubría que Tijuana tiene noches para todos.

Pasaron meses en ese estado: encontrándonos “a escondidas” en los lugares más visibles, incluso dentro de la universidad, donde asimismo estudiaba la novia y las amigas-informantes de la novia, quien –por cierto– también me identificó de la vez de Molotov [ha de haber sido un gran número el mío]. Cuando nos descubrieron, había evidencia hasta fotográfica que daba prueba de nuestro idilio, lo cual me pareció por demás telenovelesco. Bastaría con que te digan que vieron a tu bato con otra, supongo. Por mi parte, confronté a mi ensenadense con “la verdad”, que consistió en el tradicional “no eres tú, soy yo”, omitiendo el detalle de que ya tenía algunos meses saliendo con “E”.

Quizá herimos algunos corazones, quizá propiciamos algunas lágrimas, quizá generamos resentimiento… o quizá no provocamos nada, al fin que no eran relaciones muy significativas las que teníamos.

Antes de vivir juntos en una casa, vivimos en el Mustang de “E”, sin dinero, sin planes, sin rumbo. Él pasaba por mí al salir de clases y dábamos vueltas todo el día, hasta que llegaba la noche y buscábamos un estacionamiento en los depas que están al lado de la Peni (cuando los motines no estaban de moda) y ahí, en el carro, nos entregábamos a los placeres de unas cheves, una música y –claro– de nosotros. Algunas cosas han cambiado desde entonces, mejorado sería la palabra, pero esa combinación tripartita, la de la cheve-música-nosotros, sigue rigiendo nuestras noches.

8 comentarios:

Left Handed Monkey dijo...

me avente dos suspiros :) creo que ya me queda mas claro

Samantha Luna dijo...

:3

mala coneja dijo...

que chingon recordar los comienzos..aaaahhh no mas me acuerdo y me quiero regresar!!! aaahhh que lindo!!!

Samantha Luna dijo...

Mira este :)

http://www.youtube.com/watch?v=vDh5mjJxEpc

Titha Romero dijo...

waaaa.. que intenso, saludos.

Rosa Razo dijo...

Snif. Y seguirá gobernando. Porque cuando se encuentra un roto y un descosido, no hay Resistol ni Uhú que pegue algo que nació unido. Abrazo!

EL GATO AZUL EN TIJUANA dijo...

si ... leo y me da envidia ... de la buena ..pero al final envidia

Anónimo dijo...

Que te hace pensar que no eran significativas las relaciones pera El Ensenadense iluso, y la Neo-cristiana, pues de sierta manera les eran infieles tu y el tal "E", creo que aplicas eso de que no te miento, pero no te digo toda la verdad.