Amanecí torcida. No al grado de llamarle contractura o tortícolis a mi mal, pero sí es una cosa así como que el cuello no me permite voltear hacia abajo sin dolor, lo cual es medianamente interesante, digo, con ganas de buscarle la bondad a todo. Camino al tanteo, he comprobado que soy más diestra con el teclado de lo que creí, y todo lo que tenga que ver con mi cuerpo lo resuelvo de memoria. Los lunes me da por hacer algunos arreglos domésticos -a veces- y hasta este día me doy cuenta que toda actividad hogareña implica jorobarse la columna, así que no lavé, ni barrí, ni sacudí, ni cociné.
También ciertas actividades intelectuales requieren de un cuello sano. Tengo pendiente un libro de 498 páginas, de las cuales llevo como 30, y justo ayer estuve analizando la dificultad física que me provoca ubicarme en la sala con ese libro, porque es pesado y no encuentro aún posición alguna en la que no fuerce mi cuello y acentúe una papada que no tendría que ser notoria. Y, bueno, hoy estoy chueca así que ni lo intento, aunque me intriga saber qué ocurre en Kars (donde anda mi personaje) con la nieve y el suicidio, quizá tanto como la incertidumbre cuasi-viciosa de millones de personas (no quise poner mujeres, o amas de casa, o mexicanos, aunque lo pensé) que religiosamente prenden la telenovela de su predilección con puntualidad y su buena dosis de ansiedad.
Esto del cuello, sentirme limitada en mis movimientos, me ha hecho reflexionar también sobre realidades que me son ajenas, como en los impedimentos motrices que padecen muchas personas (de nacimiento, por enfermedad o debido a accidentes), e incluso en la obesidad cuando ésta llega al grado de desconocer el propio cuerpo, cuando ya es imposible verlo por sí mismo o asistirlo. Lo mío es algo menor y con mi tratamiento de naproxeno, lidocaína y salicilato de metilo en gel se siente un cuanto más flexible.
El año lleva unos pocos días (21) y ha estado medio accidentado. Mi hombre rodó por las escaleras con las primeras lluvias de enero (me suena a canción de Chalino Sánchez). Bueno, cayó los últimos cinco escalones golpeándose un brazo, fue leve y sanó sus heridas (se despellejó cerca del codo) con sábila, el bondadoso ungüento natural que en mi adolescencia eliminara barros y espinillas, así como los piquetes de zancudas cachondas (es que vi en el national geographic que el mosco que pica es invariablemente hembra en “apetito genésico”, en busca de aparear, pues).
Sólo espero que lo que ha acontecido en el incipiente 2008 no sea un augurio de lo que nos espera el resto del año, porque qué mal le ha ido a Tijuana, baste buscar en un google o un yahoo noticias con la palabra Tijuana para que aparezca la información más relevante de la cuidad, toda policíaca -no haré una crónica. Ejecuciones, detenidos, heridos, horas de balazos (más de dos, no como la canción de Chava Flores)… presentes siempre palabras como cártel, narco, PFP, balacera, comando armado, sicarios, ejército, cadáveres, amenazas… Eso sin contar el constante conflicto fronterizo que ahora tiene a la border patrol aventando bombas lacrimógenas a la colonia Libertad y a otras pegadas al bordo, porque de aquí para allá les tiran pedradas, juran (y aunque soy pacifista agregaré “ojalá”).
En fin, de mis propósitos de año nuevo -porque suelo caer en esas cursilerías- he avanzado en un par: la lectura y mis dientes. Mi siguiente tortura dental será en una semana y la lectura continuará cuando mi nuca lo permita, espero que sea mañana.
Mientras seguiré cucha pero vivaracha (¡qué final!).
Aquí una foto de mis pies porque hoy no he podido verlos... bueno, no he podido ver nada hacia abajo si no fuera por el espejo, pero sólo de los pies tengo fotos.